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El fanatismo religioso.

Los atentados del pasado fin de semana en París han conmovido a la opinión pública occidental, acostumbrada fervientemente a ensimismarse bajo el paraguas de su civilización próspera y expansiva, ha reventado su burbuja de felicidad, por unas horas al menos, para encontrarse de la noche a la mañana, con que hay unos abejorros dispuestos a inmolarse por algo incomprensible para su mentalidad como es lo religioso.

Occidente, y especialmente los vecinos franceses (por aquello del laicismo), nunca han entendido en qué consiste el fenómeno religioso, de ahí que hayan perdido mucho tiempo en vilipendiarlo y proscribirlo sin comprenderlo siquiera más que en su sentido más ideológico y negativo, perjudicando de paso la solidez de la cultura occidental, cimentada en el cristianismo. La religión cristiana, que sí aguanta caricaturas con bastante deportividad y dientes rechinados, es bastante diferente del islam. Y es que, hay que decirlo con claridad, no todas las religiones son iguales, como no son iguales ni las culturas ni las personas. Diferenciar las cosas es la primera forma de respetarnos, a pesar de todo.

La religión es el componente más sólido y permanente que configura una cultura. Ni lo económico, ni lo productivo, ni sus formas matrimoniales, ni sus características para resolver conflictos (derecho) decide qué tipo de sociedad o cultura tenemos. Lo religioso es otra cosa distinta de lo ideológico. Esta es la gran confusión occidental. Las religiones, además de levantar la diferencia más clara entre una cultura y otra, logran configurar una cosmovisión trascendente y de sentido para los miembros de esa cultura. La religión logra dar sentido a las personas que viven en esa cultura, y una cultura sin religión, como sucede hoy en parte a occidente, es una cultura en crisis y descentrada. Por mucho que sustituyan a Dios por la Marsellesa, no deja de ser una canción, pues los símbolos, cercanos a los sacramentos, no gozan de la presencia de la trascendencia como mecanismo transformador. Nos emocionan, pero no nos orientan.

No estoy diciendo nada extraño a la antropología social y cultural, incluso desde la perspectiva más marxista, defendida por el ilustre y audaz Marvin Harris, materialismo cultural, lo religioso está en la cúspide de una pirámide, en el polo que denomina superestructura de la cultura. Pensaba Harris, y ahí discrepo, que lo religioso no configura una cultura, sino que ésta viene determinada por su economía y su sistema productivo-reproductivo, y creo que se equivocaba. Lo religioso es lo que más tarda en modificarse en una cultura, es básicamente tradición y por tanto inmovilidad. La identidad e identificación de esa cultura pasa necesariamente por la religión que se tenga, y cuando cambia la religión, sabemos y apreciamos que tal mundo ha cambiado, y que estamos ante otra cosa, otra cultura, otra civilización. La religión es la cultura, su identidad. Y eso es válido aunque las personas no sean religiosas, ni demasiado fervorosas o practicantes.

Con un ejemplo seré más claro: El norte de Africa no cambió su forma productiva y reproductiva con la invasión de los árabes y musulmanes en el siglo VII, pero está claro que apreciamos una ruptura cuando se sustituyó la religión cristiana por la musulmana en aquellas zonas. En cambio, en Italia, sí vemos continuidad en esos siglos. La cultura es básicamente su religión, y eso ha costado más que dolores de cabeza a muchos laicistas que siguen sin entenderlo, pues se empeñan en privatizar la religión, con el consiguiente desconcierto y desasosiego cultural.

El fanatismo religioso es un fenómeno cultural que se produce en determinados grupos subculturales o sociales, y que es provocado por una circunstancias que me atrevo a discriminar en dos grupos.

En primer lugar estaría el fanatismo provocado como reacción interna ante los cambios que sufre la misma cultura. La religión tarda en cambiar, y el fanatismo religioso es la reacción lógica que quiere evitar esos cambios. Ejemplo: las personas cristianas más fanáticas suelen gustarles poco los cambios que va haciendo la sociedad, son en conjunto reaccionarios, y quieren petrificar las tradiciones (como bien decía Ortega) para idolatrarlas. Acaban siendo más amigos de la idolatría clerical, por ejemplo, que del mensaje renovador de Jesucristo. Esto mismo sucede en el islam. El islam está cambiando desde hace siglos, en parte por su contacto con occidente, pero también porque la misma cultura islámica está evolucionando: los musulmanes quieren un islam distinto. Fiel al Corán y a Aláh, pero distinto. Lo hemos visto en Irán, una revolución religiosa, de corte conservador, que termina aprobando formas más aperturistas; o en Turquía, donde se quiere poner freno a un islamismo conservador y fanático, apostando por uno más progresista y acorde a la sociedad en la que vivimos, compleja y difícil, de imposición laica para evitar avances del fanatismo.

Parte del fanatismo religioso de esta panda que llamamos Yihadistas, pero que tiene que ver poco con la verdad yihad, que es un camino de perfección espiritual, proviene de estos cambios internos y se rebela contra los propios musulmanes moderados y progresistas que quieren un tipo de islam menos absorbente y grisáceo. Hay que recordarles que nosotros ya tuvimos fanáticos como Savonarola o Calvino, que intentaron imponer una moral rígida y cabreante a Florentinos y Ginebrinos casi por igual y con los mismos resultados: el cabreo de la gente normal. El islam moderado es el primero que tiene que reaccionar contra los fanáticos, ni ocultarlos ni esconderlos, porque son sus enemigos, incluso sus verdugos.

La segunda causa del fanatismo religioso puede proceder del exterior, es xenofóbica. La invasión cultural que vive el mundo islámico, y que recibe, por su poderío económico de la cultura occidental, alimenta por sí misma el fanatismo religioso de los pueblos a los que seduce. Los musulmanes más fanáticos consideran que el estilo de vida occidental es decadente, patético y satánico, y que hay que extirparlo de la faz de la tierra. No pensarían así, si no tuvieran que lidiar todos los días con la ropa de moda de las tiendas que imponen un estilo occidental, nuestros coches, diversiones, alcohol ocio han entrado en sus vidas, y reaccionan violentamente contra esa invasión. Por eso arremeten en París contra el heavy o contra el fútbol, porque son occidentales. Es igual que en la antigüedad romana, los cristianos del siglo V arremetían contra el circo y los gladiadores, y antes los paganos contra los cristianos. Es lógico, aunque no nos parezca éticamente bueno.

En la cultura cristiana están las raíces de lo que es occidente. El lema “libertad, fraternidad e igualdad” que tanto gusta a los franceses y europeos, no son sino proclamaciones y eslóganes cristianos secularizados. Por eso el Papa para ellos es enemigo número uno, y por eso recuperar la alhambra es fundamental para lograr un golpe moral definitivo que los aúpe en sus posiciones fanáticas.

Pero desconocen varias cosas. Que aunque destruyan (o lo intenten porque no lo van a conseguir), a personas o símbolos occidentales, nuestra cultura es muy fuerte económica y socialmente, y su herencia no termina en un cuarto de hora. Si occidente se viera realmente amenazado, bastaría con expulsar a los musulmanes de Europa, radicales y moderados, o le costaría relativamente poco hacer del islam una religión de Estado para controlar la cultura y la educación islámica en mezquitas y ummas, o simplemente soltar una bomba atómica en Siria, o en la Meca. ¿Me siguen verdad? Gracias a Dios, el Dios cristiano nos ha enseñado a ser compasivos, y a entender que la verdadera lucha del hombre es contra sí mismo y contra su corazón egoísta y enfermo. El fanatismo debe ser combatido. ¿Con qué? Por supuesto con las armas si son necesarias (que vemos que son imprescindibles), pero también con la educación religiosa musulmana en los colegios y con las ideas claras. Y hay que reconocer que esto último es lo más difícil de conseguir en nuestro decadente, y poco cristiano, occidente.

PD: PRAY FOR PARIS,

PRAY FOR THE WORLD, OUR WORLD.