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EL TODO DE LA VIDA CRISTIANA: JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA.

Afirmaba el Concilio Vaticano II que la Eucaristía es centro y cumbre de la vida cristiana. Y no le faltaba razón. Para un creyente católico, la Santa Misa se convierte en el Todo. No es una simple mediación para alcanzar el cielo, que también. La Eucaristía es el mismo cielo abierto entrañablemente en la Tierra para que los cristianos que todavía peregrinamos por este mundo, podamos paladear lo que ya celebra eternamente la Iglesia Triunfante. Léase: Cielo = Cristo. Es una ventana a nuestra eternidad y al Paraíso.

Cristo es el Todo. Es Dios mismo. No hay otro misterio mayor que comprender que Jesús de Nazaret, el que pasó por el mundo haciendo el bien, era el Mesías, el Unigénito de Dios, el Hijo engendrado antes de todos los tiempos. Su eternidad es divina, y su existencia ha quedado vinculada a su naturaleza humana. Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. Es Dios de Dios, luz de luz. Engendrado, no creado. Por nosotros se encarnó de María Virgen, dice el Credo de Nicea.

La Eucaristía es la gran fiesta de la luz diaria que Dios nos regala por toda la eternidad. El Hijo de Dios ha muerto de manera ignominiosa en la cruz. Ha abierto su cuerpo y derramado su sangre. Por nosotros. La Eucaristía no celebra sólo la antigua Pascua Judía, celebra la Pascua del Señor, la Pascua de Dios, y el paso de Cristo de este mundo al Padre. Celebra el pasado, el presente y el futuro nuestro.

Todo comienza en el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios se hace carne; y sigue en el misterio de la Resurrección: El Hijo de Dios vuelve al Padre tras pasar por este mundo amándonos como amigos y regalándonos a su Madre, María.

La Eucaristía expresa y actualiza todos esos momentos, los rememora y los ofrece a los hombres que participan de ella, incluso de los que no están presente. La Eucaristía se celebra para toda la humanidad, porque Cristo ha muerto por toda la humanidad. Sin excepciones.

En este sentido, el sacrificio de Cristo en la Eucaristía es real, no es un símbolo, ni un paripé, ni un recordatorio de algo que pasó hace tiempo. Cuando Cristo consagra a través del sacerdote, que se presta a ello a pesar de su impureza y pecado, y dice «Tomad y comed, esto es mi cuerpo; tomad y bebed, esta es mi sangre» el sacrificio y la entrega vuelven a ser reales. Se actualiza una vez más. Es verdaderamente su cuerpo y su sangre.

Esto explica y da sentido a toda la Eucaristía.

Como los rayos de sol que broncean, como el viento que choca con el rostro, así es la Eucaristía, el Pan bendito, cuando es adorado en la custodia. Así es el Cuerpo de Cristo cuando lo comemos. Nos rocía por fuera, nos alienta el alma por dentro. Es Cristo mismo que se hace presente, en la Encarnación, Nacimiento, Muerte y Resurrección. La Santa misa recoge todos esos momentos de la vida del Señor, que se nos entrega en plenitud (como es Él) por nosotros y para nuestra salvación. Es el Todo, actuando en lo poco que somos.

¿Qué momentos de gracia nos regala la Eucaristía para la vida en el alma? Todos y cada uno de los instantes de la Misa son gracia. Desde el inicio hasta el final, todo se concentra en el cielo un sólo instante temporal. De ahí que la Eucaristía solemne sea la misma que la del pueblo. Es, además, la misma Eucaristía que se celebra en el cielo, con los ángeles y los santos. Es el banquete del Cordero, y las bodas del amor esponsal de Cristo con su Iglesia. Amor que ya reconocemos en Eucaristía. Sinodalidad plena que traspasa el tiempo y el espacio. La que pertenece a la dimensión de lo divino.

En la Eucaristía nos embriagamos del buen olor de Cristo (incienso); contemplamos la luz de Cristo en el mundo, con las velas; se nos perdonan los pecados veniales y las imperfecciones (en el Kirie Eleison inicial); Glorificamos a Dios con los ángeles y los santos (tanto en el Gloria como en el Santo).

En la Eucaristía escuchamos la Palabra de Dios. La proclamamos y la actualizamos. Dios mismo nos habla a través de su Santa Escritura. Escuchamos la voz de Cristo en la Voz que presta el lector del Evangelio. Palabra del Señor. El sacerdote, desde su pobreza y miseria, nos explica las Escrituras en la Homilia. Si es un hombre entregado a su ministerio, pronunciará palabras que no son suyas, y que corresponden al Espíritu Santo; y por muy pecador que sea, siempre dirá algo inspirado por Dios y puesto en su boca. Cristo no se apartará de su lado a pesar de su indignidad. Porque la Eucaristía es Cristo en Todo y en todos: en el sacerdote, en la asamblea santa, en las canciones, en los silencios. Nuestra contingencia abrazada por lo sobrenatural del que ha vencido a la muerte.

En la Eucaristía ofrecemos nuestra vida con el Pan y el Vino. Es la Encarnación, en la que el hombre pone su miseria, para que Dios lo transforme en vida nueva. Pero hay mucho más. Lo que ofrecemos es nada comparado con lo que Dios nos ofrece a cambio: su cuerpo y su sangre, su amor incondicional y gratuito, una estancia en la morada santa celestial. Muerte y Resurrección. El pan se enseña entero, y se rompe como Cordero de Dios. Se parte y se reparte. Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

Ante el cuerpo y la sangre de Cristo, que es el misterio de la Cruz, rezamos por nosotros, por la Iglesia, por el mundo, por los vivos y por los muertos. Es imposible que Dios no escuche esa oración, esa plegaria que termina en el gran Amén de la Doxología, para continuar con la oración al Padre y la comunión. Las manos abiertas, los brazos en alto. Por Cristo, con Él y en Él.

El padre Pío, santo de la Iglesia, vivía en su cuerpo este Misterio de la muerte y el dolor. Sufría los estigmas de la cruz y sentía el profundo dolor del Amor de Dios, especialmente desde la Consagración hasta la Doxología. Sus manos sangraban y le dolían. Los milagros eucarísticos no son tan extraños como creemos. La Hostia se inunda con sangre con San Genaro…

Alrededor de la Eucaristía nos acompaña lo que no vemos. Están los ángeles y los santos. Entre todos ellos destaca por su humildad, recogimiento y amor la Virgen María. La gran intercesora que Cristo nos regaló desde la Cruz. María que es hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo, ruega por nosotros durante toda la Eucaristía admirándose y gozándose por la entrega en sacrifico de su Hijo querido.

Su corazón late con el de su Hijo, corazón Misericordioso y Entrañable cuyo amor gratuito desborda toda nuestra existencia. Poco podemos ofrecer ante el Amor entrañable y misericordioso del Corazón de Cristo. Ten misericordia de nosotros, y del mundo entero.

Por eso, el Espíritu nos invita a celebrar la Eucaristía con el tono que conviene: con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu corazón y con todo su ser. Pues recibes a cambio el TODO de Dios, que es Cristo mismo.