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Hacia una edad oscura.

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Reconozco que no quiero ponerme catastrofista, pero resulta que trabajo con las futuras generaciones, y eso, como es de esperar, produce una angustia vital que se va metiendo en lo más hondo del alma de cualquier persona que tenga sensibilidad por el futuro y por la cultura occidental recibida.

Podría traer muchos discursos sobre las razones del fracaso cultural en el que vivimos, o sobre la incapacidad para trasmitir la cultura recibida a una siguiente generación plenamente sodomizada con móviles más modernos que ellos (chicos convertidos en pobrecillos y anquilosados idólatras de fetiches que necesitan recargar todos los días, después de mirarlos para no ver nada importante), y cuya única reivindicación es la fiesta y el bragueteo en cualquiera de sus formas. Son gente alimentada con 50 sombras, nada menos, gente que vomita sin remedio porque su estomago no puede digerir una lectura clásica ni un cuadro de un museo compuesto por piezas y no por explicaciones y gráficos. Se vanaglorian en su condena por la rapidez del consumo que nunca satisface, la absorción de ideologías inodoras que los dejen a gusto con su conciencia, todo políticamente correcto y emocional, sin atisbo de razón por ningún lado. Gentes inmorales para la vida, y atrofiados para la lectura, para el arte, o para detenerse en un pensamiento que no sea vano y falaz. Les duele la verdad tanto como mirarse en el espejo de sus antepasados. Ellos son la oscuridad del futuro, por eso hay que vomitarlos, o yo diría mejor, exorcizarlos cuanto antes, expulsar los demonios que los atrapan, para que no se mueran de pena y de tonticia.

Estamos ante la primera gran generación posmoderna, heredera directa de sus blanditos padres. Sus progenitores habían transitado del esfuerzo al absurdo, gracias a una sociedad protectora; pero sus hijos han alcanzado el límite del nanaísmo, del que me den que para eso existo, que me paguen la escuela, el pupitre, los libros, el médico, el autobús, la calefacción, la comida y el coche, que ya me encargaré yo de hacer lo que me dé la gana. Predican que los malos son los políticos, los banqueros, los que se enfadan porque he quemado una papelera, los fachas, los aguafiestas, los corruptos, y los que no me dan la píldora del día después cuando es mi derecho abortar, matar, gastar o abofetear a mi novia porque no me quiere, o a mi novio (que tanto da), que lo cambio porque solo fue un entretiempo, tan joputas ellos como ellas. Son hijos paridos a golpe de subvención, los que piden y piden sin ofrecer nada a cambio, los que lo tienen todo y aún quieren más. Los que no saben como afrontar la vida cuando hay que doblar el lomo, los que por desgracia hacen que su egoísmo sea contagioso, con rasgos ya epidémicos, que llega a afectar incluso a generaciones de cuarenta años infantilizadas. Hay que detener el virus y cortar el desastre antes de que sea demasiado tarde, y se nos pierda un paciente exangüe, que disfruta mirando su hemorragia.

Tampoco quiero pensar que es algo nuevo, pues hace dos generaciones eran igual de ignorantes sus abuelos o padres, pero eran sabedores de su ignorancia, de su pequeñez; y ese era un germen para respetar al que sabía: al maestro no se le grita, niño. Atiende y no seas un destripaterrones como tu padre, coño. Ahora presumen de ignorancia, y se han vuelto hipersensibles ante policía que les mete una multa, o el profesor o el médico de cabecera, tanto da; son indiferentes ante su propia estupidez narcisista, incapaces para pensar más de diez minutos seguidos, y ateridos para sentir en profundidad con el que sufre. Megaombligados, ombligofrénicos, cualquier palabra que inventemos se queda corta para describir el egocentrismo del vampiro que no se refleja en un espejo decente, y que chupa la sangre a los demás.

Nunca la humanidad había llegado tan lejos en el arte de la idiocia colectiva, y es verdad que habría que hacer y dar un homenaje de lapidación contra los listos que han degenerado y destruido todo lo que se intentó levantar a lo largo de los siglos tardomedievales hasta la revolución industrial, cuyo gran mérito va a ser esquilmar nuestro querido y limitado planeta tierra. Pero no sigamos por ahí. Occidente siempre ha tenido herramientas, y antes de que nos invada el islam con sus propuestas integradoras, convendría enfocar el problema adecuadamente y buscar la solución que nos ofrece la historia de occidente, la que tenemos a mano.

Los pueblos inteligentes suelen mirar a su pasado cuando perciben la decadencia del presente, y Europa no ha sido una excepción en su historia. ¿Qué creen que fue la reforma carolingia? Mirar al pasado clásico del Sacro Imperio Cristiano y Romano para intentar levantar las bases de un mundo nuevo. Impulsaron los estudios del quadrivium y el trivium, que a la postre han sido la institución cultural (universidad) más importante para occidente, la que le ha permitido superar a los demás pueblos en conocimientos y habilidades. ¿Y la reforma protestante? Fue volver a mirar el Evangelio, transformador y sólido con la mirada de los primeros apóstoles, los primeros pensadores cristianos, sin velos ni tulipas. ¿Y la reforma renacentista? Volver a mirar el mundo griego y romano tanto en su estética como en sus leyes, su derecho, sus proporciones, su amor por la vida, su hambre de Dios y de trascendencia.

Por eso el mundo está en una nueva encrucijada, y tiene que elegir entre el marasmo y la autodestrucción de la sociedad de consumo, del nihilismo decadente de la ignorancia, del hombre blando de pensamiento relativista, donde la única moral posible es la moral de situación (hago lo que me se me ocurre que tengo que hacer en cada momento, y no me arrepiento de nada); o apostar por mirar al pasado, donde se vuelvan a dar la mano los pensadores greco-romanos, el cristianismo con su imprescindible propuesta ética de máximos y su espiritualidad de encarnación, y el orden y el derecho romano.

Al menos hay que pensar la humanidad (que diría Ortega), es lo que menos que podemos hacer. Aunque yo no me quedaría ahí, yo intentaría exorcizar al demonio (con ayuda de Dios, claro) antes de que nos arrastre sin remedio en su soberbia infinita.

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