
Todos los derechos y libertades están limitados. Ninguno es absoluto, y la libertad de expresión no es una excepción. La libertad de expresión termina donde empieza la libertad del otro a expresarse. La libertad de expresión acaba cuando se está calumniando y dañando el honor y la reputación de otra persona a sabiendas. Esa es la formulación clásica. El problema es que estamos ante una cultura y una sociedad que ha ido incrementando el liberticidio en algunas de sus formas. Y esto no es algo que me invente. Sucede en toda Europa, incluso en Inglaterra, la patria del liberalismo.
En Gran Bretaña se ha prohibido rezar a menos de medio kilómetro de un abortorio. Las sanciones son multas, pero imagino que terminará yendo gente a la cárcel por rezar en reincidencia. Si rezas en silencio también un delito, aunque sea más difícil de probar. Está prohibido y punto. No sé que va a pasar con la gente que quiera rezar en su casa, ni que puede pasar si abren una iglesia junto a un abortorio. Puede que esté prohibido abrir iglesias, y que como se instale un abortorio junto a una iglesia tendrán que cerrar la iglesia. Porque está prohibido rezar delante de un abortorio, pero no practicar abortos a menos de medio kilómetro de un grupo de cristianos.
Lógicamente tampoco se puede opinar en contra del aborto delante de un abortorio, ni en Inglaterra ni en España, pues daña el negocio y molesta a las personas que lo tienen claro. Las mujeres que no lo tienen claro, deben abortar sí o sí, y esa es la consigna del feminazismo, pues tener hijos, dicen, es una opresión terrible que impone el patriarcado a las mujeres. Por eso es mejor tener gatos, perros y peces en una pecera.
Se me hace raro, y me llena de miedo que una sociedad como la británica, que antes defendía el derecho a rezar libremente y a expresarse libremente, ahora lo prohiba. Por supuesto, no entro en si el aborto es un derecho, que obviamente no puede ser un derecho quitar la vida al nasciturus, pero es que incluso aunque fuera un derecho, no puede ser un derecho que no tenga opciones de libertad a su alrededor. Parece que se convierte en una obligación para la persona que se lo está pensando, y en un deber ineludible si te acercas a menos de medio kilómetro de tu abortorio de cabecera.
Esa misma libertad de expresión la he visto dañada esta semana en el Congreso de los Diputados, el Parlamento Español, y eso es todavía más terrible, pues se supone que en la casa de la palabra, se puede decir todo lo que se piense, y que el único límite es el honor y poco más. ¿Dónde quedaba la inviolabilidad y demás zarandajas de los diputados? No los meten en la cárcel, pero les borran sus intervenciones si no son del gusto de la presidenta del Congreso. Como lo oyen.
Ha pasado esta semana. Los diputados no pueden hablar bien de Franco, porque si lo hacen se les borrará su intervención del acta de sesiones. En tiempos de Franco se hacía lo mismo, se perseguía al que opinaba distinto. Pero claro, se supone que aquello era una dictadura, y esto una democracia. Pues ya no, esto es una dictadura, y aquello también. Dictaduras diferentes, pero dictaduras, al fin y al cabo.
La terminología clásica del liberalismo hablaba del derecho a defender y proteger la opinión, aunque fuera contraria a la propia. La libertad de opinar distinto se perfilaba como más importante que el contenido de la misma opinión. Pero eso ha cambiado.
Opinar bien del franquismo se persigue. A la gente la multan y la defenestran bajo un delito que llaman de odio y de exaltar la dictadura; y a los parlamentarios les borran las opiniones. Quitarán cruces y lápidas, y las borrarán del mapa como quieren borrar a los que opinan así.
La paradoja es que se persiga la exaltación de la dictadura de Franco y no se persiga la exaltación de la dictadura en la que vivimos. Todo se andará.
El tercer caso es mayúsculo, y es que esta lacra se ha extendido por todo el planeta. Las redes sociales, que son canales privados, vetan y censuran a muchos de sus usuarios por su opinión, su lenguaje, sus formas maleducadas o sus fotos. No vetan personas concretas, sino que vetan algoritmos, que debe ser algo así como que las máquinas nos persiguen si no opinas lo que alguien ha programado que opines. Esto le ha sucedido en España al periodista Iker Jiménez, que ha sido perseguido por youtube, y por muchos más mamporreros del poder, para que no sea escuchado. Se amparan en los algoritmos, pero yo creo que lo que sucede es que la libertad es un bien cada vez más escaso. Por desgracia.
Tampoco sabemos lo que sucede en la guerra de Ucrania, porque los periodistas de la UE decidieron irse todos de Rusia. Así que tenemos, desde hace unos años, una libertad de información un tanto sesgada con estos asuntos y con todos los demás.
En resumen: vamos camino de vivir en neodictaduras totalitarias, que presumen de ser democráticas, pero que son profundamente liberticidas. Una pena.
Como dijo el poeta: malos tiempos para la lírica. De la libertad y el pluralismo mejor no hablar.