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Tonica Villascusa Martínez. La pianista de Yecla. (1869-1938)

Me piden que cuente cosas de Yecla y que lo haga de aquella mujer que amenizó el pueblo con su piano y su alegría. Les hablo de Tonica, mi bisabuela. Antonia Maximina Villascusa Martínez (1869- 1938). La mujer que casó con Rogelio Serrano Ros hacia el año 1900.

Tenía por nombre completo Antonia Maximina, y así aparece en el acta de bautismo que conservamos, de la parroquia de la Concepción de Yecla. Sus apellidos los heredaba de sus padres, Alejandro Villascusa Izquierdo y Pascuala Martínez Sauco. Sin embargo, siempre fue conocida por su nombre en valenciano: Tonica, pues se sentía valenciana por los cuatro costados, aunque fuera más yeclana que otra cosa.

Tonica nació en Yecla el 21 de febrero de 1869, al año siguiente de la Revolución llamada Gloriosa. La Gloriosa se llevó por medio a Isabel II y terminó entronizando a su hijo Alfonso XII en el periodo llamado Restauración, con Cánovas del Castillo como protagonista. Sexenio liberal, pues vale.

Seguramente fueron días de dificultad para su padre Alejandro, que tenía por oficio el de sastre de militares en Valencia. Abría su tienda en la plaza de los Cajeros, por la bajada de San Francisco, lugar céntrico muy cercano al mercado central de Valencia. La Valencia antigua del modernismo y la burguesía, la que Blasco Ibáñez retrató con buena pluma, fueron los lugares donde se crió y creció Tonica.

El caso es que Alejandro murió pronto, con unos treinta o cuarenta años, no lo sabemos; y dejó a su viuda Pascuala Martínez Saúco con la carga, la cruz y la bendición de una hija única llamada Antonia, Tonica. Pascuala no volvió a casarse y no tuvo más hijos.

No sabemos cuanto tiempo estuvo Tonica en Valencia de niña, pero lo cierto es que esa circunstancia obligó a la viuda y a la niña a regresar a Yecla. Sin embargo, no volvieron con una mano delante y otra detrás, pues Tonica había terminado sus estudios de piano en Valencia, con una edad cercana a los doce o quince años, y ese recurso se convertiría a la postre en la principal fuente de ingresos familiares durante toda su vida.

Regresaban además a Yecla, donde vivían otros parientes que les podían ayudar. Era el retorno al hogar, al pueblo, al lugar de los orígenes de Alejandro y de Pascuala. La ciudad del Turia marcó profundamente a Tonica, pues ella siempre se sintió valenciana, y el Tonica no es sino el nombre de Antonia en lengua valenciana. Siempre que pudo viajó en Valencia, lugar de la infancia feliz de la muchacha, lugar donde despidió a su padre.

No sabemos cuántos parientes cercanos y lejanos le ayudaron en Yecla, pues no tenemos tantos datos. Desgraciadamente, los archivos de la Parroquia de la Concepción – Asunción de Yecla fueron quemados durante la guerra civil española, impidiendo reconstruir parte de la vida del pueblo. La otra mitad del pueblo está en la Parroquia del Niño, cuyos libros sí que se guardaron, en casa del cura, para más señas. Y gracias a Dios. La investigación genealógica que realicé tiene como principal fuente la de los “Villascusas” por la parroquia del Niño, cuyos archivos he rastreado por internet de arriba a abajo.

Sabemos que Alejandro Villascusa tuvo varios hermanos, Antonio y María entre otros – eran muchos los Villascusa, decía mi abuela -. Por lo que tengo investigado, muchos de estos parientes vivían en la parte alta de Yecla, cerca de las calles de Santa Bárbara y de San Felipe. El Villascusa más lejano que he encontrado era un tal Alejandro Villascusa Palao, que fue peluquero en el siglo XVIII. Supongo que de él descienden los pocos Villascusa, Bellasescusa, y Villaescusa que hay en el mundo, y que están casi todos en Yecla y Murcia.

De la familia de su madre, de Pascuala Martínez Saúco, tampoco vivían sus dos hermanas cuando regresaron a Yecla. Belén la mayor, era una muchacha muy guapa, y se casó joven y bien, pero por desgracia, falleció pronto. La hermana pequeña, llamada Josefa, se casó con Pascual Santosnuevos, de los Rico, pero no tuvieron descendencia, pues ella estuvo enferma de hernia toda su vida y no pudo tener hijos.

Lo cierto es que Pascuala primero, y Tonica despues, fueron herederas de lo que dejaron sus hermanas y sus tías en gananciales, lo que debió desatar rivalidades y problemas en su momento con otros parientes más o menos lejanos de los conyuges. No obstante, entre un dinerillo aquí y otro allá. Imagino que de eso vivieron… alguna propiedad, y de dar clases y de tocar el piano.

Algo muy curioso. Del apellido Saúco no he encontrado a nadie en toda España que se llame así. Es un apellido extinguido, y me temo que Pascuala Martínez Saúco es de las últimas personas en llevarlo.

Vuelvo al tema. Tonica se ganaba la vida dando clases, pero también amenizando las fiestas y las celebraciones más felices. Allí donde había un piano, Tonica aparecía como la profesora, la mujer alegre de la música, que entretenía y se ganaba la vida con el oficio de sembrar notas de música y de felicidad. Era alegre, festiva, simpática y en las fotos que conservamos de ella muestra siempre una jovial sonrisa. Era una mujer guapa, con el rostro muy redondo. Y una mirada muy vivaz.

Tonica se casó tarde para la época, con unos treinta años aproximadamente, y tuvo cuatro hijos. Lo hizo con Rogelio Serrano Ros, que era algo más joven que ella, tres años menos de edad. Rogelio era primogénito de Juan Serrano el de la imprenta y era conocido de sobra en el pueblo. Tuvieron dos chicas primero, María (1903) y Amparo(1905); y dos muchachos después, Rogelio (1907) y Ricardo(1909). Cada dos años una nueva alegría en casa.

Sin embargo, Rogelio, su esposo, era un hombre de una condición distinta a la de Tonica, y quizás por eso fueron una pareja de contrastes. Era un hombre cerrado, poco hablador e introvertido. Seguramente era un hombre con cierta tendencia a la melancolía (hoy depresión). Fueron a vivir a la calle Boticas, hoy llamada Epifanio Ibáñez de Yecla, continuación de Corredera. En esos años primeros del siglo XX, el hombre completaba el sueldo de su esposa trabajando en el Ayuntamiento cuando había posibilidad, pues eran los tiempos de la cesantía, donde se trabajaba de manera discontinua según el vaivén político que hubiera. Rogelio fue cesante, por lo que también trabajó temporadas en la fábrica de “García: alcoholes y vinos”; tenía estudios de bachillerato de dos años, y ganó la oposición. Pero eran otros tiempos, bastantes más difíciles para los funcionarios que los actuales. Con menos derechos, y con vidas más sencillas.

Su hija mayor, María Serrano Villascusa aprendió también el oficio del piano, y fue así el soporte de Tonica en la música. Terminó codeándose con la alta sociedad madrileña. Pero no es la única de la familia que aprendió a tocar el piano, pues muchas de las nietas de Tonica también aprendieron música. Mi madre entre ellas.

Contaba mi abuelo Rogelio, que Pascuala, su abuela, les acompañó en casa toda la vida, hasta que falleció el 20 de mayo de 1928 en Valencia. Durante esos años seguramente ayudó a su hija en la crianza de los cuatro hijos, los cuales se abrieron paso en la vida en Madrid y en Valencia. Cuatro años más tarde falleció su esposo Rogelio Serrano Ros en Yecla. Al parecer perdió el trabajo en García Alcoholes y Vinos, y el hombre con una depresión de caballo se metió en la cama hasta que se dejó morir de pena. Quedó consumido, según contaba mi abuela en sus recuerdos, y falleció en el año 32, recién estrenada la República.

Tonica, viuda y con los hijos mayores y colocados, decidió irse a vivir con algún hijo, y decidió vender la casa del pueblo. La mala suerte hizo que la venta la hiciera durante la República, sin que le pagaran hasta los días de la guerra civil, en un dinero que no valió nada. Se quedó sin nada, como cuando salió de Valencia… y a Valencia regresó.

Valencia, la ciudad de su vida, volvió a acogerla en su hijo Rogelio, el único que escogió para vivir la ciudad del Turia. Los demás hijos prefirieron Madrid. Allí le llegaría la muerte en los días de la guerra civil. Era el año 1938, exactamente 28 de Mayo de 1938, cuando la primavera estaba en lo más alto.

Atrás quedaron sus notas de piano y su gusto por la música. De hecho, conservamos en casa algunos discos de gramófono de mi abuelo Rogelio, el cual siempre fue un amante fervoroso de la música. De la buena música. Escuchar cualquier piano, es como volver a escuchar a Tonica tocar. Esa suerte tenemos.

El viejo libro de mi tatarabuelo: Juan Serrano Cerezo.

Reconozco que tengo un punto caprichoso; por eso me he comprado un libro que editó mi tatarabuelo, por parte de madre, padre, padre en la imprenta de YECLA, en Murcia. El libro debía andar desde hace tiempo por Valladolid, pues parece ser que se lo regaló el escritor, que fue notario en Yecla, un tal Manuel Redondo Reinoso, a un  amigo suyo de Valladolid Santiago Mercado González, que lo era también de la Catedral Metropolitana de Valladolid.

La vida da muchas vueltas, desde luego, y este libro ha llegado a mis manos esta misma tarde, procedente de una librería de viejo de Urueña. El ejemplar es de 1890, y realmente tiene  valor sentimental, que no el crematístico, pues realmente el libro está desfasado totalmente, al tratarse de Formularios de Derecho para Juzgados Municipales.

Es curiosa la vida cuando empiezas a indagar. Este señor, mi tatarabuelo Juan Serrano Cerezo, se casó con mi tatarabuela Amalia Ros Azorín, que era a su vez, sobrina carnal de Antonio Azorín Puche, el que da nombre al Azorín de la novela. Por aquel entonces estudiaron sus hijos en los Escolapios de Yecla, el mismo lugar en el que también estuvo interno durante ocho años el escritor Azorín, José Martínez Ruíz, que nació en junio de 1873.

Mi bisabuelo Rogelio Serrano Ros, primogénito de Juan Serrano Cerezo el de la imprenta había nacido seis meses antes, el 29 de diciembre de 1872. No hay motivo para no pensar que estuvieran en la misma clase y que se conocieron y fueron compañeros. De hecho su padre era de Yecla y su madre de Petrel.

La imprenta, al parecer, la heredó Juan Serrano de su suegro Leonardo Ros y Ferrer, que tiene la consideración en el pueblo de ser el primer impresor que hubo. Llegó de Fuente la Higuera (Valencia) antes de mediados del siglo XIX y se estableció en el pueblo con el oficio de escribano.  Se casó con Joaquina Azorín Puche, hija del los hidalgos de la familia Azorín Vicente y de los Puche del siglo XVIII por el pueblo. Al fallecer Leonardo Ros en 1888 dejó la imprenta a varios de sus hijos, entre ellos una parte a su yerno y su hija, Juan Serrano y Amalia Ros.

Sabemos que Juan Serrano Cerezo era ciego, condición habitual de muchos impresores. Con el tacto confeccionaban las planchas de la imprenta dada su sutil rapidez y velocidad con los dedos. Este libro lo hizo probablemente con sus manos. Las planchas que él compuso.

La imprenta fue heredada no por mi bisabuelo, Rogelio, sino por su hermano Adolfo, también ciego, que a su vez dejó la imprenta a su hija Amalia Serrano hasta que cerraron, quebraron o algo que sucedió por el siglo XX en los años previos y posteriores a la guerra. Hubo por tanto dos o tres generaciones de impresores que llevaron el nombre de Serrano, y que simpatizaron más bien con las posiciones liberales. También sabemos que publicaba estampas de la Virgen del Castillo y demás folletos de corte litúrgico, luego editaron varios periódicos liberales en los años de la guerra con Cuba; pero este libro, es el único del que tengo noticia que se publicara en la imprenta a finales del siglo XIX.

También viene en el libro la dirección de la imprenta, Plaza del Teatro 17. Hoy la calle toma el nombre de Alfarería, tras ser durante mucho tiempo plaza calle del Teatro, y después General Mola. La casa de mi abuela no está, y tampoco queda ni rastro la imprenta. Pero mi abuela se acordaba haber observado a las máquinas trabajar siendo ella pequeña. Sería 1915 aproximadamente. Ella tuvo amistad, una fortísima amistad con Amalia Serrano, la heredera de la imprenta, y por supuesto, casó con el nieto de Juan Serrano Cerezo, llamado Rogelio Serrano Villascusa. Siguiente generación.

Aquellas amistades se las llevó el viento, igual que la imprenta, los libelos libertarios, y las clases compartidas en los Escolapios, que fueron arrasados por la guerra. Nos queda el recuerdo. Y este libro que lleva su nombre y sus manos. Y nos queda Azorín y nos quedan sus libros. ¡Qué sean bienvenidos a las mesitas de noche!

Hoy rezaré por mis antepasados. ¿Por quién si no?

 

 

 

 

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