Entrega 1. LA EXTRAÑA FAMILIA DE ARGIMIRO MONTAÑÉS.

UNO

Evacuó la noche un sostenido, de tal distorsión, que la corchea anterior tuvo ganas de regresar al Pentagrama del responso interpretado al piano de Amparín. Eran notas entristecidas por las lágrimas de aquella mujer bulliciosa que ahora lamentaba su soledad. Si hubiera habido un culpable al que enjuiciar, ese había sido el tiempo, incorruptible y danzante. Luego descubrieron que se elongaba sin sentido ni remedio, pero, por aquel entonces, no hubo nada que hacer, pues la mala suerte se había cebado en los vecinos del altiplano, en especial en Argimiro Montañés Onarres.

Aquella mañana, la calima diurna había dejado como único rastro un septembrino olor a sarmiento envejecido y a tocón lloroso y retorcido. Ya podían aventar las cazuelas el guiso con aromas de tomillo y romero, ya podían devorar de día los gazpachos y esparcir por los corrales en forma de heces con olor a limpio y a amapola rojiza, que todo se derrumbaba con cada paso que daban. Por muy jactanciosos que se hubieran exhibido los vecinos para afrontar la vida o la muerte, nada había evitado que Argimiro Montañés, todavía joven y apuesto, recordara las cabriolas de los mayordomos que bailaban la bandera en honor a la Virgen de la Purísima. Era un baile semejante al de la tarántula, por eso, tras hacer memoria del olvido, deseó morirse en un jueves de verano, con el sol en lo alto y las lágrimas de los suyos por las terrazas y bancales del castillo.

—¿Tampoco hoy te levantas? —le preguntó su esposa, pianista y profesora de niñas bien.

—¿Qué tiene el día que no traiga más amargura? —respondió acurrucado en la hamaca del patio.

Ni siquiera el pájaro cantor, el estornino que cazó en su infancia, había aparecido para burlarse de su postración. Aquel plumífero aleteaba con la siniestra cuenca de los ojos en flor por culpa de la tarántula campera de la sierra Salinas. La misma que él pisoteó con la alpargata y que estuvo a punto de dar un disgusto a su venerable madre, doña Amalia. No es que los pelillos punzantes y alérgicos que despidiera aquella cobra de ocho patas fueran a molestar a la lagartija que se le había adherido a la canilla, es que el arácnido había hablado antes de morir recitando unos versos de un poeta granadino muy simpático. Unos que había compuesto en el año diecinueve a propósito de un macho cabrío en celo. Eran las cosas de los granaínos, siempre tan hermanados con sus animales y plantas. Lo mismo que su tatarabuelo, don Tomás Díaz Guzmán, preceptor de gramática de Yecla por oposición. El hombre ganó una plaza y siempre estuvo murmurando contra los necios alumnos que perseguían alacranes y machos cabríos bajo las piedras de los alféizares de las casas majueleras, donde se hace vino en otoño e hijos en primavera.

—¿A qué la vida? —murmuró divisando las hojas del nogal que se erguía sobre la amarra de su tumbona, pero en cuanto llegó otro segundo de olvido, pensó en su padre ciego y envejecido, con los dedos atrofiados por la reúma y la sonrisa encendida por el carasolico.

Sopló y resopló desde el lecho que había escogido para que fuera mortuorio, y se acomodó lo mejor que pudo para pensar en la inefable existencia. Cuando entendió que los demás tenían tanto derecho como él a vivir felices —cosa que hizo en menos de cinco minutos— se levantó y entró en su dormitorio, orinó en el evacuatorio recién pulido que bajo la cama aguantaba sus riegos, y se fue a buscar el traje de boda por la alcoba; pues pensó, con preclara soberbia y lucidez, que convenía a un muerto andar ya vestido y arreglado, no fuera a lastimarle el cuerpo, su suegra, cuando fueran a desnudarlo para meterlo en la caja.

Argimiro Montañés, en aquel momento, recordó que guardaba su mejor traje en el armario. Rebuscó el que más le gustaba y tras espantar las bolas de naftalina que arrebolaban con su aroma la madera y el edredón de lana, sacó su precioso traje, confeccionado con esmero en la mejor sastrería del pueblo, la de los almanseños Gómez Luna e hijos. Aquellos hombres llevaban las agujas en la sangre y las puntadas en el alma; y tras hacer camisas y petos para vivos, entallaban cueros y pieles con los muertos. Si no hubieran regalado dos por el mismo precio, jamás hubieran tenido el éxito que tuvieron, pero es lo que tienen los negocios. Cuando se hacen bien, la gente lo agradece.

Aquella tela estaba dispuesta desde el ostracismo del siglo anterior a mejorar el día de su funeral, donde comerían pastas y murmurarían un responso latinado de categoría. Convenían muchos, y el alcalde lo declaró en un bando escrito en tiempos del puritanismo municipal —dicen que para molestar a Primo de Rivera— que los muertos debían evitar ser vestidos con traje eclesiástico, monacal y de luces, no fueran los profanadores de tumbas a confundirse en su bondad. Se refería el alcalde a la presencia de los soldados franceses, los cuales, cada cien años, tenían la costumbre de invadir el pueblo profanando las tumbas de la gente piadosa que reposaba en iglesias y cementerios. Así lo habían hecho con la francesada y antes con la guerra de sucesión, creyendo el preboste que era tradición inveterada más allá de los Pirineos andar garruleando por Yecla.

También era un hábito entre los masones hacer discursos obtusos y luego obrar como a uno le viniera en gana, pero aquel insulto del alcalde a la madre Francia le costó una rebaja en el grado de maestría conseguido en la logia un año antes.

Argimiro no era demasiado partidario de las soflamas de abejorro y avispa del alcalde, pero comprendió que por una vez tenía razón aquel lamecielos partidario de Canalejas. Si uno decide morirse, debe hacerlo con los zapatos calzados, la vejiga vacía y los cinco sentidos intactos, por si hubiera que poner una reclamación a la Chancillería de Granada, la misma en la que habían pleiteado durante dos siglos y medio todos sus antepasados.

La causa de los males de sus ancestros había sido el reconocimiento público de la hidalguía, pues los que se beneficiaban de tales privilegios no trabajaban, a veces no comían, pero a menudo detentaban cargos municipales de postín y brillo. En el siglo siguiente la gente empezó a despreciar ser hijo de sangre pura, haciendo alarde de su pobreza e ignorancia, pero aquellas ínfulas de pobre eran ahora despreciadas por los que ahorraban para su vejez.

Argimiro sopesó que una Chancillería no podía obligarle a morirse en otra fecha, aunque nunca imaginó lo que un juzgado venido a menos podía obligar al vulgo desprotegido. No obstante, sacó fuerzas de flaqueza y continuó con su empecinamiento.

—Un hombre es un hombre —dijo susurrando y como para sí.

Y levantó los brazos, como si quisiera de tal forma alardear de fortaleza y juventud.

—¿Dónde está el traje de mi boda? —preguntó a la criada, una mujer sin orejas ni ojos, que sin embargo, era capaz de leer el pensamiento de sus señores.

—¿No recuerda que se lo regaló a su hermano cuando se casó? —contestó sin dejar de frotar el rincón oscuro donde un día se volcó el café, dejando una huella marrón que, según ella, todavía afloraba en días impares.

Argimiro continuó manipulando otro traje por el armario, uno de un paño tan fino y elegante que nunca se lo había puesto, pensando que así lo preservaría para la ocasión postrera de la vida. Hubiera caído en la tentación de usarlo para el día de su muerte, sepelio y tumba; pero la mención de su hermano hecha por aquella mujer sordociega le removió por dentro salteándole las entrañas del yeyuno y volviéndolo tan ciego como estaba ella, su padre y su hermano.

Ni siquiera el muchacho había regresado de África para hablar con él, y como eso sucedía todos los Viernes Santos desde que naciera, Argimiro comprendió con gran entereza que su hermano estaba muerto desde el siglo pasado, casi desde la hora en que lo humillaron a él, el primogénito en la familia. Es verdad que había confesado que no le interesaba el negocio familiar, pero sus padres interpretaron que no quería hacerse cargo de la imprenta. Fue un abismo lo que se abrió ante sus ojos, un trecho de siete leguas causado por una simple frase dicha a destiempo. Unos segundos valen para destruir toda una vida, pensaba con los años. Además luego vino lo de la herencia, que tampoco fue poca afrenta.

Sin embargo, recordaba aquel día con nitidez. Ciertamente había regalado el traje de bodas a su hermano, y eso que todavía no se había casado, pero son las cosas que suceden con el ajuar de un varón, que aunque está siempre preparado para maridar, nunca llega la ocasión, y cuando llega, está todo manga por hombro. Fue entonces cuando mandó a un aragonés de Pinoso tejer una tela de exclusivo paño inglés. Lo que desconocía era que había sido hecho gracias al hilo del abdomen de doscientas arañas obreras, origen y nacimiento de las vestimentas interplanetarias. Eso le costó un suplicio y cuatro lagrimones, porque fue la manera en que conoció a la tarántula de la plaza del Teatro, la que tanta desdicha y pérdida de tiempo le trajo.