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Lecturas y tardes japonesas con Shusaku Endo.

Cuanto más leo del Japón, más me enamoro de su cultura. Y es que no es para menos. Llevo meses entregado al país del sol naciente, leyendo y conociendo, y quizás porque ya ha pasado un tiempo, escribo sobre lo leído. Lo prefiero a hacer reseñas en caliente. Ya sé, que ahora está de moda hablar de Vox, de Trump y de la inefable actividad política, pero hoy descanso. Me voy a dar el gustazo de disfrutar rememorando mi última historia de amor con los libros. En este caso el Japón de Endo y de Murakami.

Fue la casualidad, la siempre providente y amable casualidad, que me llevó a ver la película de SILENCIO de Martín Scorsese. El tema me pareció interesante por inédito y único, y la película me impactó y me emocionó. Me hizo pensar. Y eso es lo mejor que puede pasarle a un espectador.

Scorsese siempre está impecable en su ejecución, pero en este caso me quedé con la melodía del Japón. SILENCIO es una historia extraña, la de un misionero portugués que apostataba en el Japón Tokugawa en el siglo XVII. La persecución y el martirio se daba la mano con la razón y la búsqueda de la verdad. ¿Era imposible la evangelización en aquella cultura? Así lo parecía afirmar el padre Ferreira que era uno de los importantes misioneros de aquellas tierras.

Me pareció extraño que hubiera alguna cultura que no pudiera asimilar el cristianismo, entre otras cosas, porque desde la misionología se afirma que el conocimiento de Dios es universal, y por tanto el mensaje salvífico debe ser el mismo para toda la humanidad, lógicamente con las debidas acomodaciones. Inculturación se llama. Quizás el intento del jesuíta Mateo Ricci fuera la respuesta a lo que había sucedido allí. Pero no había repuestas fáciles. ¿Por qué no funcionó el cristianismo en el Japón? ¿Que tenía aquella cultura que lo hacía distinto? ¿Tenían razón aquellos misioneros apóstatas, que sin embargo, parecieron mantener la llama de la fe en la intimidad de sus vidas? Sin duda aquellos hombres amaban al Japón tanto como la fe que los había empujado a llegar hasta allí. ¿Se equivocaron? Magnífica historia, magnífica.

Scorsese tocaba el tema y la película con singular cariño y delicadeza. Pero cuando comprobé que el artífice de la narración había sido un cristiano japonés, escritor del siglo XX, llamado Shusaku Endo, decidí que tenía que conocerlo, leerlo y comprenderlo. Bienvenido Endo, gracias por tus novelas. Yo he leído dos de las tres más conocidas: SILENCIO, que ya la he citado; y EL SAMURAI.

Leer sobre el Japón era como sentarse a los pies de un cerezo. Las dos obras de Endo me parecieron originales y peculiares, pero tomé una decisión importante que todo lector debe hacer de cuando en cuando. Ir con calma.

Quise aterrizar en el centro del mundo japonés y decidí leer primero una obra para comprender la cultura y la antropología social y cultural del japón tradicional. Un primer plato de entremeses. Algo suave que me abriera el apetito. La elección fue buena, y me entregué al ensayo de EL CRISANTEMO Y LA ESPADA. Este libro habla de la cultura japonesa tradicional. Estaba escrito para que la sociedad norteamericana comprendiera la actitud y los valores éticos de los japoneses durante y tras la Segunda Guerra Mundial. El Japón había pasado de odiar a los yanquis a recibirlos con los brazos abiertos y sincero agradecimiento. No era extraña tal actitud en una sociedad como aquella, pero había que comprenderlo. Me gustó, aunque tuve la sensación de que no paladearía nada auténtico hasta que no aterrizara con el meollo de un autor japonés. ¿Podía esperar? Sí, sólo un poco más.

Leí también de historia japonesa en un viejo ejemplar de Historia16, EL JAPÓN DE LOS TOKUGAWA, que fue el periodo comprendido en esos siglos en los que Europa trató por todos los medios de adentrarse en un país cerrado y hermético a la influencia extranjera. Era la época en la que estaban ambientadas las dos novelas de Endo, así que no se podía esperar más. Me esperaban las dos históricas de aquel momento: SILENCIO y EL SAMURAI.

Por si me decepcionaba la novela y prefería la película, tiré primero por EL SAMURAI. Que es la historia de un samurai que viaja a Nueva España y Europa en el siglo XVII. La historia era verdadera, no ficción. Endo había hecho una historia novelada y me resultó fascinante conocer, desde la mentalidad de un japonés bautizado, lo que podía haber sido aquel encuentro del samurai con el Papa y con la cultura occidental. No me defraudó, al contrario, me encantó y me maravilló. Era una novela extraña, escrita por unos ojos agradecidos y comprensivos con su tradición. Viendo a sus personajes comprendí lo que pensaba, lo que sentía y lo que pasaba en el Japón que quiso hacerse cristiano. El samurai decidió bautizarse, no por convencimiento, sino para realizar mejor su misión de Estado, lo que no fue entendido cuando regresó.

Abrí las páginas de SILENCIO y leí con devoción y agrado. Era fiel a la película, o mejor dicho, la película no hacía pequeña a la novela. Shusaku Endo había escrito una obra maestra, única, bellísima, llena de interrogantes y de silencios donde la presencia del crucificado tomaba formas incomprensibles. Tardes y momentos de belleza para disfrutar.

Luego me entregué a la lectura de Murakami, que siempre me ha gustado. Tiene tantas novelas y tan distintas que es agradable escoger y sumergirse en cualquiera de ellas. Ahora las leo y las escucho con la melodía de Endo de fondo. ¿Será por eso que me gusta el Japón y su cultura de crisantemo y espada?

Lo profundo es el SILENCIO

Yo no sé a ustedes, pero a mi cada vez me gusta más el silencio, estar en silencio y que haya silencio a mi alrededor. Podría ser cuestión de la edad, pero en mi caso no, pues siempre me ha gustado el silencio, y siempre he sufrido en los garitos, bares y discotecas donde para hacerte entender había que hablar a gritos porque la música era estruendosa. Ahora que gracias a Dios no me dejo caer por esos infiernos del ruido, sigo apreciando el silencio. Y añorándolo.

No debe ser sólo cosa mía, pues ya Platón hablaba del murmullo de los astros, del silencio de las esferas, de la sinfonía de la naturaleza que con su devenir entonaba un hermoso cántico de alabanza, al que los cristianos llamamos Dios creador y Dios Padre. Silencio imprescindible para pensar bien,… y para amar mejor.

De toda la vida han manifestado los místicos que en el silencio nos encontramos con Dios y con nosotros mismos; y los místicos castellanos frecuentemente han alabado la tierra de Campos, llena de silencio y de paz. Mares de cereal, con ríos que son caminos de polvo y soledad. En el silencio encontramos la profundidad de la existencia, el sentido a las cosas, la trascendencia que nos ampara y la auténtica verdad que nos aguarda tras la muerte.

Dicen también los estudiosos de la mística que el silencio se alcanza de fuera a dentro, pero también de dentro a fuera. Es decir, que no basta con que haya silencio en el exterior, sino que también es imprescindible hacer silencio desde dentro. Que los pensamientos abrumadores, la imaginación loca de la casa (Santa Teresa dixit), los estreses y los murmullos interiores se vayan apaciguando para poder escuchar la voz anhelante y sosegada de Dios. Silencio y tiempo de silencio. Horas delante del silencio logran hacer este milagro de devolvernos la vida que nos roba el ruido día a día.

Y es que por desgracia, vivimos en una sociedad excesivamente ruidosa, donde cuesta hacer silencio incluso en las iglesias. Hay gente de rezo diario que le cuesta mucho adentrarse en la oración contemplativa que mana del silencio, pues está acostumbrada a la repetición de las oraciones repetitivas. Todo lo que lleva a Dios es bueno, sin duda, pero muy fácilmente sustituimos las autopistas por los caminos tortuosos, las carreteras de buen asfalto por los senderos; creyendo además que son lo contrario de lo que pensábamos. Si eso sucede con los que están a favor del silencio, ¡qué no harán los odian el silencio!

No hace muchos años escuché que una persona que no fuera capaz de estar durante una hora sin hacer nada, sentada, sin hablar nada, sin pensar en casi nada, era una persona con cierta neurosis. Y hoy, curiosamente, me encuentro que se utilizan determinadas dinámicas pedagógicas consistentes en hacer meditación en silencio, con ayuda de la respiración, para tranquilizar a los estresados angelitos que nos envían a los colegios. Primero se persiguió la religión en la escuela, y ahora nos cuentan que el silencio es importante para la educación. Normal, no hay más que observar para apreciar lo importante que es hacer silencio, que fluya de dentro a fuera, que nos invada y que nos tranquilice.

Decía Lennon que si la gente hiciera cinco minutos de silencio al día, habría menos guerras en el mundo. No sé si tendrá razón, lo que sí creo es que vivimos en una sociedad muy ruidosa, donde el silencio ocupa cualquier instante de la vida. Muchos caminan por la calle escuchando música, la radio… no pueden escuchar el silencio. Y los micromomentos, que antes se empleaban en pensar y en la nada, ahora son ocupados por los mensajes de los grilletes que atan a la gente y que reciben el nombre de móviles, redes insociales, etc. Hay lugares de la tierra donde jamás, a ninguna hora hay silencio, y hogares donde no hay silencio salvo que se vayan sus ocupantes. Es como si sembráramos de ruido todo nuestro alrededor, y nos reconfortara aturdirnos con él. Es el miedo a la libertad que proporciona el silencio.

Hasta los minutos de silencio de los campos de fútbol están reducidos a 20 segundos. Y palabra que es así, porque voy al fútbol a menudo.

La Semana Santa, que está ya a las puertas, goza en Castilla del atributo del silencio. Los tambores colaboran, y las músicas de corneta y quebranto invitan a acompañar los bellísimos pasos en el silencio. Por desgracia, mucha gente no guarda tal silencio, y no paran de hablar, molestando a propios y extraños. Sin tal silencio, difícilmente encontraremos a Dios. Además de impedir el recogimiento en los demás.

Los que nos dedicamos a la escritura, a tomar la palabra, rompemos el silencio con la palabra, es cierto. Pero confieso que el mejor arte, el mejor poema, la mejor novela no es la que se expresa de manera directa, sino la que sugiere algo con silencios elocuentes. Y es que hasta para el arte y la poesía es necesario el SILENCIO. Y es lógico, porque lo que se esconde detrás del silencio, que no es otra cosa que el AMOR.

 

El agua de la fuente

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