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Operación Triunfo, Operación Fracaso 2017

Recuerdo hace unos años que hicieron una parodia sobre el talante de los concursantes que iban a televisión, y me reí a gusto, claro que sí. Salvo los concursos de preguntas en plan saber y ganar (que ya estaba por entonces en la tele), el resto destacaba porque se dedicaban a molestar, vejar, humillar y torturar a los participantes con una sonrisa en la cara. Como si aparentemente no les disgustara que les partieran un brazo, les rompieran los testículos de un balonazo o se fracturaran la tibia llegando tarde a la caída de un cubo de pintura. Kitano, el creador del humor amarillo lo bordó. Los japos se daban de leches con una alegría y buen sentido que durante años los tuvimos por la tele. Por supuesto, lo importante era no perder la sonrisa, mantener un espíritu de sana competición y dar mucho, pero que mucho espectáculo, y entretener a un público cansado de ver a Chaplin en blanco y negro. Mejor la hostia realista en color de nuestros paisanos. Vaya que sí.

Pero todo pasa, y ahora las torturas son sibilinas. Lo llaman reality show y tratan de captar la mirada del espectador que sigue siendo el gran dios del mando. Que nos emocionen, coño, que tenemos vidas muy aburridas. Y ahí llegaron desde Gran Hermano, que no es otra cosa que una jaula de simios que hablan en un zoológico llamado “la casa”. Mientras el fabulador de la idea gana un pastón mostrando lo que es mejor ni mirar, por verguenza ajena muchas veces, o porque lo importante no nos lo muestran. Al final no ha habido nada que mostrar que pueda ser interesante, por eso apareció casi a la vez los concursos de gente talentosa, que es lo mismo pero en plan competir por algo más que ser una harpía o un harpío. O sea, Operación Triundo y Master Chef. Cantamos gorgoritos o hacemos concurso de tortillas de diseño.

Pero Operación Triunfo es distinto, porque se supone que la música es un arte, además de un negocio. En OT la jaula de simios se ha convertido en una escuela para aprender el oficio de cantante, de gran estrella de la música. De gente que ganan grammys si llegan lejos, o que termina emborrachándose por las calles del olvido contando aquello de… “yo salí en en la tele, amigo”. Venga, otra copa para este señor tan gracioso.

La escuela promete, porque aparte de dedicarse a aprender una canción y a interpretarla, no aprenden nada más. La ensayan hasta aburrir, y de vez en cuando hacen pilates y jueguecitos divertidos. Entretenimiento y aprendizaje divertido. Es casi como un instituto, pero sin matemáticas ni lengua. Es la escuela que llevan diseñando desde hace años los planes educativos en nuestro país, y me temo que en el mundo entero también. Escuela divertida e inclusiva. Bueno, inclusiva no. Aquí están todos cortados por el mismo patrón.

En realidad no es un conservatorio, donde la gente tarda años en aprender, y tampoco es una carrera de arte dramático. En realidad es todo eso y nada. Es una escuela para compartir vivencias (convivencias juveniles) dirigida por unos profes guays y mediáticos que enseñan a los televidentes a ser tan guays y mediáticos como ellos. Son todos unas copias de sí mismos, majetes en serie. A estos de OT les vemos levantarse, cagar, comer y meterse el dedo por entre los dientes para sacarse los restos, o entre los dedos de los pies, porque están como a gusto disfrutando de sus semanas de fama. Les vemos retozar ante la llamada de la especie por la reproducción, y ellos disfrutan riendo como cosacos, pero también llorando. Son indefensos primates, sometidos a las emociones inolvidables y a un estrés maravilloso. Lo malo es que en lugar de convertirlos en grandes artistas, les anulan el talento (que lo tienen y mucho) y los modelan para que el concurso sea televisivo y prometedor. Todos cantan el mismo tipo de canciones, casi de la misma forma, no hay espacio para la creatividad, y es que están buscando un producto, que en caso de que salga se van a forrar. No ellos, claro; sino el tío que les ha puesto ahí.

Reconozco que nunca he seguido el concurso, salvo en esta edición, y en diferido por supuesto. Todo está concebido para que se termine odiando el talento y la buena música. Los participantes llegan con muchas posibilidades, pero terminan cantando igual unos y otros. Nadie ofrece sus canciones, nadie crea música para el público, nadie hace nada especial que no sea cantar como todos los demás. Gorgoritos y abrazos, lagrimones y un jurado que va de malotes de circo, salvando la vida a los concursantes y condenándolos en plan emperador de circo romano. El público muy chillón, se supone que les han pagado bien en especies (bocatas).

Igual que el lobo de los tres cerditos veía salchichas cuando miraba a los chanchitos corretear por la dehesa; los productores de estos programas están buscando un negocio rentable. Igual no lo tienen, pero lo que sí está claro es que van a exprimir todo lo que puedan a esta gente. Ya están seleccionados para la matanza: todos tienen la misma edad, las mismas expectativas en la vida, la misma condición social y casi el mismo nivel de estudios alcanzados. Son buena gente, desde luego, simplemente están en el lugar equivocado para hacer una carrera musical, aunque ellos estén felices de estar entre los cerdos elegidos para el convite de los lobos. Son inocentes, y si no que se lo pregunten a los OT de anteriores ediciones.

Se harán famosos antes que cantantes; y nos contarán su vida sexual antes de que graben su primer disco. Una pena, porque nunca saldrán buenos rockeros de esta gente. Salvo que alguno de la espantada y monte un verdadero show. Ojalá.

EL DESEMPLEO DE JOHN STEINBECK

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LAS UVAS DE LA IRA (The grapes of Wrath) es una magnífica novela que escribió Steinbeck en 1939 y que atrajo de inmediato las miradas de toda la sociedad americana. El tema no es secundario ni ha perdido su vigencia en la sociedad actual, donde el desempleo, la miseria, la emigración o la explotación laboral siguen obligando a las personas a tomar carretera y manta para aventurarse en la incertidumbre de una tierra desconocida. Los protagonistas de esta historia han abandonado sus tierras de toda la vida y se dejan guiar por un folleto propagandístico que les llena de esperanza. ¿Alemania? No, claro que no. California es la nueva tierra prometida.

Salen de su casa, e igual que el viejo Abraham bíblico, lo hacen bajo una promesa incierta. Buscan una tierra que mana leche y miel, y su nublan ante el horizonte de perder lo poco que tienen. Les empuja la fe en el mañana y la esperanza de conseguir una vida asentada y feliz, en paz y decente.

Sin embargo, a los personajes de “Las uvas de la ira” les espera un regalo envenenado. No están solos en su travesía, y el interés de otros menesterosos como ellos, buscando un porvenir, ha convertido la tierra prometida en un hervidero de asalariados. Todos desean un trabajo, un palmo de hectárea donde conseguir unas migajas del escaso empleo. Nadie los contrata porque no hay trabajo para tantos, y los sueldos, que les prometían cuando salieron de su casa son nimios e insignificantes; descienden las pagas hasta la miseria, y las leyes del libre mercado que Adam Smith pregonó como salvífico descubrimiento en el siglo de la luz (tenebrosa) convierten a estos hombres buscadores de trabajo en gentes empobrecidas hasta la extenuación más desesperante.

¿Les suena la historia? Se parece demasiado a la vida de tantos paisanos nuestros que buscan y no encuentran quien los contrate. Españolitos que anhelan una nueva oportunidad en otros países, y aceptan cualquier cosa que les permita salir de su empobrecimiento. Salarios bajos, sueldos que nos hagan competitivos, restricciones y desconfianza para los que quieren iniciar una nueva vida y se topan con el muro de la lamentación.

El autor ganó con esta obra el premio Pulitzer en el año 40, y sin duda fue la principal carta de presentación para obtener el Nobel de literatura en el año 62. El retrato de los terribles años 30 fue recogido por este gran escritor logrando que sus personajes mantengan una dignidad inusitada. No se dejan llevar por el crimen, son gentes honestas que buscan su futuro aunque sean insultados y vilipendiados. Aman a su familia aunque sean conscientes de que tienen deudas con la moral y con la sociedad. Son gentes de bien, con una ética que los mantiene vivos y firmes ante la ira de una California que no quiere más pobres ni más emigrantes deambulando por sus tierras. Son los nuevos crucificados de nuestro tiempo, los que sufren la injusticia en sus carnes sin devolver el golpe con violencia. Eso les hace más fuertes.

Frente a tantos relatos triviales de hoy, releer a Steinbeck, en cualquiera de sus novelas, es siempre un regalo para el espíritu y el alma humana.

¿Otras novelas fantásticas de Steinbeck? La última que he leído “Los arrabales de Cannery”, pero también son impecables “La Perla” (que es su obra más conocida por los lectores de obras cortas), “De ratones y hombres”, “A un Dios desconocido” o la simpática “Tortilla flat”. Sociedad y hombres. Ese es John Steinbeck.

¿Cómo se puede asustar a un hombre que no sólo carga con el hambre de su vientre sino también con el de sus pobres hijos? No se le puede atemorizar porque este hombre ha conocido un miedo superior a cualquier otro.

 Capítulo XIX

Más información en

http://es.wikipedia.org/wiki/John_Steinbeck

97m/18/huty/6952/6952/14

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