Archivo del sitio

La taifa de Tulaytulah (TOLEDO siglo XI)

 Una de las ciudades más apasionantes, que evoca más historias y leyendas llenas de sabor romántico y aromas de mujer es Toledo. De hecho, si España es para el romanticismo europeo el símbolo del romanticismo, quizás para los españoles Toledo es la ciudad romántica por excelencia. El poeta Bécquer le dedicó un buen número de leyendas y de relatos cortos, llenas de magia y sombras, ánimas veladoras del diablo, y conjuros de muertos que a la luz de las velas hacían escuchar sonidos misteriosos en la noche: campanas, cadenas y murmullos. Daba igual, pues todo valía para el escritor sevillano con tal de resucitar un suspiro empujado por bellas palabras, páginas inolvidables de la literatura española.

Sin embargo, Toledo es  mucho más que eso, fue capital del reino Visigótico, sede de concilios hispanos, y ciudad de filósofos y teólogos, quizás solo a la altura de Córdoba. Fue además una de las taifas más importantes de al-andalus, dignidad y prestigio que solo se podía comparar, en mi opinión con otras dos taifas. La de Córdoba, pues fue sede del califato, y con Granada, que terminó siendo, a la postre, el último reino islámico de la península en rendirse al cristianismo.

Si analizamos el siglo XI, y nos recreamos en los detalles que la historia muestra en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, veremos que Toledo fue una ciudad, que sigue siendo única; estamos ante una ciudad que sufrió profundas transformaciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XI, y cuyo acontecimiento central fue la entrada en la ciudad de Alfonso VI en 1085, una mal llamada conquista de la ciudad. Desde aquel entonces es considerada ciudad cristiana, para seguirlo siendo hoy en día. La historia de Toledo es la historia de un antes y un después de esa fecha, pues en pocas ocasiones se puede subrayar la identidad cultural y espiritual como lo hacemos con la separación y diferencia entre el Toledo musulmán, y el Toledo cristiano castellano. En pocos años la ciudad cambió abruptamente, no solo de dirigentes y gobierno, sino también de prácticas culturales.

Hasta esa fecha Toledo fue una de las taifas musulmanas más ricas de la península. Su territorio se extendía por varias provincias importantes de España, y la capital, junto al Tajo, era rigurosamente inexpugnable desde el punto de vista militar. Esto conviene explicarlo, porque nos da cuenta de la solidez y fortaleza de la ciudad. Toledo se extiende junto al meandro del río Tajo. Uno de los pocos puentes  (ver en el mapa en la letra e) que cruzaban el Tajo en aquellos años de la segunda mitad del siglo XI se encuentra en la ciudad, pero dentro de la muralla. Por tanto era imposible, o al menos muy complicado para los cristianos del norte entrar en zona islámica por Toledo. al otro lado del río, los cigarrales y las fincas de recreo ocupaban la vista y la vida de los musulmanes acomodados (ver letra d en el mapa).

No tengo tantos estudios hechos, pero creo asegurar que no era posible atravesar el Tajo aguas abajo hasta el puente romano de Alcántara, ya en tierras muy cercanas a la frontera de la actual Portugal, provincia de Cáceres. La línea que dibujaba el río Tajo creaba una línea fronteriza natural agreste y complicada de atravesar, supongo que no imposible en algunos lugares más vadeables, o con barqueros, y quizás puentes de madera. Por tanto, esto nos sirve para valorar que Toledo era la puerta de entrada de los cristianos al mundo musulmán del sur, al menos en el centro y oeste de la península, aceptando las excepciones, que seguro que hubo.

tulaytulah1070

El meandro, como digo, formaba una línea natural de protección de la ciudad, y una tercera parte de la ciudad estaba protegida por una muralla alta, sólida y fuerte. De hecho, la ciudad contaba con tres amurallamientos. El primero el más externo se conserva en gran parte, y es donde se encuentra la famosa puerta de la Bisagra (letra G en el mapa), llamada en árabe Ab-sagra. Junto a ella la actual puerta de Alfonso VI (letra H), por donde según la tradición entró Alfonso VI en la ciudad, y bastante más abajo la segunda puerta, la de los judíos (letra F), que daba directamente a la judería de la ciudad. La puerta i en el mapa, era un portón, pequeño y estrecho, destinado a los vecinos que entraban y salían directamente al barrio de la Antequeruela (en color naranja). La misma ciudad en su interior contaba con otros amurallamientos internos. El barrio de la judería estaba protegido y amurallado dentro de la ciudad (número 1 en el mapa), cuyas puertas se cerraban por la noche, y dentro también de la ciudad estaba la puerta que separaba el barrio de la Antequeruela, (número 3 en el mapa) en la parte más baja de la ciudad, separando éste de la parte más alta, que en el mapa está señalada con la letra h.

Es decir, Toledo es una montaña imposible de flanquear por cualquier ejército medieval, musulmán o cristiano. el tercer amurallamiento de la ciudad, el alficén (letra 2 del mapa en color verde oliva) lo ocupaba la zona donde residía el emir de la ciudad, el reyezuelo de la taifa, en una ubicación que actualmente es ocupada por el Alcázar, en la zona más alta de la ciudad. Como vemos, Toledo, rodeado por tres murallas, y con un control sobre el puente era la ciudad musulmana más complicada de conquistar junto con Valencia.

¿Por qué se produjo entonces la derrota y cambió de manos musulmanas a manos cristianas? Básicamente por el desorden interno y las revueltas y disensiones de la ciudad.

Toledo estaba poblado, desde los primeros tiempos del islam en España, por una población cristiana mozárabe muy sólidamente asentada en la ciudad. Era la ciudad de los Concilios cristianos, la ciudad de la conversión de Recaredo, y no iba a convertirse fácilmente al islam. Estos cristianos sufrieron los rigores de tener vecinos musulmanes, y gobernantes musulmanes, no siempre benévolos con ellos. Pero resistieron, y culturalmente siempre se consideraron resistentes y fuertes en su fe. De hecho, se habla de la convivencia de las tres cultura en Toledo como una realidad más mitificada por el buenismo ideológico que por la realidad. Se llevaban bien con los vecinos, pero lo cierto es que los mozárabes pagaban más impuestos que el resto, y lo mismo le sucedía a los judíos sefardíes de la ciudad. Estas minorías religiosas y étnicas tuvieron que soportar cada cierto tiempo como sus barrios y sus casas eran asaltadas por musulmanes no tan partidarios de una convivencia pacífica. De hecho, esto mismo sucedía en las ciudades cristianas con respecto a las minorías judías o moriscas.

¿Cómo interpretar esta violencia? La antropología social y cultural nos muestra la dificultad de supervivencia y de convivencia de todas las minorías culturales dentro de una cultura más amplia y dominadora. Es por tanto algo, no causado por la religión, sino que parece estar en la esencia de las culturas (hutus y tutsis parecen evocar un problema más viejo de lo que nos imaginamos) dominantes y las culturas dominadas que conviven en territorios próximos.

Volvemos al tema que nos ocupa. La ciudad mantuvo el orden público de sus calles con mayor eficacia, que no total, en tiempos del Califato, pero agotado éste, y dividido al-andalus en decenas de taifas, Tulaytulah, que era el nombre musulmán de la taifa, multiplicó sus dificultades para mantener el orden en sus calles. Las parroquias cristianas, algunas de ellas respetadas desde tiempos inmemoriales por los musulmanes de la ciudad, fueron convertidas en mezquitas, incluso contra la autoridad de su gobernantes que poco podían hacer, y los acuerdos y buenas intenciones para proteger a los mozárabes no siempre lograron apagar las embestidas de una minoría cultural acosada por otros vecinos más intolerantes, los de la Antequeruela, por ejemplo.

Toledo sucumbió al desorden, cosa que se aprecia bien en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y poco a poco estuvo necesitada de ayuda exterior. Incluso los levantamientos populares de algunos musulmanes de la ciudad fueron promovidos por los reyezuelos de otras taifas, especialmente Córdoba o Sevilla, que buscaban desestabilizar el gobierno de Tulaytulah, aspirando a la expansión y regeneración del califato, algo que parecía contravenir los nuevos tiempos de división de la península.

El gobernante de la ciudad, al-Mamún, suegro además del rey de la taifa de Valencia (en aquellos días acosada por la taifa de Zaragoza y otras, y por el Cid Campeador más tarde) se rindió a la necesidad y pactó un acuerdo con los cristianos, que eran los más fuertes desde el punto de vista militar. Acordó con el rey Fernando el Grande, rey de León una paria, el pago de un impuesto a cambio de protección. No fue la única pues la taifa de Sevilla y Badajoz, y Zaragoza aceptaron también el pago de una paria a su protector Fernando el Grande.

Durante la guerra que enfrentó a los tres hijos de Fernando y Sancha de León, nuestros queridos Sancho II de Castilla, Alfonso VI de León, y Fernando de Galicia, Toledo no permaneció ajena a los sucesos. Tras la derrota de Golpejera (cerca de Carrión de los Condes) en 1073, Alfonso VI huyó exiliado a Toledo, junto con su amigo y máximo generaly confidente el Conde Ansúrez (fundador de la ciudad de Valladolid). Allí fue bien acogido por sus amigos musulmanes, por al-Mamún que lo apreciaba sinceramente.

Por supuesto, cuando Sancho II fue asesinado por el traidor Dolfos Vellido al pie de la muralla de Zamora, Alfonso VI se convirtió en el nuevo rey de Castilla y de León, y a la postre y gracias a una maniobra turbia, en  rey de Galicia también. Recuperó el trono, regresó del exilio, y siempre tuvo una magnífica relación de amistad con Toledo. De esta forma fue el rey más importante de la cristiandad en la península, con el reino más extenso. Regresó del exilio, pero con conocimientos importantes sobre los musulmanes y sobre Toledo.

La ciudad de Toledo fue conquistada por Alfonso VI cuando Al-Mamún le pidió ayuda en el año 1085 para que desalojara de la ciudad a sus enemigos. No se sitió la ciudad, y no se derramó más sangre que la de los animales que sustanciaron la fiesta de la victoria. Imagino que cerdo para los cristianos, y ternera para los judíos, mozárabes y musulmanes. Alfonso VI entró en la ciudad para liberarla de los enemigos, y la convirtió así en ciudad Imperial de los Visigodos; él mismo se autodenominó emperador de las tres religiones: cristiana, musulmana y judía; y prometió defender y proteger a los musulmanes, judíos y cristianos de la ciudad. Promesas que no pudo cumplir del todo.

El primer problema al que tuvo que enfrentarse fue que la conquista de Toledo, y el exilio de al-Qadí (mandatario sucesor de AlMamún) a Valencia como nuevo rey de la taifa, llenó de miedo a las demás taifas musulmanas. La reconquista de los cristianos había continuado y no se había detenido con Almanzor, que había saqueado León hacía menos de cien años. Y el miedo siempre ha sido un mal consejero. El resto de taifas de al-andalus llamaron a los musulmanes del reino Almorávide del otro lado de la península, y esa fue su perdición; pues los almorávides pensaron pronto en desalojar a los reyezuelos de las taifas de sus gobiernos para instalarse ellos.

Las tropas de las taifas, poco sólidas y con ejércitos locales más o menos blanditos, no pudieron hacer frente a la gran batalla de la época: Zalaca, o Sagrajas, como se conoce entre los cristianos. Fue cerca de Badajoz, y fue un año más tarde de entrar en Toledo, en 1086, exactamente.

Los almorávides ubicaron a las tropas de las taifas en primera línea de combate. Las tropas de Alfonso destrozaron éstas, pero no pudieron continuar la batalla ante la maniobra genial de los almorávides, que cayeron sobre ellos cortando cabezas y humillando a los ejércitos de Alfonso VI, que incluso era apoyado por tropas castellanas, aragonesas, leonesas y gallegas. En solo 48 horas las taifas perdían todo su ejército, y los cristianos (leoneses, castellanos y aragoneses que acudieron también) el suyo.

Regresó el miedo, en este caso a los cristianos que vieron que sin ejército los musulmanes tomarían de nuevo Toledo, incluso volverían a saquear León, Burgos y las ciudades cristianas que empezaban a despuntar. Pero el caudillo almorávide Ibn Tasufin,  regresó precipitadamente a su hogar en el actual Marruecos, pues estaba falleciendo un hijo suyo, sino había fallecido ya. Cuando regresó año y medio después, los cristianos eran más fuertes. Más tarde perderían algunas batallas decisivas contra el Cid en las puertas de Valencia, donde la tormenta barrió a los ejércitos almorávides que se ahogaron en la albufera.

Toledo no cambiaría de bando.

La ciudad siguió su curso. en pocos años los mozárabes fueron desplazados por los castellanos que repoblaron la ciudad, y que trajeron la liturgia romana llevada por los cluniacenses, impuestos por el Rey para sus territorios. Se respetaron a los mozárabes, pero fueron cada vez más reducidos en presencia. De hecho el obispo Pascual, mozárabe antes de 1085, no fue obispo de la ciudad tras la conquista, y Alfonso VI nombró a un borgoñés, del gusto de su mujer Constanza, que terminó convirtiendo la Gran Mezquita de Toledo en la Catedral que es hoy, faltando así a la promesa que hiciera el rey. Su mujer no estaba tan dispuesta a ceder a las bondades de los musulmanes de Toledo, los viejos amigos de su marido.

los musulmanes fueron abandonando poco a poco la ciudad, quizás buscando tierras musulmanas más propicias. en cambio los judíos empezaron a llegar en buen número a la ciudad de Toledo, que siguió manteniendo durante varios siglos su hegemonía sefardí. De hecho, la gran ciudad judía española en la historia es y será sin duda Toledo. De estos siglos posteriores son las dos sinagogas, bellísimas y hermosísimas, que hablan de un pasado y de una religión hermanada y protegida por los reyes medievales.

Por desgracia, esta protección no pudo detener al pueblo, que incomodado por las minorías, atacó de nuevo a las minorías, en este caso judíos y moriscos, así llamados. Los mozárabes fueron respetados, aunque siempre arrinconados y burlados por su condición mediomora. Una injusticia para todos ellos.

Podemos pensar que durante mucho tiempo Toledo tuvo un mercado semejante al gran bazar de especias de Estambul, que por cierto, en 1085 era cristiana y bizantina.

De estas épocas musulmanas proceden los cuentos, leyendas y misterios que luego fueron narrados por muchos rapsodas de la historia. Como Bécquer, entre otros.

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI.

Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época).

Nada más lejos de la realidad.

La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos.

En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible.

Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez.

tulaytulah1070

Mapa de Toledo en 1080. 1. Judíos. 2. Palacio Real, 3. Barrio musulmán antequeruela; g. Puerta de la Bisagra; a. Gran Mezquita; h. casa de los Falsafa (ver novela)

En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos.

Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa – actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios.

Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten.

También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia.

Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el  propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir.

Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo  mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares… Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel.

¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería.

Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante.

Y quizás no le falte razón.

 

actuapoli

Actualidad política y Administración municipal