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Santa Sofía. Santa Sabiduría de Dios.

Santa Sofía en Estambul ha sido reabierta como mezquita; y tal noticia, que ha pasado más o menos de puntillas en los medios de comunicación, ha sembrado en el ánimo de muchísimas personas e instituciones -entre ellas la del Papa Francisco-, perplejidad, sorpresa y tristeza. En mi caso, tal sentimiento de frustración se ve acompañado por los recuerdos del viaje que hice en el 2006 a la antigua ciudad de Constantinopla, y por supuesto, a la visita al impresionante monumento de Santa Sofía. De estos días procede la foto que encabeza esta entrada, si bien creo que se trata de la hermosísima Mezquita Azul, contigua a Santa Sofía, y réplica artística de la primera.

La historia no se puede cambiar, pero sí podemos variar con el tiempo las enseñanzas que nos ofrece en su devenir y en el nuestro. La última gran lección de historia nos la dio el padre de la Turquía moderna, Kemal Ataturk, que modernizó el país, sentando las bases de una Turquía desfanatizada y pro-occidental. Una de las reformas que hizo Ataturk fue la de modificar la grafía de la lengua turca, latinizándola y desechando el modelo de las letras árabes. Fue un acierto, porque aunque costó mucho a la población adaptarse, consiguió acercarse su país y su cultura al mundo occidental. Turquía, salvo por la rivalidad con Grecia, ha sido considerado tradicionalmente como un país cercano y amigo de Occidente. Un país de fiar frente al radicalismo islámico. En parte lo sigue siendo.

La otra gran reforma de Ataturk fue la de secularizar el país al estilo de los países Occidentales. Es decir, separó la religión islámica del Estado, lo cual ha sido hasta la fecha algo casi único en el mundo musulmán, aunque común en la vieja Europa a la que pertenece.

En este sentido, la Turquía de Ataturk quiso ser y fue con cierto éxito, un país secularizado y aconfesional. Mayoritariamente islámico, pero respetuoso de las minorías cristianas ortodoxas y católicas que se asentaban en el país, y en la ciudad, desde antes de la invasión turca. El patriarcado de Constantinopla es el primero del mundo cristiano ortodoxo, -siempre con permiso de Rusia -,y tiene su sede en la ciudad de Estambul. Lógicamente, y dentro de los gestos de tal secularización, y como apoyo a la libertad religiosa en el país, y reconocimiento y protección hacia los ortodoxos, el gran templo, la inmensa basílica de Santa Sofía, que durante siglos fue una mezquita, se convirtió en un museo único por su historia y su pasado. Incluso se su rehabilitación como museo se descubrieron frescos cristianos en su interior, y se abrieron y cuidaron para que fueran admirados por los visitantes. Frescos que hoy se tapan durante el culto religioso.

De esta manera que he indicado arriba, se acercaba Ataturk a occidente, y a la existencia de las minorías cristianas ortodoxas, más o menos respetadas en Turquía, reconocía el pasado cristiano y romano de la ciudad; y si me apuran, elevaba a la categoría de ciudadanos de primera a todos los turcos, fueran de la religión que fueran.  Era la Turquía moderna, la de Ataturk. La Turquía de todos.

  ¿Por qué lo que hizo bien Ataturk, padre de la Turquía moderna, es ahora corregido a peor por Erdogan? ¿Qué está pasando en Turquía?

El país ha vivido y funcionado culturalmente desde entonces como si corriera a dos velocidades distintas. La Turquía moderna, la de determinados barrios, la que aparece en televisión, se asemeja mucho a cualquier otro país occidental. Las chicas caminan por la calle sin velo. -estaba prohibido llevarlo en la Universidad -, lucían pantalones, fumaban y lo que fuera. Igual que los movimientos LGTBI se mostraban públicamente desde una tolerancia que contrastaba significativamente con la Turquía rural, la que pude ver en el continente asiático. El interior de Turquía no se diferencia demasiado de cualquier otro país islámico como Marruecos o Argelia. Un 10% de la población era árabe, y veías de cuando en cuando mujeres vestidas con burka negro de arriba a abajo. Mucho contraste, desde luego, entre algunos barrios de su capital Ankara; y más contraste todavía en la fragmentada capital que era y es Estambul.

Erdogan fue alcalde de Estambul, y conoce bien la ciudad que gobernó. Su posición política, y el partido que preside, el AKP, se ubica entre el liberalismo democrático y el conservadurismo. Es un hombre de derechas, demócrata pero conservador, y con cierta ambición por el control y el poder. De un carisma indudable, es admirado y reverenciado como lo fue en su momento el mismo Kemal Ataturk.

Imagino que la pregunta que se ha tenido que hacer, y con ella ha reflexionado una parte de Turquía, es si merece la pena conservar la Turquía de Ataturk, la Turquía laica y presumiblemente moderna del escaparate; o si es necesario conservar también el legado cultural del islamismo, y hacer guiños a un electorado que se siente más cómodo en una sociedad menos laicista, y más confesional. Cuando yo estuve el Estambul, el gran debate era permitir el velo a las mujeres en la Universidad. Erdogan lo permitió, a pesar de que Ataturk lo prohibió desde hacía décadas.

Erdogan ha apostado por lo segundo, por menos patria laica y más islamismo; especialmente desde el golpe de Estado que sufrió su gobierno en el 2016, fruto, por otra parte, de la deriva del país y de los descontentos en el seno del ejército.

En este caso, el gesto de Erdogan, el último gesto, ha sido convertir Santa Sofía de Dios de nuevo en mezquita para espanto de los occidentales que comprendían y valoraban la Turquía moderna, la del respeto a los Derechos Humanos y las libertades. La Turquía que respetaba y acogía a los ortodoxos, y otras minorías religiosas, la que abrazaba la tolerancia. Ahora no. La sensación de estos colectivos es que Erdogan está girando peligrosamente hacía posiciones más islamizadas, y que está convirtiendo a Turquía en un país islámico semejante a otros.

Porque Santa Sofía es un símbolo de la humanidad. Fue consagrada en el 360 por los cristianos ortodoxos del Imperio Romano Oriental. Fue la catedral ortodoxa bizantina hasta la caída de Constantinopla en 1453 casi de manera ininterrumpida. Sede de Concilios y centro del mundo ortodoxo hasta su caída.

Se erigió este templo como sede de la Santa Sabiduría de Dios, elevando y reconociendo la sapiencia que recoge el Antiguo Testamento en sus libros sapienciales. El edificio se consagró inicialmente para venerar la sabiduría que procede de lo trascendente. Sabiduría de Dios, fue el nombre que recibió inicialmente. Santa de Dios Sofía. Ha sido un museo durante casi un siglo para recordarnos que puede ser la sede religiosa de la Estambul de ayer y de hoy, la del encuentro y el ecumenismo. La casa de todos los turcos y de todos los que deseaban asombrarse del genio de sus constructores.

Santa Sofía era el símbolo de una Turquía que aspiraba desde Ataturk a ser más sabia y tolerante. Por desgracia, corren malos tiempos para la sabiduría que procede de lo alto, casi tan malos como crece la intolerancia con las minorías en la Turquía de hoy.

 

El Palacio de los Sueños.

Es el título de la novela que escribió el eterno candidato al premio nobel Ismail Kadaré.  En España se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en el 2009. Recibió también en el 2005 el Premio Booker internacional y otros cuantos más. ¿A qué esperan en Estocolmo para premiar  a este albanés, perseguido y exiliado? Enfin, un candidato a nobel que aguarda su momento para codearse con los rubios suecos, y sus princesitas de cuento y de palacios encantados. En este caso el Palacio de los Sueños no es precisamente Hollywood, sino más bien el Gran Hermano totalitario de la Albania de la que procedía. Un mundo tenaz y vigilante que buscaba depurar la disidencia sembrando el miedo y la paranoia en sus habitantes.

Kadaré tardó en escribir EL PALACIO DE LOS SUEÑOS nada menos de seis años, los que mediaron entre el año 1976 y 1981. Esto podría suponer que estamos ante una obra larga y tediosa, pero nada de eso. El resultado es una novela muy agradable y comprometida, entre lo fantástico y el realismo de la tragedia de un mundo donde todos los sueños son analizados en el Palacio. Guarda el aroma de las novelas escritas bajo la vigilancia de la censura y la cárcel, y edifica así una gigantesca metáfora del totalitarismo y el control ideológico que tanto gusta a los poderosos. Es una obra corta y fácil de leer, complicada de interpretar y sencilla de entender. Lo tiene todo, para entendernos, y creo que defrauda solo al que no le gusta pensar cuando lee algo.

El Palacio de los Sueños es una maquinaria burocrática que controla, analiza y archiva los sueños de los súbditos de una Turquía decimonónica. A través de sus páginas nos enseña el mundo islámico y balcánico, moro y europeo a la vez, donde la familia del protagonista, de origen albanés, tiene un papel decisivo en la conspiración que se esconde detrás de los premonitorios sueños de los habitantes de ese mundo. Se respira la tranquilidad de un vaso de té detrás de un zoco plagado de soñadores. ¿Soñarán lo mismo los turcos que los españoles o los mexicanos? Quién sabe.

La novela no busca el realismo, sino la representación de una sociedad enferma y destruida por la paranoia de la conspiración de una familia albanesa, origen de nuestro protagonista. La idea de un enorme almacén donde se guardan y archivan los sueños de sus habitantes es una genialidad, superior a la Biblioteca de los Libros Olvidados de Carlos Ruiz Zafón. Entre otras cosas porque aquí los legajos son los enemigos principales del funcionario, y no sus amigos.

Me sugieren muchas cosas, y no es para menos. ¿Es esta la aspiración de nuestros democráticos gobiernos, controlarnos y someternos? ¿Para qué sino tantos medios de comunicación afines y cercanos? ¿Tantas leyes educativas ( a cual más nefasta) o tantas normas minuciosas sobre cuestiones donde la costumbre lo hace mejor y sin problemas?

Cuando era niño podíamos viajar siete en un coche, y sin cinturones de seguridad por la ciudad. Yo lo hacía entre las piernas de mi abuelo, que para eso era el pequeño. Detrás viajaban cuatro personas, dos adultos y dos niños. Recuerdo que el profesor fumaba en clase, y explicaba sus matemáticas confundiendo la tiza con el cigarrillo. En el cine te comías el bocadillo de atún envuelto en papel de periódico. ¿Por qué tengo que cambiar la instalación de gas cada pocos años? ¿Quién hace negocio de todo eso? Los tiempos han cambiado no hay duda. Muchas normas, y la mayoría absurdas, empeñadas en legislar y prohibir lo que nadie ha pedido. ¿Quién está soñando por mi? Cuando era pequeño el vino se compraba a granel, y el aceite se servía en aceitera. ¿Por qué lo han cambiado? ¿Quién se ha empezado en controlar nuestros sueños?

En mi colegio, cuando era pequeño, llovian en primavera orugas de los pinos. Eran las procesionarias del pino, urticantes y malévolas para la pléyade de niños que corríamos por aquel patio tras una piña, convertida temporalmente en pelota de fútbol. Hoy solo hay cemento y asfalto, ni un pino, y cero orugas rojizas. Jugarán los niños con la pley, supongo. Y para mi, que nos han quitado desde hace tiempo muchos sueños que quedan en nuestras mentes como viejos recuerdos de un mundo mejor. Un sueño que alguien quiso borrarnos de nuestra mente y que están archivados en el Palacio de los Sueños, lugar de conspiraciones. Imagino.

¿Fue lo del Mundial de hace cuatro años un sueño? Empiezo a dudarlo.

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.