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EL PECADO DEL ABORTO Y EL PERDÓN DE DIOS.

Introito.

No es necesario ser un lince de la teología para intuir que a Dios, a diferencia de a Satanás y sus huestes oscuras, no le gusta el aborto. Nuestros Dios, el Dios de Jesucristo, es un Dios de vivos y no de muertos. Es un Dios que regala y aprecia la vida, y no un Dios que la sesga y la liquida.

Ahora, que el gobierno de Sánchez va a ponerse a trabajar del lado del mal para que el aborto sea deporte nacional, conviene recordar que abortar es un pecado grave, muy grave. De hecho, implica la excomunión, tanto de la mujer que lo acepta, como de sus sanitarios ejecutores.

La excomunión no es eterna, ya lo sabemos, y aunque no es fácil recobrar la paz perdida tras ejecutar un aborto, tampoco es imposible, pues Dios es siempre un Dios de misericordia, que acoge al que se arrepiente y llora su culpa y pecado.

La Iglesia también perdona este tipo de pecados gravísimos, en nombre de Dios. Pero es mejor no tener que llorar toda la vida, el pecado que se comete sin pensar demasiado. Entre otras cosas, porque el pecado es perdonado, pero el mal que es consecuencia de él, no se borra tan fácilmente. Dicho de otra forma: lidiar con el trauma post-aborto es chungo.

¿Por qué es un pecado grave abortar?

Primero porque abortar es matar. Segundo, porque se mata a un ser particularmente indefenso, una vida única e irrepetible, que está indefensa. Las teorías y los cuentos sobre si hay vida humana o no, sobre si la mujer tiene derecho a quitarse una verruga, son simplemente artimañas del diablo para enturbiar un asunto en el que la naturaleza habla por sí sola.

La vida es un regalo extraño y extraordinario de Dios. No existe vida fuera de la vida misma. Podríamos filosofar diciendo que de la no-vida, no surge la vida. Una parte del evolucionismo trata de arrancar la vida, de pensar en su origen, desprendida de lo divino, como una casualidad extraña; pero para los creyentes, la vida misma no tiene sentido sin la intervención de Dios. No somos una hipótesis inútil, ni un lobo para los demás, ni materia que se reproduce. El que tiene vida, la tiene porque la ha recibido de un Alguien, al que llamamos Dios. La vida, en su construcción teológica, es un regalo de Dios, una donación que Dios realiza a algunas personas. Ni siquiera a todas. Es un regalo valioso que desprecian los malos.

Leemos en la Biblia, por ejemplo, que Dios regaló un hijo a Sara, la mujer de Abrahán, cuando ya era mayor. De ella nació Isaac. Regaló al profeta Samuel a su estéril madre, Ana, que se derramó en lágrimas en el santuario, el de Silo, (están en I Sam, 1, 1 y siguientes). Ana fue visitada por Yahvé y dio a luz al profeta Samuel. Dios regala la vida a quién quiere y cómo quiere. Isabel concibió a Juan el bautista siendo estéril, etc.

Por eso abortar, es muy deseado y querido por Satanás.

Porque va contra Dios y contra nosotros mismos, contra nuestra vida y nuestra alma. La vida, regalo de Dios, es despreciada por la persona que aborta, que en muchos casos es empujada por su ansiedad y su confusión. Tendrán menos perdón en el juicio aquellos que «ayudan» a abortar, los que ejecutan el desprecio a la vida y a Dios de una manera consciente y fría. Tendrán menos perdón, estoy seguro, aquellos que engañan y promueven al aborto, antes que las pobres mujeres que muy a menudo no saben ni lo que hacen. Tendrán menos perdón, digo por tercera vez, los que ejecutan vidas no-nacidas por dinero, prestigio o soberbia.

Abortar va contra Dios, porque desprecia la vida que Él, en su misericordia, ha confiado a la mujer que queda embarazada.

Las circunstancias del embarazo no son eludidas por Dios, ni deben ser eludidas por la sociedad. Dios sabe lo que permite y lo que hace, pero la vida, la vida en sí, y la de cada ser distinto, es pensada por Dios desde la eternidad. Abortar supone matar al no-nacido, al eternamente pensado, y supone también matar el alma de la madre que ejecuta al hijo que Dios le regala. el pecado es mortal. Por eso desea Satanás esa muerte con todas sus fuerzas, porque gana dos muertes por el mismo precio. Y nos engaña con su inteligencia superior.

Abortar va contra la madre misma, y contra la naturaleza humana.

El feminismo contemporáneo, que termina no pudiendo definir a la mujer ni al varón, atrapada en una red de entelequias vacías de paz, pero colmadas de odio, afirma que la mujer no existe para ser madre. Se equivoca. Tanto el varón como la mujer están concebidos y diseñados por Dios para la procreación y la vida. No nos hizo Dios para matar, sino para vivir y para dar vida. Los que permanecen célibes, entregan su diseño a Dios para revestirse de una gracia nueva y distinta, pero la gracia de la vida es ineludible en la persona que concibe, que queda embazada y que espera una nueva esperanza llamada «ser humano», será en pocos meses un «bebé».

Truncar esa vida, es truncar la esperanza que Dios pone en la madre; es escupir en el rostro de Cristo, es horadar el templo de Dios que es nuestro cuerpo. Es matar a «alguien pequeño» y matarnos a nosotros mismos. Es afrentarse a Dios de manera soberbia y estúpida. Es destruirse a uno mismo.

La mujer que aborta intuye, y tarde o temprano lo descubre, que ha actuado en contra de su diseño, de su existencia y de su felicidad.

No es posible sustituir al hijo «abortado» por los demás hijos, aunque se desee y se intente. La muerte, como pecado, es irreversible cuando se comete. Sólo el perdón de Dios, puede resolver la ecuación de la culpa ante el pecado grave. Ni siquiera los psicólogos más avezados podrán distraer el dolor que siente una madre cuando es consciente de que ha matado a su propio hijo, contraviniendo los deseos de Dios. A eso lo llaman los psicólogos «trauma posaborto», un trauma que incluso Satanás quiere que nadie sepa que exista, y lo negarán con todas sus fuerzas.

Dios es el único que da la vida, y el derecho a vivir es un Derecho que está más allá de de nuestras leyes. El Tribunal Constitucional declaró, de manera contraria a la evidencia y a Dios, que la vida es un derecho que se activa cuando nace el «nasciturus». Es falso. El derecho a la vida existe desde que existe la vida diferenciada y distinta. Esa puerta, que abrió el feminismo y bendijo Conde Pumpido y las masas estupidizadas, llevaría en consecuencia que igual que se «activa» se puede «desactivar» cuando lo decida algún otro. La vida, como regalo de Dios, no es entregada a los jueces, ni a las feministas, ni a los juristas ni a la sociedad que lo activa cuando se les ocurre; o que mata cuando le da la gana. Eso no es el mundo que quiere Dios.

La vida es activada por Dios desde el inicio, y cualquier desactivación es una afrenta a Dios, y por tanto un pecado contra el hombre. Desactivar la vida es matar; desactivar el derecho, es dejar de proteger la vida, y permitir que cualquier desalmado decida matar al no-nacido.

¿Podrá el Presidente del Gobierno, los Jueces del TC activar la vida a los no nacidos que fueron abortados el año pasado? El derecho a la vida no se activa cuando se nace, pero se desactiva, cuando se mata a alguien. Se le arrebata el derecho, y se le arrebata para siempre. Eso se llama matar. Los derechos no se activan y se desactivan en la cuestión de la vida, entre otras cosas, porque la vida es más que un derecho. Si quieren pueden dibujarlo como un Derecho Natural, o como un Derecho Divino. El Mandamiento, no matarás, no lo va a poder derogar Sánchez.

Si están en la tesitura, y en dudas ante si abortar o no, mi consejo es NO LO HAGAS. Pues te arrepentirás toda la vida.