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Tras las fuentes de Dios.

 

La experiencia espiritual no está en nuestras manos, tampoco la fe, la esperanza ni la caridad. Pero sí reside en nosotros la docilidad al Espíritu Santo para que ponga en nuestra condición pecadora la puerta estrecha que se abre al camino de la Gracia en la relación con Dios.

Dios habita en nosotros, y nos quiere hablar de Tú a tú, para que nos encontremos con Él, para que le reconozcamos como único Señor, y para que vivamos junto a Él.

Por eso la oración, es una puerta muy importante para los cristianos, y me atrevo a decir que para cualquier persona, de cualquier raza, cultura y condición. Orar a Dios, dirigirse a Él con el corazón contrito y humillado, amansado en el reconocimiento de la verdad, es muy agradable y querido por Dios. Humildad, mansedumbre, dejarse moldear por sus manos…. Manos que operan desde el interior de cada uno de nosotros.

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, siempre ha ofrecido tres tipos de oración; y yo, desde mi pequeña experiencia cristiana, me atrevo a decir que las tres son imprescindibles en el camino del encuentro. Cada una ofrece algo diferente, y cada una otorga una gracia y una bendición única y peculiar.

No son oraciones para etapas distintas de la vida espiritual, al contrario. El ideal del cristiano sería compartir con el Señor las tres en un mismo día.

Oración repetitiva. Rosario. No es una oración menor. El rezo del Rosario que desgranamos con la Virgen María es una oración muy poderosa y potente contra la tentación y el mal. Su fuerza está no en que rezamos nosotros, sino en que María Madre reza con nosotros siempre que tomamos en las manos el Santo Rosario. Ella es la fortaleza de la Iglesia, pues el Espíritu Santo habitó en ella de manera extraordinaria. Toda la fuerza del Espíritu se manifiesta en Ella de manera asombrosa. El aspecto narrativo de esta oración está en los Misterios que contemplamos con las cuentas que hacemos. Repetimos el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria que son tres oraciones extraordinarias. El Padrenuestro es la oración que Jesús dirige al Padre, El Avemaría es la oración que Dios, la humanidad y la Iglesia dirige a María; y el Gloria es la oración de todos cristianos hacia nuestro Dios, Uno y Trino. Rezamos por tanto con Dios y para Dios.

Oración narrativa. Biblia. Es la Oración de la Iglesia. Rezar con los Salmos en la Liturgia de las Horas, proclamar el Evangelio, que es la Buena Noticia primero a nosotros, y luego al mundo.

La Palabra Dios no nos llega desde la lejanía, sino en la vida concreta y en la historia de Salvación de un Pueblo elegido y querido por Él. Dios toma la Palabra para que los hombres oigamos su voz y podamos acudir a su llamada. Dios se revela y se desvela con la Palabra que ha regalado a su Pueblo. Dios quiere hablar con nosotros, quiere que escuchemos su voz y le sigamos. Cielo y tierra pasarán, pero su Palabra no pasará.

Orar meditando el Evangelio del día, proclamando los Salmos, etc, es una oración que nos abre a su Voluntad. Nos permite discernir los signos de los tiempos. Leer y orar con la Biblia hace que nuestro entendimiento, nuestras ideas y nuestra mente y corazón se pongan en consonancia con lo que Dios quiere de nosotros. Nos hace comprender la historia del Amor de Dios por los hombres, nos ilumina y nos consuela en la adversidad de la vida.

Oración contemplativa. Silencio. Es la oración del que mira directamente a Dios, y se deja contemplar por Él. Es la oración que se fabrica en el silencio y que ante todo amansa el alma. Es la oración del “venid a mi los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Es la oración en la que ofrecemos, pedimos y alabamos con la boca pequeña. Y que luego prolongamos en una escucha silenciosa. Le miras y te mira. Y percibes que te quema su amor. Llama de Amor Viva. Es una oración que convierte las horas en segundos, y los días en instantes. No todos los laicos tenemos tiempo para prolongarla en el día a día, pero sí es imprescindible en los momentos fuertes de la vida.

Esta oración de escucha silenciosa traerá angustia, desierto, soledad y cruz; pero también nos ofrecerá alegría, arrobamiento, compañía y resurrección. En esta oración se toca el Amor de Dios. Es la oración del silencio y del tiempo, la que mejor rompe el velo que nos separa con Dios. También en ella sufriremos las peores y más sibilinas tentaciones.

 

¿Yoga, mindfullness? Yo es que soy más de Rosario.

Tampoco es que sea demasiado de Rosario, pero es que ante la avalancha de espiritualidad modernilla y bajo demanda (siempre pagando la sesión, claro) prefiero la oración de toda la vida en sus diversas variedades: la contemplación ante el Santísimo, la lectura piadosa, el silencio del recogimiento ante el AMOR que nos mira y acompaña, y por qué no, el Rosario de las abuelas y de los Papas, que además es gratis y cunde mucho.

Lleva poniéndose de moda, desde hace unas décadas, la espiritualidad alternativa a la cristiana con sabor y tintes orientales. En general todas terminan en lo mismo, en hacer silencio y en buscar la paz interior. Esto mismo lo puede tener la gente en la parroquia de su barrio; pero eso sería demasiado fácil y carca, y por eso la peña prefiere hacerse un viaje a la India para abrazar a un santón durante unos minutos y sentir que ha tocado con los dedos la profundidad de su esencia esencial. Cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa (Chesterton dixit), y es verdad.

Los menos pudientes (que también tienen derecho a ser ateos) se buscan la vida en el barrio, en alguna sala tipo gimnasio, donde un iniciado les sopla veinte euros por cada sesión de yoga, reiki y silencio con música relajante a la que llaman “mindfullness” y que se traduce por “atención plena”. La gente lo paga sin protestar, y luego se queja de que los curas son unos pedigüeños, y es que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Y encima no reparan que al lado de la floristería hay una parroquia que tiene más horas de silencio que ellos años, pero les da igual, porque quieren una espiritualidad moderna y fetén. Y el supermercado religioso contemporáneo lo ofrece al módico precio de veinte euros sesión.

A mi me da más paz comulgar los domingos y fiestas de guardar, pues además de tocar con los dedos la divinidad, escuchas su palabra y te la comes. Se hace carne de tu carne (como Cristo se hizo carne de nuestra carne) y te alimenta el alma en la autenticidad de un Dios que murió por nosotros. Pero eso es excéntrico para mucha gente, a la que han cegado con un anticlericalismo y una cristofobia soterrada. Odian a Dios y terminan entregados al yoga. Yo creo que los mismos que persiguen y desprecian a los curas los fines de semana en la tertulias con los amigos, se hacinan por las tardes en las salas de mindfullness, yoga, reiki y budismo tibetano contándonos las bondades del silencio. Descubren en su iluminación el Mediterráneo, y nos cuentan con gravedad que la vida espiritual es importante. “Pos claro, Magencio, si fueras a misa de cuando en cuando”. Lo malo es que estas espiritualidades no son ingenuas ni inocentes. Tienen efectos secundarios, y a la larga no satisfacen del todo el alma. Y por eso hago esta entrada.

Estas espiritualidades orientales no conducen a Dios, ni al amor al prójimo ni a la justicia social. Buscan la Paz donde solo hay tranquilidad. Es verdad que la intención es buena, y que el silencio ayuda a encontrar a Dios, pero el silencio no es Dios mismo. El budismo y el hinduísmo son religiones muy respetables, pero estas espiritualidades son fragmentos y porciones de algo más grande que se pierden por la distancia cultural que desemboca en la incomprensión. No son hinduístas, pero tampoco cristianos. No van a descubrir a Dios en sus prácticas, ni al prójimo, ni a los pobres que nos evangelizan. Viven mirándose el ombligo de manera idolátrica, adorarán el silencio, la postura y el mantra ambiguo, pero nunca descubrirán la mística donde Dios abrasa. No conocerán la relación profunda con la divinidad, ni palparán el misterio del AMOR encarnado. Estarán siempre fuera, girando sobre sí mismos.

Dicho de otra forma: la experiencia religiosa que no interroga la vida y el comportamiento, se convierte en algo muy pobre para las personas. Termina degenerando en una justificación conformada con un dios hecho a medida, y por tanto, un dios falso y muerto. Si en lugar de escuchar a Dios, lo silenciamos para que no nos moleste ni nos cambie la vida, entonces tampoco nos dará sentido a la vida, ni nos ofrecerá una cosmovisión salvífica, ni integraremos la vida con la fe y la creencia. La experiencia religiosa plena nunca llegará.

Por eso, es mejor el Rosario. La esencia de estas prácticas orientales se basa en un dualismo desencarnado y platonizante exagerado, pero no reconcilia al hombre con Dios. Sus practicantes gritan por el día a sus empleados, y por la tarde hacen relajación para desestresarse de sus gritos. Me recuerdan a la crítica que se hacía (con toda la razón del mundo) a los cristianos que iban a misa los domingos y hacían el capullo cuando salían de la iglesia. Hipocresía se llamaba. La diferencia es que en misa se insiste en no ser hipócrita y en hacerlo mejor. Interrogan al creyente para que cambie de vida. En estas espiritualidades no hay ningún interrogante a la vida, son egocéntricas y justificadoras de las maldades. Un asesino puede matar a alguien y luego practicar yoga para desestresarse. En cambio, un cristiano asesino tendrá que arrepentirse, llorar, pedir perdón, y reencontrarse con un Dios que perdona los pecados para poder recuperar su vida.

Por eso prefiero el Rosario. Porque te lleva a Dios, te envía al prójimo, te plenifica con una paz profunda y te invita a vivir todo eso con una comunidad de pecadores perdonados. Casi nada. Las abuelas y los Papas ya lo sabían desde hace mucho tiempo. Y es que ya lo dijo el Señor, “Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has manifestado a los  sencillos (Mt 11, 25)”.¿Alguien lo duda?

 

Lo profundo es el SILENCIO

Yo no sé a ustedes, pero a mi cada vez me gusta más el silencio, estar en silencio y que haya silencio a mi alrededor. Podría ser cuestión de la edad, pero en mi caso no, pues siempre me ha gustado el silencio, y siempre he sufrido en los garitos, bares y discotecas donde para hacerte entender había que hablar a gritos porque la música era estruendosa. Ahora que gracias a Dios no me dejo caer por esos infiernos del ruido, sigo apreciando el silencio. Y añorándolo.

No debe ser sólo cosa mía, pues ya Platón hablaba del murmullo de los astros, del silencio de las esferas, de la sinfonía de la naturaleza que con su devenir entonaba un hermoso cántico de alabanza, al que los cristianos llamamos Dios creador y Dios Padre. Silencio imprescindible para pensar bien,… y para amar mejor.

De toda la vida han manifestado los místicos que en el silencio nos encontramos con Dios y con nosotros mismos; y los místicos castellanos frecuentemente han alabado la tierra de Campos, llena de silencio y de paz. Mares de cereal, con ríos que son caminos de polvo y soledad. En el silencio encontramos la profundidad de la existencia, el sentido a las cosas, la trascendencia que nos ampara y la auténtica verdad que nos aguarda tras la muerte.

Dicen también los estudiosos de la mística que el silencio se alcanza de fuera a dentro, pero también de dentro a fuera. Es decir, que no basta con que haya silencio en el exterior, sino que también es imprescindible hacer silencio desde dentro. Que los pensamientos abrumadores, la imaginación loca de la casa (Santa Teresa dixit), los estreses y los murmullos interiores se vayan apaciguando para poder escuchar la voz anhelante y sosegada de Dios. Silencio y tiempo de silencio. Horas delante del silencio logran hacer este milagro de devolvernos la vida que nos roba el ruido día a día.

Y es que por desgracia, vivimos en una sociedad excesivamente ruidosa, donde cuesta hacer silencio incluso en las iglesias. Hay gente de rezo diario que le cuesta mucho adentrarse en la oración contemplativa que mana del silencio, pues está acostumbrada a la repetición de las oraciones repetitivas. Todo lo que lleva a Dios es bueno, sin duda, pero muy fácilmente sustituimos las autopistas por los caminos tortuosos, las carreteras de buen asfalto por los senderos; creyendo además que son lo contrario de lo que pensábamos. Si eso sucede con los que están a favor del silencio, ¡qué no harán los odian el silencio!

No hace muchos años escuché que una persona que no fuera capaz de estar durante una hora sin hacer nada, sentada, sin hablar nada, sin pensar en casi nada, era una persona con cierta neurosis. Y hoy, curiosamente, me encuentro que se utilizan determinadas dinámicas pedagógicas consistentes en hacer meditación en silencio, con ayuda de la respiración, para tranquilizar a los estresados angelitos que nos envían a los colegios. Primero se persiguió la religión en la escuela, y ahora nos cuentan que el silencio es importante para la educación. Normal, no hay más que observar para apreciar lo importante que es hacer silencio, que fluya de dentro a fuera, que nos invada y que nos tranquilice.

Decía Lennon que si la gente hiciera cinco minutos de silencio al día, habría menos guerras en el mundo. No sé si tendrá razón, lo que sí creo es que vivimos en una sociedad muy ruidosa, donde el silencio ocupa cualquier instante de la vida. Muchos caminan por la calle escuchando música, la radio… no pueden escuchar el silencio. Y los micromomentos, que antes se empleaban en pensar y en la nada, ahora son ocupados por los mensajes de los grilletes que atan a la gente y que reciben el nombre de móviles, redes insociales, etc. Hay lugares de la tierra donde jamás, a ninguna hora hay silencio, y hogares donde no hay silencio salvo que se vayan sus ocupantes. Es como si sembráramos de ruido todo nuestro alrededor, y nos reconfortara aturdirnos con él. Es el miedo a la libertad que proporciona el silencio.

Hasta los minutos de silencio de los campos de fútbol están reducidos a 20 segundos. Y palabra que es así, porque voy al fútbol a menudo.

La Semana Santa, que está ya a las puertas, goza en Castilla del atributo del silencio. Los tambores colaboran, y las músicas de corneta y quebranto invitan a acompañar los bellísimos pasos en el silencio. Por desgracia, mucha gente no guarda tal silencio, y no paran de hablar, molestando a propios y extraños. Sin tal silencio, difícilmente encontraremos a Dios. Además de impedir el recogimiento en los demás.

Los que nos dedicamos a la escritura, a tomar la palabra, rompemos el silencio con la palabra, es cierto. Pero confieso que el mejor arte, el mejor poema, la mejor novela no es la que se expresa de manera directa, sino la que sugiere algo con silencios elocuentes. Y es que hasta para el arte y la poesía es necesario el SILENCIO. Y es lógico, porque lo que se esconde detrás del silencio, que no es otra cosa que el AMOR.

 

Experiencias de la vida y para la vida.

Hoy vivimos en un mundo donde se nos dice que gozar de variadas y múltiples experiencias es fundamental para tener una vida más plena. Realizarse, dicen. Debe ser algo estupendo, porque realizarse es como construirse a uno mismo pero en plan edificio de base rocosa. Ortega decía algo parecido, pero diferente: la vida es un quehacer que debe ser pensado. El problema es que hay quehaceres y quehaceres, experiencias y experiencias, y ahí vamos al tema, porque no todo es igual. Y no todo lo que se experimenta es pensado, ni mucho menos.

Hay experiencias que no son demasiado gratificantes, y aunque no se vivan no se pierde uno nada. Por ejemplo, tener una experiencias de comunicación twitteriana en plan intelectual con un zote de esos que inunda el panorama internacional es una mierda: Insultos, frases incoherentes, descalificaciones, y poca chicha. Es un quehacer semejante a jugar al candy crush que es como una droga de entretenimiento de móvil.  Te pasas el rato, y se te pega un estrés por el cuerpo que piensas si no hubiera sido mejor haber perdido el tiempo en cosas a priori más aburridas. es un quehacer pensado, en este caso una pérdida de tiempo que descubres cuando has pasado unos cuantos miles de horas delante del cacharrito. Discutir con la ignorancia es también una mala experiencia, porque nunca llegas a ningún sitio donde no hubieras estado antes.

En conclusión, si no tienes esa experiencia no te pierdes nada, como no sea perder la tranquilidad, o tener otras experiencias mejores para pensar en ellas.

Experiencias insulsas hay muchas, y a la gente en general le encanta contarlas y hablar de ellas como el no va más: hemos estado en un restaurante que se come genial (pues vale); hay un grupo que toca de puta madre (me alegro), me he tirado en parapente y me he orinado encima (fashión tío), hay un balneario donde te restriegan chocolate por el cuerpo y es flipante (que rico), subimos al Kilimanjaro y nos soltaron varias gallinas para que viéramos como se las comían los leones salvajes, da buten. Me parece estupendo. Son experiencias seguro que maravillosas pero no creo que cambien la vida a nadie. Aquí incluyo el gol de Iniesta. Muy bien tío, somos los mejores del mundo, o sea ellos. Y ya está. Ahora son los peores, no pasa nada, vale. Son  experiencias mejores o peores, pero vacías de contenido. En la vida, gracias a Dios, hay experiencias únicas que si no se viven se puede pensar que no se ha vivido del todo.

Por ejemplo tener un hijo, o dos o muchos. Tengo un buen amigo salmantino que dice que hay dos tipos de personas: los que han tenido hijos y los que no. Y dice que los que tienen hijos pueden entender a los que no, pues recuerdan los años en los que estaban solteros y no gozaban de tal compromiso.

Pero es imposible que los que no hayan tenido hijos puedan entender a los que los tienen, pues requiere tal descentramiento y gratuidad que es imposible entenderlo para el que no lo ha vivido. Y no le falta razón.  El que no ha tenido hijos no sabe lo que es, y aunque se lo pueda imaginar, coincidimos muchos padres que es bastante distinto que lo que nos contaron, bastante mejor, bastante más prosaico y bastante más sublime a la vez. Una experiencia inenarrable, una montaña rusa de sentimientos irrepetible.

Podemos intentar páginas y páginas de literatura, pero un padre o una madre que abraza a su hijo por primera vez… eso es inenarrable. Simplemente o se vive o no se vive. O se ha experimentado o no.

Supongo, que en medio de esta reflexión tengo que reconocer que hay algo en una experiencia que no se puede comunicar fácilmente. Una persona enamorada jamás podrá comunicar su experiencia a aquel que nunca se ha enamorado. Pero le será muy sencillo hacerlo con alguien que pierde los vientos por su amante. De ahí que podamos entender la experiencias del otro cuando hemos experimentado algo parecido.

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A mi la gran experiencia que me gustaría comunicar con mejores maneras es la experiencia de Dios. Es única y sublime. Entiendo a San Juan de la Cruz cuando intentó describirla con poemas de amor y pasión amorosa, y se quedó corto, pero es lo mejor que se ha podido hacer en cualquier lengua, y por suerte lo disfrutamos en castellano. Y es que es realmente imposible hablar de la relación de uno con Dios porque Dios te descoloca cuando lo ves y lo experimentas. El mismo Francisco de Asis hablaba de una intimidad imposible de comunicar. Las videntes de Medjugordie, Lourdes, Fátima coinciden en que estamos ante una experiencia inenarrable, pero no imposible para el alma.

Una persona que NO haya visto a la Virgen con sus ojos terrenales, puede experimentarla con el alma, y tal intensidad trasciende la propia vida, la transforma, la cambia. Es lo que llamamos conversión, que en griego es algo así como “metanous” cambio de mentalidad. La experiencia mística es un regalo de Dios, no es controlado por el orante, no es lógica desde su exterioridad. Es una experiencia que saca a uno de sí mismo y que lo abrasa en un amor fecundo y suave: un fuego transformador. Llama de amor viva, decía el poeta místico. Que a vida eterna sabes. Es asomarse al abismo de la Totalidad para paladear unas gotas de su ambrosía.

Todos los creyentes que hemos vivido alguna experiencia mística hemos sentido que era un regalo de Dios que no apetece contar demasiado. La experiencia de Dios que uno vive es un verdadero striptease personal y aún así muy difícil y complicado de comunicar. Desde fuera se percibe como una rareza, como una estupidez, o simplemente no se percibe, pero para el que lo vive es único.

El que no ha tenido experiencia de Dios, no entiende nada de esto. Suelen, en foros de diálogo con ateos y agnóstico ( de los que me salí hace tiempo por aburrimiento), hablar de psicologías, de alucinaciones, de mentiras, de crímenes en la historia de la iglesia, y asuntos por el estilo. Es lo más que pueden llegar a decir sobre algo que no han experimentado, inquisición para arriba inquisición para abajo. ¡Cómo si tuviera algo que ver con Dios! Sería como si un soltero hablara de pañales, de gastos y de chupetes. Se perdería lo más importante de la paternidad. El no creyente suele resolver el problema de Dios con un simple Dios no existe. Y esto para un místico es un absurdo, porque la experiencia es real y trasformadora. La experiencia yo la he tenido, es lo que responde el creyente.

En lo que estamos de acuerdo es que es imposible de comunicar.

Es tan real y auténtica como tener hijos, tan cierta y fuerte como tirarse en parapente, tan única e inefable que se convierte en algo impagable, un asomarse a la felicidad, a la felicidad absoluta que es Dios. Pero no se puede contar sin que el no creyente dibuje una mueca en su rostro. Es imposible entendernos y comunicarnos.

A menudo he escuchado que para qué sirve la religión, que es como preguntar para qué sirve Dios. Sin duda es una pregunta marcada por el prejuicio de lo valioso. Suelo responder lo mismo: ¿no desgrava a hacienda creer en Dios? No nos entendemos.

Hoy en el mundo de la escuela, que es la que me ocupa y preocupa, la experiencia de Dios no está, ni en la pública, donde está mal visto, ni en la concertada, donde es residual en muchos centros educativos. Ni se reflexiona sobre la experiencia de Dios, ni se educa sobre ella. Me atrevo a decir que en muchas parroquias e iglesias, incluso movimientos de iglesia tampoco está viva esa experiencia de Dios. Se habla de iglesia, de curas y de planes pastorales, pero no se garantiza bien la experiencia de Dios. Por eso no podemos trasmitirlo.

Por eso es tan negativa la mala experiencia religiosa. El que tenía que facilitarla lo imposibilitó con una vida incoherente, con crímenes, con abusos o con incomunicación de su experiencia,… La solución puede ser fácil. Abrir una puerta nueva a Dios, darle otra oportunidad. Porque Dios no es el cura zoquete, ni el catequista incoherente, ni el obispo aburrido. El problema es que no siempre están los confesionarios dispuestos a confesar, ni los templos abiertos a los que buscan una respuesta. Tengo sed de Dios, dicen muchas personas, pero nos guardamos el agua para nosotros sin ofrecer siquiera un vaso.

Este año, que he obligado a los alumnos de bachillerato en Filosofía a leer uno de los evangelios y responder algunas preguntas de comprobación, las respuestas de estos no dejaban de ser más que sorprendentes: no me lo imaginaba así, nunca había leído algo así, no lo entiendo, los milagros no me los creo, y respuestas por el estilo. Pocos habían tenido una experiencia narrativa intensa desde algo religioso, y ninguno había reflexionado sobre las características de un texto religioso, y les llamó la atención. A unos les impresionó y a otros les molestó. Pero a pocos se les hizo indiferente la lectura. Fue un vaso de agua fresca para chicos que no sabían que tenían sed, para gentes que nunca habían refrescado su boca con algo que los saciara. Fuente de agua viva, decía San Juan de la Cruz.

Tuvieron la posibilidad de tener una experiencia única. Precisamente eso que se está permanentemente negando en el estilo de sociedad que vivimos, escuela laica o concertada incluida, porque suelen ofrecer ya el mismo sinsentido y el mismo vacío. Experiencias y enseñanzas que no enseñan ni ayudan a vivir mejor. Que no sacian la sed que tenemos todos los hombres. Ya lo decía San Agustín: nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en tí.

Los ateos y agnósticos de hace unos años pudieron elegir, rozaron la experiencia, pudieron entender algo de ella. La experiencia religiosa se ofrecía de manera obligatoria, de ahí los rechazos y los abrazos a la misma. Saben de lo que se habla, y conocen el discurso del cristianismo. Pero los ateos y agnósticos de hoy lo son simplemente por ignorancia. No saben nada de Dios, ni de Cristo, ni de la Virgen, pero lo desprecian desde la arrogancia de la ignorancia laica de nuestro tiempo. Esto, lejos de ser un problema, es una oportunidad, deja la puerta más abierta que nunca a una experiencia nueva. no tienen prejuicios forjados en una experiencia negativa, son perjuicios sin experiencia, fáciles de cambiar.

La experiencia de los apóstoles tuvieron de Jesús se puede seguir compartiendo, se puede llegar a apreciar, y se puede repetir. Por desgracia, la sociedad contemporánea está empeñada en que las personas no conozcan al Dios cristiano, un Dios que interroga y pregunta por el hermano, un Dios dispuesto a darte la felicidad.

Me gustaría haber trasmitido  a la gente con la que comparto las clases la experiencia de lo divino y lo trascendente como la gran experiencia, pero una vez más quizás no lo he conseguido. En palabras del maestro: muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. También El predicó en el desierto, y eso me da paz y me justifica a la vez.

 

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