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No lo llames desahucio, llámalo depredación.

Me envió mi hermano una invitación a comentar algo al respecto, y el título no puede ser más sugerente: no lo llames desahucio, sino depredación. Es el viejo gusto por los eufemismos, el juego de palabras, donde parece que no decimos lo mismo, aunque sí lo digamos. ¿Es lo mismo interrupción del embarazo que abortar? Pues sí. ¿Es lo mismo desahucio que depredación? Aquí es más dudoso, pues ni todos los desahucios son depredaciones, ni todas las depredaciones son desahucios. Vamos por partes.

Técnicamente y por la RAE, desahucio es el nombre que damos a la ejecución de una sentencia donde una persona o personas son desalojadas de una vivienda que no les pertenece, que han ocupado como inquilinos o arrendatarios. Cuando un señor alquila un piso, y sus inquilinos por ejemplo no le pagan, se va al juzgado y logrará, con suerte y una caña, que desahucien a los gorrones que lo ocupaban. En estos desahucios el depredador suele ser el inquilino que deja el piso hecho un asco, aunque tampoco faltan mafiosillos arrendadores que se aprovechan de la gente alquilando auténticos contenedores de basura a precios astronómicos. La predación se hizo antes, cuando se contrató, y el desahucio es casi una liberación.

Pero no es este el tipo de desahucio que ocupa las portadas y la indignación de la gente, sino otro cuyo origen es el impago de una hipoteca. El dinero lo prestan los bancos y los usureros. Los primeros en plan legal, y los segundos rompiendo las piernas al que no paga. Formas parecidas, acciones semejantes. En los años de prosperidad mucha gente se lanzó a comprar un pisito: monísimo, con cuatro habitaciones, baño, terraza y calefacción individualizada, como a las afueras de cualquier ciudad de España. Pero, claro, para pagar algo así con nuestros miserables sueldos se necesita pedir un préstamo a un banco. Da igual cual, uno cualquiera y todos encantados de colocarte el  inevitable préstamo. Porque el dinero cuesta dinero, que es algo que muchos no saben. Los préstamos se cobran, y claro, los pobrecitos bancos y cajas de ahorros, como hacen sus negocios con sonrisa profident y el puñal bajo el brazo, pues piden algo a cambio por si no pagas. Porque está claro que vas a pagar, pero, ¿y si no? Pues un aval mejor que romperte las piernas.

La hipoteca, como figura jurídica, y esto desde el tiempo de los romanos que inventaron la genialidad del derecho civil, implica que se pone de aval el mismo piso o bien que se pretende comprar con el préstamo. Es una condición sobre el bien. Aquí la prenda y la hipoteca son figuras jurídicas con cierta semejanza, que ahora no vamos a detallar. El gran invento de los bancos modernos es exigir avales. Y como el pisito es tan mono, pues ¡ale hop! Ponemos de aval el piso de la abuela, de tu madre, de la mía, del tío inválido de Getafe. Lo que sea. Y luego vienen los bancos para cobrar su préstamo y se quedan con todo. Como en el monopoli, tu das vueltas, cobras poco, y ellos te sacuden con sus hoteles y casas.

¿Cómo que no tiene para pagar? ¿Cómo que avaló el piso de la abuela? ¿Cómo que la mujer tiene novecientos años? ¿Cómo que le han echado de su empresa? ¿Como que ha cerrado su negocio? ¿Cómo que necesita tiempo y dar otra vuelta por la casilla de salida? Da igual. El banco quiere tu dinero, y el juez debe cumplir la ley que han aprobado los parlamentos. Se llama Estado de Derecho, que solo funciona para algunos (para los catalanes no, estos dejan sin ejecutar sentencias del Supremo sin que les tiemble el pulso). Luego nos cuentan en los telediarios que los bancos han tenido nosecuantos beneficios.

Es notable la diferencia entre un banco cuando estafa con preferentes,  y un particular cuando no paga al banco, porque en los dos casos el ciudadano es el sodomizado, depredado y castigado. Por tonto y retonto. Ya veremos si recupera el dinero, dice el político y el juez por igual, en declaraciones por las preferentes. Y venga a reunirse los pobrecitos que se fiaron de lo que les contaba su amiguete del banco. Como si tuvieran alguna posibilidad.

En cambio cuando el banco es la víctima que no recauda el dinero que prestó, entonces se recupera el dinero por cojones. O sea, se subasta del piso, te bloquean la cuenta y te revenden tu casa. Contigo a la puta calle, lógico. El piso es de ellos ahora, lo dice el contrato abusivo que un día firmaste como un pardillo. Cuatro habitaciones, terraza, y salón con baño a tomar por culo, era tan mono que era del banco, y tu como un gilipollas.

Vamos a ver. La culpa no es del derecho romano, que hemos humanizado gracias al cristianismo ( a quién si no…). Antiguamente los romanos castigaban con la esclavitud al que no pagaba sus deudas. O con la muerte tras una hondonada de hostias. Ya está. La culpa es del Estado de Derecho que permite que un memo firme un contrato con un cabronazo, así dicho en plan faltón. El memo tiene una parte de culpabilidad, y el cabronazo casi toda. Eso que se persigue para los usureros que estafan, se protege cuando son grandes entidades financieras (se llaman así) las que prestan pasta.

Desde el punto de vista jurídico el tema no es sencillo ni baladí, porque la pregunta está en cómo conciliar la obligación de pagar las deudas con el derecho a vivir dignamente. Esto ya lo hicieron los Padres de la Iglesia (obispos del siglo IV y V) cuando condenaban los préstamos abusivos. En la época carolingia, medievo bendito, se prohibieron los préstamos, y los únicos usureros eran los judíos. Santo Tomás ya hablo de ésto, pero por desgracia, la gente no sabe ya ni quién es Santo Tomás, y así nos va. Menos cultura, más abuso; menos religión, más inanidad para hacerles frente a los depredadores contemporáneos.

Yo creo que la solución no está en impedir el desahucio, que es el fin de la cadena, sino en el principio de la misma, es decir, en la depredación del contrato abusivo. ¿Se puede discutir con un banco algo del contrato? ¿Se puede contratar un préstamo con las condiciones que a uno le gustaría? No, claro que no. Son contratos de adhesión. Si quieres lo tomas y si no lo dejas, te quedas sin préstamo y sin casita mona en las afueras. Los bancos fijan las cláusulas por impago, te dicen que necesitas un aval, y te ponen la pena si no pagas a tiempo (25% o lo que les de la gana), sanción que cobran cuando les apetece con tu pasta en el banco. Ese es el abuso, ahí es donde hay que intervenir. Ahí es donde no nos podemos bajar los pantalones, pero es precisamente ahí donde no se atreven los políticos a meter mano. Negocio privado lo llaman. ¿Por qué no se prohiben los avales hipotecarios teniendo ya como aval el piso? ¿Por qué no se fuerza a renegociar los préstamos cuando uno es poderoso y el otro no? ¿Por qué no se rescata a los ciudadanos, en lugar de rescatar a los bancos? ¿Para que nos sigan sodomizando con nuestro dinero?

Hace unos años, en un banco, me contaron que habían cobrado una comisión indebidamente a los que tenían la nómina con ellos, y que si los clientes reclamaban se les devolvía. ¿Y si no lo reclaman porque no se habían enterado? Pregunté. Pues no se devuelve, me contestó la señora del banco con una sonrisa cómplice, como satisfecha de su delito. Le dije que eso era robar. Y no le gustó. Es lo que tiene el mundo de la banca, que roban con la ley en la mano, y tú, pobrecito imbécil, como no tienes tiempo para demandarlos cada jueves, pues tienes las de perder. Ellos sonríen, y si quieres hacer un ingreso, pues de 8 a 830 de la mañana del día uno al cinco del mes. Así son. Malos y depredadores.

Los gobiernos, si quieren hacer legislaciones mejores que eviten la depredación de los grandes sobre los pequeños, tendrían que entrar a reformar las leyes hipotecarias, hacerlas más restrictivas para los bancos, leyes de préstamos de dinero, donde el mango de la sartén no lo tengan los bancos, sino la ciudadanía y la administración con organismos de control más eficaz. Que quedemos al menos más protegidos de sus malévolas mañas, qeu son muchas, y no desterrados al Defensor del pueblo, que parece el Rey de los pardillos cuando va al Congreso una vez al año.

Ya puestos a hacer programas electorales, yo prohibiría los contratos de adhesión, regularía el derecho a solicitar en determinadas condiciones laborales un préstamo, y regularía la obligación a concederlos por parte de bancos. Sin avales abusivos, y sin penalizaciones cabronas. ¿No es un derecho el acceso a la vivienda? Pues hagamos leyes que faciliten el dinero para acceder a ella. Y fin.

PD: ¡Ah! Es verdad. Se me olvidaba que los partidos políticos deben mucho dinero a los bancos. Si es que nos tienen cogidos por los huevos a todos…

Dedicado a los López.

Las malas COMPAÑÍAS

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No conozco a nadie que no haya sufrido los desmanes de las compañías telefónicas, de gas o de electricidad. Y cuando digo nadie, es que estoy hablando de nadie, o sea muchísima gente está igual que yo. Son los ladrones de nuestro tiempo, pertrechados bajo el aura de que son grandes grandísimas y poderosas, nos niegan el pan y la sal, incumplen los contratos que nos obligan a firmar (porque no podemos discutir y son cerrados), y nos tratan, para más inri, como si fuéramos una mierda, cuando se supone que somos sus clientes.

De todas ellas podríamos contar cada españolito una docena de casos y abusos cometidos por ellas, la mayoría de los cuales suelen quedar impunes, pues las ganas de pleitear de la gente, en general de buena condición, son más bien escasas. Y ellos, ¡para qué hablar! baten records de fraude y abuso sin pestañear siquiera. Luego llegará el defensor del pueblo, el de la comunidad, o el que nos toque, y dirá que la mayoría de las quejas de los españoles son contra esas compañías suministradoras, seguida de cerca de los bancos. ¡Qué te busques un abogado y te metas en un pleito!, te aconsejan. ¿Por cuatros con veinte?, respondes; y no haces nada más que aguantar.

Yo antes, cuando me contaban que la gente se quejaba, sospechaba de la peña, porque hay mucho jeta por el mundo, pero ahora ya no. Ahora estoy convencido que los grandes caraduras del planeta trabajan en estas compañías, diseñando estrategias de mercado consistentes en ganar mucho dinero tratando mal a sus clientes. Y no hay escapatoria, porque aunque aterrices en otra compañía de éstas, te vuelve a pasar algo parecido. Es cuestión de tiempo, que no llegue un día y te aparezca duplicado el recibo, te hayan cambiado el contrato sin tu consentimiento, o te llamen día y noche atizándote con mensajitos para que contrates otra vez con ellos nosequé oferta mal explicada que consiste en pagar un poquito más. A mi me han enviado veinte en tres días. ¡Qué tíos! Y en todos ponía lo mismo, y es que me quieren noquear a fuerza de aburrirme y cabrearme a partes iguales.

¿Se han fijado el ninguneo con el que nos tratan? Si quiere que le atendamos pulse uno, si quiere algo comercial pulse dos, si quiere ampliar sus servicios pulse tres, y si quiere reclamar pulse cuatro. ¿Cuál va a durar media hora de espera de reloj puro y duro? ¿El cuatro? Y no ha hecho más que empezar la maquinaria perversa, consistente en agotarte respondiendo a sus preguntitaa. Te tienes que identificar entre cuatro y siete veces, porque te van derivando de uno a otro hasta que encuentras a alguien, al final de una larga cadena, que tiene a bien registrar tu queja. Pero no sirve para mucho, porque cuando vuelves a llamar al cabo de unas semanas, el tema sigue en el mismo sitio que lo dejaste, te identificas y le cuentas tu caso a otros ocho intermediarios cuyo trabajo consiste en cansarte afablemente, y al final vuelven a hacer lo mismo. Es como hablar contra una pared. Miento. Es peor, porque las paredes no te engañan y son lo que son. En cambio estos señores barricada entre tú y la compañía se muestran asertivos, y se ofenden afablemente cuando les llamas ladrones, que es lo que suelen hacer sin complejos.

Luego te queda la culpabilidad de cómo te has puesto. Y es que necesitamos un equipo de psicólogos que nos aconsejen que nos enfrentemos a ellos sin medias tintas y a degüello, y es que está claro que el gobierno no los va a parar. Lo tienen muy bien estudiado, y nos ponen a los pobres trabajadores explotados de estos tíos, para que nos desahoguemos con ellos y les gritemos. ¿Hay una estrategia más perversa e inhumana? Si se enfadan mucho cuelgas, les dicen a sus curritos, y les pides que por favor se tranquilice. Y vuelta a empezar lo imposible, y es que cuando llevas tres cuartos de hora al teléfono y todavía no has hablado con nadie que te escuche de verdad y te atienda como dios manda, no tienes demasiadas ganas de platicar con un señor del otro lado del Atlántico cuyos problemas son tan gordos y complejos como los tuyos.

La gente va huyendo de una compañía a otra como del estiércol en verano, porque todas atufan que da gusto. Ellos en cambio lanzan su estrategia más sibilina para que no te vayas: la penalización. Los tíos van y te cascan sanciones, como si fueran la administración pública pero sin garantías de ningún tipo. lo firmó usted. Ya pero, ¿se puede no firmar? ¿Se puede vivir sin teléfono, sin agua, sin gas y sin electricidad? Para la gente son herramientas de trabajo, medios para poder sobrevivir en una sociedad que maltrata a sus hijos. No son lujos innecesarios. Lo eran hace cien años, pero ahora no lo son.

Por eso abusan, te pasan facturas equivocadas, e incluso te cambian de compañía sin pedir permiso, sin firmar nada, y sin autorizar nada. Y tú como loco, pulse uno, pulse dos, y sí, sí, su queja está aquí es la número 3546 millones 456 mil 678 que tenemos en la compañía este mes. Nos hemos equivocado, el error es nuestro, te dicen. Pero no te lo arreglan, ni te indemnizan, simplemente archivan tu asunto y lo sentimos por las molestias. Y a esperar que te acuerdes de lo sinvergüenzas que son y vuelvas a llamar. Y si te niegas a pagar sus errores entonces te cortan el suministro, que es tanto como convertirte en indigente de la noche a la mañana.

La defensa de los españoles, aprendida tras una larga posguerra, una pertinaz sequía, ha consistido en cambiar de compañía. Te vas a otra y santas pascuas. Pero es lo mismo, y están cortados por el mismo rasero. La diferencia es cuestión de suerte, más o menos, y la suerte, además de ser esquiva puede cambiar en cualquier momento. Además, tampoco hay que olvidar que no te puedes ir de su lado como si tal cosa, porque entonces te amenazan con meterte en el registro de morosos. Ellos pueden incumplir su contrato cuando quieran, pero tú, pequeño e insignificante cucaracha, no puedes eludir tu responsabilidad de alimentar a la bestia.

La forma de acabar con ellas es que aparezca alguna compañía que te trate bien, que tenga personal en oficinas, con trato directo y humano. Que puedas negociar tu contrato de suministros, que te fotocopie el DNI cuando firmas el contrato. Que se disculpe cuando se equivoca, y que tenga a alguien en la compañía que te resuelva los problemas. Eso no lo hace ni la administración pública, por eso, si existiera una compañía que lo hiciera bien se llevaría a todos los clientes de calle. Seguro.

Hay otra forma de acabar con ellas, y es nacionalizando los suministros. Pero esto no parece figurar en el programa electoral de ningún partido político. Que nos traten como seres humanos, no es pedir tanto, ¿no?

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