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¿Cómo podríamos acabar con la corrupción política?

La corrupción política es uno de los males que aquejan a todas las sociedades y sistemas políticos del mundo, y da igual que sean democracias, dictaduras o una mezcla. Corromper significa alterar, viciar, estropear, echar a perder, depravar, dañar o podrir. Casi nada. Por eso la corrupción política es la acción de alterar y estropear la actividad política.  Pudrirla, echarla a perder y cargársela. Lo malo es que la actividad política es necesaria e imprescindible para construir una sociedad, a mejor o a peor. Por eso el riesgo que corremos es muy alto si no controlamos mejor a nuestros corruptos favoritos.

A nadie se le escapa que el termómetro de la corrupción puede llegar a ser bastante subjetivo, tanto como la procedencia del que formula el juicio ético; y así, para algunos la corrupción es distinta cuando la ejercita un rico que un pobre, uno mismo o el prójimo, el partido de sus desvelos o el partido de sus esperanzas. Tales subjetividades no ayudan, desde luego, pero el semáforo en ámbar ya nos pone en aviso de que lo que para unos está justificado, incluso es una necesidad del representante público, para otros es un acto inmisericorde que no merece ni el perdón divino. Unos pasan corriendo y otros se detienen. Y es que en este asunto basculamos desde un puritanismo agotador hasta una laxitud sospechosa, sobre todo cuando las medidas y los raseros son distintos según la ceguera y luminosidad de las gafas que cada uno lleve por la vida. Poner unas reglas objetivas ayudará, pero más ayudará a prevenir que esas reglas objetivas no sean cambiadas con facilidad por el político siguiente que llegue al poder.

Los teóricos de lo político ya analizaron estos problemas en su momento, y llegaron a la conclusión de que la mejor forma de combatir la corrupción ( y el abuso) es limitando el poder, y la mejor forma de limitar el poder es separarlo y convertirlo en compartimentos estancos e independientes, cosa que no siempre se respeta en las democracias modernas. En sentido positivo, se fomenta la corrupción cuando el poder concreto se rodea y acompaña de una caterva de deudores, acólitos, amigos, familiares, defensores del partido y simpatizantes de la cosa nostra. Los intereses se centrifugan, y la maraña que se genera convierte el poder el poderoso en un ejercicio ilimitado e irrefrenable de abusos. No es un problema sólo de ética individual, que también, sino de ética colectiva, y por tanto de control social, ético y político.

El poder de un político cualquiera (poder ejecutivo) está limitado básicamente por el poder judicial. Hasta ahí la idea es buena, pero tiene una excepción: que el juez o magistrado deba su puesto a un equis que no sea su capacidad; si eso ocurre, entonces el juez, el fiscal o el magistrado elegido a dedo (a imagen y semejanza del Parlamento) tendrá favores que deber, servidumbres que pagar y corrupciones a las que abrazarse. Le faltará la honestidad suficiente, y estará tentado de ser menos independiente con unos que con otros.

Dicho de otra forma: si en el año 1985 el PSOE  no hubiera montado una Ley Orgánica del Poder Judicial para poder intervenir en el nombramiento del CGPJ poniendo gente de su cuerda, no estaríamos como estamos. Si el PP no hubiera adherido al despropósito, otro gallo le cantaría ahora en el Congreso. Lo llamaron tercer turno, o sea, dedocracia para determinados cargos en la judicatura. Extrañamente, hoy se quejan de corrupción los mismos que inventaron el juguete dañino, apuntando al juguete y no a su dedo.

El poder político, sobre todo en la Administración Municipal, tiene que tener una limitación en su actividad que no puede proceder permanentemente de los jueces. No podemos poner un Juez en cada Ayuntamiento o Consejería para examinar al poder todos los días, de ahí que tengamos que arbitrar cuerpos administrativos independientes, de alto rango y potestad que frenen las apetencias de los políticos. No hay nada mejor para frenar a un concejal de urbanismo que un funcionario que no le deba el puesto, que tenga herramientas para actuar y que trabaje con independencia. Y si no hace amistad con él, casi mejor.

Pongo un ejemplo. Si se hace una contratación en un Ayuntamiento, y en la mesa de contratación abundan los que deben su cargo y su sueldo a “alguien”, no será extraño que la honestidad se vaya de vacaciones. Por el contrario, si en la mesa de contratación todos son técnicos independientes, nadie debe nada a nadie, están bien pagados y valorados, es probable que la tentación del político sea mejorar la ciudad antes que mejorar a los del partido o sindicato amigo. Porque tentaciones tenemos todos, e incumplimientos legales se producen en muchos más ámbitos de la vida. La cosa es evitarlo en el que maneja el dinero de todos, y toma decisiones por todos.

Cuando se empezaron a exigir “méritos sospechosos” a los funcionarios para acceder a determinadas plazas de alto rango, fue cuando la corrupción puso sus bases. Aquellos Secretarios de Ayuntamiento cuyo mérito en los traslados era conocer la idiosincrasia soriana, por ejemplo, obtuvieron una plaza menos prestigiada y con un fuerte débito a su creador, que los que solo fueron guiados por su capacidad y mérito general. Cuando se colaron cientos de sindicalistas y amiguetes del partido en muchos estamentos administrativos locales y autonómicos fue cuando empezó a estropearse la fruta del cesto. Cuando hoy día los puestos de libre designación son tantos y tan abundantes, es normal que además de gozar de la confianza de su jefe, gocen del silencio que los capacita para continuar con la mamandurria otorgada. Acabe usted con los amigos en la administración, termine con los puestos de confianza, y tendrá una administración más ejemplar, y me atrevo a decir que bastante más eficaz. Una administración que controlará al político en sus abusos, es una buena administración que sirve al ciudadano con más ejemplaridad. Y es que representantes del pueblo son elegidos por el pueblo en las urnas; pero los funcionarios son los mejores del pueblo por su capacidad.

Por supuesto siempre quedará la conciencia ética y la capacidad personal para sustraerse a las tentaciones. En la Asamblea Nacional de los primeros años de la Revolución Francesa era muy frecuente ver como los parlamentarios (también el Rey) buscaban más el aplauso que la prudencia o la razón en sus discursos. Una vanidad que costó cara a muchos, pues no es posible gobernar bien buscando el aplauso permanente de un pueblo al que no has formado, ni has educado para la corrección ética ni la razón. Por eso, el futuro de la corrupción se terminará jugando en la educación que ahora ofrecemos en las escuelas. Una educación donde, y no escandalizo a nadie, la impunidad es demasiado frecuente; donde la ley del más jeta y del más díscolo se imponen al resto. Se está fortaleciendo, directa e indirectamente, la corrupción que en el futuro soportaremos. Los profesores están atados de pies y manos, y los responsables de la educación piden mejores números para presumir ante sus parlamentos y sus tertulias de café de que son estupendos y brillantes en sus quehaceres gubernamentales.

Prevenir para que no haya corrupción en el futuro es más importante que apuntar al corrupto y rasgarse las vestiduras mediáticas. Son así, porque los hemos creado nosotros. Que paguen, pero pongamos los medios, por favor, para que no vuelva a suceder. Dividamos más el poder, pongamos más límites al gobernante y reeduquemos la sociedad para que la ética ciudadana brille por sí misma en la escuela. ¿Es pedir mucho?

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