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¿ES INEVITABLE LA CORRUPCIÓN EN NUESTRA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA? UNA REFLEXIÓN FILOSÓFICA.

Leí hace poco una reflexión en la que se afirmaba, así lo menciono a grosso modo, que la corrupción formaba parte de las sociedades liberales, donde la construcción antropológica invitaba al exceso y no al límite marcado por el Totalmente Otro (Dios). El caso es que me hizo pensar qué y de dónde viene la tal corrupción dichosa, y cómo podríamos combatirla. Y en esa reflexión estoy y ofrezco este pequeño apunte.

Coincido con muchos en que el problema no está en las derechas o en las izquierdas, aunque una parte del problema derive de ahí. Puede haber ideologías, y personas, en las que la superioridad moral auto-atribuida genere una sensación de impunidad y de incorruptibilidad. El hombre que se autopercibe bueno por naturaleza no suele ser consciente de sus abusos, faltas y delitos. Este, me parece a mi, es el pecado de una parte de la izquierda, que se considera tan «divine gauche», que no se da cuenta de sus miserias. Ahí están los Eres andaluces, o Rita Maestre con su cristofobia de asaltar iglesias.

Cuando van al banquillo, estos corruptos suelen echar la culpa a los jueces, a los fachas, o a la misma sociedad que lo han corrompido. Eso cuando lo reconocen. Es habitual que por soberbia desmedida, en sus impúdicas palabras y actos, la culpa nunca sea de ellos, pues ellos son eternamente buenos y élficos. El gran pecado de Satanás y sus huestes es la soberbia, y el gran pecado de muchos es la soberbia y creerse dioses.

Nuestra sociedad es esclava de la visión antropológica de Rousseau, con el mito del buen salvaje de fondo. La ética de Rousseau tiene el sustancial defecto de destruir la conciencia para sustituirla por la Voluntad General. La ética individual del liberalismo, y también de Rousseau, siempre es buena, y salvo que la mayoría diga lo contrario, en el caso del francés Rousseau, seguirá siendo buena. Todos somos buenos, por eso la ética circunstancial o de posición, relativista, tiene tantos adeptos. Los comportamientos son corruptos o no, según le parezca a cada uno y según el momento.

Tanto para la derecha como para la izquierda, el hombre es un ser sin conciencia de pecado y de corrupción, y salvo que abra los ojos al comer del fruto prohibido, iluminado por el árbol de la ciencia del bien y del mal, y reciba la expulsión del paraíso por parte de Dios, el Totaliter Alter, piensa que está en lo correcto y que lo hace bien. Cerdán igual que Gurkel, y hoy escuchamos gran cantidad de justificaciones injustificables en los medios, desde los okupas hasta los antiokupas.

Los políticos reciben su espaldarazo ético en las elecciones cada cuatro años. Si fuera menos tiempo, estarían más asustados, pues la memoria juega un papel decisivo.

Los políticos, si a pesar de su corrupción, siguen siendo votados, seguirán equivocados al respecto. Con más motivo pensarán que son los buenos, y que el pueblo (incorruptible por naturaleza), ha acertado una vez más y que los ha exonerado de culpa y delito. Para una ética relativista vale, para una ética más sólida, es un engaño.

Esta es la tela de araña en la que se sustenta la moral de los políticos seguidores de Rousseau y del buenismo zapateril, tanto de izquierdas como en las derechas. Siempre son ellos buenos y puros, y los rivales políticos siempre son malos y equivocados. Así lo ha votado el pueblo, te dirán, que ha perdonado el posible error.

Pero Rousseau no es el único que vende la moto en este asunto. La derecha también emplea variadas filosofías, donde la soberbia no siempre deja cabida a la conciencia recta.

Muchos plantean, al modo maquiaveliano, que el fin justifica los medios. Ese parece ser el comportamiento del nacionalista Trump, Netanyahu o Putin, entre otros. Independientemente de que tengan razones, que las tienen, sus formas y fondos funcionan con el mecanismo de actuar a las bravas. Se erigen, y traigo la filosofía de Hobbes, en los que detentan el poder absoluto del mundo. Todos son malos menos ellos, que son los salvadores del mundo. Y buscan sus objetivos independientemente de las cabezas que caigan por el camino. Es el mesianismo, que también suele confundir a las izquierdas y a los hombres de toda jalea. El hombre se ubica en el lugar de Dios, y se empeña en salvar a la humanidad con sus brillantes actuaciones.

Funcionan como los empresarios mafiosillos (que si pueden te engañan), los jefes autoritarios de un servicio secreto (ordeno y mando), etc. No tiene límites, entre otras cosas, porque sólo les puede juzgar Dios o la Historia, o ellos mismos. Es decir, su único límite es el resultado futuro utópico, y mientras tanto, sigo en el poder.

Estas filosofías también las adoptan las izquierdas, igual que las anteriores las derechas. Se abusa del poder, una vez se ha adquirido; lo cual explica los deseos de empoderarse de todo quisque y quisca. Empoderarse para dominar el mundo, someterlo y someter a las personas que no piensan igual, y lograr un fin sin atender a la bondad de los medios. Corruptos y tiranos. Y es que la corrupción es hermana de la democracia que conduce a la tiranía, decía Platón en su diálogo La República.

¿Y el resto de la sociedad? ¿Qué pasa con los que no son políticos? ¿Son menos corruptos?

La corrupción está en todos los estratos culturales y sociales. Los políticos y sus celebridades son el espejo de la sociedad, el lugar donde miramos para reconocernos. U odiarnos.

No todo el mundo percibe igual la corrupción. El puritanismo tiende a verlo horrible en público, mientras mantiene en lo privado conductas semejantes. Nuestra sociedad de imagen narcisista tiende a ser puritana. Mucha gente se echa las manos a la cabeza sin mirarse al espejo y sin hacer autocrítica. Es lo propio de las sociedades luteranas y protestantes. Lo público debe ser perfecto, victoriano, puro; lo privado se esconde porque importa la apariencia. Todos sabemos que somos pecadores, pero lo enseñamos lo menos posible.

Las sociedades católicos tienen a ser menos puritanas. Los católicos reconocen los pecados, se arrepienten de ellos, pero el reconocimiento, incluso público del pecado, forma parte de la humildad que cualquier pecador debe mostrar. Este principio secularizado da lugar a que algunos alardeen de lo que hacen mal; y eso puede generar un ambiente todavía más triste y decadente. Es el caso del sinvergüenza que parece presumir de sus excesos.

Nuestra sociedad tiene mucho de eso: presumimos de lo mucho que hemos comido, bebido, alternado, y copulado; alardeamos de tener un gran coche, de no pagar impuestos, etc.

Las conversaciones de Abalos, Cerdán son conversaciones fácilmente reconocibles en estos términos. Es el colegueo y el cuñadismo. Varían las formas en hombres y mujeres, pero es el mismo disfraz. Presumimos de no tener reglas, ni sexuales, ni morales, ni de ningún tipo. Si a eso lo unimos con que justificamos todo lo que hacemos al modo Rousseu, obtenemos un estilo de vida corrupto y frágil. Un estilo que afecta a todas las capas de la sociedad.

Es el sindicalista que coloca a su amiguita en no sé qué puesto para ser más colegas, mostrar al mundo que somos poderosos y que no tenemos límites. En fin: Satanás puro y duro. Soberbia y estupidez.

¿Qué hemos perdido y qué tenemos que recuperar como sociedad?

En mi opinión, el problema está en la construcción de la conciencia. No toda la sociedad es igual. No todo el mundo está feliz cuando llega el de turno y te pregunta si con iva o sin iva. Hay quién piensa que eso no está bien. Hay quién dice que no a la corrupción, y trata siempre de hacerlo bien. Quizá no sean muchos, pero haberlos haylos.

No hay que olvidar que la corrupción es el egoísmo de toda la vida. Lo mío es mío y lo tuyo a medias; y eso sucede porque soy mejor que tú (soberbia). La conducción es un buen ejemplo de corrupción social y ética. Cuando un 35% conduce con el móvil en la mano, aún sabiendo del riesgo; o un 70% no pone nunca intermitentes cuando conduce, nos podemos percatar del alcance del problema. Lo mío es mío y lo tuyo a medias; y yo soy mejor que tú. Exijo al otro mucho, y me justifico de lo mío, que no está tan mal. Así piensan muchos que hoy están en el punto de mira de la corrupción. Si no está tan mal.

La conciencia es el problema de fondo, y la solución, si viene, vendrá por ahí.

La conciencia tal y como la construyó San Agustín, Santo Tomás y el cristianismo en general en nuestra cultura. Pero es la misma conciencia de otras sociedades y culturas.

La conciencia en Japón, por ejemplo, es un asunto muy serio.

La conciencia es el resorte que nos permite ver cuándo un acto moral está bien o está mal. Ni escrupulosa ni laxa. Bien formada y recta, dice la Iglesia hoy. Una moral pensada, diría Ortega con sus palabras. Pensar la vida, pensar las circunstancias y actuar conforme a lo que el entendimiento nos haga reflexionar. Para los cristianos, el punto de referencia del comportamiento es la conciencia que está iluminada y alentada por el Evangelio, que es la persona de Jesucristo. Amar, es lo contrario al egoísmo.

Rearmar la conciencia individual, para lograr que la conciencia colectiva dirija la sociedad desde pautas menos relativistas es el camino. Un camino, me temo, muy complicado en estos tiempos donde todo puede llegar a valer.

¿Se podría lograr en democracia? Dejo el debate para otra ocasión.

Un saludo y gracias por leerme.