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Polifonía de pinreles en verano.

El verano es un momento propicio para sacar los quesos a relucir. Me refiero a los pinreles, a los pies, a los quesos, a los frijolitos o a los sapos que Dios haya dado a cada uno. Y cada una, que en esto de la discriminación positiva en pies feos nos ganan por goleada.

Mi fijación por el tema es antigua, pues desde que era niño he relacionado los pies con el culo, y me producía la misma vergüenza tanto verlos como mostrarlos. Con el tiempo, mi socialización ha ido en aumento, y actualmente lo mismo hago un calvo que me rasco la entrepierna. Pero lo de los pies es superior a mis fuerzas. Es la parte más pudenda del cuerpo, y no es porque tenga antepasados orientales, que igual sí, sino porque enseñarlos me molesta;  en cambio verlos me resulta entre excitante, curioso, grimoso, morboso, agradable, asqueroso y admirable. Por eso me fijo.

Y es que los pies presentan dos caras. La de la planta es redondita, con garbancitos simpáticos colocados a modo de familia telerín; en cambio la superior son como la bruja de blancanieves, con uñascos terroríficos, juanetes deformantes, clavos, callos y demás floraciones. Son como la cara y el culo, que cuanto más guapa es la modelo y la moza, peores son sus cascos.

Los españoles tenemos una relación pudorosa con nuestros pies que no la tienen el resto de europeos. Es raro que uno de los nuestros, sobre todo si tiene más de cincuenta años, saque un queso en público y se lo rasque por entre los dedillos. En cambio, esa misma educación no la practican muchos europeos, que les encanta descalzase mostrando sus calcetines blanquecinos de deporte, y si se tercia, metiendo sus pies en cualquier charco cuando hace calor. Los españoles “prelogse” somos como de otra manera. Los extranjeros cuando vienen a nuestro país, traen sandalias con calcetines; en cambio los españoles cuando vamos fuera usamos zapatillas deportivas, bien tapados y con discreción. Spain is different, of course. Pero el mundo cambia, y ahora los jóvenes autóctonos llevan chancleta masiva y lo mismo te plantan un pie en asiento de enfrente del tren que se masajean los dedos mientras miran su móvil. ¡Qué se le va a hacer si los españoles caminamos hacia nuestra extinción!

Recuerdo haber desayunado rodeado de guiris en los albergues juveniles de esos países de por ahí, donde los únicos tipos calzados éramos nosotros. Ellos preferían los pies al viento y los pelos enmarañados al estilo Boris Johnson, que debe tener unos quesos de espanto. Por eso esta gente gusta descalzarse en el trasporte público y colocar sus pies en el asiento de enfrente. Ni que decir tiene que ir a rezar a Taizé, en Francia, con moqueta bajo una carpa, es un muestrario ecuménico de calcetines donde tienen que echar sándalo para que la humanidad no sucumba fácilmente al delirio espiritual. Yo me entiendo.

Dada mi condición curiosa, una de las cosas que más me entretiene cuando hojeo una revista del corazón (o de los pies) es ver los pezuños que se gastan las guapas de turno. Primero cuento el número de pies que veo, y luego me entretengo en examinar con detalle lo feos que son. No falla, cuanto más hermosa y diáfana es la sonrisa de la hembra, peores son sus garrapuchos. Están tensos, endurecidos, desparramados y delirantes. Imagino su olor tras una jornada de paddel en la élite. Da igual que la señora sea princesa, reina, infanta, duquesa, modelo o actriz de reparto, les encanta enseñar sus juanetes y exhibirse – en todos los sentidos – ante un público sediento de emociones fuertes. Incluso aunque sea invierno y haga un frío de asustar, llevan zapato abierto (así se llama al exhibidor). Y además te lo dicen los gurús de la moda: donde esté la elegancia de unos estiletess con unos dedorros decorados que se quite lo demás. Perdón, pero lo de los dedorros es mío.

Porque esa es otra. Los uñascos se pintan y se repintan. Y a mi eso también me llama la atención. Porque cuando veo una dama estirada e inalcanzable, me la imagino en el baño de su casa tomando posturas fetales para adecentarse la cutícula del queso y la coloración del mejillón. Luego posa con ese rigor que da la condición de diva, pero al mirarle los pies descubro una sirvienta agachada disimulando los batracios en que se han convertido sus pies.

Las revistas de féminas dedican muchos meses, siempre previos al verano, para que tengan todas sus lectoras los pies más delicados del mundo. Pero claro. Quod natura non dat… Ahí aparecen los cientos de consejos para suavizar talones, separar soldaditos, amaestrar callos y perfilar contornos. Si dedicaran tanto tiempo a cuidar su alma, otro gallo nos cantaría, y no lo digo por los espolones que desarrollan, sino porque el culto al cuerpo tiene un límite. Y me temo que ese límite son los pies, los quesos, los garrapuchos, los pinreles o los pezuñones.

Supongo que Dios ha hecho así los pies para que desarrollemos la humildad, que es una virtud muy necesaria en estos tiempos de exhibición y soberbia.

Pues eso, feliz verano polifónico de pinreles y quesos.

 

 

Vacaciones de revista.

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En medio de este apacible verano hago esta foto. Me ha sido facilísimo. Saco el móvil, aprieto un botón virtual, y ¡zas! Ahí está. Reconozco que me encantan las vacaciones, ¿y a quién no?

Dicen que las vacaciones de los profes son muy largas. Yo creo que son proporcionales al nivel de saturación emocional con el que uno llega al 1 de julio, y yo reconozco que me suele pasar lo mismo siempre: en Julio no desconecto totalmente, y Agosto es relajante, salvo por la presión de la fecha del 1 de septiembre que se acerca implacable contra nosotros. Ahí como cualquier hijo de vecino.

Dicen que las vacaciones son para descansar. Pero yo termino más cansado físicamente que cuando empezaron, y creo que es por el calor aplastante del día. Este verano con saña. Julio ha sido caluroso y Agosto no parece darnos tregua.

Dicen que ya hemos ido a casi todos los sitios que teníamos pensado: apartamento en la costa y foto, casa del pueblo con abuelos y fresquito, piscina por las tardes con mis padres, y viaje a Lourdes con la familia y la parroquia. Reconozco que es un lugar único en el mundo, y que me quedaría a vivir allí, a pesar de la lluvia del invierno, y el calor sofocante con las cuestas del verano. He saludado a viejos amigos, he convivido con nuevas personas, y no ha faltado un rezo que apaciente mi corazón, con confianza en la Virgen.

También se me ha cascado el móvil, he terminado de editar la Segunda Parte de los Caballeros (ahora sí que para octubre seguro), y no sé si me llegará el coche a septiembre porque chupa aceite más que unos chocos onubenses. Tocaremos madera, y esperaremos que las ideas para las nuevas novelas puedan concretarse mejor cada día.

Pero la paz que uno trae y lleva, se resquebraja ante uno de los entretenimientos de las vacaciones, el consistente en mirar, releer y hojear las revistas del corazón. Ahora las llaman así, aunque tienen más que ver con los intestinos que otra cosa. Esa gente no descansa en verano, claro, y se enfangan hasta las rodillas para estar inmejorables. Para ellos trabajar consiste en hacer lo que el resto de los mortales hacemos en verano. Así es su vida, y la nuestra.

Están las poses en la playa de la gente. La Esteban horrorosa, la Obregón profesional, y la Preysler nos presta la foto de hace diez años. Mi pose playera ha sido este año la más lamentable, porque ya estoy más allá de los cánones, no de belleza, sino de salud. Pero las únicas fotos que hay son familiares, y en esas lo importante son los niños. De todas formas, me lo planteo, claro que sí, que comeré lechuga en invierno. Faltaría más.

Luego está la familia real por Mallorca, en plan bermudas y chancletas reales. Todas y todos muy monos. Hasta el Froilán ha titulado en Secundaria, imagino que le han prometido un viaje por el mundo, porque la moto y el pony ya los tiene. Ese tío promete, y los próximos años en las revistas del corazón del verano lo vamos a pasar chipén viendo sus escraches mentales y sus happenings. Este va para artista, sino al tiempo. En cambio la Cristina se hunde. No sale ni en las fotos, y el duque empalmado ni a la calle se atreve a salir, y en verano menos.

Los de Monaco se contonean en la gala de Cruz Roja. Están de curro solidario, y es que estos millonarios tienen que demostrarnos año tras año que hacen algo por alguien. Tienen pelas para dar y tomar, pero para no parecer unos egoistones de tres pares, tienen que hacer algo solidario. Una foto con una thailandesa violada, o con un bosquimano comido por un león, les da igual. Ponen caritas de interés, y hasta luego, Lucas.  Y siempre dan más que nadie, que es la ventaja de ser rico.

A pesar de todo yo creo que ni lo notan a fin de mes. Es el curro del verano, hacer una gala y tener que ir a despacharse y rozarse con la chusma esa que está pendiente de rozarse con tu glamour y divinez. ¡Qué migraña la fiesta, oye!

Sigo con la revista y con la gente de posado y posado. La una enamorada, la otra abandonada, otros en familia, unos empiezan nueva vida y el Borjita Thyssen amasa su fortuna en la costa ibicenca. Parecen felices pero la cuñada no se habla con la madre, o algo así debe ser. Quedan para cenar y les toca hacer el paripé. En cambio yo ceno cuando se me antoja, ahí les gano y no quedo con los malos.

Luego te enteras de que el Pantojismo no es un movimiento musical coplero, sino un terremoto familiar, también están los Mohedanos y los Jurados, a la gresca. Hay capítulos de las historias y cruces de opinión, sarcasmo e ironías. Todos son víctimas de los demás y de sí mismos. Los Vargas Llosa salen de vacaciones sin Mario y con muchos fotógrafos. Está claro que se les acabó la tranquilidad, y les va a tocar currar este verano un montón. Seguro que lo están pasando mal, así que les acompaño en el dolor.

La revista nos remata la faena veraniega solicitando que estemos “perfectas” (me gusta no ser mujer). Al parecer se lleva el color mandarina, que es color naranja pero en afrutado roto (eso deduzco), los pinreles que no sufran y que hidratemos la piel. Todo muy sano y estupendo, yo andaba despreocupado, así que ya tengo trabajo veraniego: me dedicaré a mirarme el ombligo un poco más en mi descansado anonimato.

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