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El lenguaje que nos deja la epidemia mundial.

Nuevas palabras y nuevos usos. Pandemia, Covid-19, desescalada, coronavirus, nueva normalidad, confinamiento, que nadie se quede atrás… Decía Nietzsche algo así como que el poder sobre la población lo posee el que impone y controla el lenguaje de una sociedad. Y que por eso Sócrates primero, y el cristianimso después, no serían destruidos hasta que no fuera destruido el lenguaje creado por ellos. El socialismo, para Nietzsche era una repetición del lenguaje cristiano, un lenguaje de débiles que obligaba a los fuertes a arrastrarse por el fango de la mediocridad.

La acción política, quizás por esa razón, siempre ha tenido un especial interés el manejar y dominar los lenguajes empleados. Son los que imponen el lenguaje políticamente correcto y anulan el que consideran incorrecto. Así lo describió también un magnífico Orwell en su novela 1984. Una novela muy descargada estos días, pro cierto.

Para un escritor, el lenguaje es además una herramienta de construcción imprescindible. De ahí el interés que despierta en filólogos, pero también en escritores y en las Academias de la Lengua las nuevas palabras y el nuevo lenguaje que van insertando en la cultura y la sociedad. Aquello de “no es más que una gripe”, se que da bien lejos.

La primera gran constructora (manipuladora si quieren) del lenguaje es la OMS, que hace una graduación de la enfermedad según su extensión y nivel de alarma sanitaria. Infección endémica o endemia es una infección que está de manera permanente en una zona concreta del planeta. La malaria, por ejemplo. La  RAE lo define como “enfermedad que reina habitualmente, o en épocas fijas, en un país o comarca”.

La siguiente palabra que emplea la OMS es epidemia. Una epidemia se da cuando la infección aumenta en un número de casos hasta un tope o máximo y luego disminuye. Para la RAE, epidemia tiene dos acepciones. La primera sería “enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas”. No indica por lo tanto, un pico máximo de la enfermedad. Y una segunda acepción que dice “mal o daño que se expande de manera intensa e indiscriminada”. Recogiendo el sentir general de las personas cuando hablan de un mal genérico.

Finalmente la palabra pandemia. Para la OMS es una epidemia que se produce en todo el mundo más o menos a la vez. De ahí que se utilice también la expresión “epidemia universal”. Lo que no se han atrevido es a decirnos que quizás estemos ante una endemia universal. Es decir, una enfermedad permanente en todo el planeta, como el catarro común. Está claro que no quieren alarmar. Y yo tampoco.

Curiosamente “pandemia” significa etimológicamente, reunión del pueblo, asamblea de todos. Y es definida en la RAE como enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.

Tanto endemia, epidemia como pandemia son tecnicismos. Pertenecen al mundo de la ciencia, aunque hayan sido adoptados y se hayan hecho comunes en nuestro lenguaje. Lo mismo sucede con la palabra “covid-19” que indica el tipo de “coronavirus“, también tecnicismo empleado por un grupo reducido de personas, y que sólo por el empleo masivo de los periodistas y los políticos se han convertido en términos usuales para mucha gente. Igual que otros términos médicos, es probable que terminen despareciendo del estrato común del lenguaje, o quizás haya cierta diferenciación. Covid-19 quede como término más culto y técnico, frente a “coronavirus” que es más fácil de aprender y de recordar, y que se convertiría en una palabra más sencilla. En otros idiomas se impone llamarlo virus chino (igual que gripe española en su día), virus asiático o virus de Wuham.

Lejos de la terminología científica encontramos el lenguaje creado por los gobiernos y sus periodistas con otras intenciones. Lenguaje que se ha extendido por repetición. Igual que los terroristas islámicos son abatidos, y no asesinados; aquí la gente ha estado confinada y no arrestada. Vamos una a una.

Confinamiento es un tecnicismo jurídico que ha sido empleado de manera extensiva. Es el nombre que recibe la pena por la que se obliga a un condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio. Nada que ver con lo nuestro. Ni condenados, ni libres, ni fuera de casa. Al contrario. Hemos estado en nuestras casas, y no hemos sido libres para entrar o salir.

Dentro de los sinónimos de confinar los que más se acercan a lo experimentado son encerrar, recluir, aislar, encarcelar o enclaustrar. Pero poco que ver con desterrar, ni con arrestar. De hecho, es probable, que la RAE valore detenidamente si emplear “confinar” añadiendo otra acepción a la técnico jurídica.

Desescalada es una palabra que no existe y que está mal dicha, hasta que la asuma la RAE. Yo intentaré no emplearla pues no me gusta. El término parece indicar lo contrario de escalar, que es subir una gran pendiente o una gran altura, y está haciendo referencia a que el abandono del aislamiento domiciliario se debe ejecutar mediante una graduación. Es relevante que no hubo una escalada para aislarse, pero que sí es necesario una desescalada para volver a la situación anterior a la epidemia. En este sentido, se habla de escalar y desescalar con la imagen en la mente de una curva de contagios y fallecimientos hecha por los estadísticos en sus cuadros gráficos. La imagen seduce a la palabra. Se podrían haber usado otras palabras: descender, bajar, desmontar, regresar, retroceder, salir, etc. Pero por alguna razón les molestaba hablar bien.

No son palabras lo que nos queda analizar, sino lenguajes y composiciones también teñidas de corrección. La más popular es la de “nueva normalidad” y el eslogan del gobierno “que nadie se quede atrás” (con permiso de los muertos, claro)

Nueva normalidad es una expresión una tanto paradójica. Indica que durante el encerramiento hemos vivido bajo una anomalía, una anormalidad, una subnormalidad o una irregularidad. Pero estos términos no se han empleado, imagino que por peyorativos y molestos. No ha hablado el gobierno de que estemos ante una situación anormal, o subnormal. Nunca han dicho eso.Tampoco hemos visto ataúdes, e imagino que es por la misma razón. No asociar la imagen de la muerte con un gobierno concreto. El suyo.

Sin embargo, tras la anormalidad, ahora sí que buscan un lenguaje bondadoso que indique que no ha sido para tanto, que no ha sido grave. Un lenguaje que procure un horizonte de seguridad en la población. Hay que lograr la “nueva normalidad”, pasando por alto la catástrofe, como si no fuera más que una anécdota, una estadística tonta de unos cuantos miles de muertos. Imagino que nada que ver con los importantísimos muertos por violencia de género, que son ínfimos comparados con esta catástrofe. Pero ahí nunca se les ocurriría hablar de alcanzar una nueva normalidad.

Realmente no será posible alcanzar la “nueva normalidad”, porque no volveremos nunca al punto de partida. La sociedad ha cambiado, no en exceso, pero sí hay otra percepción de la realidad gracias a una experiencia compartida por toda la sociedad al mismo tiempo. No habrá “nueva normalidad”. Lo único que nos queda es pensar en como era la vieja normalidad, lo que había antes de la pandemia, si es que podemos hablar en esos términos. Quizás con el tiempo se hable de antes de la pandemia como la Edad Contemporánea, y después de la pandemia, como el inicio una nueva edad histórica.

Nos queda el eslogan. Que nadie se quede atrás. No es más que una frase llena de buenas intenciones, quizás tantas como errores en la gestión. Atrás se quedan los muertos, los sanitarios contagiados por culpa de los gestores, los arruinados y un montón de gente para quienes la nueva normalidad será simplemente un renacer de las cenizas. Si pueden y les deja el gobierno.

 

 

El chorizo cancerígeno.

El otro día que fue la marcha contra el cáncer, la peña en Valladolid salió para hacer ejercicio y solidarizarse – más lo segundo que lo primero, aunque de todo hubo – caminando, corriendo y haciendo running, footing, o lo que les saliera del hipotálamo. Hicieron lo propio que hay hacer en estos casos, pasearse con la familia y soltar las perras para echar una mano a los de la AECC. Todo por la causa, y todo por la investigación y por ayudar. Estupendo.

Pero hete aquí, que cuando terminaron, como la gente se siente eufórica y feliz, los pucelanos insensatos, erráticos e incoherentes, hicieron caso omiso a su buen índice vegetativo, y acudieron en tropel a degustar a los bares cercanos, o sea todos, porque asistieron ciento y la madre (en términos numéricos 28000 participantes), a la noble tarea de golfear una cañita con su consabido y riquísimo bocata de chorizo, jamón, salchichón, panceta y torrezno, incluso hueva con mortadela… o tortilla con todo lo anterior dentro. Y el tío de la OMS no tardó ni una semana en contarnos que eso es fatal para nuestro colon, que nos vamos a morir, y que tanto da el ibérico como la salchicha, las carnes procesadas y rojas que las verdes o amarillas si las hubiera, son más malas que el tabaco, que ya es decir.

Esto está trayendo cola, y bastante, porque en España nos desayunamos poco y nos almorzamos a lo grande, y entre nuestras preferencias está, además de la tortilla patria, el bocata jamón o chorizo labrado con cuchillo de casa y envuelto en papel de alumnio, que luego se sedimenta con media barrita calentita recién hecha, y “pa” dentro. Le acompañamos de un cafe con leche, de los de toda la vida, y somos más felices que los suecos, que no tienen ni sol, ni tapas, ni ibérico recién cortado. Los de la OMS, que seguro que son todos comedores de acelgas o por ahí, nos tienen envidia, y es normal que así sea, porque, además de abortar mucho y fumar poco, esta gente no come jamón ibérico, ni chorizo, ni nada que se le parezca. Todo el día catando salmón y pollo embrutecido por el engorde, junto con tres lechugas ecológicas sin bichos, y eso, a buen seguro, les ha entumecido el cerebro. Se han cabreado y en su obnubilación contra el pavo desalado que enturbia sus vidas, han arremetido contra todo, sin darse cuenta por el camino, que otra cosa es el ibérico, el jamón y el chuletón de Avila, y otra muy distinta el chopped, que por supuesto también tiene derecho a tener su club de fans, pero que no. Que no es lo mismo.

En España prohibir el jamón por cancerígeno es tan conflictivo como retirar los móviles del mercado por la misma cuestión. Y lo confirmo: hace años la OMS dijo que el uso del móvil era probablemente cancerígeno, equivalía a un nivel de alarma dos, o algo así. Pero nadie hizo nada, ni el gobierno los retiró, ni se impidió su venta al por mayor, menor, o regalados. Todo con tal de amasar veneno para la ciudadanía. Los negocios son los negocios, y siguieron vendiendo móviles por todo el mundo. De hecho no se ha vuelto a hablar del tema, mutis por el forro que se llama. Por eso, como el tío de la OMS no puede contra las empresas de telecomunicaciones, que nos quieren matar después de esclavizarnos con sus artilugios, la emprenden contra las humildes factorías de alimentación del primer mundo, los de cárnicas de Zaratán y la fábrica del eurojamón. Y a eso no hay derecho.

No quiero ni pensar lo que se comenta en la mitad de África para abajo, donde comer carne procesada es un lujo y un placer. En general comer es un lujo en muchos lugares, por eso, para mi, la recomendación de la OMS la han hecho para los africanos, para que se contenten un poco en sus hambrunas, y puedan escogorciarse de nosotros diciendo: sí, sí, comed, comed, que os vais a morir todos de cáncer…

El tío de la OMS es demasiado para el cuerpo, y no es una frase hecha. Hace años apoyaba abiertamente las políticas proabortistas sin ningún pudor, y hace otros pocos años, afirmó que la homosexualidad no era una enfermedad. Lo dijeron así, a las bravas y con el parecer en contra de un buen número de sanitarios y médicos del mundo. Supongo que será verdad, pero me sorprende que una opinión más política que científica la suelten así, bajo las hégiras de sus compromisos con las ideologías de género. A esta gente les da igual. Ellos hacen política y deciden lo que tiene que opinar el planeta. Ahora toca decir que el jamón es la peste, y se quedan tan frescos.

Pero no es nuevo, porque también dijeron que el pescado azul era malo antes de que fuera buenísimo. Se llevaron las manos a la cabeza cuando vieron comer huevos rellenos a los españoles por los bares, para luego sucumbir apreciando la tortilla patria. Los que dijeron que el aceite de soja era mejor que el de oliva, luego se entregaron a la causa del aceite de girasol, al de coco y al de palma sin rubor, para acabar diciendo que el de oliva era de nuevo el mejor.

La culpa de que no se hiciera nada contra el ébola cuando empezó la enfermedad la tiene la OMS, que está ahí para hacer algo, no para ponerse un poco becerra contra los derivados del cerdo. Si ya lo sabíamos, hombre. No hay más que ver la media de mortalidad en España para saber lo que es bueno y lo que es malo… y de momento comer es mejor que rebuscar amianto en la basura.

Salvo que nos alimenten con amianto, claro, objetivo de la OMS para dentro de unos años, y si no al tiempo.

El agua de la fuente

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