Entrega 36. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS

CATORCE

Amparín estaba desesperada con el tiempo, pero mantenía el buen gusto por la música, la educación sencilla y la decoración colonial que tanto apreciaba en su hogar. Decidió no volver a probar el vasito de Mistela de Turís —anejo y premiado— hasta que no hubiera un desenlace en la resolución final que dictara el Tribunal de Justicia sobre su marido; el cual, en lugar de preocuparse por la dicha y desdicha de sus ahorros, se había entretenido cultivando las acacias del Cerrico, a las que deleitaba con unos versos desvelados que le envió el poeta granadino en los días de juventud.

Era lo único que podía aplacar su ardiente tristeza, la que era creciente, porque contemplaba que el despojo de su actividad principal, la entrega en el Ayuntamiento como escribiente, escribano y funcionario gris y cobarde, estaba tocando a su fin.

—Hasta que no ganen los de Cánovas no hay trabajo. Lo sentimos —le dijo el empleado público cuyo trabajo consistía en emplear y desemplear a los cesantes que todas las temporadas electorales perdían y ganaban empleo.

Argimiro estaba acostumbrado al desaire de la actividad política, y siempre había mantenido que no le importaba dormir cada noche con la incertidumbre de si trabajaría al día siguiente o al otro; pero lo que le acogotaba sin ninguna piedad era pensar que el trabajo en “García, Alcoholes y vinos” se fuera al traste. De hecho, si tenía alguna esperanza por mantenerse con vida, tras haber perdido el gusto por el amor y la poesía era poder trabajar hasta el día en el que descubriera dónde paraba la amatista que otorgaba el dominio sobre el tiempo y el espacio.

—Canalejas ha sido asesinado, vuelva usted mañana, quizás tengamos algo más estable —le comentó otro funcionario con acento catalán, un forastero que nunca había visto antes.

Y se volvió a marchar unos años más tarde, esperando que Práxedes Sagasta pusiera las cosas en su sitio, o fuera otro de los suyos, que tanto le daba. Allí quedaba la mesa que él había utilizado durante veinte años interrumpidos por los azares y vaivenes de la política local. Confiaba que regresaría algún día para recuperar sus oficios, sus escribanías y sus lienzos, pero con los años, se había vuelto más pensativo y malhumorado. Apenas confiaba en los yeclanos que le animaban a no desesperarse.

—Algún día te darán un puesto en el Ayuntamiento.

El que tuvo, retuvo, decía el refrán. Y más vale levadura en el pan, que en la bolsa. Pero todas aquellas prédicas lo laceraban en su “yo” más íntimo del que sabe que ha sido hermoso y deseado.

El día no llegaba, y Argimiro se fue desanimando poco a poco. Entró en un paquete laboral de trabajadores y jornaleros de las letras, una oferta de mercado de dos por uno, entre los cuales se hallaba el marido, otrora pretendiente de Carmen Santaolaya Rodríguez, vecina de enfrente e hija de Jacinto Santaolaya. Se llamaba Francisco Gómez Parcena y tenía como principal virtud haberle cosido el traje de boda, treinta años antes de que se casara nadie de su familia. Un traje que recordaba bien y que marchó con el viento de África que arreció con su hermano Gerardo.

Aquello no dejaba de ser casualidad, pues Argimiro le había tomado afecto al muchacho, aunque tuviera casi su misma edad, apenas unos años más. Lo recordaba en su sastrería hacía décadas, cuando cosía y planchaba telas. Entonces adolecía del veneno que con los años acumulan los dientes de las serpientes y los quelíceros de las tarántulas, ungüentos malignos que ahora supuraban por su piel de hombre bello.

—¿Sabe usted una cosa, Paco? —le preguntó un domingo que salían de la misa dominical en la parroquia del Niño Jesús, la única que había arrebolado a todos sus parientes en un instante de gloria.

—Dígame usted.

—Me han dicho que hasta que haya elecciones y se arreglen las cosas, no tendremos trabajo. Que esperemos. Que cualquier día nos corean unas coplas murcianas por la insistencia —contestó Francisco Gómez.

—Al menos se lo han dicho en castellano, porque la última vez hablaron en inglés, una lengua que debe ser de bestias y de tábanos – contestó Argimiro consciente de que no era menester quitarle la esperanza a su vecino.

Él, con aquel don olvidado de rememorar el futuro, había averiguado una tarde de paseo por el cementerio, lugar entrañable y silencioso, que no tendrían más trabajo en el Ayuntamiento. Pronto llegaría una dictadura de un militar llamado Primo de Rivera, y el rey Alfonso XIII, que se suponía un hombre inteligente, le otorgaría unos poderes que lo llevarían a su tumba política y al destierro italiano. No correrían buenos tiempos para el pueblo, ni para la historia de su vecinos, pero a él aquello —y le daba cierta vergüenza reconocerlo— no le importaba lo más mínimo. Estaba acostumbrándose a olvidar los juicios que todo hombre debía hacer a la historia. Se sentía dueño de ella, y un hombre que sabe lo que va a suceder con solo pensarlo es lógico que prefiera no pensar en nada, ni emitir ningún juicio sobre lo que sucede, pues precisamente, lo que desea, es olvidar el mundo cuanto antes.

No le asombró el final de la guerra mundial, ni la derrota de Annual, y tampoco quiso conocer el paradero de los vecinos del pueblo que iban a ser llamados a filas. No le interesaba lloriquear muertes antes de que sucedieran, y ese compromiso no podía transparentarse, pues estaba seguro que un don de tal calibre acabaría en cuanto se hiciera popular y todos los vecinos lo acosaran con sus invectivas.

Ya había sufrido en el pasado, cuando conoció a su hermano José Justo de casualidad, y se entregaron al profetismo de verdades incómodas.

Prefería pensar que la vida era una jerigonza, que mantendría un trabajo en “García, Alcoholes y Vinos” y que lo contratarían durante lustros, aunque él no tuviera pensado el quehacer de sus días venideros. Quizá fuera el único límite que le diera miedo traspasar. Ya llegarían los días de hastío y de pena, si es que llegaban. O quizás fueran fecundos, y más si lograba encontrar la amatista misteriosa y taumatúrgica que robaron a sus antepasados sin rubor ni tiento.

Con Francisco Gómez Parcena coincidía también en “García, Alcoholes y Vinos”, una bodega donde se destilaban y fermentaban líquidos diversos y plurales.

Francisco Gómez era un hombre que le caía bien, tenía más altura que él y descuidaba un pelo rubio y unos ojos azules más espesos que los que él mostraba tras sus rizos suaves y tercos. Francisco era un hombre de facciones yeclanas, alargado y enjuto, con más carnes en los pómulos que aires de grandeza. Siempre iba bien vestido, y sólo mantenía una costumbre que alargaría su vida muchas más décadas, que era desayunar con abundancia y equilibrio.

—Debe usted adelgazar un poco, mi querido Paco —le dijo el estirado médico que le atendió aquella mañana—. Debería ponerse a dieta.

—No quiero quedarme en un suspiro como mi vecino Argimiro —le contestó Francisco sin ruborizarse lo más mínimo. Le agradaba hablar directamente, sin andarse por las ramas ni trampeando palabras balbucientes.

El médico pensó por un instante en Argimiro, al que efectivamente la pena estaba consumiéndole día a día sin que fuera consciente de su decadencia. Conocía a los Montañés desde hacía muchos años, y ciertamente los tenía por buenos pacientes, capaces de hacer caso de todos los consejos médicos disponibles en una consulta rural.

—Hay que comer pescado azul.

Y los Montañeses, desde Juan Montañés y Amalia Onarres hasta la sordociega, cumplían comiendo pescado azul con creces: sardina, salmonete, atún, salmón, trucha, bonito, pez espada, rodaballo, caballa, anchoa, palometa, anguila, arenque, carpa y jurel.

—Es mejor el pescado blanco. Hay que comer pescado blanco.

Y Argimiro seguía atento a lo que le decían sin perder nunca la compostura ni las buenas formas que tanto amoldaban su carácter: gallo, rape, merluza, faneca, lenguadina, bacalao, maruca, cabracho, congrio, gallineta…

—No, claro. Como Argimiro no hay que obrar. Debería usted desayunar frugalmente, un tazón de leche hervida de vaca y…

—A mí me gusta hacer sopas con el chocolate —contestó Paco.

—De chocolate nada, mejor si hace sopas que sea con un tazón de leche hervida.

Francisco salió de la casa del médico sin arrendarse. Aquella visita le iba a costar algo de dinero, pero nada comparado con lo que iba a ahorrar en chocolate de exportación. Durante años su familia estuvo comprando el chocolate en la expendeduría de Francisco Montañés, pero ahora, que llegaba el momento de cambiar de vida, pensó que podía ahorrarse mucho dinero en aquel producto de ultramar. A cambio andaría adquiriendo leche de vaca, de la única vaca que vivía en el pueblo, frisona y sustantiva, y propiedad de Belén, la de Tadeo, un hombre de majuelo y tierra parda.

—Si el médico le ha prohibido el chocolate será porque come usted mucho —le dijo una de sus hijas, simpática y rolliza, acostumbrada a atenderlo con voz de mando.

—Unas sopas con leche son de lo más medicinal —respondió indignado ante la deslenguada.

Y Francisco, que era uno de los hombres más felices del pueblo, en contraste con Argimiro y con el resto de la plaza del Teatro, sacó una palangana de varios litros de hartura para que en tal recipiente le sirvieran su desayuno, logrando el punto medio equilibrado con lo que le sugería el médico. Ni para usted, ni para mí, se dijo; y se entregó a la noble tarea de desayunar como su Alteza Real Alfonso XIII y Fernando VII juntos.