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UN FINAL DE CURSO INOLVIDABLE Y TERRORÍFICO. PRIMERA PARTE.

UN FINAL DE CURSO MEMORABLE. PRIMERA PARTE.

Hace tiempo que no colgaba nada en el blog. En parte es por pereza; y en parte porque tengo otros compromisos que me distancian de este tan querido blog.

El caso es que hoy, a la escucha de unos cuantos truenos y relámpagos, me animo a publicar de nuevo en el blog. Lo hago con un artículo que redacté para mis compañeros de instituto, a propósito de las clases, las competencias y las singulares mandangas que los prebostes de la educación, esos que no hace años no pisan una clase, nos dicen que hagamos. Se conoce que andan aburridos.

El artículo lo he modificado, a fin de salvaguardar el nombre y la identidad de algún que otro compañero. Nada más. Lo divido en un par de días para no hacerlo muy pesado, y lo titulo, como no, “ un final de curso memorable”, el más caótico y siniestro de los 25 años que llevo dedicándole a esta profesión. Va por ustedes.

“Decía Ockham que no hay que multiplicar los entes sin necesidad. Su famosa navaja. Por desgracia, esta navaja la estamos empleando poco en educación, y en lugar de simplificar y reducir, para facilitar el trabajo del aula (que es lo más decisivo de nuestro trabajo), tendemos a complicarlo, en mi opinión en aras de la búsqueda de una perfección (profesores perfectos, documentos y programaciones perfectas) que quizás no exista más que en la mente de Platón.

Evaluar a un alumno es muy fácil. Hace un examen y se lo corriges. Le pones la nota… y si tiene varias notas, haces la media de todas ellas. Alguno pensó que eso era injusto y subjetivo, por lo que decidieron que pusiéramos por escrito qué íbamos a dar en clase, qué íbamos a evaluar, cómo íbamos a ponderar la nota, etc. También pensaron que era mejor evaluar si llevaba cuaderno, si hacía los ejercicios, si participaba en clase o si era buen chico. Conceptos, procedimientos y actitudes. Las notas se añadían a la media, pero teníamos que poner por escrito qué parte de nota correspondía a cada cosa, qué porcentajes. La maleza fue creciendo a nuestro alrededor.

¿Por qué esos cambios? ¿Acaso alguien pensaba que los profesores no hacían bien su trabajo? ¿No había posibilidad de recurrir la nota ante el superior si no se estaba de acuerdo? ¿Hay algún trabajador que ponga por escrito todo lo que va a hacer en su trabajo antes, durante y después de hacer su labor? Yo no encuentro casi ninguno. ¿No supondría, tal ridiculez, el doble de esfuerzo? ¿Para qué es necesario poner todo por escrito? Un empleado que venda camisas en una tienda, ¿tiene que explicar las estrategias que ha usado para vender, o no, su camisa? Dale un curso de mejora de ventas, y listo. Pero la educación lo aguanta todo.

En fín, me sigo haciendo preguntas. Poner por escrito todo ¿garantiza mejor el desarrollo posterior en el aula? ¿No hay acaso un salto entre lo que ponemos por escrito, los papeles y las programaciones, y la realidad de lo que estamos dando en clase? ¿Coinciden la realidad y el ideal, amigo Platón? La hojarasca crece y la madreselva se extienden. ¿Por qué razón tenemos que revisar todos los años, incluso se puede hacer en cualquier momento, las programaciones? Sólo tengo una respuesta para tal exigencia. (Como ves, me encanta acentuar el “sólo”)

Las razones de tales cambios se nutren de una especie de mantra que afirmaba que los alumnos no eran examinados de manera objetiva, y que por eso había tanto fracaso escolar. Dicho de otra forma más directa, el responsable del fracaso escolar es el profesor, su manera de enseñar y su manera de evaluar; y eso ha sido repetido por una parte importante de la sociedad desde hace años. Por desgracia, ese discurso ha calado entre muchos pedagogos, y se ha extendido por todas las administraciones educativas (central, autonómica y europea). Cada nueva Ley educativa ha dado una vuelta de tuerca más para que transmitiéramos menos conocimientos y aprobáramos a más chicos. Tan subjetivo es aprobar al que no lo merece, como suspender al que merece aprobar, pero el problema siempre ha estado en el fracaso escolar. Y los grandes culpables, no lo van a ser los padres ni los políticos, son los profesores.

En la última ley educativa, nos dicen que no podemos evaluar por conocimientos, sino por competencias, para que otorguemos aprobados generalizados, supongo. El problema es que los profesores somos muy brutos, y estamos empeñados en enseñar y dar clase. En poner exámenes y en ser objetivos y justos con todos. Y de ahí vienen muchos de nuestros dolores de cabeza.

Ayer, las palabras que más abundaron en la Comisión de Coordinación Pedagógica fueron coherencia y absurdo. Rechazamos el absurdo con toda razón, y pretendemos que un sistema de “evaluación por competencias”, creado en un laboratorio pedagógico y elevado a categoría legal, termine siendo coherente. El sistema “evaluación por competencias” no es coherente, y en mi opinión nunca lo será, porque su construcción es, en exceso, subjetiva y aleatoria. Se inspira en la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner (entre otras teorías), y los dirigentes educativos se han venido arriba montando un entramado artificial, una metafísica de andar por casa con palabrejas confusas, que nada tienen que ver con la práctica docente. Habría que hablar mucho de la emancipación técnica (ya lo dijo Habermas), en este caso técnico-pedagógica, que necesitamos los docentes en particular.

En esto, el bueno de Kant también nos puede ayudar un poco. La metafísica, y este constructo sistema de competencias, es un ridículo castillo de naipes que se derrumba en cuanto lo tocas, entre otras cosas, porque no tiene nada que ver con la realidad de la actividad docente; y lo que es peor, nada que ver con la realidad antropológica de alumnos, padres y profesores. Si no se parte de lo real del aula y de lo observable y empírico del aprendizaje, no se puede llegar muy lejos. Se elucubrará en el aire, que es lo que suele pasar con la educación desde hace décadas.

Educar por competencias lo llevan haciendo en FP desde la prehistoria. Ahí sí tiene sentido, es evaluable y se puede pesar, tabular y medir poniendo una equis en unos criterios previamente marcados. Si sabe arreglar la chapa, poner pintura y el antioxidante tiene tal competencia en mecánica de automoción. ¿Qué competencia tiene ese alumno? Competencia en mecánica de automoción. ¿Es eso trasladable al resto del sistema educativo? En mi opinión, no. Salvo que se quiera hacer metafísica educativa, diseñando criterios, perfiles y demás hojarasca. ¿Que competencia tienen los alumnos que terminan la secundaria? Competencia en secundaria. ¿Y eso qué implica? Vamos al mínimo: saber leer y escribir, saber hacer cuentas, sabe situar mirar en un mapamundi, etc. ¿Hay algún algún alumno que no sepa leer y escribir, hacer cuentas y mirar en un mapamundi cuando acaba secundaria? No. Todos saben esto, incluido los absentistas. En realidad desde primaria saben todo eso. ¿Hay alguno que haya leído el Quijote, resuelva una regla de tres y sitúe Murcia en un mapa? Ya tenemos algunos menos, entre otras cosas, porque entramos en contenidos. Todos saben leer, pero es curioso que pocos hayan leído algunas obras.

(CONTINUARÁ)