El dolor del hombre creyente.

crucif

 

“A más sabiduría más pesadumbre, aumentando el saber se aumenta el sufrir”.

Eclesiastés 1, 18

Esta sentencia que nos ofrecía el otro día el Oficio de Lectura de la Liturgia de la Iglesia está llena de verdad y bien. Se trata de una cita tomada de la Biblia, en concreto del libro del Eclesiastés, o Qohelet, una obra de literatura sapiencial tardía, donde el autor se enfrenta a la vida desde el realismo y cierto agotamiento personal. Una obra maestra de esas que están prohibidas en según que ámbitos y círculos.

Allí dice que el hombre pierde el tiempo toda su vida buscando cosas, sueños y deseos que son la nada. Nada gana afanándose en correr tras el dinero, nada gana intentando atrapar el placer efímero, nada se llevará cuando camine al abismo de la muerte. La vida, parece decirnos el autor, es más bien otra cosa. Y sin duda no le falta razón.

Me recordaba, salvando las distancias, al pensamiento de Baruc Espinoza, donde el placer era un instante anterior a una pena más profunda, donde la codicia obligaba al hombre a guardar sus bienes obsesivamente, y donde el deseo de conseguir la fama se convertía en una droga adictiva. También me hacía pensar en Ortega, donde la vida es un devenir reflexivo y activo, una vida razonada en la circunstancia de cada uno.

La vida en Ortega era una vida para ser pensada, pero mejorando al filósofo español, podríamos entender la vida como una entrega en un amor que se vuelve doliente. El sentido de la vida en Ortega no está demasiado lejos de la reflexión de Qohelet. Ambos sienten el gusto por la sabiduría, los dos están buscando una verdad. Para Ortega vivir es pensar, y en Qohelet la vida puede ser una necedad absoluta si uno se autoengaña.

¿Es cierto eso que dice el autor, que el sabio arrastra una pena contigua? ¿No debería ser al revés? ¿Es el hombre sabio un hombre melancólico? Sería un error comprender la vida cristiana de esta manera, y quedaría profundamente truncada la visión de la sabiduría bíblica que intentamos desentrañar. ¿No son sabios los sencillos, dice el Señor? Desde luego la vida en Jesucristo parece tener que ver más con una entrega desmedida, una entrega que conlleva una carga de dolor significativa.

Dicho de otra forma: el dolor tiene sentido para el hombre sabio. No es el centro de la sabiduría divina, pero es consecuencia del amor y la entrega.

La cita completa aclara algo el asunto: “He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría y también a conocer la locura y la necedad, he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos, pues donde abunda la sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor” .

El hombre que vive engañado es aparentemente feliz. Su ignorancia despierta en él la soberbia, el atrevimiento y el egoísmo. La ignorancia tiene como hijos la indiferencia y la pereza, y el hombre necio se crece pensando que todos deben ser como él, vacíos y tibios. El hombre Nietzscheano (que respondería a este modelo) cree que es superior moralmente, pero es también un hombre infeliz en su tragedia. La vida la construye como un drama donde nada tiene sentido, y donde buscar el sentido es un absurdo en sí mismo. Su tragedia parte de la afirmación de que Dios ha muerto, de que no hay sentido, ni hay que engañarse buscando la verdad. Pero Qohelet no afirma que Dios no exista, ni que la sabiduría sea una quimera alejada de Dios o inexistente. Al contrario, la sabiduría genera dolor, igual que una madre que quiere a sus hijos, y los quiere hasta el dolor de sufrir con solo pensar en su pérdida.

El hombre de nuestro tiempo prefiere disimular la tragedia humana con la que es arrojado al mundo con una capa de barniz de falsa felicidad. Se aturde con el placer fácil, se escora creyendo que el hombre es producto del azar y del absurdo. Prefiere así no enfrentarse a la vida, ni a si mismo.

Por el contrario, el hombre sabio que cuenta la Biblia es un hombre sencillo, que ha buscado porque ha amado. Que ha reflexionado y entendido que el hombre es algo más que hedonismo, placer, o egocentrismo. El hombre bíblico se parece a una buena mujer que es generosa con los pobres, aunque no tenga casi nada que ofrecer. El hombre bíblico se duele con el que sufre, y se alegra con el sencillo. El hombre bíblico es un hombre que encuentra la paz en la oración, y el sentido de su vida mirando a Dios a los ojos. Qohelet nos enseña la tristeza que proporciona la necedad del hombre, la locura del pecado, la vanidad de la soberbia del que no ve más que lo que puede ver con los ojos. Para los creyentes la felicidad no se puede ver con los ojos, y tiene como punto de partida y de llegada a Dios.

Nuestra sociedad parece desconocer esa felicidad y esa sabiduría. Y se empeña en que no sea conocida por la mayoría de la gente. Y eso es doloroso para el que ama al prójimo, incluido el Dios de la Cruz.

 

2 pensamientos en “El dolor del hombre creyente.

  1. Lino Althaner

    Y podría seguirse: en qué queda la condición humana, marcada por la dignidad que la da su semejanza divina, cuando se ve encajonada en la violencia y el derramamiento de sangre en aras de la seguridad nacional. Bueno, aquí empieza otro tema, casi eterno, al parecer…
    Ha sido un gusto, como siempre, mi querido amigo
    Lino

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