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UNIDAD Y DIVISIÓN EN LA IGLESIA.

En el Credo se proclama que la Iglesia es Una, además de Santa, Católica y Apostólica. Eso significa, no que estemos ya unidos de facto, sino que aspiramos a estar unidos en Cristo. No que seamos santos, sino que Dios es Santo y aspiramos a la santidad, etc.

El caso es que la unidad de la Iglesia se realiza en Jesucristo, que es Uno con el Padre y el Espíritu; y se contempla en María, que es criatura, Madre de Dios y esposa del Espíritu Santo. Dios Uno y Trino.

La teología es fácil, y es profunda: la humildad de María es signo de Unidad y es ejemplo de obediencia para toda la comunidad eclesial. No hay que olvidar que la unidad de la Iglesia y de lo creado, nace del amor del Padre, y crece en el reconocimiento a Dios. María es ejemplo de silencio, de obediencia y de unidad con Dios. Del “haced lo que Él os diga”, hasta el meditar en silencio la “voluntad del Padre”. El corazón se transforma, y se acompasa al corazón de Dios. En este caso, al corazón del Hijo.

Esa misma fue la actitud del Hijo, de Jesucristo. Manso, humilde y obediente al Padre. Murió en la la cruz por nosotros, siendo así signo de unidad con el Padre y el Espíritu Santo.

Esto me permite concluir un par de cosas. En primer lugar, podemos afirmar que sin amor, no es posible la unidad. Ni en la Iglesia, ni en una familia, ni en una comunidad de vecinos. El amor es el pegamento que une lo que es diferente. Es lo que hace que el nieto quiera a su abuelo, y abuelo abrace al nieto. Es lo que permite el perdón y el mirarse a los ojos para seguir caminando juntos, es decir, unidos. El amor une a las parejas y las consolida para toda la vida. Por el contrario, la falta e caridad de unos con otros, empuja a la desunión y la separación. Al alejamiento y al olvido.

El amor es también una virtud teologal, la caridad de toda la vida. Es don y tarea. Por eso los cristianos deben rezar por la unidad, y atarearse por conseguirla. ¿Cómo? Amar más y mejor cada día a nuestro prójimo. Como nuestro Padre Dios, como el Hijo, como el Espíritu.

Es segundo lugar, es imprescindible la humildad. Si no hay humildad, no puede haber unidad. Por eso, el gran enemigo de la unidad de la Iglesia, es la soberbia, que aflora siempre en la crítica y en  la maledicencia. Los cristianos de la queja y la soberbia acaban siendo hermanos separados. Esto ha sucedido desde Lutero hasta el último cardenal o monaguillo. Los pecados contra la unidad, son pecados “diabolein”, de separación, y siempre nacen de la soberbia del que cree saberlo todo, y del que piensa que los demás no saben tanto como él. Los grupos que se rompen, las comunidades que no se hablan, los hermanos que no se miran a los ojos. Es el pecado que se filtra siempre en la Iglesia a través del príncipe del mal, y que es pisoteado por la humildad de una mujer, de María.

De hecho, en la historia de la Iglesia, las dos grandes rupturas han sido siempre el cisma y la herejía; las dos son hijas de la soberbia.

El cisma es la soberbia del que piensa que él sigue en el verdadero y adecuado camino. Es el fariseo que cree que es mejor que los demás, y que hay que hacer lo de siempre. Es la tentación del conservador, del que no quiere una Iglesia joven, del que añora volver al latín y a la liturgia de espaldas. Del que no quiere conversos que no sean a su estilo. Es el soberbio que es capaz de abandonar al resto de la Iglesia, para salirse con la suya. Diabolein.

El otro pecado contra la unidad es la herejía. Es la soberbia del que piensa que ha descubierto un mejor camino, y quiere que todos vayan por él. Es la inteligencia que deja de ser obediente y que renuncia a la humidad. Soberbia en movimiento que termina por creer que sus ideas, y su persona, son superiores a resto. Es la tentación del moderno y del avanzado, del que no quiere una Iglesia envejecida y lenta, y prefiere hacerse una religión a la carta. Diabolein de Prometeo, que termina haciendo la guerra a Dios, y a su Unidad.

Si no hay obediencia a Dios Padre, no es posible volver a la unidad. El misterio de la Santísima Trinidad habla de la obediencia del Hijo y del Espíritu Santo. Es la obediencia de María al plan de Dios. Y es que el amor de Dios ser refleja maravillosamente cuando contemplamos la obediencia del esposo a la esposa; o la obediencia del sacerdote a su obispo; o la obediencia de los fieles a su párroco, que es amor, aunque el cura de turno sea de aquella manera. Sin esa obediencia, no es posible la diversidad, porque lo único que quedará es la dispersión y la separación.

La Iglesia siempre ha estado bajo el riesgo de la separación y la ruptura. El pecado de soberbia, de desobediencia y de falta de caridad siempre han rondado a los hijos de la Iglesia. Hoy podemos encontrar ese mismo riesgo en comentarios, maledicencias o malos gestos. Los grupos cristianos pequeños se rompen por actitudes de soberbia, por líderes que destruyen en lugar de construir, o por la arrogancia de creerse mejor a los demás cristianos.

Por eso es importante rezar y pedir por la unidad, que está simbolizada en la figura de Pedro, es decir, del Papa Francisco. Se podrá equivocar o no, pero eso sólo lo saben los santos y Dios con ellos. No nos toca romper, sino unir. Por eso es mejor adoptar la frase de Santa Teresa de Jesús, que además de morir siendo hija de la Iglesia, aconsejó aquello de:

            “O no hablar, o hablar de Dios,

            que en la casa de Teresa,

            esa ciencia se profesa”.