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Tras las fuentes de Dios.

 

La experiencia espiritual no está en nuestras manos, tampoco la fe, la esperanza ni la caridad. Pero sí reside en nosotros la docilidad al Espíritu Santo para que ponga en nuestra condición pecadora la puerta estrecha que se abre al camino de la Gracia en la relación con Dios.

Dios habita en nosotros, y nos quiere hablar de Tú a tú, para que nos encontremos con Él, para que le reconozcamos como único Señor, y para que vivamos junto a Él.

Por eso la oración, es una puerta muy importante para los cristianos, y me atrevo a decir que para cualquier persona, de cualquier raza, cultura y condición. Orar a Dios, dirigirse a Él con el corazón contrito y humillado, amansado en el reconocimiento de la verdad, es muy agradable y querido por Dios. Humildad, mansedumbre, dejarse moldear por sus manos…. Manos que operan desde el interior de cada uno de nosotros.

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, siempre ha ofrecido tres tipos de oración; y yo, desde mi pequeña experiencia cristiana, me atrevo a decir que las tres son imprescindibles en el camino del encuentro. Cada una ofrece algo diferente, y cada una otorga una gracia y una bendición única y peculiar.

No son oraciones para etapas distintas de la vida espiritual, al contrario. El ideal del cristiano sería compartir con el Señor las tres en un mismo día.

Oración repetitiva. Rosario. No es una oración menor. El rezo del Rosario que desgranamos con la Virgen María es una oración muy poderosa y potente contra la tentación y el mal. Su fuerza está no en que rezamos nosotros, sino en que María Madre reza con nosotros siempre que tomamos en las manos el Santo Rosario. Ella es la fortaleza de la Iglesia, pues el Espíritu Santo habitó en ella de manera extraordinaria. Toda la fuerza del Espíritu se manifiesta en Ella de manera asombrosa. El aspecto narrativo de esta oración está en los Misterios que contemplamos con las cuentas que hacemos. Repetimos el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria que son tres oraciones extraordinarias. El Padrenuestro es la oración que Jesús dirige al Padre, El Avemaría es la oración que Dios, la humanidad y la Iglesia dirige a María; y el Gloria es la oración de todos cristianos hacia nuestro Dios, Uno y Trino. Rezamos por tanto con Dios y para Dios.

Oración narrativa. Biblia. Es la Oración de la Iglesia. Rezar con los Salmos en la Liturgia de las Horas, proclamar el Evangelio, que es la Buena Noticia primero a nosotros, y luego al mundo.

La Palabra Dios no nos llega desde la lejanía, sino en la vida concreta y en la historia de Salvación de un Pueblo elegido y querido por Él. Dios toma la Palabra para que los hombres oigamos su voz y podamos acudir a su llamada. Dios se revela y se desvela con la Palabra que ha regalado a su Pueblo. Dios quiere hablar con nosotros, quiere que escuchemos su voz y le sigamos. Cielo y tierra pasarán, pero su Palabra no pasará.

Orar meditando el Evangelio del día, proclamando los Salmos, etc, es una oración que nos abre a su Voluntad. Nos permite discernir los signos de los tiempos. Leer y orar con la Biblia hace que nuestro entendimiento, nuestras ideas y nuestra mente y corazón se pongan en consonancia con lo que Dios quiere de nosotros. Nos hace comprender la historia del Amor de Dios por los hombres, nos ilumina y nos consuela en la adversidad de la vida.

Oración contemplativa. Silencio. Es la oración del que mira directamente a Dios, y se deja contemplar por Él. Es la oración que se fabrica en el silencio y que ante todo amansa el alma. Es la oración del “venid a mi los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Es la oración en la que ofrecemos, pedimos y alabamos con la boca pequeña. Y que luego prolongamos en una escucha silenciosa. Le miras y te mira. Y percibes que te quema su amor. Llama de Amor Viva. Es una oración que convierte las horas en segundos, y los días en instantes. No todos los laicos tenemos tiempo para prolongarla en el día a día, pero sí es imprescindible en los momentos fuertes de la vida.

Esta oración de escucha silenciosa traerá angustia, desierto, soledad y cruz; pero también nos ofrecerá alegría, arrobamiento, compañía y resurrección. En esta oración se toca el Amor de Dios. Es la oración del silencio y del tiempo, la que mejor rompe el velo que nos separa con Dios. También en ella sufriremos las peores y más sibilinas tentaciones.

 

La santidad de los sencillos. Sainte Bernadette y Lourdes.

A nuestro mundo le sobran soberbios y le faltan Bernarditas como la santa de Lourdes, Bernadette Soubirous. La sencillez hecha aprendizaje, la niña que vio a la Virgen es mucho más que una vidente del siglo XIX. Es el triunfo de los sencillos y los pobres sobre los soberbios y los poderosos, es una bienaventuranza hecha vida. Felices vosotros…

Digo yo que la iglesia no la hizo santa por ser la niña vidente, sino porque el resto de su vida buscó la santificación de su alma. Una vida cristiana que he tenido la suerte de leer en el libro que les presento hoy: Bernadette vous parle (Bernardita os habla) de René Laurentin, que es uno de los estudiosos lourdistas más importantes que ha habido en la historia.

Sé de sobra que no suelen caer bien estos videntes, ni dentro ni fuera de la iglesia. Desde el interior suenan como a fraude y cachondeo con las cosas de Dios. ¿A cuento de qué la Virgen se va a aparecer a una niña ignorante y medio boba? La revelación está en manos de los sabios y entendidos, y una niña como Bernardita suele romper determinados estatus intelectuales. Soberbia, una vez más. Soberbia que nos sobra.

Pero fuera de la iglesia tampoco gusta esta gente. Suele ser tachada de medio tonta, alelada y enferma de alucinaciones. Si aceptaran que lo que han visto y oído fuera verdad, pondrían en jaque su también elevado estatus de racionalistas a ultranza. Soberbia también y creerse los poseedores de la verdad absoluta.

Por eso Lourdes y Bernardita me siguen interrogando, y siguen interrogando a unos y otros. A los de dentro y a los de fuera. Interrogan a los soberbios, por eso doy gracias a Dios por habernos dado una santita tan pequeñita como Santa Bernardita Soubirous. Saint Bernadette. Priez pour nous, merci.

La vida de esta niña raquítica y enfermiza quedó marcada por las apariciones de la Virgen en la cueva de Massabielle de Lourdes, que se iniciaron un 11 de febrero de 1858 y que terminaron el 16 de julio de ese mismo año, día del Carmen. Lo más curioso del relato de Bernardette es que estuvo plagado de una asombrosa y trasparente inocencia. No entendía lo que sucedía, pero lo contaba tal y como le pasó. Por eso su relato es fácilmente creíble. ¿Cómo explicar que no se confundiera al narrar lo que pasó y lo contó cientos de veces? ¿Cómo explicar que memorizara el nombre de Inmaculada Concepción para “aqueró”, sin comprender del todo que era la Virgen María? Le llamaba la Señora, y “aqueró” (aquello). ¿Cómo no sorprenderse ante la aversión que sentía cada vez que alguien trataba de darle dinero, o de comprarle el Rosario? (se lo robaron varias veces). Bernardita fue una niña y mujer que soportó la enfermedad y el dolor en un grado muy elevado, y eso es algo que la vincula en sencillez con la otra santa francesa de finales del siglo XIX, Santa Teresita del Niño Jesús, Santa Teresita de Lisieux.

Sin grandes pretensiones, la biografía detallada y exhaustiva de Laurentin, es excelente. Nos muestra la Bernardita del relato de Lourdes, pero también nos enseña a la pequeña santita que fue en el convento de Nevers. Siembre huyendo de la publicidad, de la gente, de los curiosos, de los interesados. Y la historia me ha impactado.

Bernardita tuvo que repetir su relato cientos y cientos de veces; y la mayoría de las veces forzada ante la visita inesperada de un obispo, de un clérigo, de un jesuíta o de quien fuera. Mucha gente se creía con derecho a interrumpir la vida de esta religiosa para hablar con ella. Desde el principio hubo clérigos que quisieron engañarla para que les cambiara el rosario, por ejemplo, gente sin demasiada sensibilidad que poco menos que la idolatraba en vida. BErnardita huía de todos ellos, y en muchas ocasiones manifestó el hartazgo y el cansancio de haberse convertido en un mono de feria para mucha gente que no comprende, que no siente en los demás, que no empatiza con un alma sensible a Dios. En definitiva, por alguien que no busca a Dios.

Bernardita representa un mensaje de pobreza inigualable. Dios escoge a los más sencillos, a los más pobres. La Virgen escogió a Bernardita porque era la más pobre. Así lo aseguraba ella con los primeros relatos. Vivían en la cárcel cuando se produjeron las apariciones, y nunca deseó una vida que fuera distinta a aquella. Sólo cuando se le hizo insoportable la vida en Lourdes, donde no le dejaban en paz los peregrinos, optó por alejarse de allí en una vida conventual. En Nevers. Lejos del pueblecito que tanto amaba. Siempre enferma y débil físicamente, lejos de su familia, y bajo la incapacidad de hacer muchas de las cosas que los demás podían hacer fácilmente. Sufría desde su incapacidad, y se complacía en la promesa de la Virgen de obtener la felicidad en el otro mundo.

Es paradójico que el dogma de la Inmaculada Concepción, uno de los más sesudos intelectualmente para la teología y los siglos, el que fuera especialmente estudiado y proclamado por el papa Pio IX en 1848 fuera revelado a una niña que ni siquiera había hecho la Primera Comunión. No sabía leer ni escribir, y ni siquiera hablaba francés. La Virgen le habló en patois, el dialecto de la zona, una reliquia del antiguo provenzal del Languedoc que se extinguió pocas décadas después. El dogma se lo regaló la Virgen a una niña analfabeta tras la insistencia de ella para que le diera su nombre. La Virgen sonreía, y Bernardita, que estaba presionada por los de su alrededor, le preguntaba que cuál era su nombre, que quién era. Lo dijo en patois: QUE SOY ERA INMACULADA CONCEPCIOU, traducido Yo soy la Inmaculada Concepción.

La niña memorizó esas palabras hasta soltárselas al cura. Que dice que se llama Inmaculada Concepción; que era tanto como decirle al cura que no era la Virgen. Pues eso. Inocencia hasta las entrañas.

 

Pecados navideños y tiempo de Navidad.

No me apetece convertir este blog en una clase, pero es que a veces conviene. Sobre todo cuando han pasado los caballos de Atila por encima de la cultura contemporánea. Así que vamos con un poco de reflexión en voz alta, y con unos razonamientos filosóficos y teológicos que nunca nos vienen mal. Seré breve que va por ustedes y feliz año.

Lo primero que hay que explicar es que no es lo mismo el día de Navidad que el tiempo de Navidad. El  día de Navidad, que es el día que empieza el tiempo de Navidad, arranca la festividad en la víspera del día 25 de diciembre,  en la Nochebuena, pero el tiempo de Navidad se extiende hasta el domingo posterior a la Epifanía, que este año será el día 13 de enero, fiesta del Bautismo del Señor y primera semana del tiempo Ordinario. Por tanto la Navidad no es un día, ni unas horas, y no se termina ni cuando comienza el año, ni cuando llegan los Reyes. La semana tras los Reyes (epifanía) también son días de Navidad.

En Navidad los cristianos celebramos el nacimiento de Jesucristo, de Jesús el Mesías, que es tanto como decir del Hijo de Dios (Unigénito de Dios). Navidad es una abreviatura del término Natividad, que significa nacimiento.

Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo desde la eternidad. Pues bien, los cristianos creemos que el Hijo, la Segunda Persona de la Trinidad, se encarnó en Jesús de Nazaret, el hijo de María en los días históricos de hace unos 2019 años. No nos importa la precisión o la imprecisión de las fechas exactas, porque no es relevante para la fe. Lo importante para nosotros es lo que indican los evangelios: Jesús nació en Belén de Judá y es el Mesías que esperaba el pueblo de Israel. Ser el Mesías en la tradición semita significaba que era Dios mismo. Que Jesús sea el Mesías y el Hijo de Dios sólo puede indicar que es Dios mismo. No es hijo de adopción como nosotros, no es criatura; sino que es, y así ratifica la tradición de la iglesia desde el inicio que es engendrado, luz de luz, es Dios mismo.

¿Cómo no celebrar que Dios se ha hecho hombre por nosotros? Esta sería la teología de abajamiento. Dios desciende y se hace pecado por nosotros, dice San Pablo en la 2Cor. Dios se hace uno de nosotros para que nosotros podamos alcanzar lo divino, en palabras de San Ireneo.

Dios se hace hombre de forma plenamente humana. No es un medio hombre, ni es un medio Dios. La iglesia defendió en los primeros Concilios que Jesús era verdadero hombre y verdadero Dios, uno y el mismo, en plenitud de facultades. Eso nos permite descubrir que Dios se hace uno de nosotros, para poder dialogar con nosotros, para redimir nuestra naturaleza pecadora, para dar su vida en la cruz mostrando el profundo AMOR de un Dios que se hace DOLOR Y SUFRIMIENTO por nosotros.

En Navidad celebramos tal abajamiento, tal descenso y humillación de Dios para mostrarnos la MISERICORDIA INFINITA que tiene por nosotros. Se hace además hombre en un pequeño niño, indefenso y pobre, desnudo como estuvo desnudo en la cruz. Dios nos interroga con su manera de hacerse hombre.

Durante el tiempo de Navidad, la Iglesia Católica de los primeros siglos  fue ubicando otras fiestas menores de ese gran misterio que nos ayudan a comprender la profunda naturaleza de ese misterio sobrenatural que supone que un Dios se haga hombre.

Configuró el tiempo de Adviento en las cuatro semanas previas a la Navidad para que hubiera una preparación adecuada. Es un tiempo de esperanza, reflejo de la Segunda Venida, un tiempo para reconocer la figura de la Virgen María en la fiesta de la Inmaculada Concepción, para descubrir una actitud en Juan el Bautista, y para mantener encendido el aceite de la lámpara.

Dentro ya del periodo de Navidad, del tiempo navideño, las fiestas importantes se van sucediendo una tras otra, especialmente la primera semana tras el día 25 diciembre. El primer mártir de la Iglesia es festejado el día 26 dic (San Esteban), el día 27 dic celebramos al primero y más joven de sus discípulos (San Juan Evangelista) y el día 28 dic la iglesia reflexiona sobre la matanza de los inocentes.

El primero domingo tras la Navidad la iglesia recuerda la fiesta de la Sagrada Familia, donde recordamos el misterio de la encarnación desde la perspectiva de un niño en su hogar y en su familia. El crecimiento en sabiduría y estatura es la clave; y la actitud de María es ejemplar para los cristianos: María meditaba todas estas cosas en su corazón.

La tercera fiesta más importante para el cristianismo tras la Navidad y la Sagrada Familia es la fiesta de Santa María, Madre de Dios. 1 de Enero y día de hoy. Es quizás la fiesta mariana más importante del año. El misterio de la Maternidad y Virginidad de María confluyen en un sentido para afirmar que Dios lo puede todo. Por eso, la que era una simple niña-mujer, es ahora la Madre de Dios, la que dice que “sí” a Dios y cambia la historia de la Redención. Dios pide permiso al hombre para redimirlo, y María abre una puerta que cerraron Adán y Eva con su pecado. Ahora sí se puede. María es esa puerta. Abre el año civil, pero abre también la historia de salvación.

El misterio del Theotokos fue afirmado en el Concilio de Efeso en el 431, creo recordar. No es María madre de la humanidad de Jesús, es Madre de Dios. ¿Una madre que es Virgen a un tiempo? Dios lo puede todo. ¿Una madre que lo es de su creador? Dios se entrelaza de esta manera amorosa con nosotros. Un Dios que se hace hombre, y una madre que lo es de su creador. Esa es nuestra fe.

Finalmente, la última gran fiesta, además del segundo domingo de Navidad, cuando lo hay, es la fiesta de la Epifanía. De hecho, para los ortodoxos es el verdadero día fuerte de la Navidad, el centro del tiempo navideño. Lo celebramos el día 6 de enero como el día de los Reyes Magos.

Epifanía significa manifestación, y es el día en el que el misterio de la encarnación de Jesús se abre a la humanidad entera, se manifiesta ante la humanidad entera como Rey y Señor de la Historia. En esta epifanía (hay otras dos más), Jeśus es adorado por la humanidad entera, representada por la figura de los reyes magos, cuyo número no viene en la Biblia. Es un día que personalmente me recuerda mucho al último del calendario litúrgico: Jesucristo como Señor y Rey de todo lo creado. Esa fiesta que es la fiesta plena del Resucitado es rememorada por la Iglesia cuando todavía es un niño. Día de la Epifanía.

El pecado de los cristianos durante estos días santos está en celebrar otra cosa. En celebrar unas cuantas comilonas, o celebrar que somos felices haciéndonos regalos, o celebrar que nos juntamos en familia que hacía muchas semanas que no nos veíamos. O celebrar que hay que ser solidarios y buenos, soltando frasecitas más o menos ñoñas y melancólicas. Esa forma de celebrar la Navidad solo conduce a la tristeza, que es el principal fruto del pecado.

Y la Navidad es alegría, que Dios ha nacido es una buena noticia para una humanidad que lo creía muerto.

 

Todos contra la iglesia.

 

Tengo la impresión de que siempre he navegado contracorriente de la sociedad en la que he vivido. Cuando la gente me hablaba del Mediterráneo, como que yo andaba contando lo grandioso que era el Atlántico, y cuando la gente me decía que el océano Atlántico era el más grande, yo les hablaba del Pacífico. Y ahora que me cuentan del océano Pacífico les hablo del inmenso océano de metano que hay en la Titán, una de las lunas de Saturno. Es una metáfora lo que cuento, pero el sentimiento que padezco es real, y los sentimientos no se discuten, se tienen o no se tienen, aunque puedan ser autoinducidos.

El caso es que tomé conciencia de que quería ser cristiano y seguir a Cristo cuando la sociedad  española apostató de una fe que quizás nunca había abrazado de verdad. Años 80. En esa década dejé de ser de izquierdas, justo cuando la izquierda empezó a gobernar este país con sus dos adalides: Felipe González en Moncloa (al que nunca voté), y Santiago Carrillo en la calle (al que voté cuando era PTE y no lo quería ni el tato). Luego empecé a votar a CDS, Adolfo Suárez, justo cuando dejó de gobernar. Luego abandonó la política y yo les seguí votando porque no había nadie que me inspirara confianza. Y así durante años. Luego voté al Saín, un partido casi testimonial de cristianos de izquierdas; y como oveja sin pastor, he ido votando lo que me ha parecido la opción “menos mala”, que ya es triste. Voto útil, voto inútil y voto nulo.

Tengo la impresión de que abandoné la izquierda cuando todo el mundo se hizo de izquierdas, y de que me hice cristiano cuando empezó a estar perseguido. Ahora es mucho peor, pues está mal visto, como que eres intolerante por el simple hecho de creer en Jesucristo, y como que eres malo y enemigo del progreso simplemente por pensar que abortar es un crimen. Hemos dejado de ser una opción para ser la “peor” opción. Pero claro, como experimentar la presencia amorosa de Cristo en la cruz, la mística del que es amado sin merecerlo, es el mejor regalo que se puede otorgar a alguien, pues uno sigue siendo cristiano. Es verdad que eso no solemos contarlo a casi nadie. Por eso no me cambio, ni aunque se haga todo el mundo cristiano dejaré de creer, que ojalá cambie el mundo.

El caso es que mi fe nunca ha sido sociológica, sino experimentada. Una gracia, vaya. Me estorba el cumpli-miento, y agradezco el encuentro con Dios en profundidad, pues su presencia me impregna permanentemente, incluso cuando nadie es consciente de ello. Soy un místico, no un asceta, un enamorado de los planes de Dios que aspira al encuentro definitivo. Al muero porque no muero. Por eso no me sorprende que la iglesia sea perseguida, pues forma parte del destino y de los planes de Dios para confundir al mundo.

Así ha sido. En los últimos años en España – ¿cuarenta? ¿cincuenta? – no ha habido ninguna Ley que haya favorecido de manera clara a la Iglesia. Más bien al contrario, leyes contrarias a los postulados sociales y familiares de la Iglesia. El debate pendulaba entre negarle absolutamente todo a la iglesia, o en negarle solo una parte, para no parecer muy facha. Es la postura de una parte de la izquierda radical, que necesita para justificar sus odios, eliminar los derechos religiosos y de conciencia de los ciudadanos, obligando a los creyentes a meternos en un armario; o la de los de derechas, que nos miran con cierta condescendencia, como pidiéndonos perdón por no hacer nada por nosotros, y pidiéndonos (lo cortés no quita lo valiente) el voto para que no vengan los otros, “las hordas rojas dispuestas a robarnos hasta la catedral de Córdoba si hace falta”. En fin, el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, y bendito sea el nombre del Señor.

En esta línea nos aconsejan muchos: que no hablemos como creyentes, que no opinemos del aborto, que no salgamos a la calle, que nos callemos y que nos metamos en el armario, que ahora corren otros tiempos y no se puede afirmar sin tapujos que eres cristiano. Que volvamos a las catacumbas, donde quizás ya estamos.

De ahí que muchos cristianos vivan su fe de manera anónima, pues se sienten perseguidos, ridiculizados, raros… Lo curioso es que son mayoría sociológica, pero da igual. La propaganda y la atmósfera del mundo se atornilla a golpe de cuchilla desde la Revolución Francesa en círculos donde el odio a los curas primero, y a los cristianos después, es la norma, y no la excepción. Nos toleran, pero nos odian; por lo que es lógico que en este ambiente de persecución y dictadura cultural, la gente oculte su fe, o que va los domingos a Misa. Extraña esa fe, desde luego; y maldito mundo, que ha engendrado tal dictadura y odio. No dude nadie que cuando puedan nos crucificarán como antes lo hicieron con Jesucristo.

La propaganda política desde siempre ha tratado de hacer dos cosas: mentir y ningunear; y las dos son apreciables cuando se habla de la Iglesia. Se miente y exagera para sembrar la confusión, pues algo quedará en el subconsciente colectivo, una dosis más de odio. Mentira fue el caso Galileo, el de Hipatia, la inquisición o el abuso pederasta de los curas, que es una excepción dolorosa, fruto de un hedonismo sexual que nosotros no hemos deseado para nadie. Pero a la propaganda le da igual el mal o el bien. Lo que hacemos y somos en la historia se olvida; y se ningunea, se omite, se restringe y se borra de la memoria colectiva. Como si nunca hubiera existido. No hubo pensadores cristianos en los libros de texto, y si no hagan la prueba y hojeen los libros escolares. Incluso los libros de filosofía.

La iglesia sufre tales ataques desde hace mucho tiempo, y no solo en España. Somos el gran adversario de la modernidad, simplemente porque “ellos” han decidido lo que es modernidad. Pero no nos debe preocupar. Antes que a nosotros ya persiguieron a los profetas, a los mártires y al mismo Hijo de Dios. Por eso, aunque todos estén contra la iglesia, no la derrotarán, entre otras cosas porque es un trozo en el corazón inmenso de Cristo.

El PAPA FRANCISCO nos pide que recemos por la IGLESIA.

El ruego que hace el santo Padre para que los fieles de todo el mundo recen y pidan por la Iglesia no me llega demasiado de nuevas. Los que estamos al día de la vida de la iglesia, sabemos que la barca de Pedro está sufriendo los rigores de singulares temporales de nuestro tiempo, de vientos que no han amainado. Sabemos que ninguna tempestad hundirá nuestro navío; pero es cierto que muchos cristianos asisten perplejos y con preocupación, incluso temor, al futuro de la Iglesia. La pérdida de credibilidad es enorme, y los engaños del mal parecen dominar los destinos de nuestra bimilenaria comunidad. De ahí que los creyentes llevemos mucho tiempo rogando a Dios por la Iglesia, por su unidad, y por los graves pecados de algunos de sus miembros (el que esté libre de pecado…).

Sabemos que no estamos solos en nuestra plegaria. La palabra de Cristo fue eficaz cuando viajaba en la barca por el mar de Galilea: “no tengáis miedo, hombres de poca fe”. Y cuenta el Evangelio, que el Señor calmó las aguas de la zozobra, amainó el temporal, y desapareció el temor de los apóstoles, siendo inundados por el estupor y la sorpresa. ¿Quién es este, que los vientos y las aguas le obedecen? Cristo reza con nosotros al Padre, pues nunca ha estado lejos de la Iglesia, su cuerpo. Dolores de parto y dolores de cruz. Cristo preside el sufrimiento y el dolor de la humanidad, y la comunidad cristiana camina tras sus pasos. Con Él , por Él y para Él.

El Papa ha hablado recientemente de los signos de los tiempos. Tenemos que darnos cuenta de que el Mal nos rodea hoy con singular fuerza, y que muchos de sus tentáculos pecaminosos han invadido sacristías, corazones y almas, ofendiendo profundamente a Dios, y escandalizando a millones de creyentes y de no creyentes. No basta con rasgarse las vestiduras, pues ninguno está libre de pecado ante Dios, y tampoco vale la soberbia con la que el mundo nos señala. Hay una actitud y un gesto que debemos buscar e intensificar, la oración, el perdón, la humildad… Venid a mi los que estéis cansados y fatigados… pues yo os aliviaré, dice el Señor.

Los escándalos de pederastia son muy graves, tanto para los que los sufren como para toda la comunidad cristiana escandalizada. Es probable que no sean en rigor tan abundantes como se dice en los medios, o que haya otros colectivos arrastrados por ese mal. Pero no es justificación para un pecado muy grave, que ha sido ocultado y escondido por la jerarquía eclesial, que no pocas veces, queriendo hacer el bien, ha hecho el mal. El problema no ha sido el mal en sí, y el daño a las víctimas, que también; sino el tratamiento y las soluciones timoratas que se han dado al mismo por parte de los pastores. Si los pastores maltratan al rebaño, ¿qué hará el dueño del rebaño?

También la Iglesia sufre y se duele por la situación de China. Los pasos que ha dado el Vaticano para tratar de facilitar la vida de los católicos en el gigante asiático han sido contestados por muchos católicos de la jerarquía. Y es triste. Comprendo que así sea, pues no ha sido una decisión fácil. ¿Se equivoca el Papa al reconocer a los obispos chinos del ŕegimen dictatorial? El que no se equivoca es el que obedece y acepta una decisión difícil, pues el que se sitúa en las manos de Dios, todo le basta. Los mártires de China de estos años no serán nunca olvidados por Dios (pues han obedecido y han sido fieles), y tampoco por la Iglesia universal. Paz y perdón ante la división. Será difícil, por eso oramos.

No tengo dudas de que el tiempo reconocerá lo que es de Dios, por eso ahora lo que nos queda es rezar por la paz y por los católicos de China. Obedecer y amar, para que la unidad entre católicos sea verdadera y real. Y seguiremos rezando también por el respeto a los derechos humanos. Tampoco mejoraban las cosas antes del acuerdo del Vaticano con China.

Quiero mirar el futuro.

¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrenta la Iglesia hoy? No quiero irme por las ramas. Nuestro deber como iglesia es mostrar a los hombres el amor de Cristo en la cruz. Nuestro reto es ser transparencia del amor de Dios al mundo. Seguir poniendo la mesa de la Eucaristía y de la Palabra en medio del mundo. Hacer fraternidad alrededor del único Dios. Nuestro reto es ser fieles. “¿También vosotros queréis marcharos?” Les preguntó Jesús en una ocasión a sus discípulos. “¿Nosotros? Y a dónde iremos. Tú tienes palabras de vida eterna”. La respuesta sigue estando vigente.

Todo lo demás creo que es superfluo. Los debates sobre el celibato pasarán, lo mismo que los pecados graves de pederastia, los móviles o las ideologías de género. El Mal será derrotado, y el bien resplandecerá. Nadie abortará cuando llegue el Reino de Dios en plenitud, nadie pasará hambre, nadie será abandonado a su suerte. ¿Ayudamos a construirlo?

Estoy de acuerdo en que la iglesia necesita una reforma en profundidad, reforma más espiritual que política u organizativa, pero… ¿Cuándo no la ha necesitado? En el fondo las palabras de la teología clásica “ecclesia semper reformanda” la iglesia siempre en reformas, son inevitables. Estamos en manos del Espíritu Santo. ¿O no? Amigo y hermano creyente.

Pidamos con San Miguel Arcángel y por intercesión de la Virgen María por la Iglesia de Cristo. Contra el Mal que se ha instalado en nosotros, para que sea arrancado de raíz.

 

 

Poema del escritor en oración.

Quiero Señor, confiar en Tí, en Vos. En el padre.

Poner mis manos en sus manos,

Mi inteligencia en su inteligencia.

Mi mente en su mente.

Para así desgranar palabras y versos buenos

que ensanchen el alma de los atareados,

que abran el corazón de los que lo dejaron de mirar,

que suspiren el aliento que el mismo Espíritu Santo da a sus hijos.

Señor, que no escriba palabras para mi, sino para tus hijos.

que tu inspires mis relatos y mis textos,

que no busque la fortuna, sino tu voluntad.

Para que así, al final de los días

pueda llegar dichoso, con el corazón contrito por mi pecado

a las fuentes de la misericordia.

Cualquier palabra que escriba, que sea para ese fin,

para mejorar a una humanidad

que sangra por un desencuentro, soledad.

Y que se haga tu Voluntad.

Antonio José López Serrano

(Fotografía Roberto Tabarés)

¿Yoga, mindfullness? Yo es que soy más de Rosario.

Tampoco es que sea demasiado de Rosario, pero es que ante la avalancha de espiritualidad modernilla y bajo demanda (siempre pagando la sesión, claro) prefiero la oración de toda la vida en sus diversas variedades: la contemplación ante el Santísimo, la lectura piadosa, el silencio del recogimiento ante el AMOR que nos mira y acompaña, y por qué no, el Rosario de las abuelas y de los Papas, que además es gratis y cunde mucho.

Lleva poniéndose de moda, desde hace unas décadas, la espiritualidad alternativa a la cristiana con sabor y tintes orientales. En general todas terminan en lo mismo, en hacer silencio y en buscar la paz interior. Esto mismo lo puede tener la gente en la parroquia de su barrio; pero eso sería demasiado fácil y carca, y por eso la peña prefiere hacerse un viaje a la India para abrazar a un santón durante unos minutos y sentir que ha tocado con los dedos la profundidad de su esencia esencial. Cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa (Chesterton dixit), y es verdad.

Los menos pudientes (que también tienen derecho a ser ateos) se buscan la vida en el barrio, en alguna sala tipo gimnasio, donde un iniciado les sopla veinte euros por cada sesión de yoga, reiki y silencio con música relajante a la que llaman “mindfullness” y que se traduce por “atención plena”. La gente lo paga sin protestar, y luego se queja de que los curas son unos pedigüeños, y es que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Y encima no reparan que al lado de la floristería hay una parroquia que tiene más horas de silencio que ellos años, pero les da igual, porque quieren una espiritualidad moderna y fetén. Y el supermercado religioso contemporáneo lo ofrece al módico precio de veinte euros sesión.

A mi me da más paz comulgar los domingos y fiestas de guardar, pues además de tocar con los dedos la divinidad, escuchas su palabra y te la comes. Se hace carne de tu carne (como Cristo se hizo carne de nuestra carne) y te alimenta el alma en la autenticidad de un Dios que murió por nosotros. Pero eso es excéntrico para mucha gente, a la que han cegado con un anticlericalismo y una cristofobia soterrada. Odian a Dios y terminan entregados al yoga. Yo creo que los mismos que persiguen y desprecian a los curas los fines de semana en la tertulias con los amigos, se hacinan por las tardes en las salas de mindfullness, yoga, reiki y budismo tibetano contándonos las bondades del silencio. Descubren en su iluminación el Mediterráneo, y nos cuentan con gravedad que la vida espiritual es importante. “Pos claro, Magencio, si fueras a misa de cuando en cuando”. Lo malo es que estas espiritualidades no son ingenuas ni inocentes. Tienen efectos secundarios, y a la larga no satisfacen del todo el alma. Y por eso hago esta entrada.

Estas espiritualidades orientales no conducen a Dios, ni al amor al prójimo ni a la justicia social. Buscan la Paz donde solo hay tranquilidad. Es verdad que la intención es buena, y que el silencio ayuda a encontrar a Dios, pero el silencio no es Dios mismo. El budismo y el hinduísmo son religiones muy respetables, pero estas espiritualidades son fragmentos y porciones de algo más grande que se pierden por la distancia cultural que desemboca en la incomprensión. No son hinduístas, pero tampoco cristianos. No van a descubrir a Dios en sus prácticas, ni al prójimo, ni a los pobres que nos evangelizan. Viven mirándose el ombligo de manera idolátrica, adorarán el silencio, la postura y el mantra ambiguo, pero nunca descubrirán la mística donde Dios abrasa. No conocerán la relación profunda con la divinidad, ni palparán el misterio del AMOR encarnado. Estarán siempre fuera, girando sobre sí mismos.

Dicho de otra forma: la experiencia religiosa que no interroga la vida y el comportamiento, se convierte en algo muy pobre para las personas. Termina degenerando en una justificación conformada con un dios hecho a medida, y por tanto, un dios falso y muerto. Si en lugar de escuchar a Dios, lo silenciamos para que no nos moleste ni nos cambie la vida, entonces tampoco nos dará sentido a la vida, ni nos ofrecerá una cosmovisión salvífica, ni integraremos la vida con la fe y la creencia. La experiencia religiosa plena nunca llegará.

Por eso, es mejor el Rosario. La esencia de estas prácticas orientales se basa en un dualismo desencarnado y platonizante exagerado, pero no reconcilia al hombre con Dios. Sus practicantes gritan por el día a sus empleados, y por la tarde hacen relajación para desestresarse de sus gritos. Me recuerdan a la crítica que se hacía (con toda la razón del mundo) a los cristianos que iban a misa los domingos y hacían el capullo cuando salían de la iglesia. Hipocresía se llamaba. La diferencia es que en misa se insiste en no ser hipócrita y en hacerlo mejor. Interrogan al creyente para que cambie de vida. En estas espiritualidades no hay ningún interrogante a la vida, son egocéntricas y justificadoras de las maldades. Un asesino puede matar a alguien y luego practicar yoga para desestresarse. En cambio, un cristiano asesino tendrá que arrepentirse, llorar, pedir perdón, y reencontrarse con un Dios que perdona los pecados para poder recuperar su vida.

Por eso prefiero el Rosario. Porque te lleva a Dios, te envía al prójimo, te plenifica con una paz profunda y te invita a vivir todo eso con una comunidad de pecadores perdonados. Casi nada. Las abuelas y los Papas ya lo sabían desde hace mucho tiempo. Y es que ya lo dijo el Señor, “Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has manifestado a los  sencillos (Mt 11, 25)”.¿Alguien lo duda?

 

Buscando la cruz desnuda.

La Semana Santa de Valladolid es una de las más importantes y vistosas del mundo, desde el punto de vista artístico y cultural. Pero también la ciudad está llena de lugares escondidos y solitarios donde recrearse en el Misterio de la Pasión de Cristo. Uno de esos lugares entrañables es el que se encuentra junto al puente de Arturo Eyries, lugar que recuerda la primera fundación de las Carmelitas Descalzas en la ciudad, y que fue abandonado por la insalubridad y humedad del terreno ya en tiempos de la Santa andariega, Santa Teresa de Jesús. En recuerdo que se tiene de aquellos días, se levantó esta cruz desnuda, y se allanó el camino que lo conduce, paralelo al río. Un lugar que evoca los más profundos sentimientos de camino y de sentido.

En estos días de la Semana Santa se hará penitencia, se desfilará en procesión y se caminará. En la simbología más clásica cristiana, “caminar” es uno de los gestos más significativos de la fe. El pueblo judío caminaba errante y sin rumbo, y Abraham fue invitado a hacer camino, a ponerse en camino. Si algo muestran los evangelios es que Cristo, Jesús de Nazaret, anduvo los caminos predicando la Buena Nueva. Caminar recuerda la vida, que se hace camino e itinerario. La vida es una senda, y los caminos son anchos o estrechos según las apetencias de los andantes. Ancho el de la perdición, y estrecho el de la salvación. Seguir a Cristo no es sencillo, y el camino se hace con un grupo, con una comunidad que es la Iglesia. Se camina en procesión, siguiendo el paso que marcamos entre todos. Unos se quedan rezagados, y otros marcan el paso con buen ritmo.

La Semana Santa en su aspecto procesional, pero también desde el punto de vista espiritual y teológico, recorre las calles, hace caminos y traza senderos por donde nunca se ha caminado antes. Procesionar es avanzar por la senda que nunca se ha recorrido, sabiendo que conduce a un lugar distinto, a una tierra que mana leche y miel. Una tierra de Resurrección y Paz.

Pero caminar merece un esfuerzo que no tendría sentido si no hubiera un horizonte o una meta hacia la que caminar. La vida sucede y pasa tanto al que sabe y tiene un lugar al que ir, como al que vive dejando que pasen los años. La noción del poeta Machado de “se hace camino al andar” es certera, porque el poeta está pensando en los pasos recorridos cuando vuelve la vista atrás. Pero no nos da una orientación, no dice hacia donde caminar, ni con quién, ni cómo. Vivir es caminar, de acuerdo, y “vivir la fe” es caminar hacia la casa del Padre. Para el cristiano la vida tiene un sentido, caminamos hacia un sitio que conocemos de oídas, y que hemos experimentado espiritualmente en momentos puntuales: una Eucaristía, una confesión, una oración hecha ante un paisaje hermoso, ante el Sagrario, ante la enfermedad de un ser querido, etc.

La Pascua nos recuerda que el camino pasa por la cruz. Y eso supone que no todas las fases del camino son iguales, ni son iguales los senderos cuando somos jóvenes, niños o ancianos. El caminante experimentará un cambio de mentalidad con cada paso que da. Se verá más fuerte, más profundo, más maduro ante Dios y ante sí mismo; igual no se comprende bien a sí mismo, pero a buen seguro que el caminante no permanece de la misma manera. Cambia su ropa, su rostro, y sus entrañas más profundas y sentimientos. La cruz que abrazamos, la de cada día, no es una melancólica resignación, sino un encuentro con la esperanza de los que sabemos que tras la enfermedad está la resurrección que es Cristo; tras la quiebra, el negocio próspero; tras el sueño, el despertar. Tras la muerte, la vida eterna.

Cristo se hace camino, itinerario y cruz. Por eso, en esta Pascua, la vida de los hermanos cristianos coptos asesinados en Egipto son una actualización de la cruz que asesinó a Jesús, son mártires que nos dan testimonio de que Jesús ha caminado y ha muerto por nosotros. Su camino ha terminado, pues han llegado a la casa del Padre, e interceden por nosotros desde el alba que no tiene ocaso.

Por eso, el asesinato masivo con armas químicas en Siria, nos anuncia que la paz es posible si se persevera en el bien. Que la cruz no es el final ni es un fracaso de Dios con los hombres. El dolor nos invita a contemplar a un Dios que sufrió por nosotros en una cruz, patíbulo y horca de aquel tiempo. Muro de ejecución y cámara de gas de los romanos que prendieron a Jesús y lo ejecutaron como el peor de los hombres. La cruz no es signo de fracaso, ya no. Es la puerta de acceso a la Vida Eterna. El pecado y el mal no podrán contra ella, pues se subió Cristo que era Dios, y nos ha redimido con su sangre, venciendo la muerte, y rompiendo las cadenas del mal.

Por eso, el último atentado terrorista en la bella y pacífica ciudad de Estocolmo nos consolida en comprender que caminar es un ejercicio de fraternidad, de justicia y de perdón. Y que no es fácil cuando se sufre en carne propia. Pero no hay otro camino que el que recorrió Jesús hace 2000 años. Ni la venganza, ni las espadas, ni la sangre enemiga terminarán con el dolor, el pecado o la muerte. Confianza en Dios, y en su cruz desnuda.

Buscando la cruz desnuda me he encontrado con que antes subieron muchos al madero sagrado, y que los caminos de Pascua que cada uno de nosotros recorre, se vinculan con la Pascua definitiva de Cristo.

Feliz Semana Santa.

Feliz Pascua de Cruz y Resurrección.

Celebrar el Misterio Pascual de la Navidad.

Navidad significa “natividad”, nacimiento, y es que los cristianos remarcamos en el tiempo litúrgico de la Navidad – tiempo que abarca desde la Víspera de Navidad, Nochebuena, hasta el domingo después de la fiesta de la Epifanía, de los Reyes – el nacimiento del Mesías, de Cristo el Señor, de Jesús de Nazaret. Pero, ¿qué significa que Cristo, el Mesías, haya venido?

Para los cristianos Jesús es el Mesías, y en la tradición bíblica más elemental el Mesías tenía la misma condición que Yahvé. Es decir, para el judaísmo de los siglos proféticos y posteriores, el Mesías era el Hijo de Dios, era el enviado de Dios, y al tener la misma autoridad que Dios, era Dios mismo. Estos rasgos teológicos primeros son elementales, porque la posterior traducción que hicieron los cristianos de los primeros siglos al lenguaje y cultura helénica y romana tendieron a cosificar el lenguaje de la fe, volviéndolo más conceptual, en el fondo más frágil y ambiguo.

No hubo traición del cristianismo a sus dogmas primigéneos, como algunos contemporáneos nos quieren hacer creer. El misterio de la Trinidad no es una elaboración esotérica ni gnóstica, no tiene que ver con los egipcios ni con los mitos griegos que por entonces pululaban por Oriente. La Trinidad Santa está presente en los evangelios desde el siglo I, y forma parte de la experiencia de fe que compartieron con el Señor Jesús los primeros discípulos. Que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo es una fórmula repetida en muchos relatos evangélicos: Pentecostés, Bautismo de Jesús, Transfiguración, etc. El mismo San Pablo habla de ello usando algunas fórmulas de salutación muy antiguas donde se menciona la Trinidad: “La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos vosotros“, dice el final de la II Corintios, por ejemplo.

No es un invento de los cristianos, es una experiencia dada y revelada por Jesús a sus primeros seguidores. No hay que olvidar, que los primeros discípulos eran judíos que habían visto a Jesús y que su gran problema no fue aceptar que Jesús era el Mesías, sino comprender el tipo de mesianismo de Jesús. No era un Mesías político ni militar, sino un Mesías que perdonaba, que amaba y que se dejó matar para que fuéramos conscientes de su AMOR.

En Navidad, los cristianos celebramos un Misterio fundamental de nuestra fe: la Encarnación del Hijo en la persona de Jesús, que es tanto como decir el abajamiento de Dios, que se hace hombre. Lo traducimos popularmente como el nacimiento de Jesús, precisamente porque es la evidencia más visible que tenemos de la Navidad. Dios se hace hombre y nace de una joven Virgen. Dios, que es Trinidad, se encarna en la persona del Hijo, toma, no solo aspecto humano, sino humanidad plena. Desde ese momento, Dios será Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el Hijo es, además de Dios, hombre. Ahora, en este momento, Dios es hombre, desde la eterna resurrección. Y eso es lo que celebramos en Navidad, que Jesús es Dios, que se ha encarnado, y que nació de María Virgen.

Los relatos de San Lucas sobre la infancia de Jesús han tenido más influencia cultural en nosotros que los de San Mateo. Lucas tiene como gran protagonista a una mujer llamada María que dijo “sí” a Dios. Desde ahí la historia de la salvación inicia una nueva etapa. Por eso María no es una santa como los demás santos de la Iglesia. La participación de María en la economía de salvación prevista por Dios es fundamental. Pero el relato de revelación de San José en sueños del misterio de María y de la encarnación es la primera señal, el primer indicio de la confianza en la nueva fe. Creer contra nuestras costumbres y leyes ordinarias es la primera gran prueba de fe de San José.

Luego vino lo demás. La fecha de la Navidad en las antiguas fiestas saturnales, que Cristo naciera cuatro años antes de lo que la historia dice, o la construcción del relato de los Magos y la persecución de los inocentes. Forman parte de aderezos cuya intención principal son engrandecer y hacer más contradictoria y soberbia la nueva fe. Hay una épica detrás de todo esto, Jesús es un David que está huyendo para evitar el daño de los que se han alejado de Dios. Ya hay una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las sombras.

San Pablo dibujó muy bien la reacción y lo que significaba que Jesús fuera el Mesías para la cultura de su tiempo. Para los judíos era un escándalo. ¿Cómo iba el pueblo elegido a matar a su Mesías? Y encima de una manera tan humillante, como si fuera un ladrón. Es como si Moisés hubiera sido matado en el Sinaí por los blasfemos, y Dios no le hubiera protegido. ¿Qué Dios era ese? Un escándalo.

Y para los gentiles, los griegos y helenistas, el nacimiento y muerte de Jesús una necedad, una estupidez y una tontería. ¿Cómo va un Dios que es trascendencia a hacerse inmanencia? ¿Para qué hacerse hombre si es algo inferior? ¿Cómo va un Dios inmortal a morir en una cruz, como si fuera alguien mortal? Ridiculo.

Las afrentas que provoca la fe cristiana siguen siendo las mismas hoy. Jesús es un escándalo y sigue siendo una necedad. Excepto para los que lo hemos visto y oído, para los cristianos Jesús es simplemente el Mesías, el Hijo de Dios. Dios mismo.

Por eso la Navidad nos recuerda a una humanidad hambrienta, necesitada, enferma y doliente. Precisamente porque la redención no se ha plenificado hasta el fin de los tiempos, y ver al hombre pisoteado nos invita a descubrir con más fuerza que a esa humanidad solo le puede salvar un pequeño niño que nació en Belén hace más de 2000 años. ¿Una utopía? Y mucho más, es una nueva esperanza.

Feliz Navidad.

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