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Cien años de Unión Soviética. Revisar la URSS.

Pues sí, pues sí. En estas semanas se ha cumplido el centenario. Casi nada. Hace cien años y casi no ha habido fastos. Supongo que es porque nadie reivindica el legado de la tragedia, especialmente cuando se derramó tanta sangre y se cometieron tantas equivocaciones. Putin no está por la labor, y el comunismo está en proceso de reconversión publicitaria (como toda la izquierda). Pero seríamos injustos si no hiciéramos una lectura también en positivo de la historia, sin apasionamientos, y sabiendo que la Revolución Soviética duró 74, que se derrumbó por sí misma, sin que nadie le empujara, y que han pasado, nada menos que 26 años. ¿Por qué no?

La historia de la Unión Soviética se puede leer, en el siglo XXI, como la historia de un gran fracaso ideológico. Nunca una posición política concreta tuvo tantos adeptos, estudiosos y fanáticos. Y nunca triunfó una ideología con la vehemencia y la fortuna con que lo hizo el movimiento bolchevique en la URSS en 1917. Es verdad que aprovecharon la debilidad del zar Nicolás II durante la 1ªGM y que fueron capaces de crear una atmósfera de presión contra los liberales mencheviques, ganando temporalmente la partida, pero no lograron perpetuar su victoria siquiera cien años. El paraiso se derrumbó en tres generaciones.

Desde luego, si observamos el juego completo, el gran triunfador ha sido la postura democrática liberal, teñida de aires nuevos por el zar Putin. ¿Valió la pena derramar tanta sangre? Si hubieran triunfado los Mencheviques, quizás nos habríamos ahorrado unas cuantas purgas y genocidios. No sabemos que hubiera sido de la historia, aunque sí sabemos algo con certeza: habría sido distinto.

Lo cierto es que la revolución soviética fue posible gracias a la debilidad del poder establecido, del gobierno de los zares. Y esta es una buena lección de la historia: cuando los gobernantes son incompetentes, el vacío de poder que generan es ocupado por posiciones más firmes y autoritarias.

La similitud con la Revolución Francesa es fascinante. Luis XVI fue tan mal rey en la Francia ilustrada, como Nicolas II en la Rusia tardoabsolutista. Pagaron con la vida, y desencadenaron en los dos casos una guerra civil en sus respectivos países. En Francia la guerra civil tuvo vencedores puntuales que no tardaron en pagar con su misma sangre la osadía de querer ser grandes. La excepción fue Napoleón, que lo tuvimos que deponer el resto de los Europeos tras unos cuantos años de saqueo y chulería. La muerte del Zar, por el contrario, trajo una guerra civil primero y una estabilización de un régimen totalitario que se mantuvo durante 74 a sangre y fuego después. Cuando el poder no es fuerte, otros lo toman y lo ejercen para sus intereses. ¿Hay algún pontevedrés por ahí? Pues eso.

En la Unión Soviética se pusieron en marcha las ideas radicales del comunismo marxista, la izquierda tuvo su oportunidad. Por eso podemos hacer un juicio al comunismo como ideología, y descubrir sus profundas limitaciones y sus puntuales aciertos. Los que siguen siendo comunistas, y que prefieren no usar las siglas del comunismo deberían hacer una verdadera reflexión sobre la practicidad de lo que intentaron, y la debilidad filosófica y antropológica de sus planteamientos, para evitar volver a repetir los mismos errores. ¿Pablito, estás ahí con tu Monedero y Errejón querido?

Para mantenerse en el poder, los dirigentes soviéticos tuvieron que ejercitarse duro. Fue una carnicería. No los años de guerra civil, los iniciales de los años 20, sino en los años siguientes y siguientes, y los siguientes de después. Totalitarismo y dictadura ferrea. Y es que la democracia no es posible para los comunistas; por eso hablan tanto de ella, porque no creen en ella, ni saben lo que es. Ellos llaman democracia al totalitarismo ejercido por ellos, o sea el pueblo. Y eso no es democracia.

Si hay una tónica común en la URSS es que persiguieron desde el primer día a sus enemigos ideológicos, y así estuvieron hasta el último día. La época más dura de persecución fue la de Stalin, pero tampoco se andaban con chiquitas en la época de Andropov, o Jruschov, o Bresnev. Persecusión y falta de libertad hubo hasta que Gorvachov, 1986, accedió a la secretaría general del partido. Cinco años más tarde se derrumbaba todo. Comunismo y persecución son casi sinónimos, y es una pena que confirma que las ideas son más benévolas en los papeles que en la calle.

El gran éxito del comunismo, desde la perspectiva histórica, fue que introdujo el acceso de los servicios públicos y derechos sociales, como algo importante y generalizado para la humanidad. La educación y la sanidad eran el escaparate de que lo suyo funcionaba. Tampoco hay que olvidar que ya era un objetivo de los socialistas utópicos del siglo anterior, y por supuesto, siempre ha sido la pretensión de la socialdemocracia (izquierda rosa), o de los fascismos totalitarios (izauierda negra). Occidente y el capitalismo llegó a lo mismo cuando comprendió que era más rentable que los trabajadores tuvieran derechos y dinero para gastar, porque eso incentivaba el consumo y el crecimiento económico, que no que se murieran de hambre. Educación, sanidad, deporte, vacaciones pagadas y parques cerca de casa. Eso sí era el paraíso del pensamiento laicista que propusieron los comunistas. El capitalismo en occidente les ganó por la mano.

Desde la 2GM, en todos los países occidentales, se impuso la igualdad de oportunidades, los servicios públicos y la protección social. En una palabra: Estado Social de Derecho. La democracia de la igualdad. La socialdemocracia sustituyó al socialismo y al comunismo ideológico que pretendían la revolución como camino para conseguir lo que ya gozaban en el paraíso capitalista. Eran otros tiempos, y el capitalismo con reformas no era tan malo como lo habían pintado los comunistas, que no lo querían ni ver.

Esto nos sirve para poder entender por qué se hundió la URSS. En realidad no se cayó porque el capitalismo le hiciera frente. Se hundió porque dejó de ofrecer algo mejor a la humanidad. Cuando la sanidad se hizo pública en occidente, la URSS dejó de ser guay, porque ofrecía lo mismo, pero a cambio de perder la libertad. Un espejismo todavía inexistente en los países pobres, por cierto.

La URSS no fue un modelo de bondad, ni de respeto a los Derechos Humanos. Si hubiera ganado Stalin la guerra civil española, Franco sería ahora un alma querida y un héroe nacional derrotado, de esos que tanto nos gustan. La utopía suele ser necesaria hasta que se alcanza el poder, entonces es imprescindible ser realista, como bien le explicaron al Che Guevara cuando fue un nefasto ministro de industria en Cuba. O como pudo comprobar Ángel Pestaña en su famosísimo viaje a la URSS, de la que volvió impresionado.

Sin duda, el éxito sin paliativos de la URSS fue su capacidad para crecer económicamente durante los años difíciles del crack económico del 29. Se enfrentó más tarde a Hitler y lo venció perdiendo veinte millones de vidas. Si hay algo por lo que se puede admirar a Stalin, lo único me temo, fue porque venció a Hitler; y porque logró elevar a su país a la categoría de potencia económica a fuerza de sacrificios y sangre. Grandes recursos naturales, gran industria pesada, y poca industria de trasformación al servicio del consumo. Pero lo logró. Aunque dejara una contaminación brutal, lo logró, claro que sí. El pueblo ruso es más fuerte de lo que cree el resto del mundo, por supuesto.

Después de Stalin vino una lenta y agónica decadencia. Marcada por la guerra fría y por la estupidez de un sistema incapaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Alcanzaron su techo de éxito y terminaron resistiendo al mal, que identificaron con Occidente. La cultura comunista y su estilo de vida se quedó sin argumentos cuando llegaron oleadas de vaqueros y de objetos de consumo masivo. Resulta que los trabajadores oprimidos de occidente vivían mejor que los trabajadores protegidos del Estado Soviético. Tampoco fueron capaces de facilitar a sus ciudadanos la libertad que reclamaban. Y su sistema económico planificado fue un gran modelo de ineficacia, burocracia y corrupción.

Por supuesto, tampoco fueron capaces, a pesar de convertir su ideología en una pseudorreligión, de dar una visión trascendente al hombre. Sin más allá, y sin Dios, no hay sociedad que pueda perpetuarse, siquiera sobrevivir. Fue un problema secundario para sus dirigentes, algo que no comprendieron (la izquierda sigue sin comprender lo que es una religión), por eso la URSS se quedó vacía por dentro, y sin expectativas de eternidad ni de futuro. No pudieron ofrecer más que un presente de trabajo esclavizante a favor del Estado Totalitario, y muchos de sus ciudadanos fueron perseguidos y encarcelados por disentir, por querer otra vida, por aspirar a Dios. La URSS se convirtió en una cárcel inmensa, de la que no podían escapar sus ciudadanos. Un paraíso herido de muerte.

Cuando llegó Gorbachov al poder, cayó la URSS. Probablemente cometió muchos errores, porque es increíble que una superpotencia se derrumbara tan fácilmente. Pero así fue. En realidad no había nadie que quisiera seguir sacrificándose por su soviet, ni por su partido o por su sociedad liberticida. El pueblo ruso prefirió la libertad y la democracia. Aunque nostálgicos nunca hayan faltado.

Los demás pueblos soviéticos amigos prefirieron el autogobierno, lejos de la potencia rusa dominante. El comunismo fue capaz de unificar las repúblicas más dispares del mundo durante un tiempo; en ese sentido fue algo católico, universal… lástima que el cemento no fuera fuerte. Si la URSS hubiera sido una Unión de Repúblicas Socialistas Católicas, seguramente habría durado más tiempo y el Papa actual sería un ruso y no un argentino. ¿Quién sabe lo que hubiera sido mejor? Por si acaso, mejor no especular. 😉

El futuro de Occidente: hacia la cultura de la basura.

Este comentario seguro que le da mucha grima a Trump y Putin, que cualquier día se reúnen en una cumbre de esas, internacionales, donde comen jamón y gambas. Hoy hablamos del fin de Occidente, que es lo mismo que decir del mundo globalizado que hemos diseñado. El fin de Trumpismo y el Putinismo (que no putismo).

La cultura Occidental tiene varios problemas antropológicos muy elementales (y muy graves), de esos que nunca hemos resuelto y que vamos camino de enquistar para nuestra desgracia. Y el más gordo de todos es la sostenibilidad energética y el agotamiento de los recursos.

Es elemental que las culturas gasten la energía que necesitan para subsistir. En general, en siglos anteriores, y no me invento nada, la energía era escasa, y se intentaba por todos los medios no gastar más de lo necesario. No se derrochaba, y se trataba de aprovechar el máximo posible. Es decir, el molino no seguía dando vueltas con el burro atado cuando no había trigo que moler. Tampoco agotábamos a los remeros de un barco hasta matarlos, usábamos del viento, los recuperábamos y luego volvían a remar. En aquel mundo, cualquier brizna del aire era un regalo de Dios y de los ángeles del cielo que velaban por los marineros.

Hay una primera regla cultural y antropológica básica: la energía que usa una cultura tiende a ser proporcional a los recursos que obtiene por ello. No gasta más energía si no obtiene recursos por ello. ¿Para que voy a encender una chimenea si no hay nadie en la casa? ¿Para que mover un barco de pesca si no voy a pescar? ¿O llevo gente a casa y monto una posada rentabilizando el calor, o apago el fuego? De cajón, vaya.

Y una segunda regla que se sigue de la anterior: los recursos de una cultura tienden a determinar el número de hijos, y por tanto su crecimiento demográfico. Si hay recursos se tienen más hijos. Si hay sitio para todos vivimos juntos, y si no, se marchan colonizando otras zonas con esos recursos adquiridos y sobrantes. La cultura y el manejo de un colono también puede ser un recurso. Reproducirá su cultura, su energía y sus recursos. Necesita sitio, claro.

Pero cuando no hay esos recursos, o las condiciones geográficas son limitadas, las culturas no pueden tener tantos hijos, y de manera indirecta ponen trabas a la reproducción, porque no hay demasiados recursos para todos, eso sucede hasta alcanzar un nuevo equilibrio entre energía, recursos y población. Lo pongo en cuadro, que me mola, y hago explicación del asunto.

  1. Poca energía, pocos recursos, pocos hijos: cultura de supervivencia o en contracción. El ejemplo es la humanidad en el paleolítico, o en las culturas actuales de cazadores y recolectores. Suelen tener un equilibrio entre el número de hijos y la energía y los recursos que tienen. Son los pigmeos en África. Esta gente ha visto disminuir todavía más sus recursos (por la expansión de occidente), y se han visto empobrecidos y conducidos a su extinción. Lógico. En condiciones normales suelen sobrevivir sin demasiadas enfermedades, con abundante y variado alimento. Por supuesto, casi ya no existe ahora, pero es el modelo al que retornaremos en un periodo no demasiado largo (profetizo unos 500 años). Venga, una porra.
  2. Mucha energía, pocos recursos, pocos hijos: cultura desajustada que derrocha energía. Cuando sucede esto, la cultura se acelera de pronto, empieza a producir a un ritmo acelerado, y a tener muchos hijos. Es el momento previo de la revolución industrial o neolítica. Los días previos a la locura y el desequilibrio. El descubrimiento de una nueva tecnología produce esta situación. De repente un grupo se enriquece muchísimo porque ha descubierto algo. Las antiguas formas de vida de esa cultura se extinguirán en poco tiempo. Esta cultura continúa con la siguiente.
  3. Mucha energía, muchos recursos, muchos hijos para expandirse: cultura en expansión. El ejemplo más clásico es la revolución industrial (también la revolución neolítica), se crecía mucho porque de repente hubo una mejora tecnológica energética brutal con la máquina de vapor. Eso desordenó la cultura occidental hasta la actualidad, donde aún no hemos alcanzado un equilibrio entre energía, recursos y población. Hay masas de pobreza y muchos recursos desaprovechados. Crecen las epidemias (recurso natural ante poblaciones muy abundantes). Eso se llama desequilibrio y desorden cultural. Nuestra globalización es en realidad una cultura en expansión desequilibrada. Sería el siguiente modelo.
  4. Mucha energía, muchos recursos, pocos hijos: Cultura desajustada que derrocha energía y recursos. UNA CULTURA QUE CONVIERTE CASI TODO LO QUE TOCA EN BASURA, porque le sobra y lo tira. Es nuestra cultura occidental de los países ricos. Realmente podría abastecer a mucha más población, pero el bienestar alcanzado y la riqueza enorme se transforma en comodidad. Es una cultura egoísta, pero peor que eso, es una cultura HEDONISTA. Derrocha solo por el placer se sentirse bien. Se convertirá, si no lo remedia, en una cultura atractiva para su entorno. Bienvenida emigración. Sorry mister Trump. Aunque dispare constantemente en una alambrada interminable, la gente la atravesará, aunque sea en túneles de cincuenta kilómetros subterráneos.
  5. Poca energía, pocos recursos, muchos hijos: cultura desajustada donde hay pobreza. Es la cultura de la globalización de muchos países del tercer mundo. no hay demasiadas salidas a este desequilibrio. La primera solución es producir más energía, desarrollarse, generar más recursos. Pero para eso necesitan la tecnología de los países que la tiene, o sea los occidentales. Como no se la prestamos les queda una segunda alternativa muy lógica. ¿A dónde irá la gente si hay pobreza? Bingo, al mundo hedonista del número cuatro. Emigración. Es la continuación del modelo anterior

El número cuatro, que somos nosotros, merece una reflexión aparte. No me lo invento, consumimos miles de millones de kilowatios de energía al día, pero es mejor decir que derrochamos miles de millones de kilowatios de energía, porque la mayoría de esa energía no tendría por qué desperdiciarse, pero se desperdicia de manera ridícula. Son los millones de standby de aparatos, coches que circulan cuando es más ahorrativo andar, etc. ¿Cómo no va a querer venir media África y parte de Asia? Señor Trump, su muro va a tener que ser muy, muy alto. La globalización ha puesto en contacto unas culturas con otras, es el nuevo re-equilibrio que nos convierte en… mucha energía, muchos recursos y mucha más población. Llegaron los chinos, los indios y los mejicanos. Más expansión y ratificación del modelo cultural. ¿Hasta cuándo? Seguimos siendo una cultura de expansión, aunque no tengamos hijos en Occidente, otros los tendrán por nosotros y se comerán nuestros recursos. Eso es una llamada de atención para los xenófobos que además no quieren tener hijos. También es una solución al problema de las pensiones, las pagarán los hijos de los emigrantes que vengan. Salvo que pete antes el desequilibrio.

Nuestra cultura va camino de quebrar cuando se acabe la energía, por cierto. Porque no toda la energía es renovable, lo que significa que se acabará. Entonces nos volverá a tocar subir agua del pozo con la manivela, y será el fin del deporte chorras en gimnasios y lo de subir en ascensor a los rascacielos haciendo turismo.

Occidente, si quiere sobrevivir, está obligada a descubrir una energía que sea igual de barata, para seguir derrochando su estilo de vida, el mismo que ha impuesto en todo el planeta. Pero además necesitamos que esa energía sea inagotable, a fin de que la derrochemos a nuestro gusto. La energía podrá ser sacada del subsuelo, fracking, o de las estrellas, pero la necesitamos para mantener el desequilibrio cultural de Occidente. Estamos obligados a huir hacia delante, y eso es nuestra perdición. Porque incluso descubriendo nuevas fuentes de energía, los recursos naturales de este planeta son escasos y limitados.

No es un problema de alimentación, de eso hay de sobra hasta que nos lo comamos todo. Es un problema de que fabricamos electrodomésticos, libros, pilas, coches y demás cacharrería cuya vida útil está medida para que puedan sobrevivir fabricando más electrodomésticos, libros, pilas, etc. Se llama obsolescencia programada, es la cultura de la basura. La que genera miles de millones de basura al día con productos que nos han servido tan solo por unas horas o unos pocos meses. ¿Y luego? Luego más basura. El capitalismo terminará comprando y vendiendo basura para fabricar más. Acabaremos comiendo basura, filetes cuyo contenido sea basura, un resto de ternera, y plásticos con fibra para ayudar al tracto intestinal. De hecho ya nos lo comemos.

Mi pronóstico es el siguiente. Primero acabaremos con los recursos y las materias primas, luego (cuando todo el planeta esté lleno de basura), compraremos y venderemos basureros enteros para seguir fabricando cacharros que generen más basura. Al final tendremos productos miles de veces reciclados en un mundo que estará lleno de basura. Los millonarios la coleccionarán, y la gente comerá comida basura (perdón, acabo de descubrir el presente). Viajaremos a Marte y a los demás planetas del sistema solar con unas naves hechas con restos de neveras y lavadoras viejas. Y llenaremos el sistema solar de basura, que es nuestro gran intercambio con la naturaleza. De hecho nuestro planeta ya lo tenemos rodeado de basura espacial.

Nos estará bien empleado, por comodones. Eso sí, a Trump y a Putin les harán una estatua de plástico reciclado que quemarán en una fiesta. Mira, me acabo de inventar las fallas. Quemaremos el planeta y encima diremos que en el medievo los tíos eran bobos. Yo de momento les veo más listos que nosotros.

¿Por qué triunfan los populismos?

El asunto no viene de nuevas, desde hace unos cuantos años vencen en elecciones los que nos parecen a muchos los más mentirosos, los más fantasioso, los que dicen más tonterías por minuto, los más incoherentes, los más idiotas y los más lerdos, pero que por falta de contraste, en parte, y por otras razones, que ahora vamos a analizar, terminan llevándose el gato al agua.

Ganan las elecciones, y la peña se queda cariacontecida, asustada o lloriqueando directamente. ¿Pero cómo ha ganado este tío? Te dicen asustados. Lo que yo me pregunto es si alguien se mirar en el espejo; porque el triunfo de los populismos lleva funcionando en Europa desde hace bastantes lustros. Por lo menos se me ocurre desde que Napoleón III ganó las elecciones en Francia (en 1848) simplemente porque se presentó como pariente de Napoleón I, (otro iluminado en plan Hitler que pensó que se podía invadir el mundo a la fuerza). Francia de populismos sabe mucho, es verdad, y a las pruebas me remito, pero también sabemos mucho de lo mismo en Alemania, Rusia, España, Portugal, China, Japón, Corea del Norte, Gran Bretaña, Austria,… y por continentes la palma se la llevan en América del Sur y África. Cada poco tiempo surge un iluminado en la historia, un tío que promete el oro y el moro, y la gente se va detrás como los ratones con el flautista de Hamelín. Como los niños detrás de la música que tocan.

No hay que olvidar que el populismo es un fenómeno de la modernidad y la posmodernidad. Llegó con los nuevos vientos que trajo la Ilustración (uno de los periodos más nefastos de la historia), en la que se empeñaron en contarnos la falacia de que el pueblo era bueno y sabio (decía el vagabundo Rousseau), y que no se dejaba engañar porque era cantidad sabio y racional. Y claro, como es mentira, pues pasa lo que pasa. Que al pueblo le engaña cualquier mercachifle con cuatro ideas que suenen estupendas, incluso aunque no sean coherentes las cuatro ideas entre sí. El pueblo, ya lo decía Séneca, es una turba asquerosa, una masa lacerante para la filosofía y la inteligencia, estúpida y manipulable hasta decir basta. Aristóteles sostenía que el pueblo siempre elegía a sus representantes en función de sus intereses y de sus pasiones, por eso acaba degenerando la democracia en la demagogia. El prefería la monarquía como el mejor sistema político, cuya degeneración era la tiranía. Es curioso, que tanto D. Trump como H. Clinton, que son bastante parecidos en su afán por manipular a la peña, los veamos como rivales cuando apenas son basuras de distintos contenedores. En realidad no había mucho que elegir. Una representa el sistema que no funciona y está infectado de listos que se aprovechan del mismo y te venden la moto, y el otro es el antisistema de un tipo cuyo primer éxito a consistido en acojonar a Europa, para disfrute del ruso Putin.

El populismo tiene como principal caldo de cultivo la impotencia de una sociedad que se harta de ver incompetentes gobernando. Les han vendido que el mundo se arregla fácilmente. Que el pueblo tiene derecho a no sé qué cosas, y que esto se arregla rápido. Y no. Hay problemas en política que no tienen solución, y otros cuyo remedio es peor que la enfermedad. A veces no hacer nada es el mejor gobierno (no empeorar las cosas, por favor), pero eso nunca lo hará un populista. Siempre prometerá lo que la gente quiera escuchar, y la gente, por desgracia, está dispuesta a escuchar cualquier tontería que suene bien. Incluso aplaudirá a su líder aunque le suene mal, que es el colmo del populismo.

Profundizo un poco más. El populismo surge cuando se caen las ideas, las creencias y las convicciones profundas. En una sociedad agnóstica los populismos sustituyen a las religiones. Y en Estados Unidos, cuya religiosidad está dispersa y atomizada en la privatización de la fe, el populismo aparece como la salvación que las religiones no pueden lograr en el ámbito público. Kennedy fue un populista, pero B. Clinton, Nixon, Obama o Reagan también lo fueron. América necesita salvadores, y el presidente es lo más parecido a un superhéroe para ellos. Lo llaman líder, pero en realidad es una divinidad con fecha de caducidad. Una divinidad con pies de barro. Al menos sabemos que se largará en cuatro años, a lo sumo ocho. Gracias democracia.

Lo peor que le puede sucederle a una sociedad, y de eso las democracias tampoco son inmunes, es tener un populista tras otro, porque no hay forma de salir del agujero. Es lo que ha pasado en Argentina, en Venezuela o en Rusia con Yelsin y Putin seguidos. Se enquistan y parece que no hay forma de “desectarizarlo” todo. En España, el populismo lo despertó Zapatero y lo va a consolidar Pablo Iglesias, que es un ZP sin corromper y un Che sin escopeta. En cambio, la derecha en España no quiere populistas, porque ya tuvieron a Franco y saben bien que un gobernante no tiene por qué ser simpático. Que se lo pregunten a Aznar o a Rajoy, que caen mal hasta a los que les votan. Aquí el populismo vendrá de los perdedores de nuestra historia (izquierda y república), en cambio en otros lugares llega de manos de los  otros derrotados, como fueron los nazis en Francia, por ejemplo.

En Europa los populismos vienen teñidos por el color de la sangre y del pasado. Quizás por eso somos más sensibles y nerviosos a los lumbreras ajenos. Ya sufrimos a Hitler, un tipo que encandiló con su música a media Europa (sigue encandilando a muchos sin que lo sepan), o a Stalin, un psicópata que murió en la cama y que algunos todavía añoran y aclaman. El culto al líder. Normal. Es lo que pasa cuando se pierde el culto a Dios. En palabras de mi querido Chesterton: “cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa“. Pues eso, Europa es un ejemplo claro de rumbo errático en asuntos de política, que es lo que sustituyó básicamente a la religión cuando mataron a Dios. Por suerte, los valores que impregnan los derechos humanos, los que defiende Europa, siguen siendo básicamente cristianos. Hasta que los cambien por otros derechos tipo animalista transexualizado u otra cosa. Vamos camino.

Nuestra próxima “sorpresa” populista será Le Pen en Francia, igual que Siriza en Grecia, y en el futuro Pablemos en España. La gente tiene que creer a algo lo suficientemente deslumbrante, aunque sea estúpido. Algo que no recuerde la inanidad en la que vive, ni su vacío existencial, ni el errático devenir de su sociedad y cultura. Aquí estamos además, en España me refiero, bien adocenados gracias a los cuarenta años de dictadura educativa socialista, esa que ha impedido una Trascendencia con la que combatir el populismo. ¿Qué dices? ¿Qué están paralizando la LOMCE? Igual estaremos otros 40 años más, 80 en total. Aunque ya te digo, son contenedores con la misma basura. La LOMCE, la LOE, la LOGSE y lo que venga. Aquí estamos de populismo hasta las orejas y subiendo.

 

 

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