
La Iglesia discrimina cuando administra los sacramentos. Y esto es muy lógico. Los sacramentos no son un derecho, ni un café para todos, ni un producto de usar y tirar socialmente aceptado. La Iglesia discrimina. Y también observa, y su sabiduría es mileniaria. Incluso diría que no es de este mundo.
Ha saltado una falsa polémica en la opinión pública que afirma que la Iglesia discrimina a los homosexuales; y el gobierno, formado desde la inconsistencia y la debilidad, se ha puesto de parte del supuestamente discriminado. La tele también ha montado sus aquelarres de indignados, siguiendo las normas de los espectáculos contemporáneos.
El discriminado es, al parecer, uno de una pareja de gays de un pueblo de Segovia que quería comulgar los domingos y fiestas de guardar, uno que debe ser del PSOE, aunque esto no lo sé con seguridad, pero tanto daría. El cura de la parroquia les ha negado la comunión, lo cual es lo habitual, dado que el muchacho y su pareja, viven en pecado y sin visos de arrepentimiento. Seguramente ellos piensan que no viven en pecado, y que tienen derecho a comulgar, que para eso la Iglesia es suya. Pero el sacerdote, que obedece a Dios y a su obispo, antes que al partido, no lo ha visto así, y a cumplido con su deber, negándoles la comunión física, que no la espiritual, ni la confesión.
La ministra de Igualdad, que también es de Valladolid como el voceras del Oscar Puente, en un alarde de chulería ideológica y teológica ha citado el párrafo de San Pablo en los Gálatas, aquello de «todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús«, que es un texto que está muy bien. Un texto precioso que no dice lo que la ministra intenta que diga. Zapatero a tus zapatos. Pero es que esta gente le encanta meterse en el fango y liarla.
Lo que se le ha olvidado a la ministra Ana Redondo es citar otros textos de San Pablo, donde habla de la autoridad de gobierno de la Iglesia, de no vivir según la carne, y demás cuestiones, que seguro que en su opinión son antiguallas y abusos de poder. A la izquierda le encanta hablar de autoritarismo cuando no es su autoridad la que se dirime, y de tradiciones superadas cuando tiene que defender el aborto como extirpación de una muela.
En este caso la ministra de equivoca, y además lo hace utilizando la Palabra de Dios como arma arrojadiza, lo cual es, además de muy protestante, un poco cutre y como de gente de barrio que no ha leído mucho. También es verdad, que eso le importa un pimiento, que para eso es de Valladolid, y se nos presupone la cultura en el ADN.
La Iglesia está obligada a discriminar y a discernir a la hora de administrar los sacramentos. No discrimina el cura, discrimina toda la comunidad. La Iglesia no discrimina a las personas, que son todas de Dios, Hijos suyos amadísimos. Lo que discrimina con las situaciones de pecado y la preparación y dignidad para recibir los sacramentos de los miembros que piden los sacramentos.
El homosexual X de Segovia no está discriminado en los sacramentos por ser homosexual, está discriminado por no vivir en gracia de Dios, que es otra cosa. Por eso puede confesarse, puede comulgar espiritualmente, y podría, en caso de enfermedad, recibir la Unión de Enfermos. Dada su situación no puede recibir otros sacramentos, no puede casarse, no puede ser ordenado sacerdote, y no puede comulgar físicamente si está en pecado mortal. Si su pecado es público y notorio, la Iglesia puede, y debe, negarle la comunión, pues para recibir el Cuerpo de Cristo, hay que estar en Gracia de Dios, y no parece que este sea el caso.
La culpa de muchas de estas cuestiones la tiene la misma Iglesia, que ha hecho de muchos sacramentos un cierto «café para todos». Su práctica no ha sido demasiado celosa, y es que administrar la gracia de Dios y los sacramentos no es fácil. La Iglesia no siempre dispone de información sobre muchos fieles, y no siempre discrimina bien en la administración de los sacramentos; pero mantiene con claridad sus normas canónicas, que son una luz para toda la Iglesia.
Cuando una persona solicita un sacramento, como por ejemplo, el matrimonio, se hace un escrutinio, y se indaga que no estuviera casado antes, y cosas por el estilo. Pero ante la Eucaristía, salvo la primera comunión que hay una preparación catequética, no indaga; y salvo que sea algo escandaloso para la comunidad, y lo conozca el cura, la Iglesia no niega la comunión a los fieles que se acercan a comulgar.
En este caso, el celo pastoral del sacerdote de Segovia y su obispo, se agradecen. Quizá haya faltado un llamamiento a la calma: los homosexuales pueden estar tranquilos y seguir comulgando y recibiendo los sacramentos si están en gracia de Dios. Igual que los heterosexuales, y con ellos todos los bautizados: judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres. Pues ya nos lo dice San Pablo, somos todos uno en Cristo Jesús.