EL DERECHO A LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA DE “A CONTRA B”.

Dicen que el primer derecho que se tumba en tiempo de guerra es el derecho a saber la verdad, casi antes que el derecho a la vida, y puede que tenga razón el listo que lo dijo. Lo que me sorprende es que lo pudiera decir, pues hoy día es casi un delito hacer tal afirmación. Evidentemente no lo dijo en tiempo de guerra, pues lo hubieran fusilado por traidor, no importa que bando. Lo diría en una universidad a la hora del café, y lo aplaudirían por sabio de moda.

Por supuesto, no voy a preguntar por la “Rusia Today”, que era la cadena que a mi me servía para saber lo que opinaba Putin. Como ahora está prohibida, me tengo que conformar con escuchar las mentiras del bando en el que me toca vivir, que es éste, pero que bien podría ser el otro, pues cosa evidente es que nadie elige el país en el que nace, crece, se reproduce y muere.

Para que no queden dudas, me solidarizo con el sufrimiento de todos y cada uno de los rusos y ucranianos que vivan por allí, no importa raza, sexo, idioma, etnia o religión. También me solidarizo con el resto de la humanidad, para que no haya dudas.

Y ahora, una vez alejadas las intrigas para los más fanáticos, continúo.

El tema es que la Euronews, la BBC, la franchute, la RAI o la Fox… me cuentan más o menos lo mismo, así que me he quedado sin poder apreciar quién dice la verdad y quién no; o dicho de otro modo, no quieren que piense por mi mismo; y quieren que piense igual que todo el mundo de este lado de la barricada. Pensar por uno mismo sigue siendo peligroso, y más en tiempo de guerra.

Censuran el discurso del enemigo por si acaso se nos ocurre hablar bien del malo, siendo nosotros los buenos y los malos los demás. La vieja consigna de guerra mediática. O estás conmigo, o estás contra mi; que por cierto es una frase bíblica animando a la radicalidad en la vida evangélica, pero que ha servido a los malos de coartada para mentir. Como el demonio al que sirven, que era un mentiroso.

Las guerras del siglo XXI son así, demoníacas. Son terroríficas por el grado de destrucción que pueden llegar a generar; e insoportables por la cantidad de mentiras y embustes que puede llegar uno a escuchar. Me recuerdan a la cueva de Platón, donde nos impiden volver la cabeza y ver la luz. Quieren que miremos las sombras de la proyección que nos hacen nuestros respectivos gobiernos, sus discursos y justificaciones. Estamos viendo el Nodo eterno que nunca termina. Mañana, tarde y noche.

Lo peor es que te lo cuenta todo el mundo. Mientras unos lanzan las noticias falseadas, otros capturan los rebotes y te cuentan lo que creen que sucede. Y nuestro país que es amigo de enterarse más que de leer, te va comentando de primera mano lo que acaban de escuchar por en la radio los correveidiles de la información, o sea, el pueblo.

Esto que cuento no es nuevo, pues el siglo XX se caracterizó por la guerra mediática que discurrió en paralelo a la guerra fría (fría en Europa y caliente en el resto). Todos sabemos que los norteamericanos salieron de Vietnam por culpa de la opinión pública (guerra mediática) que perdieron en su territorio; o la guerra de Irak, Afganistán o Siria, donde nos enteramos de lo que nos enteramos y a medias. Algunos siguen con la consigna del “no a la guerra”, sin saber que España no disparó un sólo tiro en Irak. Parece otro tema, pero es el mismo. Miente que algo quedará, y la guerra es el mejor momento para mentir, por si acaso te enmiendan la plana los vencedores del otro bando.

Ahora lo que se cuece debe ser muy importante, por eso han prohibido discrepar allí; y nos han cerrado la Russia Today aquí. La RT, que no es que fuera una gran cadena, pero vale, me servía para saber lo que opinaban los del gobierno ruso. Ahora sólo nos queda lo que dicen los chinos, dos cadenas de zapin más abajo; y los de Aljazira, que no sé muy bien de qué bando son. Esa es la única verdad en la que puedo confiar. ¿Me habré vuelto loco? ¡No me voy a fiar de los míos, que sé que mienten a rabiar! Y menos de los otros, que me acusan de traidor.

El caso es que pongo todo en duda, y me he vuelto un escéptico y un cínico, que es casi lo peor. Si me cuentan que han asesinado a miles de niños los del otro bando, pensaré que es mentira aunque sea verdad. Si afirman que los nuestros están resistiendo, intuiré que no van a durar ni dos telediarios más. Si proclaman que el enemigo está acorralado por la opinión pública de su país, razonaré en consecuencia que tienen cuerda para rato y que esto no se acaba. Si dicen que va a haber guerra nuclear, pues seguro que no, pero igual sí. Pater noster qui est in coelis…

Así que con esas herramientas residuales, y sin tener ni pajolera idea de este asunto, me temo que lo único que sé es lo que ya sabía de antes: que la guerra es lo peor que hay, y que muere gente inocente, que es toda, de los dos bandos, militares y civiles, hombres y mujeres, niños y ancianos.

Esto es importante saberlo, porque incluso una ministra de nuestro gobierno dijo que las primera víctimas de una guerra eran las mujeres, lo que demuestra, que está en permanente campaña mediática contra la razón y la verdad, y que por supuesto le importa un huevo la guerra. Lo que quiere es celebrar su 8 de marzo con tranquilidad, sin pandemia y con sus amiguitas.

—¡Jo, tía! ¡Qué chunga es la guerra esa! —dijo la menistra del ramo.

—Shí tía, ya te digo. ¡Y que malos los fascistas! —contestó su homóloga del otro ramo.

Pues eso. El derecho a la información lo sufrimos todos los días en directo y en diferido; así que tendremos que esperar a que dentro de unos años podamos leer algún libro. Será la verdad de los vencedores, digo, que suelen ser lo que cuentan siempre la verdad que hay que creer. Salvo en la guerra civil española, que la verdad nos la cuentan los camaradas de la ministra y los de la cultura.

Ave María, gratia plena…

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