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EL CÉSAR, LOS OBISPOS Y LOS INDULTOS.

Una de las características de la actualidad informativa es que los temas caducan pronto, y este de los indultos va camino de fenecer a causa de la sutil política de hechos consumados. ¿Qué será lo siguiente? A saber. Lo que sí es cierto es que la nota de los obispos a propósito de los indultos ha generado cabreo y malestar entre los católicos y los no católicos, y no porque no esté claro lo que se quiere decir, sino porque es difícil hacerse explicar en medio del griterío, y más cuando no tienes demasiados altavoces a mano. Quizás si se supiera el papel de la iglesia en este asunto todo sería más fácil, y eso es lo que me apetece contarles. Lo que debe decir y no decir la iglesia para no meter la pata.

Lo primero es la libertad de expresión. Los obispos y la iglesia en cualquiera de sus niveles pueden decir y opinar de lo que les de la gana. No hay una materia vedada, ni tiene por qué callarse. La idea de que no deben meterse en política porque lo dijo Jesús con lo del César es traída por los pelos. Sería como pedir a San Juan Bautista que no llame zorro a Herodes, o a los profetas que se dediquen a rezar en su casa. No, hijo mío. La iglesia tiene una función profética, además de la litúrgica y la servil, y eso implica que debe hablar en su momento y callar en otro. Jesús habló y calló: rezó y criticó, se enfrentó y sirvió como el esclavo que fue para la humanidad. Por tanto, la iglesia tiene una función profética que debe ejercer.

Entonces, ¿qué significa eso del César al que es del César, y a Dios lo que es de Dios? Sería largo de explicar y no quiero enrollarme, pero no significa que hay dos mundos y que la iglesia y los cristianos deben dedicarse exclusivamente a rezar y a mirar el cielo; tampoco significa que la salvación esté en la acción política y social y que haya que despreocuparse de la oración. La salvación está en Dios, y el hombre coopera con el Señor en la construcción del Reino de Dios. El Reino necesita profetas de dentro y de fuera de la Iglesia; y por supuesto, la acción política forma parte de esa construcción.

En segundo lugar habría que hablar de la misión específica de los bautizados. Lo propio de los obispos y sacerdotes —tampoco lo único— es administrar el sacramento de la reconciliación y de la Comunión, y ese sacramento no se imparte como rosquillas en una feria. El obispo también se hace reconciliación y se hace comunión para el Pueblo de Dios. Se configura con Cristo perdón y Cristo cabeza. Su labor principal en la iglesia es esa, reconciliar y con-unir al pueblo de Dios. La política concreta será cosa de los laicos, pero las orientaciones generales son de los Obispos.

Me explico con un ejemplo extremo, un laico, seglar o bautizado, puede pertenecer a un partido político, llámese por ejemplo Vox; pero puede haber otro bautizado que pertenezca a otro partido político llamado Esquerra Republicana de Catalunya, ERC. La rivalidad política y la discrepancia no deben impedir que en la Eucaristía del Domingo comulguen juntos, y vivan la unidad de la salvación en la mesa del Pan. ¿Eso es un problema? Tan hijo de Dios es el de Vox como el de ERC, y tan creyente puede ser uno como el otro. A los dos tendremos que pedirles coherencia ética, moral y por supuesto, que vinculen FE y VIDA en su vida laical y en su acción política, pero no podemos pensar que uno es mejor o más creyente que el otro. Dependerá de cada uno, y sólo el Señor lo sabe.

Dicho esto, la función de los obispos es obvia. Tendrá que acoger tanto a uno como a otro. Tendrá que exhortar a lo dos para que sean evangélicos y pongan por delante de sus criterios particulares la verdad universal de los valores éticos que implica el cristianismo: no matar, no robar… amar al prójimo aunque no sea de Vic, o aunque lo sea. Será función del obispo reconciliarlos y buscar la paz entre ellos.

En el tema de Cataluña, las cosas no son distintas, y con motivo del indulto cualquier creyente puede estar a favor o en contra, sin que sea menos o más creyente por eso. Yo particularmente estoy en contra. Demasiado pronto. Hubiera sido mejor esperar más tiempo, o ni siquiera concederlo, pues no hay por qué concederlo cuando no se hace uno merecedor del Derecho de Gracia. Otra cosa será el perdón y la reconciliación de una sociedad fracturada y destruida por culpa de la imposición del independentismo cultural al resto de la sociedad catalana y española. Se dio alas al monstruo, y ahora viene a devorarnos. Por cierto, pocos se quejaban cuando Pujol pactaba estabilidad en Madrid a cambio de dinero y privilegios para Barcelona. De aquellos polvos, estos lodos. Y en esto el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, parece no haber reflexionado absolutamente nada. Pero seguro que otros creyentes opinan otra cosa, y no son menos que yo.

Algunos obispos, supongo que los catalanes y otros, opinan que los indultos están bien, que van a ayudar a la reconciliación en Cataluña. Otros obispos, creo que la gran mayoría, piensan que no, que es un retroceso y que va a seguir alimentando la fractura social en Cataluña y el enfrentamiento. Nadie tiene soluciones mágicas, por eso ha salido Luis Argüello hablando de reconciliación, y nadie lo ha querido entender.

Finalmente, hay un asunto que han apuntado los obispos que es la raíz de muchos enquistamientos políticos contemporáneos, y es la de poner los sentimientos y las emociones como la base de la legislación, dejando fuera la razón y la fuerza de los argumentos jurídicos. Que son más pensados de lo que parece. Luis Argüello ha hablado de “Logos” que significa razón y palabra. No basta con una palabra emocionante para que las cosas sean justas. Por mucha pena que nos dé un señor que se muere, matarlo no es una solución. Y en esto de los indultos y de Cataluña sucede igual: por mucha pena que nos de Junqueras en la cárcel, no es motivo para indultarlo. El derecho de gracia se hizo para otra cosa, no para cambiar cromos políticos.