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Tras las fuentes de Dios.

 

La experiencia espiritual no está en nuestras manos, tampoco la fe, la esperanza ni la caridad. Pero sí reside en nosotros la docilidad al Espíritu Santo para que ponga en nuestra condición pecadora la puerta estrecha que se abre al camino de la Gracia en la relación con Dios.

Dios habita en nosotros, y nos quiere hablar de Tú a tú, para que nos encontremos con Él, para que le reconozcamos como único Señor, y para que vivamos junto a Él.

Por eso la oración, es una puerta muy importante para los cristianos, y me atrevo a decir que para cualquier persona, de cualquier raza, cultura y condición. Orar a Dios, dirigirse a Él con el corazón contrito y humillado, amansado en el reconocimiento de la verdad, es muy agradable y querido por Dios. Humildad, mansedumbre, dejarse moldear por sus manos…. Manos que operan desde el interior de cada uno de nosotros.

La Iglesia, Cuerpo de Cristo, siempre ha ofrecido tres tipos de oración; y yo, desde mi pequeña experiencia cristiana, me atrevo a decir que las tres son imprescindibles en el camino del encuentro. Cada una ofrece algo diferente, y cada una otorga una gracia y una bendición única y peculiar.

No son oraciones para etapas distintas de la vida espiritual, al contrario. El ideal del cristiano sería compartir con el Señor las tres en un mismo día.

Oración repetitiva. Rosario. No es una oración menor. El rezo del Rosario que desgranamos con la Virgen María es una oración muy poderosa y potente contra la tentación y el mal. Su fuerza está no en que rezamos nosotros, sino en que María Madre reza con nosotros siempre que tomamos en las manos el Santo Rosario. Ella es la fortaleza de la Iglesia, pues el Espíritu Santo habitó en ella de manera extraordinaria. Toda la fuerza del Espíritu se manifiesta en Ella de manera asombrosa. El aspecto narrativo de esta oración está en los Misterios que contemplamos con las cuentas que hacemos. Repetimos el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria que son tres oraciones extraordinarias. El Padrenuestro es la oración que Jesús dirige al Padre, El Avemaría es la oración que Dios, la humanidad y la Iglesia dirige a María; y el Gloria es la oración de todos cristianos hacia nuestro Dios, Uno y Trino. Rezamos por tanto con Dios y para Dios.

Oración narrativa. Biblia. Es la Oración de la Iglesia. Rezar con los Salmos en la Liturgia de las Horas, proclamar el Evangelio, que es la Buena Noticia primero a nosotros, y luego al mundo.

La Palabra Dios no nos llega desde la lejanía, sino en la vida concreta y en la historia de Salvación de un Pueblo elegido y querido por Él. Dios toma la Palabra para que los hombres oigamos su voz y podamos acudir a su llamada. Dios se revela y se desvela con la Palabra que ha regalado a su Pueblo. Dios quiere hablar con nosotros, quiere que escuchemos su voz y le sigamos. Cielo y tierra pasarán, pero su Palabra no pasará.

Orar meditando el Evangelio del día, proclamando los Salmos, etc, es una oración que nos abre a su Voluntad. Nos permite discernir los signos de los tiempos. Leer y orar con la Biblia hace que nuestro entendimiento, nuestras ideas y nuestra mente y corazón se pongan en consonancia con lo que Dios quiere de nosotros. Nos hace comprender la historia del Amor de Dios por los hombres, nos ilumina y nos consuela en la adversidad de la vida.

Oración contemplativa. Silencio. Es la oración del que mira directamente a Dios, y se deja contemplar por Él. Es la oración que se fabrica en el silencio y que ante todo amansa el alma. Es la oración del “venid a mi los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Es la oración en la que ofrecemos, pedimos y alabamos con la boca pequeña. Y que luego prolongamos en una escucha silenciosa. Le miras y te mira. Y percibes que te quema su amor. Llama de Amor Viva. Es una oración que convierte las horas en segundos, y los días en instantes. No todos los laicos tenemos tiempo para prolongarla en el día a día, pero sí es imprescindible en los momentos fuertes de la vida.

Esta oración de escucha silenciosa traerá angustia, desierto, soledad y cruz; pero también nos ofrecerá alegría, arrobamiento, compañía y resurrección. En esta oración se toca el Amor de Dios. Es la oración del silencio y del tiempo, la que mejor rompe el velo que nos separa con Dios. También en ella sufriremos las peores y más sibilinas tentaciones.

 

¿Yoga, mindfullness? Yo es que soy más de Rosario.

Tampoco es que sea demasiado de Rosario, pero es que ante la avalancha de espiritualidad modernilla y bajo demanda (siempre pagando la sesión, claro) prefiero la oración de toda la vida en sus diversas variedades: la contemplación ante el Santísimo, la lectura piadosa, el silencio del recogimiento ante el AMOR que nos mira y acompaña, y por qué no, el Rosario de las abuelas y de los Papas, que además es gratis y cunde mucho.

Lleva poniéndose de moda, desde hace unas décadas, la espiritualidad alternativa a la cristiana con sabor y tintes orientales. En general todas terminan en lo mismo, en hacer silencio y en buscar la paz interior. Esto mismo lo puede tener la gente en la parroquia de su barrio; pero eso sería demasiado fácil y carca, y por eso la peña prefiere hacerse un viaje a la India para abrazar a un santón durante unos minutos y sentir que ha tocado con los dedos la profundidad de su esencia esencial. Cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa (Chesterton dixit), y es verdad.

Los menos pudientes (que también tienen derecho a ser ateos) se buscan la vida en el barrio, en alguna sala tipo gimnasio, donde un iniciado les sopla veinte euros por cada sesión de yoga, reiki y silencio con música relajante a la que llaman “mindfullness” y que se traduce por “atención plena”. La gente lo paga sin protestar, y luego se queja de que los curas son unos pedigüeños, y es que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Y encima no reparan que al lado de la floristería hay una parroquia que tiene más horas de silencio que ellos años, pero les da igual, porque quieren una espiritualidad moderna y fetén. Y el supermercado religioso contemporáneo lo ofrece al módico precio de veinte euros sesión.

A mi me da más paz comulgar los domingos y fiestas de guardar, pues además de tocar con los dedos la divinidad, escuchas su palabra y te la comes. Se hace carne de tu carne (como Cristo se hizo carne de nuestra carne) y te alimenta el alma en la autenticidad de un Dios que murió por nosotros. Pero eso es excéntrico para mucha gente, a la que han cegado con un anticlericalismo y una cristofobia soterrada. Odian a Dios y terminan entregados al yoga. Yo creo que los mismos que persiguen y desprecian a los curas los fines de semana en la tertulias con los amigos, se hacinan por las tardes en las salas de mindfullness, yoga, reiki y budismo tibetano contándonos las bondades del silencio. Descubren en su iluminación el Mediterráneo, y nos cuentan con gravedad que la vida espiritual es importante. “Pos claro, Magencio, si fueras a misa de cuando en cuando”. Lo malo es que estas espiritualidades no son ingenuas ni inocentes. Tienen efectos secundarios, y a la larga no satisfacen del todo el alma. Y por eso hago esta entrada.

Estas espiritualidades orientales no conducen a Dios, ni al amor al prójimo ni a la justicia social. Buscan la Paz donde solo hay tranquilidad. Es verdad que la intención es buena, y que el silencio ayuda a encontrar a Dios, pero el silencio no es Dios mismo. El budismo y el hinduísmo son religiones muy respetables, pero estas espiritualidades son fragmentos y porciones de algo más grande que se pierden por la distancia cultural que desemboca en la incomprensión. No son hinduístas, pero tampoco cristianos. No van a descubrir a Dios en sus prácticas, ni al prójimo, ni a los pobres que nos evangelizan. Viven mirándose el ombligo de manera idolátrica, adorarán el silencio, la postura y el mantra ambiguo, pero nunca descubrirán la mística donde Dios abrasa. No conocerán la relación profunda con la divinidad, ni palparán el misterio del AMOR encarnado. Estarán siempre fuera, girando sobre sí mismos.

Dicho de otra forma: la experiencia religiosa que no interroga la vida y el comportamiento, se convierte en algo muy pobre para las personas. Termina degenerando en una justificación conformada con un dios hecho a medida, y por tanto, un dios falso y muerto. Si en lugar de escuchar a Dios, lo silenciamos para que no nos moleste ni nos cambie la vida, entonces tampoco nos dará sentido a la vida, ni nos ofrecerá una cosmovisión salvífica, ni integraremos la vida con la fe y la creencia. La experiencia religiosa plena nunca llegará.

Por eso, es mejor el Rosario. La esencia de estas prácticas orientales se basa en un dualismo desencarnado y platonizante exagerado, pero no reconcilia al hombre con Dios. Sus practicantes gritan por el día a sus empleados, y por la tarde hacen relajación para desestresarse de sus gritos. Me recuerdan a la crítica que se hacía (con toda la razón del mundo) a los cristianos que iban a misa los domingos y hacían el capullo cuando salían de la iglesia. Hipocresía se llamaba. La diferencia es que en misa se insiste en no ser hipócrita y en hacerlo mejor. Interrogan al creyente para que cambie de vida. En estas espiritualidades no hay ningún interrogante a la vida, son egocéntricas y justificadoras de las maldades. Un asesino puede matar a alguien y luego practicar yoga para desestresarse. En cambio, un cristiano asesino tendrá que arrepentirse, llorar, pedir perdón, y reencontrarse con un Dios que perdona los pecados para poder recuperar su vida.

Por eso prefiero el Rosario. Porque te lleva a Dios, te envía al prójimo, te plenifica con una paz profunda y te invita a vivir todo eso con una comunidad de pecadores perdonados. Casi nada. Las abuelas y los Papas ya lo sabían desde hace mucho tiempo. Y es que ya lo dijo el Señor, “Te alabo Padre porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has manifestado a los  sencillos (Mt 11, 25)”.¿Alguien lo duda?

 

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