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HACIA UNA ESPAÑA SUPERENVEJECIDA

En Corea del Sur hay abierto un debate sobre qué significa y quiénes son las personas viejas, ancianas, mayores o como se les quiera llamar. Se hacen de cruces para decidir qué hay que hacer con ellas. No es extraño, pues en muchos países asiáticos, el envejecimiento, y el super-envejecimiento son un problema real que preocupa y ocupa a las autoridades desde hace mucho. Los japoneses con un 30% de población mayor de 65 años, se lleva la palma; pero tampoco van muy lejos los Coreanos del Sur o los Chinos, que presentan envejecimientos del 25% de la población, y subiendo.

Las medidas para frenar la sequía demográfica en algunos de estos países, van dando sus frutos con relativa lentitud. En Corea del Sur he leído que se va a obligar a trabajar hasta los 75 años de edad. Yo creo que retrasar la jubilación, tampoco traerá nuevos nacimientos, aunque resuelva el problema de las pensiones. Me explico: aunque ahora trabajen hasta los 75 años, me pregunto qué harán cuando tengan un 35% de ancianos mayores de 80 años. Pan para hoy, y hambre para mañana. Del trabajo a la tumba, digo yo, y sin pasar por la jubilación. Eso sucederá.

En España vamos por el mismo camino, pero como disimulando y huyendo de mentar la bicha. En 2020 el 20% de los españoles era mayor de los 65 años; y esta cifra va subiendo año tras año, y mes a mes. No hay ninguna política para frenar el invierno demográfico. Absolutamente nada por la derecha, y menos por la izquierda.

Lo bizarro es que los sindicatos se peleen por subir las pensiones, y no pongan la misma vehemencia en exigir políticas pronatalicias al gobierno. Es curioso que la ingeniería social de la Unión Europea y de la izquierda pija no promueva ningún plan para que nazcan más europeítos. Es paradójico que se entretenga en declarar nuevos y falsos derechos, consistentes, precisamente, en agravar el problema. Más aborto, más elegetebeís, y más empoderamiento feminista no va a resolver el problema. Porque aquí se necesitan más niños y jóvenes, y no luchar contra molinos de viento. La sostenibilidad demográfica es la única sostenibilidad de la que nadie parece ocuparse. Y cuando hablas de ella, a todo el mundo parece molestarle, porque te estás metiendo en la esfera privada de los que deciden no tener hijos y tener mascotas a cambio.

El asunto es que las mascotas no van a pagarnos las pensiones.

¿Cuáles serían las consecuencias del superenvejecimiento en una sociedad como la española? Sujétame el cubata que te lo cuento.

PRIMERO. Ya está dicho. No se podrán pagar las pensiones. El problema no es que haya muchos viejos, el problema es que no hay población trabajadora para pagar las pensiones. Hay que bajar las pensiones, y eso hay que contárselo a los sindicatos.

Otra solución es jubilarse más tarde, o no jubilarse. Todo esto hay que contárselo a la sociedad española y abrir el debate, que parece que mira para otro lado. En España no será posible jubilarse a los 67, como está ahora. Dentro de unos años se jubilarán las personas con 70 o 75 años; y aún así no será sostenible. Por supuesto, el que se quiera jubilar antes podrá hacerlo, pero eso sí, sin apenas quedarle nada de pensión. Se cambiarán las reglas, y habrá que prohibir que la gente de jubile sin un recargo importante. Pero eso tampoco va a arreglar las cosas, porque la gente seguirá envejeciendo, y será cada vez más insostenible. El problema no está en que la gente se haga mayor, sino en que no haya gente joven para sostenerla.

SEGUNDO. De lo anterior se deduce que la cobertura social, sanitaria, etc, empeorará. No hay dinero para las pensiones, pero quizá tampoco lo haya para mantener sistema sanitario exclusivamente dedicado a los ancianos. Los que más gastan Seguridad Social, medicamentos, etc, son las personas mayores. Si hay muchas, muchísimas, personas mayores, tocará a menos, o habrá que restringirlo. Lo gratuito y los descuentos en las medicinas se tendrán que acabar. Es decir, seremos más pobres, y sufriremos más la pobreza. El autobús no podrá ser gratis para tantísima población. Habrá que empezar a pagar más. Dicho de otra forma: retrocederemos en economía y en derechos políticos, por muy mal que le siente a los sindicatos.

Repartiremos la miseria. Y es que la riqueza de una sociedad está en los hijos.

TERCERO. También cambiarán las especializaciones y los empleos. Si hay pocos niños, no conviene hacerse maestro o educador, porque no habrá trabajo. Salvo que tengas a los niños en el cole hasta los 30 años, que por otra parte, vamos camino. La infantilización de los treintaañeros ya se siente y se padece Generación X, Z… Se cerrarán colegios, institutos, escuelas… Por el contrario, aumentarán los geriátricos, los centros y las residencias asistidas y no asistidas de ancianos. Todo para los mayores, porque serán los grandes consumidores. La cuestión es qué podrán consumir. Y es que una sociedad envejecida presenta un menor PIB, y la sostenibilidad y el ajuste social no será fácil, y me temo que no será pacífico.

CUARTO. Los derechos políticos se verán mermados. ¿Puede una sociedad soportar que el 35% más envejecido dirija la política social y económica con su voto? Esto ya sucede. El colectivo de jubilados es muy amplio y no hay que cabrearlo. Esto lo saben los políticos de izquierdas y los de derechas lo van aprendiendo. Generar más clientelismo político con las pensiones y con los autobuses gratuitos no mejora la situación económica. Dicho de otra forma: seguir las directrices de los pensionistas no solucionará el problema de la sostenibilidad de las pensiones. ¿Hasta cuando nos podremos endeudar? No me sorprendería que en algún momento surjan voces que afirmen que es mejor que los pensionistas no voten, o que vayan a la eutanasia de cabeza, con todos los gastos pagados y cosas por el estilo. O que la sanidad se deteriore tanto que el abandono de los ancianos sea escandaloso… para nosotros.

QUINTO. Los que tienen hijos en este país son los emigrantes, los gitanos, los kikos y los del opus. Con esto se percibe de quién será el futuro del país. La cobertura social de los ancianos será más de los familiares que de los centros públicos. Es decir, una familia numerosa podrá tener en su casa con sus abuelos ancianos. Los ancianos sin hijos y sin familia tendrán que improvisar y buscar fórmulas para ir a residencias, que no son gratis precisamente. Este problema ya existe. Los hijos pagan entre todos una residencia para los abuelos. ¿Qué sucederá si no hay hijos para pagar esa residencia? ¿Podrá el Estado con todo? Yo creo que no. De hecho, ahora mismo, hay listas de espera en muchas residencias asistidas y no asistidas.

La única solución a corto, medio y largo plazo es potenciar políticas natalistas entre los cristianos y los emigrantes; que son los que parecen querer familia sin complejos. Hay que potenciar el cristianismo, y potenciar la llegada de emigrantes jóvenes que no generen demasiados problemas de adaptación y que estén dispuestos a tener hijos.

Espero que no sea demasiado tarde.