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Naturaleza muerta con gato erótico de porcelana.

Nunca pensó Melquíades Finosa, licenciado en artes marciales, que cuando se comprara un gato de porcelana para el salón de muertos, tropezaría su vida con la más trigonométrica tranquilidad a la que estaba acostumbrado. La imagen era ordinaria, pues se trataba de un gato simple con bigotes y sonrisa de tresillo, pero los movimientos incómodos de la porcelana se le antojaron demasiado acordes a su gusto por el caldo de pollo destilado en el alambique.

En cuanto se mojaba Melquíades en los caldos del alcohol, el gato mutaba el rostro. Entonces miraba despacio a su interlocutor, para luego sorber el aguafuerte que otrora le diera tantas tardes de gloria. Sucedió, para su desgracia, que se agitaba el minino de porcelana profiriendo un ronroneo característico. Terminada la fiesta, se bebió a chorros de la garrafa, con la intención mortal de ahuyentar su mal, pero sólo obtuvo como exiguo resultado una camisa blanca desesperanzada y un maullido en fa menor sostenido, que todavía lo recuerdan los músicos de la aldea de Catalicapanga, por haber logrado la erección del retorcido olmo de la plaza de la Revolución.

Melquíades se atolondró por la fatiguita del día, pues quedó adicto a los contoneos de su gato, y tras destilar los muebles del salón, el hamster japonés de la cocina y licuar en fermento de alambique varios de sus pañuelos de tela, guardados de la época en que los hombres tenían mocos en las narices, apuró y se bebió todo esperando que el gato siguiera con sus movimientos de polichinela en celo. Y así fue. La porcelana se le insinuó con más descaro que una gallina contemporánea.

Luego destiló el televisor, convirtió en bebida sus cinco móviles de última generación, e incluso se atrevió a destilar las quince garrapatas de un perro vagabundo que en soledad se lamía el desempleo. Todo era destilable y convertible en bebida espirituosa, y aquello no había hecho más que empezar.

El gato de porcelana mostró que tras sus barnices había todo un infierno de placer oculto en él, abrió la pata trasera derecha desocultando sus encantos. Melquiades estaba enamorado de una porcelana preciosa y buscó más elementos que beber y que destilar en su alambique.

Destiló el vecindario entero, con sus mascotas y sus vecinos de orejas puntiagudas. Destiló coches, estaciones espaciales, autopistas y ciudades enteras. Incluso acudió a un plató de televisión para destilar a cientos de famosos más aporcelanados que su gato, acometió y convirtió en bebida espirituosa a cincuenta presentadores de telediario de su país, y acabó con la vida de miles de políticos de verso suelto y de frase idiota. Se los bebió a todos tras destilar en su alambique a un sistema solar que no le daba más que sinsabores.

Y entonces sí. Entonces el gato habló y dijo algo que Melquiades Finosa, licenciado en artes marciales, nunca pudo olvidar.

“Tienes que dejar la bebida antes de que hables con los cuadros”.

Y él obedeció, pues quería de veras a la que iba a ser su esposa.

 

(Lo sentimos, pero no continuará).

Mi papá quiere que sea CR7

De cuando en cuando salta la noticia, y el otro día lo pude escuchar en directo y sin eufemismos por la radio: Entrenador de fútbol alevín agarra del cuello a un jugador expulsado del equipo rival cuando desfilaba al túnel de vestuarios. El árbitro (de unos veinte años) pidió escolta policial ante el acoso de los progenitores de los chicos, o sea de sus padres. Me sorprendió, aunque no mucho la verdad, pues ya me habían contado algunos amigos lo complicado que es el mundo del deporte para los niños (varones imberbes) de 5 a 15 años. Es lo que llaman el fútbol de las categorías inferiores, un reflejo casi perfecto de la basura en la que se ha convertido el circo deportivo de sus mayores.

Y es que, aunque no quiera enterarme de la vida de algunos personajes de la cosa nostra deportiva del balompié, siempre te lo cuelan de rondón en algún telediario. Se ve que un tal señor, al que algún periodista desatado llaman “el bicho”, supongo que en un alarde de imaginación, y que otros señores logotipifican por escrito como “cé erre siete”, le metió cuatro patadones a un rival de otro equipo, cuyo nombre nadie quiere acordarse, ni se esfuerzan por hacerlo. El caso es que no sé si le van a recompensar al bicho por animal que cocea, o le van a condecorar en algún foro gastronómico, por alimentar con la alfalfa de su conducta al rebaño de incondicionales que debe tener ese deporte que hace años perdió todos los valores aristocráticos que se supone que debe tener el deporte. ¡Señor, Señor!

En este asunto, creo además que soy poco sospechoso de no gustarme el fútbol, porque suelo acudir, como socio que soy, a ver al Real Valladolid cuando juega en casa. Reconozco que no suelo ver más fútbol, ni en la tele, ni en ningún lado, entre otras cosas porque con un partido a la semana ya voy sobrado. Y en la tele no es lo mismo, digan lo que digan. Luego están las tertulias de gritones, que además de empeñarse en sobarnos el intelecto con sus improperios sobre la Esteban o el Pablemos, según cadenas, tienen un hueco reservado en la nocturnidad y la alevosía, para degradarnos contando que si el CR7 es más guapo que Messi, o más tonto. Yo, como no hablan del Valladolid, aunque tampoco lo hacen de ese deporte llamado fútbol, pues no lo veo, y eso que me ahorro. Supongo que los del madrís o los del barsa les encantará y se licuarán viendo sus innumerables derbis. Lo malo es que después se miran al espejo, y en medio de su mierda de vida, se fijan en su hijo para acometer la pregunta que destruirá la vida de sus pequeños: ¿y si mi yónatan llegara a ser como el Messi? ¿Y si me llovieran millones como al puto portugués ese? Y ale, a hurgar en la vida del chaval dirigiéndole una carrera futbolística imposible por falta de cualidades.

No lo he dicho todavía pero lo digo ahora: Lo malo del fútbol en la tele, es que se ven de cerca detalles que en el campo pasan desapercibidos y no importan una mierda a nadie. Son detalles que además repiten hasta la saciedad, y que suelen consistir en las tontadas que hacen sus descerebrados héroes. No ya que se quejen los jugadores, que eso lo veo desde la grada. Sino la tontería, por no decir gilipolleces, con las que unos chavalitos con pasta suelen recrearnos para satisfacción de la ruindad humana en la que nos quiere convertir el inventor de toda esta mugre. Cuando meten un gol parecen idiotas: se besan los anillos, miran al cielo, bailan en plan guay, henchidos de narcisimos y la más cutre egolatría, al final se quitan la camiseta para enseñarnos que se machacan en el gimnasio tanto como descuidan su cerebro. Digo yo que ésto con Pirri no pasaba, y también era fútbol. Nadie presumía de tableta, ni estaba en la tele todo el jodido día. El fútbol era el deporte rey los domingos por la tarde, y punto. Luego vino el narcisismo de las estrellas, con esos prolongados telediarios de media hora añadida para contarnos si el madrid caga por la mañana en su entrenamiento, o si el barsa mea en los descansos que les impone su entrenador, alias mister. Y eso lleva años y años haciendo daño al cerebro de los españoles más ignorantes, ahora padres de familia, que son simplemente felices porque tienen un hijo varón que va a amar los colores de su padre con tanta vehemencia y cortedad con que lo hace él. Mi hijo va a ser como CR7, se dicen a sí mismos.

Y este es el inicio de la tortura que sufren sus hijos, y que es fácilmente visible en los campos de fútbol de los cadetes, alevines, infantiles, juveniles y demás categorías inventadas. Los padres en la grada jaleando lo peor de su inteligencia, su cretinismo y su mezquindad a un tiempo. Al niño se le grita para que meta la pierna, para se la parta al contrario, para que empuje, para que no se amilane, para que chute fuerte, para que proteste y no sea una maripili, en resumen, para que sea un hijoputa como lo son ellos. Chillan una y otra vez contra el árbitro, y contra el entrenador, que a veces es tan psicópata como los padres que lo corean. ¡Corre hijo, corre! ¡Que no te gane, métele una hostia, cubre, cubreeee!. Y así noventa minutos a la semana. Si meten gol los chavalitos de diez años, los palurditos imitan al Ce Erre y sus secuaces haciendo las mismas payasadas, como monos de imitación. Y si no meten gol sacan el narcisismo más puro en sus mentes infantiles, chupan balón sin pensar en el equipo, porque se creen que son buenísimos, talentos por descubrir, y ponen la misma cara de machitos frustrados que sus babosos papás, orgullosos porque su hijo en calzoncillos ha regateado a un chico que está siendo vociferado por su padre hasta humillarlo.

Cuando nacieron mis hijas hubo alguien, no recuerdo quién, que me dijo si no prefería chicos, por aquello del fútbol. Por suerte el fútbol es cosa de género (palabra que no me gusta, pero que viene al punto), y hasta ahora las mamás no suelen ir a gritarle al árbitro de sus hijitas futboleras. Pero todo sea que la cosa vaya a más, y tengamos  que ver a las anoréxicas de gimnasia rítmica vituperadas por hacer juego sucio contra el otro equipo, o el padre de su hijo guaterpolista ahogando en el agua al árbitro. Cosas veredes, que dijo el otro.

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