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ANIMALISTAS versus HUMANISTAS

Siempre que se ha querido insultar a alguien se le ha llamado animal en todas sus variantes: burro, cerdo, hijo de perra, etc. Hoy casi esto es políticamente incorrecto, porque mucha gente considera mejores a los animales que a los seres humanos, y dentro de unos años serán un elogio de las personas: “eres tan simpático como mi perro”, te dirán, y tú te quedarás con cara de morsa, que será también un elogio a tu mostacho.

Desde luego el tema trae cola y no es nuevo. Calígula nombró a su caballo senador con la hermosa intención de insultar a los senadores. Y algo parecido sucede hoy: se falta el respeto al ser humano diciendo que los animales son como las personas. De hecho se les otorgan derechos, algunos semejantes a los derechos humanos, y este fenómeno sí que es nuevo. ¿Por qué? Sin duda porque la Ilustración y su humanismo ya se han agotado, y a falta de panes, pues buenas son tortas.

Cuando los iluminados del siglo XVIII quedaron deslumbrados de su propio ingenio, y arrinconaron a Dios, buscaron un sustituto que hiciera las veces de lo trascendente. Fue así como reinventaron la Razón y el Pensar. Pero la razón fracasó cuando se volvió absoluta, fría y dura; así que la sustituyeron (nunca de forma total) por las emociones y los sentimientos. Una ola de romanticismo y nacionalismo patriotero inundó Europa hasta que se agotó. Luego llegó la ciencia, la que iba a sustituir a Dios, pero sus tecnologías siguen siendo frías y sin capacidad para responder las últimas preguntas, esas que nunca nos solucionan los programas de televisión ni los móviles. ¿Qué nos queda entonces? ¿La política con su lucha de clases acaso? El fracaso del comunismo soviético fue el fracaso de la antropología marxista, empeñada en igualarnos a costa de robarnos libertad y trascendencia. Ahora nos igualan a los animales, pero siguen sin convencernos de que sea lo mejor, ni para nosotros ni para la naturaleza.

El escepticismo contemporáneo, llamado posmodernidad por los filósofos de finales del siglo XX, surgió con el agotamiento de las ideologías del siglo pasado. Es el hastío del hombre cuando se queda sin Dios. Sin embargo, tras la posmodernidad hay vida, y en ella resurge la irracionalidad, la fragmentación y la incoherencia elevada a aspiración universal. Un producto que produce nauseas a los pensadores e intelectuales, pero que logra introducirse en las mentes ensoberbecidas de aquellos que creen luchar contra la barbarie a fuerza de gritar consignas nuevas, algunas ridículas, y muchas absurdas. Da igual que la consigna tenga raíces religiosas, marxistas, nacionalistas o cientifistas, porque en la posmodernidad todo vale, y todo vale lo mismo. O sea nada.

Una de esas consignas es la ideología animalistas con sus múltiples y diferentes variantes: veganos, naturalistas, nudistas, vegetarianos, postnudistas alopécicos, new age, etc. Su punto de partida y su raíz primaria para una construcción racional podría ser el ecologismo espiritualista, que entiende la naturaleza como una hermandad, vinculándose con algunas ramas del budismo. En esta idea, algunos animalistas confiesan ser parientes casi cercanos de los monos, los mamíferos y las medusas, y cualquier maltrato a los animales debe ser castigado como si fuera maltratado un ser humano. En el paroxismo terminan afirmando que hay que proteger a los animales y castigar y perseguir a los hombres, o que los hombres son peores, como reza la imagen que he escogido en esta entrada.

En realidad, la contestación a la imagen es muy sencilla: los animales tampoco son capaces de construir, de imaginar, de pintar, ni de distinguir el bien del mal. No son malos ni buenos, simplemente siguen sus instintos (por cierto, igual que muchos seres humanos caprichosos). Es más, no son inteligentes, y esa es, desde siempre, la gran diferencia que hemos tenido los hombres con respecto a los animales. Nosotros pensamos y razonamos, tenemos logos y hablamos, y ellos no. Eso no justifica el maltrato, ni que no amemos a los animales, pero no por encima de las personas o sus culturas hechas por y para el hombre.

Un animal nunca podrá dibujar como Picasso, nunca podrá construir una catedral como la de León, ni hará una mampostería como la de la Alhambra. No me contará sus ideas sobre viajar al espacio, ni me entretendrá contándome lo que ha hecho por la mañana. Las ratas de laboratorio no investigan para combatir las enfermedades; al contrario, me podrán infectar de las suyas si no lo cuido adecuadamente. No me preguntará mi gato que tal en el trabajo, porque no saben ni en qué trabajo ni qué es el trabajo. No pueden dar muchas cosas buenas, además de proteínas cárnicas, pero tengo que controlarlos para que no arruinen mis cosechas, o me ataquen si están sueltos y descontrolados. Son animales, y no dan más de sí.

El pensamiento animalista surge, y creo no equivocarme, por la profunda decepción que el hombre causa en la misma humanidad. Se confió en el ser humano y en sus posibilidades. La Ilustración exaltó al hombre convirtiéndolo en un absoluto que sustituyera a Dios, y ese hombre está cada vez más fracasado y apesadumbrado. Tras dos siglos de intentos, el hombre tampoco parece dar más de sí. El hombre no es Dios, vaya, y a pesar de los esfuerzos de los nietzscheanos por adoctrinarnos en un superhombre por encima de la vieja moral igualitarista y cristiana, el vulgo prefiere amar a su perro y divinizarlo, antes que querer a su vecino, a sí mismo, o a un Dios personal que lo trascienda. Es el drama de nuestro tiempo.

Contribuye al animalismo la descomposición centrífuga de la familia provocada por la sociedad de consumo, producción y explotación masiva de los recursos. Donde no caben abuelos, ni tíos, ni padres envejecidos, ni esposos, ni hijos,… ahora se quiere una mascota. Quizás reflejo de lo que le gustaría a mucha gente que fueran sus semejantes: movidos, cariñosos, simpáticos, baratos e inferiores. Sumisos y maleables, leales y protectores. No discuten contigo, no piensan, simplemente aman y se encariñan con nosotros. No tienen educación, ni valores. Y no me parece mal del todo. De hecho se usan los animales, las mascotas, como terapia de las enfermedades mentales. “Usar” he dicho, sí: usar. Algo abominable para algunos animalistas.

La gente quiere a sus animales, los cuida y son felices con ellos. Eso está muy bien. La única pega que pongo es que no son personas, no son humanos por mucho que queramos humanizarlos. Los animales no opinan, no hablan, no reivindican, cosa que sí que hacen muchos de los eslóganes y consignas antitaurinas o animalistas. Les gustan sus animales porque parece que son como ellos, pero no, no son humanos. Y en esa defensa particular de las mascotas, olvidamos la defensa universal de la humanidad: los niños que mueren de hambre, el problema de los refugiados, o la desigualdad con los países más pobres. El pensamiento animalista es escapista y desencarnado, se desentiende de la humanidad, y no pocas veces daña a los animales pretendiendo lo contrario. Y en eso, claro, no estoy de acuerdo.

Navidades en Familia.

El chiste siempre es recurrente, ¿qué tal has pasado las navidades, bien o en familia? Y uno se queda como con media sonrisa, porque con la familia se está bastante bien, aunque supongo que depende de la familia de cada uno, claro. Es un coñazo, te dicen, pero debe ser que no han visto nunca un partido completo en segunda división, o que no zapinean muy a menudo, porque para tedio tenemos telediarios, programas del tiempo y muchos otros que hacen las delicias de sus enfermizos televidentes. Hay tele de sobra, y a veces uno encuentra hasta algo aceptable.

Pero la familia no es así, no puedes zapinear, aunque algunos lo intenten, te quedas con la que te toca, con la que Dios te ha dado, y tampoco hay para tanto. Realmente no elegimos a nuestros padres, ni elegimos a nuestros hijos. Son los que nos tocan. Lo que realmente elegimos es la pareja, de ahí que salga tantas veces rana. Yo estoy seguro de que si nos casáramos por sorteo habrían menos divorcios y separaciones. Eso sí, con un cursillo prematrimonial de un año completo sobre educación, paciencia, perdón, buenas maneras y conversación. El problema de la familia, por lo que cuenta la gente, lo trae el cuñado gilipollas, la histérica de la prima insoportable, y el descerebrado del sobrino semitarado con la moto. Hay de todo, no nos engañemos, y el mundo no pasa precisamente por un buen momento para la familia. Se habla de crisis en la familia. Y de eso quiero hablar.

 ¿Cuál es realmente el enemigo de la familia? Satanás, por supuesto. Pero para no ponernos místicos, vamos a explicarlo con las dos facetas del viejo ídolo del mal: el dinero y el placer.

El dinero es el primer mal, no solo de la familia sino de este mundo. Por dinero la gente roba, por dinero se humilla, por dinero prostituye ideas, dignidades y verdades. El dinero es el gran sinvergüenza de este mundo, sirve para justificar todo o casi todo, desde la guerra que se disfraza de “intereses en la zona”, hasta el aborto, (causas económicas son las primeras que alegan las mujeres que abortan en un porcentaje escandaloso). Si a la gente se le pagara por no abortar seguro que pondría un precio a la vida de su futuro hijo y no lo mataría. Pero no tenemos dinero.

El dinero es el motor de la economía mundial, la misma que nos va a llevar al despojo del planeta, el dinero es también el destructor de las familias. Es la que impide que el padre vea a sus hijos porque tiene que trabajar ocho horas diarias, en horarios inhumanos, en fines de semana que ya van cayendo. El dinero hace que la madre no tenga más hijos, o que llevemos al abuelo a la residencia, que es más barato que tenerle en casa. ¿Me siguen?

La Navidad del mundo enloquecido en el que vivimos rinde un demoníaco culto al dinero. Comprar y vender se convierte en la actividad más realizada por la gente en Navidad. Supongo que seguido a gran distancia de otras consistentes en zampar y comer a lo bestia, como si no se hubiera comido en años. Es verdad que en España hay mucha gente que no come todos los días, y que se ve privado de determinados alimentos, pero si nos vamos al tercer mundo, al cuarto mundo, alimentarse cotidianamente y en caliente es un sueño irrealizable. Pero eso no se arregla comprando regalos, ni vendiendo en rebajas. Tampoco se arregla comiendo el triple de calorías que el resto de cualquier día ordinario. ¿Por qué lo hacemos? Seguro que nadie le dará una respuesta satisfactoria que no incluya el papanatismo humano.

La familia es sacudida por el dinero, que la deconstruye y la disuelve. Se ha pasado de las familias multiparentales, con padres, abuelos, e incluso tíos conviviendo bajo un mismo techo a familias de diseño. De diseño minimalista, donde lo monoparental y monofilial parece la tendencia a seguir. Por eso cualquier intento y de unir, de hacer comunidad, de reunir a la familia es simplemente un regalo de Dios contra el dinero, contra el instinto de disolución y de individualismo del que todo lo quiere comprar o vender.

Dicen las encuestas que la familia es la institución mejor valorada en España, y en muchísimos países del mundo, y no me extraña. Porque en ellas se puede vivir compartiendo de espaldas a las maléficas leyes del mercado. En la familia se puede compartir gratis, sin esperar nada a cambio, y eso es capaz de disolver hasta el materialismo más liberal del mundo.

El segundo enemigo de la familia es la comodidad, que sobreviene cuando la familia reposa sobre el dinero y la seguridad. Una seguridad frágil, y un dinero volátil, pero no importa.

Esto se ve en las familias cuando en lugar de hablar cada uno se va a su tele, porque hay muchas. En lugar de cenar juntos, cada uno lo hace cuando le apetece y tiene hambre. En lugar de vivir juntos, cada uno hace su vida. No hablo de los adolescentes ni de los jóvenes en los hogares, con esa tendencia tan suya a abusar de sus padres pidiendo propinas, y huyendo porque dificultan su comodidad afectiva. No. Hablo de matrimonios hechos y derechos, de personas que tras mucho tiempo sin decir nada, no saben qué decir, de gente que lleva años haciendo lo que le apetece, sin más miramiento que su propio egoísmo.

A esa gente le molesta la Navidad, porque conversar con el cuñado requiere un esfuerzo de sociabilidad a la que ya no estamos acostumbrados. Algunos forzados por la convivencias descubren que el otro ha dejado de existir para uno, y se separan o se divorcian.

Bendita Navidad que abres los ojos a la gente ciega, y desatas la lengua para que tengamos que hablar con aquel que no tenemos nada en común.

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