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Feria del libro 2018 en Valladolid: tarde de firmas, lluvia y amigos.

Estuve ayer por la tarde firmando en la Feria del libro de Valladolid, en concreto en la caseta de la Librería Roel. A pesar de la lluvia intermitente, y gracias a los toldillos y a que remitía la inclemencia temporal de cuando en cuando, pudimos disfrutar de una tarde estupenda, de amigos y de lecturas. Me entregue tanto a la “sinhueso” que se me olvidó hacer fotos que inmortalizaran el evento. Cuelgo una foto de secano del año anterior y me disculpo. Sorry.

Vinieron a verme un buen número de amigos, gente cercana que me anima y que me abraza con su presencia. Yo les firmo el libro que ellos compran, pero ellos me firman en mi alma trémula de escritor.

Gracias por vuestra presencia, gracias por escogerme como escritor. Es un honor y espero seguir a la altura con las siguientes publicaciones; sin abandonar, por supuesto, la buena acogida que sigue teniendo LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y EL ÁNGEL AMADO. Gracias

 

Lecturas y sosiego.

Me reconozco en estas tardes de lluvia, primaverales y venturosas, refugiado en la lectura y en el sosiego. No siempre es fácil encontrar silencios y huecos en los hogares. Convivimos con muchas realidades, algunas de una tecnología invasiva capaz de hacernos perder la cabeza y la tranquilidad. Pero hoy puede ser distinto. Hoy quiero verme refugiado en la lectura de los clásicos, en el silencio que inunda mi hogar cuando mis hijas se van a la cama. En la paz que otorga, feliz buenaventura, unas sencillas páginas que nunca antes han sido abiertas, ni recorridas, ni pasadas con mimo y tacto por mis manos que hoy quieren ser más delicadas y amables que nunca con su contenido.

Huelo el lomo del libro, me impregno del aliento de sus páginas. Como si se tratara de un plato exquisito, de esos que los nuevos cocineros jefes califican con una descripción interminable. Nada puede superar las palabras de una novela, mucho menos de un poema, incluso el teatro leído es diferente al interpretado. Si una fotografía se esconde bajo cien palabras muertas, y el cine trata de vivificar cien palabras en movimiento de manera interminable, con una historia, la palabra puede ir más alla. Va maś allá y se convirte en arte, en experiencia sublime, en un atisbo de la trascendencia. Tal cosa sucede cuando las palabras están escritas con la máxima belleza y el escritor es alguien que lo sabe hacer. ¡Ojalá fuera yo ese escritor!

Una novela es capaz de mil cosas. Puede permitir examinar los pensamientos del asesino, descubrir sus sentimientos con precisión, nos hace imaginar con nuestra propia experiencia lo que le sucede al protagonista. Nunca una película será mejor que un libro. Salvo que el libro sea muy malo, cutre y fofo. Casi siempre el libro es mejor que la película.  Yo los prefiero, y es que una foto es algo mudo, un trozo congelado del tiempo. En cambio, las palabras nunca enmudecen. Recorres sus capítulos despacio y reverdecen, es como si despertaran los personajes, la vida que estaba oculta durante meses, quizás años, se levanta mientras las palabras son pronunciadas en silencio por nuestra mente. Silencio y lectura, una combinación espectacular.

Las palabras son superiores a las imágenes, entre otras cosas porque trasmiten una paz que no logra el cine, ni las películas, ni la televisíon. Tampoco las redes sociales, tan cargadas de imágenes insulsas, de mensajitos ñoños, de vulgaridades y chistes fáciles se pueden comparar. Gente posando su inanidad, grandezas y vilezas que necesitan una simple frase para tener algo de vida. No dicen nada, salvo que haya un pie de foto, una palabra que rompa su silencio.

Y es que sin palabras el mundo se muere, el hombre se muere, la civilización se muere. Somos palabras, palabras puras y firmes, decisivas. Las necesitamos para expresar el amor, para expresar los sentimientos, las ideas, las contrariedades y para despedir a los muertos. Para decir lo que es el mundo, para decir lo que somos nosotros, para decir lo mucho que nos importan los que están a nuestro lado. Los rayos catódicos malvados de los miles de redes mortecinas, que ahora nos piden permiso para molestarnos, son agonías que no prosperarán. Se extinguirán cuando sus luces nos aburran. Y ya nos aburren y nos maltratan. Un libro no. Un libro nunca fulmina el sueño, al contrario, lo acompaña por la noche hasta obligarnos a conciliar el sueño con el recuerdo y el aliento de la historia, el verso, o la palabra que acabamos de escuchar.

Un libro es un compañero, una obra de arte escondida en una estantería. Un libro acompaña, seduce, invade la vida con el máximo cuidado. Por eso leer es un placer único. Solo basta dedicarles un pequeño rato al día para que sus beneficios duren horas, semanas, meses y años. Hay libros que los recordamos durante años porque nos han dejado una impronta inolvidable. Eterna. Los libros calman la ansiedad, alientan la vida, distraen las preocupaciones, motivan la vida y nos hacen pensar. ¿Se puede pedir más a los escritores que logran tal cosa?

Ahora solo nos quedará elegir un buen libro, un próximo libro. El mejor de los posibles para el momento presente. Necesitamos encontrarnos con una historia, con unas ideas que nos seduzcan y un mundo que nos haga ser más nosotros mismos. Para eso están los libros.

Y para estamos los escritores, para buscar la mejor de las historias o de las palabras, las que sean capaces de levantar a los hombres, de elevarlos hasta lo trascendente. La historia que conceda la esperanza a los que han perdido toda esperanza. Ese es el libro que me gustaría volver a escribir, para así poder agradecer lo que me regalaron Proust, Conrad, o Juan Ramón Jiménez.

 

FERIA DEL LIBRO VALLADOLID 2017. FIRMAMOS el martes, 9 de mayo a las 12h con la LIBRERÍA RO-EL

 

ESTAREMOS FIRMANDO LOS CABALLEROS DE VALEOLIT EL MARTES, 9 DE MAYO POR LA MAÑANA, A LAS 12H CON LA LIBRERÍA RO-EL.

 

DISTRIBUIMOS CON ARCADIA LIBROS S.L. PARA TODO CASTILLA Y LEÓN

Hemos dado un salto importante, y es que a partir de este mes de abril vamos a distribuir con Arcadia Libros, distribuidora que sirve a las librerías de Castilla y León de manera preferente, y que puede atender las demandas del libro para el resto del país, incluso del mundo.

No me he podido resistir, entre otras cosas porque últimamente me llegaban varios mensajes de librerías de Valladolid que me solicitaban el libro, lectores de otros lugares de la geografía española; y yo, superado por el tiempo y los deseos cotidianos, no he podido atenderles como se merecían. Con esta decisión cierro una pequeña etapa, pido ayuda a profesionales como son los de Arcadia Libros, y me evito repartir libros por las librerías. Dejo el oficio de distribuidor.

Es una etapa nueva, ni más ni menos.

Hasta ahora las librerías de Valladolid, donde he distribuido personalmente, me han tratado muy bien. Realmente, los libreros son los que están cerca de los lectores, saben lo que pide la gente, escuchan y atienden lo mejor que pueden las necesidades de sus clientes. Viven de ellos, y conocen su oficio. Un oficio, por cierto, más duro y complicado de lo que parece, además de un oficio con vocación.

Muchos libreros aman los libros, los buenos libros. Tiene que vender y vivir, lógicamente, pero eso no quita, que prefieran vender una buena novela antes que una mala. Se entretienen clasificando, ordenando, revisando… para luego recomendar al lector, a veces impaciente y desorientado, la mejor posibilidad. Su riesgo es “mantener” un libro mucho tiempo, a sabiendas de que es bueno, con la duda de si se venderá o si lo tendrá que almacenar en la estantería durante años. De ahí que algunos libreros apenas arriesguen manteniendo libros, cambian cada tres meses las novedades y no se casan con nadie: intentan sobrevivir como pueden. Otros, por el contrario, arriesgan y apuestan por aquellos libros que saben que son buenos, que les gusta venderlos, por la razón que sea, y que ofrecen desde sus expositores incansablemente, aunque se vendan menos que los salvíficos best-seller de turno. Todos ellos tienen mi reconocimiento, porque ninguna de las dos posturas es fácil de tomar cuando se juega con lo de comer.

Muchos libreros sobreviven gracias a las abundantísimas ventas que hacen en Navidad, donde regalar un libro sigue siendo una buena idea. También tienen otros periodos buenos, como el mes de abril, gracias al Día del Libro, 23 de abril, y las Ferias del Libro. Pero hay otros meses donde las librerías están vacías. Días donde no entra nadie, o casi nadie, porque llueve, porque hace frío, porque en enero las rebajas no llegan a los libreros. Da igual, porque gestionar un negocio siempre es duro y difícil, y cuando ves que no vendes, te desesperas.

La excusa actual del negocio editorial y librero es el libro electrónico, pero la experiencia nos va diciendo que tienden a convivir los dos formatos. Los lectores que viajan, de grandes ciudades preferentemente, y que hacen horas de metro y autobús, prefieren libros electrónicos, pero suelen descargarlos piratas. De ahí que las plataformas de libros electrónicos no terminen de despuntar en España, y escojamos plataformas extranjeras tipo Amazon. Pero incluso en esos ámbitos de trasporte público, son muchos  los que prefieren libros impresos. Abundan los lectores que se resisten a la electrónica, aunque ocupen sitio en casa y se acumulen. Según los estudios estadísticos, la gente que usa formato electrónico, suele alternar los formatos de manera natural, según apetencias o disponibilidades. Así que no hay por qué asustarse ni ser catastrofista, porque los libros y los escritores seguirán existiendo a pesar de las dificultades y de los problemas. Y me fijo en lo segundo, por la crisis más que nada.

Todos vivimos cerca de algunos lugares donde tal o cual librería ha desaparecido. Porque no es un buen negocio, porque cuesta mantenerlo, porque en España no se lee. Editamos mucho, tiradas cada vez más cortas, pero leemos poco. Supongo que el buen tiempo ayuda a que la gente prefiera salir de cañas que quedarse en casa leyendo, pero la realidad en España habla de menos librerías, más libros y menos tirada. El problema es que el número de lectores no crece, y sin lectores no hay ni librerías, ni distribuidoras, ni editoriales. Quedarán los escritores, aislados y reducidos a la autopublicación o al ámbito local o regional, que es donde me muevo.

Es curioso que en el mundo de la globalización, no exista, por ejemplo ninguna distribuidora de ámbito nacional siquiera. Y es que distribuir es caro, lo más caro y costoso del proceso, además de escribir supongo.

Durante estos meses he aprendido mucho del negocio. Pero no es mérito mío. Me han ayudado algunas librerías, me han animado y he firmado libros con ellos. He preguntado y me han respondido. Me he sentido apoyado, incluso admirado y reconocido, y eso se agradece. Ser librero es algo más que un oficio o una profesión. Y les doy las gracias.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana.