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¿Qué quedó de la revolución sexual?

Como me gusta la antropología, más que nada, porque son los únicos estudios a los que nadie hace caso, pues me embarco en este asunto tan entretenido, porque de todo lo demás ya hay gente soltando ocurrencias más o menos pensadas y sesudas. La revolución sexual… casi nada.

La revolución sexual se inició en torno a los años 50 del siglo pasado. A España llegó una década más tarde con las suecas que se venían a Benidorm a invertir en tranquilidad y relax mientras nos enseñaban a enseñar nuestros cachetones. En los 80 llegó el destape y la pseudoliberación de la mujer española; y ya, a partir de los 90 se asentó la pornografía, propiciada por las nuevas tecnologías que hacen que las suecas nos parezcan unas mojigatas y la difunta Enmanuelle, en todas sus versiones, una calientapollas cutre y de tercera categoría. Pero hay más.

La revolución sexual nos ha traído pelos y huchas corporales por doquier. No hay nada bueno en eso. La liberación sexual, que consistía en dejar de estar reprimido, se ha convertido en un continuo mal gusto, tanto a la hora de vestir como a la hora de enseñar el culo. Falta arte en este país, y la gente se ha vuelto descarada y zafia. Soltar tacos y pegar voces medio borracha mientras vemos el introito a la empoderada de turno, no es liberarse, sino embrutecerse.

Es verdad que las intelectuales de la «liberación de la mujer» no dijeron nunca que liberarse consistiera en enseñar a los machorros el ombligo, las mollas, el canalillo, la raja del culo o los pelos que afloran con pelotillas de las partes pudendas. En realidad, dijeron cosas muy distintas, que ya casi no se escuchan, por ser antiguas y torpes, y que ahora me apetece recordar.

Dijeron que sin la represión judeocristiana de milenios en materia sexual, esto sería jauja. Promiscuidad al poder. Decían que desaparecería la prostitución, la pornografía y la pederastia; y se sutituiría por el amor libre, que era, para estos intelectuales, el amor verdadero, sin ataduras y sin compromisos.

Irse de putas era lo de los reprimidos, igual que lo de ver pornografía o abusar de los niños. Todos estábamos reprimidos por culpa de la Iglesia. Vaya por Dios. Pero gracias a esta gente, la peña se pudo liberar, y ahora ya no está la gente reprimida y el amor abunda por todos los rincones de la patria. Ay que risa…

Nos contaron que lo natural era el refocile salvaje en pelotas en las playas de nudistas. Amor libre, que era una consigna más para dar rienda suelta a las pasiones desenfrenadas.

El problema es que las pasiones desenfrenadas no se controlan con más pasión, sino con más autocontrol y con la práctica de la templanza, virtud platónica que ya ni suena. La liberación sexual ha logrado lo contrario. La gente joven va cada vez más de putas, los pornógrafos incrementan sus ingresos a lo bestia y la gente se separa y se divorcia cada dos por tres, porque no debe estar muy satisfecha con su liberación.

Nos contaban las listillas de entonces, que las mujeres no tendrían que coquetear inútilmente en vueltas en seda y ropaje sensual, pues bastaría con solicitar conyunda para ser satisfechas por algún gafapasta abierto a las nuevas relaciones. Crasa equivocación. Nunca se ha vendido más lencería, más juguetes sexuales y más cremitas que ahora, todo ello supongo que es disimular la insatisfacción generalizada y el aburrimiento en la cama.

Lógicamente el amor libre se instauraría, decían, y en las conversaciones de café y tortilla matutina sería habitual escuchar comentarios sobre si tengo el clítoris como una sandía, si mis orgasmos son vaginales o si el vecino del cuarto se aferra al rocaje vivo dejándome más satisfecha que el vecino del segundo. Lo más corriente del mundo para los liberados, en este caso liberadas, comentar su sexualidad sin represiones y con naturalidad. De hecho es de lo que suelo hablar yo todos los días cuando tomo café: del rocaje vivo.

De todo aquello, y de los argumentos y tontadas que se decían no queda mucho, lo cual me da esperanza para comprender que de la tontería cisgénero, género fluído y porculismo contemporáneo no sobreviva más que el cachondeo de una abuela que te cuente que su género ha dejado de fluir hace tiempo por falta de uso. Las modas pasan, y el espectáculo patrio queda.

Si soy cruel y realista, tengo que decir que más bien, la revolución sexual ha empeorado la sexualidad de la gente. Más inseguridad para la coyunda, más incapacidad para amar y ser amado, más grupos raros reivindicando el onanismo, más pornografía y en edades más jóvenes, muchísima más gente adicta al sexo, y más gente insatisfecha con una sexualidad que consiste, básicamente, en reproducir lo que hace un tío y una tía en los youtubes especializados en porno ordinario. O sea, darse por atrás, chuparse y matarse a hacer pesas para quedar guapo durante el acto, que es casi un momento para lucirse. El libro más vendido de los últimos años, ¿no ha sido el de las sombras de Grey, que hasta hicieron película para la sesión de tarde de los jueves?

La sexualidad ha empeorado y la gente está obsesionada con «no dar la talla», depilarse, y aprender a escaquearse tras la coyunda. Las represiones sociales se han multiplicado, y alguno acaba haciendo lo que no le apetece, más que nada, por no quedar mal. En otros casos, el hedonismo y el placer, han acabado siendo los rectores de la vida sexual y no sexual.

¿Lo peor? De cuando en cuando salen manadas de adictos a la pornografía de fiesta, que están deseando metérsela a alguna liberada que no esté reprimida como el resto de las chicas de su edad. A veces tienen suerte, pillan cacho y no les denuncian.

Lo dicho, la liberación sexual ha logrado que la gente no esté reprimida. Ahora sólo tenemos que enseñarles a ser personas, y a liberarse de sus nuevas cadenas.