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¿ES CONFLICTIVA LA EMIGRACIÓN? ANTROPOLOGÍA Y MIGRACIÓN.

Hace tiempo, veo que el 2018 escribí una entrada aludiendo al problema migratorio, y lo hice desde una perspectiva cristiana y teológica. Los últimos incidentes en Torrepacheco me animan a examinar el problema desde una perspectiva más técnica y, por consiguiente antropológica. La entrada antigua está en en enlace, y la nueva… sigue leyendo: https://topitocava.blog/2018/06/18/acogida-y-efecto-llamada-vision-cristiana-de-la-emigracion/

Los acontecimientos de Torrepacheco no hacen sino confirmar las variables y análisis que se presentan ante el hecho antropológico de la migración. Nada nuevo bajo el sol, pero curiosamente, nada que uno pueda escuchar en ningún medio. ¿Se ha agotado la audacia y la profundidad? Eso parece. Yo, al menos, voy a intentar aportar algo de luz.

La migración es un fenómeno viejo como la humanidad; y sabemos bien que el principal conflicto que presenta en lo que se suele llamar integración social y cultural de la persona que emigra en la tierra de acogida. También sabemos que el principal conflicto no se da con la primera generación, sino más bien con la segunda o tercera generación. Es decir, son los hijos de emigrantes y los nietos de emigrantes los que suelen ser conflictivos. Nadie va a otro país a delinquir; pero sí hay delincuencia cuando hay exclusión social e inadaptación cultural y social. Analizamos todo esto despacio.

La primera generación necesita socializarse mínimanente para poder cumplir su objetivo al emigrar. Objetivos que podemos resumir en: encontrar un trabajo, encajar en él, ganar un dinero y mejorar su posición económica y social. La emigración de primera generación no suele presentar conflictividad ninguna, más que la propia de aprender el idioma, socializar algunas costumbres y cumplir en el trabajo. Suele ser una generación emprendedora, y lo cierto es que una parte importante de esta emigración suele regresar a su país cuando logra cierta mejora económica y social.

Esta primera generación de emigrantes sufre con la tierra perdida, a veces tanto como por la tierra de acogida. Echan de menos sus costumbres, y les cuesta socializarse en las costumbres nuevas. De ahí que se agrupen para mantener vivas sus costumbres.

Por supuesto, la adaptación dependerá de la edad del emigrante, cuanto más joven más fácil; y dependerá también de la distancia cultural entre el país perdido y el país de acogida. No es lo mismo emigrar a España siendo colombiano, que siendo japonés, marroquí o nigeriano. No es igual, ni se adaptan igual.

El problema suele generarse en la segunda generación, que se queda en tierra de nadie porque sus objetivos son otros. El objetivo del emigrante de segunda generación es simplemente vivir en su país, en el que ha nacido. Y eso no le es fácil porque pertenece a una subcultura con costumbres familiares y sociales que pueden ser opuestas a la cultura en la que le toca vivir y vive.

El problema de la segunda generación es que en su casa, en su socialización primaria, ha mamado otra cultura diferente, e incluso opuesta a lo que hay fuera de casa. Las costumbres son distintas en materia de sexualidad, afectividad, matrimonio, alimentación, etc. No basta con el idioma y saber hacer un trabajo; ahora hay que convivir con otras personas de otra cultura, que no siempre entienden al hijo de emigrantes.

El emigrante de segunda generación lleva una especie de doble vida cuando es pequeño y adolescente. Doble vida y doble cultura. Es decir, no se siente ni de la tierra perdida, ni de la tierra en la que ha nacido y vive. Tendrá que escoger, si no él, sus hijos; y eso va a generarle un conflicto y una violencia importante; incluso rechazo a la cultura de acogida en la que ha nacido. Ese es el drama.

La primera generación tiende a regresar a su hogar, a la tierra perdida. Salvo que sea imposible o haya muchas dificultades para volver. Si la adaptación ha sido fácil, no deseará regresar. Pero la segunda generación no tiene a dónde ir. No tiene casa a la que regresar, ni cultura a la que volver. Se siente incómodo cuando viaja a la cultura de sus padres, no le gusta del todo, y no se adapta; y se siente también incómodo, cabreado e inadaptado en la cultura de acogida, porque siente que no es igual que los demás. No soy francés como los demás franceses, soy francés argelino, te dicen. O argelino francés.

Es un problema de identidad cultural y de integración que no es fácil de resolver y que genera conflicto por todos los lados.

Ante esta tesitura, lo habitual es que la persona emigrante de segunda generación tome una opción, y elija una de las dos culturas. Esta elección puede ser pacífica y suave, o violenta y agresiva. Eso no significa que se rechacen todas las pautas culturales de la cultura descartada, pero sí se hace una apuesta identitaria y psicológica por una de las dos. En esta elección entran en juego, las posibilidades de mejora económica reales. Esta segunda generación no va a trabajar en lo mismo que sus padres, no se va a sacrificar por sus hijos. Si no hay un salto económico cualitativo, habrá conflicto y descarte social.

Cuando se elige la cultura de adopción, la del país donde se ha nacido, no suele haber problemas. Eso sucede, no de manera necesaria, cuando se han aprovechado las oportunidades, se ha estudiado, y se ha mejorado al padre que vino hace muchos años.

En este caso, el hijo de emigrantes hace vida fuera de la cultura de sus padres, incluso se casa con una persona de la cultura de acogida. En dos o tres generaciones su identidad primera quedará diluida, aunque quede alguna simpatía y algún rasgo suelto. El abuelo era de origen griego y en casa comemos «musakka» los días de fiesta, pues vale. Es anecdótico.

Cuando no hay mejora económica, es más fácil elegir la cultura originaria y parental. Y vienen los problemas. Salvo que la persona decida regresar y readaptarse a la cultura de sus padres, el rechazo está asegurado hacia una cultura que no sabe darme lo que me merezco. He nacido aquí, y me rechazan por mi origen.

Los conflictos se puede multiplicar con esta elección. El primero será la creación de guetos culturales formados por la subcultura concreta del emigrante. Barrios de emigrantes que son pequeñas ciudades, barriadas de otra cultura insertas en otro país. Podría no haber problemas, pero todos sabemos lo que significó el Bronx o Harlem en NYC. Barrios de italianos trajeron la mafia a USA, conflictos raciales por culpa de estos guetos, etc. West side history; bandas y pandillas, en el mejor de los casos. El rechazo personal se convierte en rechazo social y cultural, es decir, enfrentamiento por la identidad.

En este contexto, la cultura de acogida se puede sentir amenazada, y en verdad lo está. Se escucharán frases como: ya no es el barrio de antes, esto está invadido. No puedo ir por mi propio país, porque parece otro país. Es cierto. Esta situación genera violencia, miedo y rechazo entre los nativos primeros, pero también genera violencia entre los emigrantes de segunda generación, pues ellos se sienten tan de aquí como los primeros, y entienden que se puede ser de tal país, con unas pautas culturales distintas. Se puede ser italoamericano, afroamericano, etc.

Si las costumbres son muy distintas, como sucede con el Islam, donde la religión configura de manera categórica sus costumbres, el choque cultural será mayor, y el rechazo más visceral. No hay choque cultural si las dos culturas discurren en paralelo y asumen unas reglas de juego comunes. Véase la comunidad hispanoamericana en España, pero esto no siempre es posible.

No hay que olvidar que la interculturalidad es una teoría, que en la práctica, cuando entran en juego matrimonios, hijos, convivencia real, es más un deseo del buenismo de Rousseau que una realidad factible práctica. Podemos comer kebabs, pero difícilmente aceptaremos matrimonios mixtos que hagan sufrir a nuestros hijos. Difícilmente aceptaremos prácticas religiosas que pongan en entredicho nuestras costumbres, como puede ser el asunto del burka.

Desde la antropología cultural sabemos que cuando hay una cultura mayoritaria, y una minoritaria, el choque y el conflicto son inevitables. Salvo que la minoritaria sea silenciosa y muy discreta. Los asiáticos en España son, por ejemplo, silenciosos. Sólo generan rechazo cuando vemos que empiezan a acaparar los comercios. Es decir, cuando empiezan a ser visibles.

Esto no es raro. Es lo que sucedió entre Hutus y Tutsis en Africa, y es lo que sucede en las barriadas de París, o es la base del terrorismo en Gran Bretaña o Estados Unidos. Es lo que sucedió con los judíos durante todo el medievo. Las minorías, cuando se mueven, generan rechazo cultural entre las mayorías, porque se sienten amenazados.

España es un país de emigración, desde siempre en su historia; también un país de conflictos por ese asunto. En su momento se expulsaron a los judíos que no cambiaban de religión, y lo mismo se hizo con los musulmanes. Es triste, pero la naturaleza del hombre impide que puedan convivir dos culturas en un mismo lugar sin que una de ellas no sea asimilada por la otra.

Los conflictos sociales son inevitables salvo que se trabaje y se intente la integración y asimilación social de los emigrantes a la cultura que los acoge. Especialmente la segunda y tercera generación.