
Continuamos discurseando sobre la maraña de este curso y las nuevas disquisiciones que tenemos que hacer los profes para evaluar. Continúa de la entrada del día anterior.
«Doy una vuelta más al asunto. ¿Y qué hay de la competencia ciudadana, o la competencia aprender a aprender, o de la competencia en conciencia? (Algunas competencias van en lotes de tres y de cuatro elementos). Ni idea como evaluar la conciencia del sujeto. Si es buen ciudadano, no lo sabemos. Y si es autodidacta, tampoco. Igual con los años… Recuerdo hace años, que hice varios cursillos sobre esto, y ninguno de los ideólogos del sistema sabía responder a estos interrogantes.»Doy una vuelta más al asunto. ¿Y qué hay de la competencia ciudadana, o la competencia aprender a aprender, o de la competencia en conciencia? (Algunas competencias van en lotes de tres y de cuatro elementos). Ni idea como evaluar la conciencia del sujeto. Si es buen ciudadano, no lo sabemos. Y si es autodidacta, tampoco. Igual con los años… Recuerdo hace años, que hice varios cursillos sobre esto, y ninguno de los ideólogos del sistema sabía responder a estos interrogantes.
Es lógico. Hay competencias, basadas en el hacer, que se pueden traducir más fácilmente: saber leer (CCL), saber resolver problemas (STEM). Son contenidos concretos que tiene que leer. Pero hay otras competencias que no. No sé si está razonando o memorizando, no sé si es buen ciudadano o es un sinvergüenza maleducado que pone los pies en el autobús. No sé si su conciencia social es democrática o estamos ante un fanático intolerante. De hecho, no sé tampoco ni cómo es mi conciencia ciudadana, ni la de mis compañeros de instituto. No conozco tanto a la gente, y ¿pretendemos evaluar a unos chicos con aproximaciones? La injusticia está asegurada, y la imprecisión, también.
Me voy a mi asignatura. Yo explico a Marx, a Nietzsche y a John Locke. ¿Van a ser mejores ciudadanos por conocer el pensamiento de estos señores? ¿Qué puedo hacer para que sean mejores ciudadanos, y adquieran así la competencia ciudadana? ¿Puedo mejorar su competencia en conciencia y expresión cultural? No puedo. Yo no enseño competencias, sino contenidos. Dependerá de cada alumno, y de los valores que tenga en la vida y en su casa, si es mejor o peor ciudadano en el futuro. Estudiar filosofía (léase historia, latín, literatura o religión) le ayudará, le dará cultura, entenderá mejor el mundo en el que vive, o lo que sea, pero estoy convencido de que no podré nunca ponderar el grado de competencia ciudadana, o en conciencia, ni en que le ha afectado el aprendizaje de esos autores.
Es como que piden una asimilación existencial de los valores contenidos en mis clases, y que suponga una conversión en sus mentes. El asunto es que los alumnos no están preparados para esos cambios porque no tienen la madurez vital suficiente. Necesitan pensar la vida, y eso, que anunció Ortega y Gasset como el gran quehacer del hombre, no se puede hacer con menos de 24 años.
De momento me basta que comprendan un poco, que memoricen al autor y que descubran que hay vida inteligente fuera del tiktoc. Si eso les lleva a una gran reflexión sobre sus vidas, mejor; pero eso no depende de mi. Dependerá del tiempo, y de nuevo Ortega, de sus circunstancias.
Educar por competencias es simplemente inaplicable. Se parte de un modelo de alumno y de ciudadano ideal, casi roussoniano, que pretenden que fabriquemos. En este asunto entran algunas teorías sobre la productividad muy de moda entre los pensadores de la educación. Diseñamos un modelo, lo producimos, y evaluamos si ha salido bien. El problema es que educamos personas, y la competencia ciudadana está a años luz de mi explicación en clase.
Yo transmito contenidos (y exijo contenidos en los exámenes), miro si saben hacer algunas cosas (como llevar un cuaderno con orden y limpieza), y trato de comunicar valores (prudencia, tolerancia, amplitud de miras, empatía, etc.). Evalúo los contenidos (exámenes) y completo las notas con las aportaciones de clase (cuadernos, etc). Corrijo lo que veo mal, y animo a que lo hagan bien. En una palabra, igual que todos mis compañeros, creo que educamos también con nuestro ejemplo, ofreciendo siempre lo que está bien, y es correcto. Incluso los contenidos no son siempre tan decisivos cuando tenemos enfrente a un grupo de disruptivos. Entonces —creo que lo hacemos todos— echamos mano de discursos, de paciencia, de firmeza, de autoridad y de cariño. ¿Tengo que poner por escrito mis discursos en clase sobre “es mejor el que trabaja que el que va de sobrado”? ¿Tengo que dejar de explicar a Marx, Nietzsche o John Locke para que no haya fracaso escolar?
En este momento de mi carrera como profesor y docente —la mejor profesión del mundo—, tengo claro que mis enemigos no están ni en el aula, ni en el claustro de profesores. Si algunos profesores habéis logrado educar por competencias, os felicito y me parece estupendo. Yo no educo por competencias, ni evalúo de tal manera, y creo que es perder el tiempo traducir el contenido de un examen a ocho, nueve o cuatro competencias. Primero, porque no es real; y segundo porque es más subjetivo que evaluar por contenidos. Además, creo que es imposible constatar los miles de millones de aprendizajes competenciales que se producen a mi alrededor, entre los que incluyo viajar en bus, verlos usar los WC, etc. Lo que dije al principio: no hay que multiplicar los entes sin necesidad. De hecho creo que hay que procurar lo contrario, cuanto más reduzcamos la hojarasca, mejor daremos clase, y menos fuerzas perderemos en la metafísica educativa.
Estoy de acuerdo contigo en que los funcionarios tenemos el deber de cumplir la ley. De hecho, lo tienen todos los ciudadanos. No tengo dudas de que los profesores, en general y como cualquier colectivo, cumplimos escrupulosamente con la ley. Lo deseamos y estamos dispuestos, eso es seguro. Si tienes alguna sospecha de que no es así, lo mejor es denunciarlo. Creo que somos buenos profesionales y que hacemos correctamente, incluso con brillantez, nuestro trabajo. El problema está en los contenidos de la ley, que no siempre son claros, coherentes y adecuados. También tengo claro que somos adultos, además de autoridad pública, y que somos funcionarios públicos y educadores, y no alumnos. Aunque a veces se nos quiera educar como si fuéramos criaturas disruptivas.
El problema de aplicar esta ley está siendo evidente. Cuando las leyes se hacen mal, no se suelen aplicar, o se acomodan de aquella manera. Esto es lo que está pasando. Tengo muy claro que cualquier alumno, que reclame su nota, se le dará la razón. Hay varias razones jurídicas que no vienen al caso, pero que tendrían que ver con los defectos de forma de las programaciones y probablemente también de los acomodos legales de las instrucciones dadas por la Junta para adaptar la ley; dudo que haya instrumentos y herramientas de evaluación recogidas que puedan señalar adecuadamente las competencias de cada alumno de manera precisa. Esos defectos bastarían para que todas las notas pudieran cambiar en caso de reclamación.
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Lo último, que no quiero agotar el debate. ¿Se puede alterar a ojo la competencia? Sí. Todo lo que haga la Junta de Evaluación estará bien hecho. Es un órgano colegiado.
Lo que sí tengo claro es que no quiero perder más el tiempo con pesos, medidas, proporciones, y demás metafísica del absurdo. Yo no soy responsable de esa mierda que les va a caer a los chicos, y no tengo intención de salvar a mi país de la estupidez de sus dirigentes educativos. Yo sólo soy un profesor, que trata de educar y de transmitir el legado de pensadores como Platón, Kant, Nietzsche o Leibniz. Si miro el peso de la filosofía me da la risa, porque no se puede ajustar una asignatura como la mía, y creo que ninguna, a ese corsé apretado que llaman competencias. No creo que negociar las competencias de unas asignaturas con otras sea adecuado. Cada una es valiosísima e imponderable.
(…)
Lo que sí tengo claro es que me da igual las notas que salgan en competencias en los alumnos. No tendrán, en ningún caso, nada que ver con la realidad, serán ocho “eidos” multiplicadas por el número de profesores que den clase a cada alumno. Serán la metafísica de los resultados de un curso marcado por la incompetencia de nuestros dirigentes educativos.
Si se ajusta un poco, las competencias, en la evaluación final, dejaremos en mejor lugar a esos imbéciles incompetentes. Yo, por mi parte, no tengo ni ganas ni intención de estar horas y horas evaluando, perdiendo el tiempo, con este vergonzoso asunto que clama al cielo.
Respeto el trabajo, y el tiempo de todos y de cada uno, por eso creo que no deberíamos perder más tiempo con este problema que considero irresoluble. Ninguna ponderación será perfecta, ni se ajustará a lo que deseamos. Y no será posible poner de acuerdo al claustro ni en mil años de vida más que tuviéramos. Un saludo y gracias».