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MARÍA, MADRE DEL REDENTOR.

El Redentor es Jesucristo, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, Unigénito de Dios. María es la Madre del Redentor. Por eso, la Iglesia Católica de manera oficial ha pedido que no se emplee el término «correndetora» para María, pues colocar a María en el mismo papel redentor que a Dios mismo, es excesivo. Y tiene razón.

Esta cuestión ha despertado las suspicacias de algunos fieles católicos, no muy amigos del Concilio Vaticano II, que creen que esto es una traición a los dogmas marianos y a la verdadera Iglesia. Incluso he visto a algunos que poco menos acusan al Papa León XIV y a su antecesor Francisco de traicionar a los católicos, frente a San Juan Pablo II, que habló de corredentora en alguna ocasión. En fin, que Satanás no deja de enredar, y muchos incautos se llenan de soberbia, alejándose de la Iglesia, mientras creen que la están salvando.

Intento en mi modesto saber de teólogo católico laico acercar un poco de luz a esta cuestión. Y me encomiendo para ello a María, la Madre de Dios, a la que estoy consagrado y de quien recibo ayuda espiritual, pues así lo quiso Dios Espíritu Santo.

La teología y los términos no son nuevos. El mismo Concilio Vaticano II evitó, en Lumen Gentium, en el capítulo VIII, hablar de María como corredentora. Había dos líneas en la mariología de entonces, una tendente a exaltar más a María; y otra más tendente a resaltar a María desde la cristología, huyendo de exageraciones. Los padres conciliares consensuaron y promovieron un término medio, pues por ahí sopló el Espíritu de Dios.

Desde la teología y mirando el evangelio podemos constatar que María colabora en la obra de Redención de su Hijo desde su confianza en Dios –María dijo «hágase en mi según tu palabra»–, en su humildad y, por supuesto, su maternidad física y espiritual.

¿Quién redime y qué significa redimir? Redimir significa pagar una deuda, o una pena, por otro. Se redime a alguien cuando se paga su pena, y la persona sale de la prisión en la que estaba encerrado, por ejemplo. O se paga la hipoteca de un hijo, y el hijo queda libre de su deuda.

En el caso de la redención que nos ocupa, la deuda la tenemos contraída por el pecado contra Dios. Hemos pecado, y estamos en deuda con Dios. Nos hemos alejado de El, de su voluntad, y no podemos contemplar el plenitud el rostro de Dios. La deuda implica la muerte y el alejamiento de Dios. El pecado nos ha dejado fuera de la órbita de lo divino, fuero del paraíso que Dios deseaba para nosotros. Hemos desobedecido, y lejos de Dios sólo hay muerte y dolor. Esa era la condición antes de la Venida del Redentor, Jesucristo.

Podemos hablar en esta teología de un pecado original, narrado en el relato del Génesis capítulos 1, 2 y 3, pero también podemos hablar de una humanidad enfrentada a Dios y a los demás. La deuda la hemos contraído con Dios Padre, al que no hemos respetado y amado. Y el precio de nuestra deuda es, sobre todo, la muerte eterna.

Dios quiere, sin embargo, estar con nosotros, hablar con nosotros como amigo. Así lo dice también el Vaticano II en la Constitución Dei Verbum. Dios quiere tratar contigo y conmigo. Su alma es nuestra, y en ese deseo de ofrecernos su perdón, su misericordia infinita, envió a su único Hijo, al que hemos conocido como Jesús de Nazaret. el que nació en tiempos de Poncio Pilato.

Todo esto está explicado tanto en la Carta a los Hebreos como en la Carta a los Romanos de San Pablo. Os invito a releerla.

Jesús ha venido para cancelar nuestra deuda, para pagar nuestros pecados. Y la única forma posible para que fuéramos conscientes del profundo amor que nos tiene, ha sido hacerlo a un precio de sangre.

Jesús ha derramado su sangre y ha abierto su cuerpo mostrándonos su corazón misericordioso, el corazón de Dios mismo. El Único Redentor es Jesús, es el divino Redentor. Sus heridas nos han curado; y su muerte y entrega, derramando su sangre, nos ha salvado. Nos redime Dios mismo.

Ya no estamos condenados. Jesús ha pagado nuestra deuda con su sangre. Jesús es nuestro salvador.

¿Qué debemos hacer ahora? Ser misericordiosos con los demás, igual que nuestro Padre celestial es misericordioso con nosotros. Así lo rezamos en el Padre Nuestro. Reconocer que Dios nos ama, entregarnos en amor a nuestros prójimos; y celebrar el memorial de la cruz, de la Pasión y Muerte de Jesús en la Eucaristía, Bautismo, y los demás sacramentos.

Todo para Cristo, y nada sin Él. Pues Jesús nos ha entregado su vida por nuestra salvación. Feliz culpa que mereció tal redención; pues hemos visto la profunda misericordia de Dios para con nosotros. Asi lo proclamamos durante la Semana Santa en el Triduo Pascual.

¿Podemos vivir como si nadie hubiera pagado nuestra deuda? ¿Podemos vivir de espaldas a Dios que ha muerto y padecido por nuestros pecados? Aunque nosotros nos olvidemos, Dios no se olvida. Y su misericordia y justicia llena la tierra. Ahora es tiempo para reconocer su redención. Hasta que vuelva, y hasta que terminen nuestras vidas. No hay que esperar a otro salvador; por Cristo, con Él y en El.

¿Y María? María es discreta, humilde y sencilla. No quiere oscurecer con su presencia la salvación de su Hijo. María colabora en la redención haciendo la voluntad de Dios, y lo hace de una manera perfecta. Pero ella no nos redime de nuestros pecados.

Leemos en los evangelios que Jesús perdona los pecados, y todos comprenden que es porque es Dios, y el Reino de Dios y la salvación ha llegado. Pero María no juega ese papel de corredentora en igualdad de condiciones que el Hijo. María no sale en los evangelios perdonando lo pecados; sale mostrando que es creyente, y que es la madre del Redentor. Virgen y llena de Gracia.

María no es corredentora, porque María no es Dios. No puede redimirnos de nuestros pecados, María no puede pagar esa deuda. De hecho, María no muerte en la cruz, no derrama su sangre por nosotros. Pero eso no significa que no tenga ningún papel en nuestra salvación.

María es madre del Redentor y madre nuestra. Colabora al máximo para que esa deuda se pague, y para que reconozcamos la deuda, para que nos enamoremos y sigamos a Jesús. Su voz resuena humilde en Caná de Galilea: «haced lo que Él os diga». María permite que se derrame la gracia de Cristo, dice sí al arcángel Gabriel, y sufre junto a la cruz rezando para que se haga la voluntad del Padre, para que Jesús sea fuerte ante la tentación.

Pero ella no hace el milagro de transformar el agua en vino; ella no es crucificada. Dios no lo quiso, ni era necesario.

En la liturgia nunca nos dirigimos a María directamente, siempre pedimos a Dios, «por intercesión de María». Y el Padre, que es Dios, viendo la humildad y pureza de María, escucha y accede. María hace la voluntad de Dios, y Dios ha elevado a María al cielo, siendo Reina de los ángeles y los santos. Dios escucha a María, que es Hija de Dios Padre; Madre de Dios Hijo, y esposa del Espíritu Santo.

San Juan Pablo II cuando habla de «corredención» en María, no dice nada diferente a esto.

El único Redentor es Cristo, el Unigénito de Dios, el único que puede perdonar los pecados. María es la colaboradora más admirable que encuentra Dios entre los hombres para la redención de la humanidad. Su maternidad, extendida por el propio Cristo desde la cruz a toda la humanidad, la convierte en Madre de los creyentes, y en Madre de la Divina Gracia, que es Cristo mismo. María es Madre de Dios, y ese título, incorpora una labor en la redención que es única.

¿Se puede afirmar sin más que María es corredentora? Afirmar la corredención sin matices podría dar a entender que María nos redime de nuestros pecados al igual que lo hace Dios; y eso es una equivocación y una herejía grave. Así lo advirtió Benedicto XVI al papa Juan Pablo II, había un riesgo, aunque hubiera algo de verdad en sus palabras. Asi lo entendió también el papa Francisco, que nunca usó dicho término, y así lo ha entendido ahora León XIV. No hay herejías entre estos papas, sino unidad y firmeza en la fe que nos confirma.

María no ha salvado a la humanidad de sus pecados, no ha derramado su sangre por nosotros. Gracias a ella, Jesús la ha derramado. Y ella se ha dolido de la muerte de su Hijo de una manera asombrosa. Así nos lo ha dado a conocer, por ejemplo, la vidente Santa Catalina de Emerick. En este sentido, María es corredentora, por colaborar con su Hijo pero no lo puede ser en condiciones de igualdad respecto de su hijo. Su aportación no es «igual» que la de Jesucristo. Jesús redime plenamente; María colabora perfectamente con el hijo, y los santos lo hacen imperfectamente.

Es lo mismo que pretender que María sea más dulce, buena y misericordiosa que Dios mismo. Esa idolatría no se corresponde con el catolicismo; y el Vaticano II intentó detener los excesos de determinadas devociones.

De ahí que la Iglesia, muy sabiamente, haya preferido dejar fuera el título de corredentora para María. No es que corrija a San Juan Pablo II, en realidad, nos está corrigiendo a nosotros, para evitar que caigamos en la tentación de adorar a María. cosa que, por cierto, no le gusta nada a nuestra Madre, la Virgen. De eso estoy seguro.

Oración final.

Soy todo tuyo Señor, y todo cuanto tengo es tuyo.

Por mediación de María Inmaculada te ofrezco todo mi presente, mi pasado y mi futuro. Todo mi ser.

Te recibo Madre como mi todo; muéstrame el corazón abierto y misericordioso de tu Hijo Jesucristo.

Amén.