Pensar la vida. Marcel Proust

Proust es uno de mis escritores preferidos. Quizás porque no tengo tantas lecturas tras mis ojos como anhelos en mi vida, pero es así. Es un autor arduo, que no está al nivel de muchos lectores devoradores de historias. Ya lo digo, Proust no escribe historietas, sino que escribe sobre la gran historia que es la vida. Su vida y la nuestra. Por eso es otra cosa. Es un escritor diferente, un devorador de la vida, un constructor de espejos del pasado donde mirarse. Es un escritor con dulce pluma, donde lo importante no es ejercitar la memoria lectora sino el recuerdo propio. Proust te deja contemplar personajes y pensamientos, reflexiones y vidas. Es un espejo donde mirar la propia vida, y de esta manera pensarla. Pensarnos a nosotros en lo que observamos.

Confieso que no soy el primero en calificarlo como uno de los mejores escritores de todos los tiempos; y proclamo este año – por la autoridad que me confiere el planeta Neptuno – como el verano de Marcel Proust y sus muchachas en flor. El año de los cortesanos fatuos y ridículos, y el año de los nobles innobles de Guermantes. Este es el año del desamor y el amor de nuestro queridísimo Swan. Año de la vida que pasa y que merece ser pensad.

Añado además que Proust es el autor que rompe todas las reglas de los narradores cinematográficos, donde el mundo se ordena en presentación, nudo y desenlace. Si no pasan cosas nos aburrimos, profe. Pues bien, amigo lector, pequeño padawan, Proust no presenta, no enreda y no desmaraña. Y es lógico que sea así, pues la vida – la tuya y la mía – es de otra forma. No es una película que tengas que contar cada poco ni exhibir. No es un griterío. Sino un silencio.

Y eso es de agradecer en el mundo actual. Cientos de millones de novelas se escriben para engancharnos como si fuéramos jumentos tras un mercadillo de zanahorias ambulantes. Pero Proust no. Marcel Proust nos quiere mostrar la vida a través de su alma. Y eso es único.

Ortega y Gasset, el filósofo español, habló de pensar la vida. Una vida no pensada es quizás una vida mortecina, un mero dejar pasar los días en espera del ataúd. Los cerdos son seres vivos, y también las mariposas, las moscas y las arañas. Los gansos folloneros son seres vivos, y también los calamares, los perros y los gatos. De eso hay mucho en los medios de comunicación: cacatúas, loros, cotorras… aves de paso. Pero nosotros somos distintos. El hombre que piensa la vida es un ser diferente. Es un ser que busca la trascendencia, y que no tiene miedo a encontrar respuestas. Es un hombre abierto a las tradiciones y al progreso… pero no a cualquier tradición ni a cualquier progreso.

Una vida pensada es una vida asombrosa, una vida donde el misterio de lo trascendente deja visualizar las alegrías y las penas, los anhelos y las esperanzas. Una vida plenificada es una vida en Dios; pero una vida asimilada y pensada, es una vida buena y honesta. ¿Se puede querer algo mejor que la honestidad para con uno mismo?

En el devenir de los días, donde contemplamos la deshonestidad, pensar la vida es casi una obligación. Aunque no sea con Proust, pensar la vida es un deber ineludible.

 

 

¡Terminé de escribir otro libro!

Por fin, se acabó. Ya estaba algo más que harto, porque escribir es costosísimo, y llevaba dando vueltas a esta historia como cuatro o cinco años. Lo he acabado tras la decimocuarta revisión, y he pasado casi de contar una historia a contar algo diferente, con otra perspectiva y con más fuerza. Hay más en la historia que no cuento y se ha caído de la versión final que lo que aparece en ella, pero es para que mejore y sea más entretenida de leer. Siempre para mejorar. Lo que he desechado era bueno, alguna parte incluso muy buena, pero lo importante en una novela es el todo… y hay que sacrificarse, chicos. Bye, bye.

Comprendo que haya gente que no revise lo que escribe y le salgan novelas como churros azucarados, pero no es mi caso. Yo las trabajo y las corrijo una y otra vez hasta que quedan, para mi gusto, aceptables tirando a buenas. Por menos de un notable, no publico. Luego uno se sorprende, porque le ponen mejor nota, (los que me suspenden no me han dicho todavía nada a la cara) pero me da igual. Dicen que a quién le tiene que gustar la novela es al novelista, y sí, a mi me gustan. Además, para eso soy su madre, y me cuesta parir a fuerza de dilatar y empujar unos cuantos años para que salga el nene.

Quizás sea un defecto que comparto con Walt Whitman, que revisaba y reeditaba muchísimas veces hasta que sacaba lo definitivo. “Hojas de Hierba” es un ejemplo de aburrimiento escrituril y falta de seguridad en un juntaletras, pero también es una obra maestra de la poesía. ¡Un abrazo Walt, ejemplo de orgullo gay no histriónico!

En cambio Cervantes, que me cae mejor, no debía revisar mucho, porque el Quijote está lleno de defectos. Desde variar el nombre de la señora de Sancho Panza, hasta meter con calzador otro par de novelas ejemplares en las tripas de la susodicha obra. Proust tampoco debía revisar mucho y me encanta. Y Faulkner escribía de corrido y con la memoria trabajando. Yo no podría, querido. Mi cabeza no da para tanto.

Es verdad que el problema de revisar hasta morir es que no sacas demasiadas novelas al año, pero la ventaja es que lo que sacas es de calidad. O eso te crees. Y ese es mi objetivo, publicar calidad… En realidad tengo varias novelas terminadas, definitivamente terminadas… Al menos dos más, pero me da cosa que salgan a la calle, que todavía son jovencitas y casaderas.

En cambio ésta que he re-terminado por decimocuarta vez, ésta que ya la consideraba finiquitada, ha sido recuperada y revisada unas cuantas veces más para entrar en el olimpo de los dioses publicados. Porque esta sí que la echo de casa en cuanto pueda.

No me explayo. Terminar un libro es muy agradable. Se tiene una sensación de tranquilidad, de paz conseguida, de felicidad, y de horizonte por delante. Mi idea es publicarla antes de las navidades. Por supuesto la autopublicaré, porque las editoriales convencionales cada vez me dan más grima, sobre todo viendo lo que le hacen a algunos compañeros escritores que van de putada en putada.

La novela, si no le cambio el título, que no creo, se llamará DAVID35. LA ISLA DE LAS ESFERAS. Ciencia ficción, novela para pensar, para entretener y para denunciar los males de nuestra sociedad, que no son pocos. Sé que os gustará, pero tendréis que esperar. He, he.

Feliz Verano.

LA CICLOGÉNESIS DEL HOMBRE DEL TIEMPO Y SUS VÓRTICES POLARES.

El 9 de enero de 2014 escribí esta entrada en el blog. El tema y la forma pedagogiplasta de darnos el tiempo sigue vigente. Pero el mundo ya es distinto. ¿En qué? Pues que ahora la gente mira el tiempo en el móvil y no presta atención al telediario salvo para enviar las fotos. Mira, yo voy a enviar las mías. Ale, a freirnos en verano… Atención al pie de foto.

Foto enviada por topitocava desde Osakalid. “Puesta de sol templado desde las costa oeste de Nueva Groenlandia en el bendito planeta Arquidios, constelación Leo minor”.

 

 

“A los del tiempo se les ha ido la bola, no me cabe duda. Antes, cuando el hombre del tiempo daba el tiempo, decía simplemente lo esencial; y nos contaba, a los pardillos, si iba a llover al día siguiente, o por el contrario salía el sol. Pero las cosas han cambiado. Lo que antes era un temporal, ahora se llama ciclogénesis, y lo que era un frío invernal del carajo, ahora recibe el precioso nombre de vórtice polar.
Las categorías que nos enseñaron de pequeños, y que el hombre del tiempo (del tiempo de Maldonado, claro) contaba eran sencillas y claras: mañana llueve, está cubierto o nublado, hay un sol resplandeciente, o nieva con ganas. Y te lo ponían con pegatinas cutres de quita y pon. Y se acabó. Duraba el hombre del tiempo lo que tiene que durar, tres minutos, a lo sumo cinco si te metían el mapa de isobaras.
Ahora la vara también nos la meten, pero en plan pedante y plasta. Se imaginan que son un programa de variedades, y se entregan a la tarea con circunspecta saña. Nos ofrecen una media de diez mapas por programa. Que si el de ayer, que si el de hoy, que si el de mañana, que si los datos de los sitios que más ha llovido, los que más ha nevado, el de más frío, el de menos frío.
Nos dan explicaciones que nadie ha pedido, y nos alumbran con ciclogénesis y vórtices, con refranes tradicionales, y con curiosidades sobre la lluvia de estrellas y lo que haga falta. Un día te cuentan como se forman los monzones, supongo que por si se nos ocurre irnos el fin de semana por Asia, y al día siguiente te embadurnan con el cuento de los tifones y huracanes tropicales, para terminar con la berrea de los ciervos en otoño. Entretenido, la verdad.
Lo malo es que no te enteras de lo que va a hacer salvo que estés agazapado esperando el instante glorioso donde se acuerdan de tu región. Y es que la información que realmente te interesa pasa de largo con rapidez.
– ¿No te has enterado?
– Pues no hija, a ver si lo repiten.
Y no te repiten nada y te quedas con cara de tonto. Te cuentan dos refranes, te meten fotos de la gente y te despiden. Eso después de haberte tragado un preámbulo que no querías escuchar, y de abrasan con explicaciones que sobran.
Lo mejor es cuando se te olvida el tema, y te encuentras al “enterao” de turno que te lo recuerda.
– ¿Sabes que hay una ciclogénesis explosiva?
Pues eso, un temporal de cojones. Lo de siempre”.

Realismo islámico en las novelas de Naguib Mahfuz

En diciembre del año 2013 publiqué esta entrada en el blog. Me gusta recordar y releer lo que escribí entonces sobre libros y autores.

En estos días en que en Egipto sufren de y tratan de salir adelante, recordar a un escritor como Mahfuz es algo parecido a un bálsamo que nos recuerda que África y el mundo no están tan lejos de nosotros.  Va por ellos.

 

Naguib Mahfuz, (El Cairo11 de diciembre de 1911 – íd., 30 de agosto de 2006), fue un escritor egipcio. Conocido especialmente por su obra narrativa, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura del año 1988, siendo así el primer escritor en lengua árabe en recibir dicho galardón, y el más reconocido.

¿Qué a qué viene esto ahora?

Acabo de leer la primera de sus novelas de la Trilogía de El Cairo, “Entre dos palacios” donde retrata la vida Egipcia de principios de siglo, con las primeras revoluciones, la de Saad, que fue independentismo contra los Ingleses.

Estamos en el final de la Primera Guerra Mundial, y el Islam que nos describe está lleno de tradición, familia, religión, autoritarismo, hipocresía y por supuesto muchos aromas de un mundo que ya no existe.

Pienso en cambios sociales, mundos cerrados que se abren, sociedades que buscan ser ellas mismas, independencia y libertad frente al usurpador, que casualmente sigue siendo inglés.

¿Qué puedo soñar? En un Egipto democrático y libre, dueño de sus mejores tradiciones. Un sitio donde la paz y la justicia sean posibles.

Como Ahmad, el señor personaje de la novela, hipócrita y firme en casa, amable y risueño con sus amigos, pido una oración para que “la Paz que trae Dios sea más grande que la injusticia que desechamos”. Por Egipto y por su gente, se lo merecen.

El pichiglás (la materia que sostiene el universo sapiens)

Si los presocráticos hubieran vivido en el presente – o sea, siglo XXI – se hubieran quedado admirados al descubrir la sustancia primigénea que compone el universo infinito, y que no es otra cosa que el pichiglás. Palabra que se compone de dos lexemas imposibles: pichi y glas.

Yo descubrí primero la sustancia, y lo hice en mis años mozos. Creo que todos mis juguetes acabaron a trozos, lo cual ya demostraba que el pichiglás estaba presente en la realidad de la sustancia atómica. Rompí un reloj de péndulo a mi abuela Carmen con tan solo rozar el badajillo, y sepulté mi bicicleta BH, una que yo creía más resistente que el acero cromado, tras usarla como bici de montaña-cros, que es como se llamaba a hacer el vándalo con la bici. Balones pinchados, relojes casio muertos y bolígrafos explotados fueron el legado que recuerdo de esos años donde coqueteaba con una materia que llegó de las estrellas para quedarse: el pichiglás.

Se supone que como era un niño, pues era normal que todo se rompiera con el tiempo. Pero no. Ahora he descubierto la verdad. Todo está compuesto de pichiglás, y ese es el arché de los griegos, el principio unificador de todas las cosas, es el Ser de Parménides y es la madre que la parió a un tiempo. Ni el agua, ni el fuego, ni el aire, ni los números… el pichiglás. Sólo el pichiglás.

La palabra se me apareció en años de adolescencia y juventud, pues hasta entonces no gozaba del término adecuado para designar aquella transustanciación de la materia, donde lo que parece “algo” se convierte en una mierda. Alguien supongo que la dijo, y yo, que siempre he sido mimético con lo que me hace gracia, lo adopté. Pichiglás, pichiglás.

Por suerte adopté la palabra mágica. PICHIGLÁS, y creo que lo logré gracias a otro invento de mi época: el blandiblú. Tenía que sonar así, en aguda y con tilde. Como madelmán y caricú. Luego apliqué el denotativo (¿o era lo otro?) a aquellos objetos que se cascaban con la mirada, y la expresión no pudo ser más feliz.

– ¡Esto está hecho de pichiglás! – y era verdad.

Los listillos esos de la lengua, que son unos listillos, afirman que la palabra PICHIGLÁS procede de PLEXIGLÁS, que es su origen, y que procede de la marca registrada construida por algún capullote del plástico en su versión más casera. Dicen en la RAE que se forma de dos palabras, una del latín: “plexum”, que viene a significar “plegado”; y la otra del inglés “glass” que significa vidrio o cristal. El plexiglás es una resina sintética que tiene aspecto de vidrio (primera acepción), o material transparente y flexible con el que se hacen las prendas de vestir, manteles, etc (segunda acepción). El término se nos queda corto, aparte de que es más difícil de pronunciar.

En realidad PICHIGLÁS procede de PICHI, que significa hecho con el pucio de los huevos; y GLASS, que se rompe con la mirada como si fuera cristal. En resumen, son dos lexemas que se unen en una combinatoria inigualable. Lo fabricaron con la polla (el pito para entendernos) para que se rompiera lo antes posible. El término científico es “obsolescencia programada”, pero a mi, que quieren que les diga, ahora que he reflexionado sobre el término PICHIGLÁS, lo prefiero una y mil veces. PICHIGLÁS es la palabra.

Casi todo lo de mi alrededor está hecho de está trascendental materia. La batidora antigua que se fue a tomar por saco, mi viejo coche, el otro viejo coche, los cientos de radiocasetes que he tenido, las pelis de video VHS, los cedés de hace unos años (medio borrados) y por supuesto los intangibles: las ideologías de hoy son de pichiglás, igual que los adolescentes, los alienígenas de la tele, los jovencitos, los niños y las mochilas de los niños. Los móviles son de la misma materia que los milenial, por eso lo llevan adherido a sus manos, los grandes clubes de fútbol, los programas de televisión y sus series, en especial con sus finales de pichiglás. Todo. Absolutamente todo está hecho de pichiglás. Lo material y lo inmaterial. Salvo el NOUS, todo es de pichiglás.

El único problema que tiene la palabreja es que suena sexista. Pero yo, que tengo asumida mi condición de ciudadano varón hetero, me importa una mierda como suene. Pichiglás tampoco es peneglás, ni cipoteglas, que son palabras mucho más machistas. En realidad pichi es un pito deconstruido, que es lo que tiene la sustancia primigenea, una deconstrucción de la leche. Por eso pichiglás no es machista, es una realidad decadencial y decadente, un paralelo a la uretra amorcillada y poco más.

No obstante, para que vean que no soy un retrógrado y que estoy al día, he construido un nuevo término: CUCAGLÁSS, que es más fino que chochoglás y – dónde vamos a ir a parar – mucho más discreto. La cucaglás. Así tendríamos que según el fabricante, los objetos son de pichiglás, o de cucaglás, según es aspecto externo del genital del ingeniero o ingeniera fabricante.

Dado que el pichiglás y el cucaglás son los nombres que damos a la materia primigénea, y que esta compone todo el universo desde el origen, tendríamos que valorar con seriedad, que todo en el origen se organiza desde un doble principio, regresando así a Platón, a Pitágoras. Pero como este  dualismo (bien y mal, noche y día) se enfrenta en los clásicos griegos pues prefiero alejarme de ellos y apoyarme en una dialéctica bíblica, menos dualista y más unitiva.

Es evidente (y ya termino) que lo creado y el creador no son la misma cosa. De ahí que haya que separar pichiglás y cucaglás para lo creado, lo que tradicionalmente hemos llamado contingente; y reservar el término Dios, para lo necesario.

Esto me emparenta de nuevo con la filosofía más clásica: Todo es pichiglás, excepto Dios, que es necesario. Por supuesto, el hombre en su contingencia solo puede fabricar en pichiglás; y la mujer igual solo que en cucaglás.

Ahí lo dejo, antes de que se me estropee mi ordenador de pichiglás.

El viernes nos vemos en la FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019.

FIRMAMOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

Caseta de la librería EL SUEÑO DE PEPA.

7 DE JUNIO 2019

18h30 a 20h30

Ya queda poco para el viernes 7 de junio.

Estaré firmando libros en la FERIA DEL LIBRO de Valladolid, desde las seis y media de la tarde hasta las ocho y media.

Lo único que siento es que coincido en día y hora con Santiago Lorenzo, que también estará firmando sus libros. A Santiago lo conocí hace unos años, en el rodaje de su primera película “Mamá es boba”en Valladolid. Año 1997 si no recuerdo mal.

De hecho, salgo en una de sus escenas con frase y todo. Le tengo un especial cariño, claro que sí. “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él?“. La mejor frase del cine español de los últimos años; dicha por un actor (un servidor) que prometía tanto que no tuvo necesidad de hacer ninguna película más para consagrarse en la categoría.

¿Sorpresa para los que no lo sabíais? Son esas cosa curiosas que tiene la vida. Ahora Santiago Lorenzo está triunfando con su último libro “Los asquerosos”, libro que varias personas me lo ponen bastante bien. Dejó el cine porque debía de oler bastante mal el reino de los compadreos, y desde que se ha pasado a la literatura le va bastante mejor. Y yo me alegro por él, porque lo ha pasado mal, y porque se lo merece.

¿Por qué será que muchos cineastas terminan escribiendo novelas y narrativa? Pues porque es más barato. Que me lo digan a mi. También tengo que decir que la profundidad y la belleza que se alcanza con la literatura como arte es muy diferente a la que proporciona el cine. Ahí lo dejo.

 

 

 

¿Razonamos igual que antes? Pensar con las emociones o con las ideas.

Una de las señales que nos avisan de que “hay algo podrido en este reino” es la incapacidad para sostener debates reales con premisas válidas, argumentos de peso y conclusiones que no sean eslóganes insulsos. No es que me haya dado cuenta ahora, pero es que últimamente es verdaderamente difícil encontrar un debate en las redes sociales donde la peña no termine soltando cuatro simplezas con la misma soberbia del que reparte perlas de engordar gorrinos. Proliferan los debates en las redes, que son como las perogrulladas de carajillo que escupen cuanto listos en un bar, y que ahora son comida rápida de casi todo el mundo en este planeta llamado “porque yo lo valgo”. Cualquier frase sirve, y cualquier pensamiento, por bobolicón o mentiroso que sea, parece extraído del mismísimo Séneca. Lo mismo ladra un cerdo, que gruñe una oveja.

Yo empecé a diagnosticar la enfermedad cuando escuché, hace treinta años o más, una memez soltada por el inefable Txiqui Benegas, portavoz del Psoe en los tiempos de Felipe González, que fue repetida por alguien, no recuerdo quién, del que pensaba que tenía ideas propias. Fue como un despertar al mundo, porque comprendí que las gansadas de los políticos eran creídas a pies juntillas por las masas afines a su color político. Intenté razonar con tal persona hasta que llegó a ver una cierta luz: los políticos dicen tonterías porque forma parte de su actividad política. Es su trabajo soltar memeces, pero no el nuestro creerlas.

Los políticos, razonaba entonces, en su juego político hablarán bien de lo suyo (aunque la caguen se justificarán), y echarán mierda sobre lo del adversario (el otro malo, mi partido bueno). Por eso la actividad política se ha convertido en un fango intransitable, donde nadie dice lo que piensa y todos miran de reojo escuchando sandeces preconcebidas en laboratorios sociológicos. Luego se extrañan que la gente no se fie de los políticos. No hay más que oírles dos tardes seguidas para pillarse una descomposición intestinal en grado superlativo.

Si alguien se lo cree, es problema suyo; aunque por desgracia es verdad que mucha gente (se supone que letrada) repite como loros lo que escuchan en determinados medios de comunicación afines a sus intereses emocionales. Pero ese no es mi tema de hoy.

Al cabo de los años, noto que existen otros cambios no menos preocupantes. Y es que ahora los pensamientos y las argumentaciones son alimentadas por “presuntas informaciones” encontradas y disparadas en las redes sociales, que son en realidad mensajes emocionales, propaganda pura y dura, y que son seguidas por gente que se supone que ha estudiado y sabe algo de algo. El deterioro se ha disparado.

Es el triunfo de la propaganda sobre la razón. Cualquier asunto es tratado como si fuera un eslogan, una marca emocional, un conflicto entre lo bueno y lo malo. No hay matices, no hay ideas, no hay pensamiento, no hay más que emociones y enfados emocionales. y no hay más que asomarse a las redes sociales para verlo. Lo de Cataluña es un debate emocional, pero también lo es lo del cambio climático, el feminismo, los tuyos y los míos, el aborto o el madrid barça. Todo son emociones, nada se puede pensar.

Me encuentro, por ejemplo, con la decisión del rey emérito Juan Carlos de España de retirarse de los actos oficiales. Inmediatamente aparecen las redes los memes de los republicanos con fotografías (ni siquiera se argumenta) mostrando al rey de cacería, o junto a Franco y en blanco y negro. Medio faltando al respeto, medio condenando, y por supuesto, no contando toda la verdad, o sea mintiendo ¿De verdad es lo único que saben del rey? Supongo, porque todavía no me ha llegado, la información contraria, la reacción de los que llenarán la red de mensajes emocionados y agradecidos al rey por su lealtad al país y a la democracia. Todo emocional, todo irracional.

Si me hablas de un partido de fútbol, exactamente igual. La gente defiende sus colores incluso en los detalles del arbitraje. ¿Acaso no se puede opinar en contra de las emociones que se supone que uno tiene? ¿Tanto cuesta reconocer la verdad frente a las emociones? Si tu hijo es tonto, reconócelo, que no pasa nada. Pues no. Mejor decir que es la sociedad la que no está altura y que es un adelantado a su tiempo. Y debatimos las emociones que nos suscita todo.

Ya Parménides diferenció en la filosofía antigua entre opinión y verdad. Entre lo que se dice y se cree, y lo que realmente es y no cambia. Ahora estamos peor, porque la opinión no tiene que ver ni con la lógica, ni con las premisas, ni con los argumentos; sino llana y exclusivamente con los intestinos, el corazón y las vísceras naturales que uno ha acumulado durante su vida. Se opina con las emociones, y no se piensa nada. De forma que nos alejamos, irremediablemente de la razón y la lógica que ha construido nuestra civilización occidental.

Por eso lo mejor es no entrar a discutir nada en los foros donde no se debaten ideas. O sí. Es ciertamente divertido ver como se van cabreando según uno va hiriendo sensibilidades emocionales con argumentos y razones. Basta con decir que la Primera República española no duró ni un año, para que se cabreen los republicanos. Basta con explicar lo que es la ciencia, para que los del cambio climático te llamen negacionista. Tú te lo has buscado, ale. Por malo.

 

Reflexión sobre la eutanasia.

De nuevo aparece por la puerta de atrás un debate que no es tal. Yo creo que casi todo lo relativo a este asunto se ha decidido ya (lo han decidido los de siempre), y se va a vender como modernidad, progreso y futuro para luego colarnos los “hechos consumados” de turno. Así que no nos queda más narices que aceptar la muerte buena para los que no se saben morir como Dios manda. O mejor sería decir que no se saben morir sin molestar. Vamos a pensar qué es esto.

Eutanasia es matar a alguien con permiso de los jueces, o de la administración si acaso. Ni más ni menos. Cuando el que lo pide es el muerto hablamos de suicidio asistido; y cuando lo pide la familia es eutanasia, que en griego significa “buena muerte”, y no es un eufemismo ni una ironía. La eutanasia no tiene que ver con los cuidados paliativos (ayudar a que no sufra el enfermo), sino con acelerar la muerte, para que llegue antes y se sufra menos (argumentan).

Realmente, si se quiere sufrir menos todavía, se podría matar a la gente con treinta años, que es cuando vienen las crisis de madurez, y así nos ahorramos tener responsabilidades y pasarlo mal. Relanzaríamos “Un mundo feliz”, la novela de Huxley. Pero no doy ideas, que seguro que alguno me copia la maldad creyendo que es ingenio.

No descubro nada nuevo si afirmo que el problema de la eutanasia es un problema práctico y más frecuente de lo que parece pues tarde o temprano uno se enfrenta a la muerte, a la enfermedad terminal de sus familiares más cercanos, o a la enfermedad de uno mismo. Por eso, a diferencia de otras cuestiones de bioética, la eutanasia y su problemática está mucho más presente en la vida cotidiana. Es frecuente que ante un caso mediático de un tetrapléjico que desea que lo maten surjan cientos de personas con el mismo problema que se indignan porque se diga que sus vidas tetrapléjicas son menos dignas. Los paraolímpicos nos dan ejemplo de que se puede luchar y se puede superar el mal y el sufrimiento. No obstante, hay algo que ya se observa con facilidad, y es que ante el dolor, la enfermedad y la muerte, no todo el mundo reacciona igual, ni lo vive del mismo modo.

En algunos casos que vemos por televisión (siempre extremos para convencernos de lo ya decidido por los gobiernos) parece que lo solicita un familiar o el enfermo que está hasta los huevos de sufrir y que no quiere vivir. El desenlace estará en si el juez de turno le dice que sí o que no. Pero no suelen hablar de muchas otras realidades que quedan ocultas y que se suceden a nuestro alrededor.

En los países donde hay eutanasia, que son Holanda y pocos más, siempre se dice que sí a la solicitud de matar, y punto. Al final se ahorran papeles y me cuentan que los ancianos holandeses ingresan en los hospitales van acojonados; porque si pierden la consciencia, la familia puede pedir la eutanasia y ale. Pues que se reparten el bacalao, apartamento de Mallorca incluido. Así me lo han contado varias personas que lo han comprobado en sus carnes, no me lo invento. La eutanasia asusta cuando hay mucha gente deseando que nos muramos, y no solo hablo de los familiares malvados, sino también del Estado que se ahorraría una pasta en pensiones. Ok, intentaré no dar más ideas de este tipo, pero es que las veo crecer como hongos.

Es curioso el problema en estos países, porque al final se toma la decisión de matarlo entre varios y así parece que nadie lo ha decidido. Pero cuando llega el momento del homicidio, nadie quiere empujar la jeringuilla. ¿Quién soy yo para decidir a una hora y un día? ¿Y si lo dejamos para mañana por si acaso? Estas preguntas son reales, se las hace la gente cuando puede matar a alguien legalmente y tiene cierta conciencia moral en algún rincón del cerebro. Pues eso.

En este mundo se mata a mucha gente, legal e ilegalmente, pero la eutanasia es un tipo de muerte que se hace bajo un primer argumento filosófico y ético muy recurrente: evitar el sufrimiento. El problema es medir el grado de sufrimiento en cada uno, y también es un lío concretar si el sufrimiento es de la familia, del enfermo o de los dos. También es un problema si el sufrimiento es físico o psíquico, que esa es otra. Así que tenemos un buen jaleo. Las personas no soportan el sufrimiento de la misma forma, y lo que para unos es un dolor terrible, otros dicen tratarse de una molestia. El umbral del dolor y del sufrimiento no es el mismo.

Tampoco hay que olvidar que la incapacidad para asimilar el sufrimiento en nuestra sociedad hedonista es uno de los sentimientos que se utilizan para convencer de la bondad de la muerte controlada. Nos molesta el sufrimiento, molesta cuando es en nosotros, y nos genera estrés cuando lo vemos en los demás, pues no somos psicópatas y sufrimos con el que vemos sufrir. Para evitar un sufrimiento gratuito, se afirma que es mejor “morir y acabar con el dolor cuanto antes”. Vale, ¿lo vas a matar tú? Si lo hacemos entre todos parece que no lo ha hecho nadie, y eso es lo que está sucediendo en los países donde está aprobada al eutanasia. Así, aunque matamos a alguien, nadie sufre por sentirse culpable por haberlo matado. Es el hedonismo elevado al cubo, que a mi, que quieren que les diga, me suena a Alemania Nazi.

Lógicamente, una sociedad hedonista no considera que el sufrimiento puede tener algún tipo de valor, de sentido, de razón de ser. No se lo da, ni comprende que lo pueda tener. Simplemente se oponen a él porque impide lo más importante del mundo que es el placer, el disfrute y la alegría de consumir y de estar bien. La sociedad del bienestar necesita estar bien, y el sufrimiento es una molestia excesiva. Pero sufrir es una experiencia muy humana, incluso podríamos decir que por el sufrimiento maduramos en la vida. Los golpes nos ayudan a hacernos persona, a valorar lo que se tiene. Es verdad que desear el bien al otro implica desear que no sufra, esto es cierto. Por eso los cuidados paliativos sin imprescindibles para mejorar la atención al paciente, al enfermo y a la familia. Por eso no hay que prolongar la vida artificialmente más allá de lo razonable, en encarnizamiento terapéutico tampoco es válido.

Aceptar la muerte de manera natural, cuando llegue es lo mejor para el moribundo y para los que lo contemplamos. Es aceptar que Dios se ocupa de los hombres y de su dolor; y es no intentar ponerse en su lugar.

Quien bien te quiere, te hará llorar (del refranero clásico).

El refranero castellano clásico está lleno de frases con profunda sabiduría, que por aquello de las prisas y de la modernidad, se han terminado olvidando, y por desgracia sustituyendo por cientos de frasecitas facilonas y recurrentes de las redes sociales. Yo creo que muchas de ellas no aguantan ni medio asalto con la vida, y la prueba es que van cambiando y siendo sustituidas por cientos de miles que saturan las mentes y atrofian la sapiencia, dejando en su lugar la sensación de un buenismo tan infinito como falso. Con el refranero clásico no sucede igual, como mucho se percibe el paso del tiempo, el cambio de la sociedad en la que surgió, pero no la infinita sabiduría que esconden en pocas palabras. Pocas palabras para enseñar mucho.

Hoy me centro en esta “quien bien te quiere, te hará llorar” que se ha convertido, por su mala interpretación y su deficiente aplicación en el azote de pedagogos y de demagogos de todo tipo y condición. Es uno de los refranes más perseguidos de la sociedad actual, y como lo mío es pensar y no condenar, pues prefiero pensar en el refrán y ofrecer mi reflexión filósofica. Qué sino.

La primera filosofía que encuentro en ella es que el amor hace sufrir. Sin más. No es cierto que el amor sea una cosa bobalicona, romántica y desencarnada. Eso no es amor, sino una construcción, una entelequia para eludir el presente. El amor es duro. Amar supone querer, apasionarse, entregarse, renunciar y por tanto dolerse y sufrir por la no correspondencia, y porque vemos equivocarse en la vida a las personas que queremos. Los que se aman sufren muchas veces por culpa de su incapacidad para comprenderse, para entregarse, para construir un camino juntos. Amar es sufrir, y ese lado difícil de la vida no puede ser eludido. Tampoco sería justo si dijéramos que en el amor todo es sacrificio y que no otorga ninguna satisfacción. No somos masoquistas, aunque nos toque sufrir alguna vez por los que queremos. Amar y sufrir forman parte de la vida, y las personas que renuncian a sufrir, casi siempre terminan renunciado a amar.

Por eso sufre el padre cuando sus hijos se tuercen; sufre el hijo cuando el padre le quiere corregir; y sufre la sociedad cuando en lugar de decir “quien bien te quiere, te hará llorar”, afirma “quien bien te quiere, te dará placer”. Es hedonismo para hoy, y sufrimiento para mañana. Nuestra nueva generación Z y X son especialistas en la queja, y todo por no haber sufrido lo bastante cuando eran pequeños. Ya llorarán, ya. Y no es porque les quiera mal, sino porque la vida es así.

El refrán conviene no malinterpretarlo. No dice que “quien bien te quiere, te dará cosas malas”. No dice eso. Las cosas buenas no siempre son entendidas por el niño, por eso se llora. Llora el niño con una rabieta cuando su padre le quita las tijeras con las que puede herirse. Ahí está el sentido verdadero del refrán. Lloran los niños porque desean cosas malas. ¿Hay que dejar experimentar con cerillas para que el niño se queme y aprenda? Mejor negárselas, mejor darle pequeñas dosis de libertad, mejor ayudarle a crecer. Mejor reñirle y castigarlo cuando lo merezca.

Es evidente que los niños y adolescentes no siempre aprecian la virtud y los valores que quieren enseñar los padres, profesores o adultos. A menos que sean buenas personas, dicen muchos; pero para eso hay que negarles algo cuando hacen el mal. Repito, las personas que están aprendiendo, los niños y los adolescentes, no siempre saben lo que es bueno, lo que es verdadero, lo que es virtuoso… por eso deben llorar y es bueno que lloren para aprender. No es cierto que se aprenda con una sonrisa, no siempre se puede hacer, y en ocasiones hay que enseñar haciendo llorar a los peques. Proporcionalmente, por supuesto, pero llorar.

Los niños deberían ser los principales receptores del mensaje. Pero los pedagogos modernos se oponen a que lo escuchen. Pobrecitos, dicen. En realidad los prefieren cojos y tuertos para su jaula de cristal, que sólidos y fuertes para la vida. Muchos no quieren que sufran, entre otras cosas porque no son sus hijos, y porque no los tienen. Que no lloren, que estén siempre contentos. Eso está bien, pero el “siempre” es la tentación. Que estén contentos no es el objetivo, sino que sean felices, y para estar felices hay que enseñar a privarse de algo.

Niño, yo te lo digo:

No te quiere bien el que te da caramelitos por la calle, sino tu padre que te los niega porque vigila tu salud.

Niño, no quieren más a sus hijos los que les regalan un móvil con ocho años, sino la madre que se lo niega hasta los 18 años.

Niño, no te quiere más el que te dice que disfrutes con tu cuerpo, sino el que te enseña a respetarlo y a valorarlo.

Pues eso. Quien bien te quiere, te hará llorar.

PD: El refrán tampoco puede leerse al revés, que es lo que muchos, por olvidar las reglas elementales de la lógica, han confundido. No dice “quien te hace llorar, es porque te quiere”. No dice eso. Hay mucha gente que hace llorar porque es mala, porque hace daño, porque es tóxica, y porque no se quieren ni a sí mismos. El dolor por el dolor no tiene sentido, y por supuesto el refrán no habla de violentar a los demás, ni de agredirlos, ni de azotar a la gente. Es una interpretación sesgada e irreflexiva. Cuando sucede tal cosa, entonces el dolor se convierte en un absurdo.

PD2: Finalmente: ¿funciona el refrán cuando uno es adulto? Yo creo que no. El refrán se pensó en su historia para la educación de los pequeños, para que comprendieran el valor de la negación o del castigo que trata de corregir, y ese esfuerzo pegagógico de los mayores tiene que ver con el querer y el amor al niño. Amor verdadero. Por eso entre adultos no cuadra. No lloran más las parejas que se quieren mucho. Sería una relación de desigualdad excesiva. Aquí se habría que rehacer el refrán: “quien bien ten quiere, buscará tu felicidad”, incluso aunque sea alejado de tu persona.

 

FIRMAMOS LIBROS en la FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

FIRMAMOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

Caseta de la librería EL SUEÑO DE PEPA.

7 DE JUNIO 2019

18h30 a 20h30

El próximo 7 de junio firmará libros en la FERIA DEL LIBRO de Valladolid el escritor D. ANTONIO JOSÉ LÓPEZ SERRANO.

Lo hará en la caseta de la LIBRERÍA EL SUEÑO DE PEPA. A partir de las seis y media de la tarde.

El autor de la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, autor también de la novela EL ÁNGEL AMADO, premiado con el Miguel Delibes de Narrativa 2015 continúa ofreciendo literatura y narrativa para el disfrute de los lectores.

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