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Mi amigo de pupitre, Miguel Ángel P. R. es hoy un vagabundo.

No tengo palabras para ti, Miguel Ángel P… salvo esta entrada que escribo y que te dedico. No pongo tus apellidos porque prefiero darte la dignidad que nadie te ha dado, pero los recuerdo bien: el primero empieza por P, y el segundo por R. No son vulgares, ni corrientes como podría pensarse. Tu nombre es Miguel Ángel y cumplirás los mismos años que yo este año, tú tres días antes que yo, viejo amigo.

Hacía muchos años que no te había vuelto a ver. Compañero de clase y amigo, en el colegio del Ponce de León de Valladolid. ¿Te acuerdas? Creo que desde que abandonamos el colegio no nos habíamos vuelto a ver salvo para una ocasión puntual, la última que nos vimos… hasta hoy. Teníamos catorce años, terminábamos la EGB y yo entré en el Instituto de Bachillerato Zorrilla, tú te fuiste a otro instituto, creo que el Pinarillo. ¿O fue quizás el Ferrari? No recuerdo. Luego supe de tí por la tragedia de la muerte de tu madre. Hace casi veinte años ya, cuando daba mis primeros pasos como docente. Tu madre enfermó y murió de cáncer siendo una mujer relativamente joven, y como era profesora del primer instituto donde trabajé, no me fue costoso enterarme que era tu madre. No obstante, sois familia conocida… gente del PSOE de toda la vida. Buena gente, por qué no decirlo, de lo mejor que puede uno encontrarse en esta ciudad mía. Seguías igual. Te dí el pésame y nos volvimos a mirar a los ojos y abrazar. De eso hace casi viente años.

Hoy he vuelto a mirar esos ojos, pero no me has visto. Ibas cabizbajo y con paso lento. Vestías como un menesteroso, con ropas de anciano, gabán y abrigo viejo y lucías unas barbas muy de las modas actuales. De las que vuelven y van. Tu pelo ensortijado y rizado seguía siendo el mismo, la vida parecía haberte tratado bien, pero no. No me has engañado. El pelo era canoso en algún rincón, con vetas plateadas, pero estaba despeinado y sucio. Tus facciones seguían siendo las mismas. Ojos alegres y saltones, y boca grande. Hoy solo eran saltones los ojos, y la boca era una mueca rota. Tus ojos marrones tenían hoy la luz de los que miran sin ver, de los que están tan ensimismados que no pueden hacer un hueco a los demás, de los que no ven porque no enfocan con nitidez, de los yonquis que van colocados y tardan diez segundos o más en reconocer algo y se sonríen con retraso. Eran los ojos de la desidia y el abandono, los ojos de un vagabundo que va puesto hasta arriba, no sé si de heroína o de vino barato. Me da igual. Porque seguían siendo tus ojos, los ojos de un viejo y querido amigo.

Los ojos de un amigo con el que me divertía mucho en clase, de los que compartí muchas horas de vuelo y de recorrido riéndome y sonriéndome. Eras muy simpático y gozabas de un sentido del humor singular. Caías bien a todo el mundo, por eso sigo atenazado por la pena de haberte visto destruido, arruinado, machacado. Sé que estudiaste, aunque ya no estoy seguro. Sé que valías para los negocios, y tampoco sé si te has arruinado con los últimos vientos de la pobreza. Esos que soplan de cuando en cuando y nadie sabe qué hacer para detenerlos. Vientos que quitan y ponen gobiernos y que dejan cicatrices en la ciudad: locales cerrados y almas en pena, como la tuya. Cicatrices que no se cierran con nuevos empleos, ni con subsidios, ni con dinero.

Conozco a algunos voluntarios de Cáritas, y últimamente he sabido de los que como tú lo han perdido todo. Estudios y vidas que fueron construidas perfectamente han quedado luego arruinadas. Con la prosperidad  hubo afectos y palmaditas en la espalda, pero con la ruina no. Se cierran negocios, se pierden trabajos, se separan familias y llegan divorcios draconianos para la parte más débil. ¿Te ha pasado eso a tí, Miguel Ángel? Tenías que haberte comido el mundo, ser un hombre asentado, de éxito y con fuerza, tu simpatía te habrá abierto puertas. Alguna decisión equivocada has tenido que tomar, pero eso no justifica que hoy, al cruzarme contigo, y reconocerte sin tiempo para pararme, no se haya bamboleado un rincón de mi conciencia. Te imaginaba en alguna gestoría, llevando una tienda, en algún rincón de la administración pública, pues valías para los estudios y tenías cualidades para comerte el mundo.

No me has visto. Yo iba de la mano de mi hija pequeña al médico, y no me ha dado tiempo de llamarte ni de detenerme. Mi niña hablaba, porque le gusta mucho parlotear sus cosas, y yo la escuchaba cuando… apenas tres segundos después de cruzarme contigo te he reconocido: Miguel Ángel P. R. ¿Qué te ha pasado viejo amigo? Mi hija seguía hablando y ni siquiera me he atrevido a darme la vuelta. íbamos por delante de tu casa, la de tus padres. ¡Claro! Era eso. ¿Qué te ha pasado Miguel Ángel P.? La vida, te ha pasado la vida como si fuera un camión por encima.

Si vuelto a verte te pararé, te preguntaré y te invitaré a un café, y luego a que te rehagas, y luego volveremos a sonreír como lo hacíamos antaño. Compañero y amigo. Discúlpanos, pero creo que hoy entre todos hemos hecho algo mal contigo. Eras mi compañero de pupitre, y no quiero que dejes de ser mi amigo por nada del mundo. Permíteme hoy que te dedique estas palabras, y devolverte la dignidad que nunca has dejado de tener como persona. Aunque hoy la gente se cruce de acera al verte avanzar por la tuya. Aunque huelas mal y vaciles al hablar. Aunque tengas el rostro bruno y arrugado sigues siendo uno de los nuestros. Un compañero de pupitre. Miguel Ángel P. R. Un buen alumno de mi colegio.

Caminas lento con paso abrumado

con la angustia del que tiene todo el día por delante.

Paso a paso, dejando un vapor de olor a pis, unas ropas roídas y un calzado agujereado.

Con toda la tierra por delante, y el aliento de la derrota en la espalda.

Me recuerdas al que caminó hacia el calvario sangrando.

Sé que te llamas Miguel Ángel. Pero yo sé que eres mi compañero de pupitre, mi hermano.

Un ejército de abuelos asalta el colegio.

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Este gobierno funciona gracias a que la Soraya tiene en su casa abuelos y suegros que le cuidan al churumbel, sino de qué. Y el pais en su conjunto también. Antes con un sueldo en casa y Seguridad Social para todos, hacías el mes. Ahora no llegamos ni trabajando los dos, y claro, hay que echar mano de los abuelos, la verdadera cobertura social de este país. Por eso, en los tiempos que corren, el que no tiene un par de abuelos en condiciones de resistencia y trabajo no es nadie. Y si tiene hijos está vendido al peor postor, que no es otro que esta sociedad de la prisa. Voy al grano.

Llevan años dando guerra con el asunto diciendo que hay que dedicar unos días para que los niños se adapten al cole. En realidad quienes adaptan su horario durante unos días son los padres, y por supuesto, los abuelos, que como si de un ejército se tratara, forman en comandos unipersonales para socorrer a sus hijos y nietos que no pueden llegar a todo.

Están por todas partes haciendo faenas impropias: supermercados, parques, reuniones de padres, salidas de colegio, entradas al mismo, llevando papeles al hijo, en el banco a no sé qué marrón nuevo, en la cola de la carne y en la del pescado, comprando el pan para toda la familia, que luego distribuyen convenientemente a sus currantes hijos. Son espectaculares y gozan, desde hace décadas de mi más ferviente admiración. Gracias a ellos se llenan: las exposiciones de temas rarísimos de los ayuntamientos, las charlas sobre los más variopintos temas, y las presentaciones de libros, donde a mi nunca me ha faltado unos cuantos abuelos, supuestamente despistados. Encima te dan conversación en cuanto te descuidas, en el autobús o en el metro, da igual. “Es que voy a recoger a mi nieta”, te cuentan. “Los pobres trabajan y no pueden”. ¡Están explotados y no miran por sí mismos! Chapeau.

También son la cobertura económica de muchas familias que fluctúan entre el paro y las nuevas formas familiares, consistentes en que cada vez somos menos y necesitamos más ayuda de los abuelos. Esta peña te ayuda con la compra del mes si no llegas, o te avalan el piso hipotecado si andas con intenciones expansivas. A estos abuelos deberían darles una medalla, porque algunos, además de dar la cara por sus gilhijos, se han visto con problemas con el banco, pagando la letra que sus hijos no han podido. Lo dicho, la salvación del pais.

Se nota su presencia demoledora en la semana de adaptación de los cabroncetes. Nadie entiende por qué se tienen que adaptar ahora los niños al ir al cole, pero es de esas tontadas que se les ocurre a las autoridades educativas para justificar que hacen algo. Antes era más fácil: primer día unos lloran y otros no; el segundo día todos están tan contentos. Ahora se montan unas trifulcas con los angelitos que te cagas. ¡Qué no se traumaticen! Y nos tienen traumatizados a todos. Yo creo que los niños no necesitan ni miramientos, ni periodos chorras, entre otras cosas porque están acostumbrados a ser un paquete de un lado para otro. “Oye, que se me ha puesto malo, que te lo traigo”, “¡mamá, recógeme al nene que me ha vomitado en la guardería!”. No. Indudablemente los niños no necesitan adaptaciones, las necesitamos los adultos a una sociedad esquizofrénica que pretende que estemos en cinco sitios a la vez: comprando, con el niño enfermo en casa, en la puerta del cole recogiendo al pequeño, trabajando a cinco kilómetros de todos ellos, y haciendo la comida a la vez.

A mi los que me dan pena son los que no tienen los abuelos, o los que tragaron con aquello de “lo importante que es la flexibilidad geográfica en el trabajo”, y los tienen en la otra punta de España, o del mundo. La semana de adaptación tienen que hacer cabriolas, piden ayuda a los amigos, y están realmente chungos y jodidos. En una palabra: desesperados buscando alguien que les eche una mano. Más de uno se coge esa semana las vacaciones para atender al chico, y algún otro pide en la “cosa nostra administrativa” una semana sin empleo ni sueldo, un permiso no remunerado que se llama, para atender a su pobre hijito inadaptado según un gilipollas de la Consejería de Educación.

Yo creo que el gobierno, si tiene alguna sensibilidad por lo social, debería organizar unos abuelos de alquiler, una empresa comanditaria donde el abueleterío te pase a recoger cinco o seis niños por aula. Como ahora las clases están más vacías que las consultas de los pediatras (llega el otoño no lo olvidemos, los piojos y las gripes), con tres abuelos hacemos la clase entera, y con veinte el cole entero.

Otra idea, que estoy inspirado: montar turnos para que los funcionarios más relajados, además de salir al bocata matutino un par de horas, pasen a recoger a los churumbeles de los vecinos del barrio. Esto bien organizado sería espectacular y saldríamos hasta en el NY Times. Así dejaríamos a los abuelos descansar en el supermercado, que los pobres también tienen derecho.

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