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FELIZ NACIMIENTO DEL HIJO DE DIOS, O SEA, FELIZ NAVIDAD.

Los cristianos celebramos que Dios, en la persona del Hijo, se hizo hombre. Tomó nuestra condición y naturaleza y se hizo uno de nosotros. Ese hombre, Dios, ha formado parte de la historia de la humanidad con el hombre de Jesús de Nazaret. Es el mismo que murió y resucitó treinta años más tarde.

Para los cristianos, Jesús de Nazaret es Dios, es el Hijo de Dios. Es el Mesías que habían anunciado los profetas. Es el Cristo, el Ungido que vino al mundo para salvarnos. Por eso, los cristianos, celebramos la Navidad, o sea, el nacimiento del Hijo de Dios. Y es que es un misterio asombroso que Dios se haga hombre.

Jesús es la salvación de este mundo. Nos salva del pecado, del mal y de la muerte. Por eso, su nacimiento incorpora un asombro y una paradoja extraña. ¿Cómo es posible que un niño recién nacido, la más indefensa de las criaturas, sea Dios mismo? ¿Cómo ese niño tan pequeño, que no sabe ni hablar, sea la sabiduría misma? ¿Cómo ese niño, que es un lactante, me haya creado a mi, y haya creado el universo infinito? ¿Cómo es posible que Dios haya elegido ese camino de salvación, economía de salvación dicen los teólogos, para redimir al mundo y reconciliarlo con el Padre Eterno?

Que Dios se haga hombre, que nazca Jesús, es un hecho que cambia la historia de la salvación. Dios se hace, niño, humilde y pequeño como signo de contradicción para los fuertes, los soberbios y los listillos de este mundo. Su muerte es un admirable intercambio de humanidad y divinidad con nosotros.

Que Dios esté tan desnudo en el portal de Belén como en la cruz del Gólgota nos habla con claridad del Dios en quién creemos los cristianos. Un Dios pobre, humilde, sencillo que acepta nuestra condición humana, y que sufre nuestra condición humana para que podamos volver a mirar a Dios cara a cara. Jesús nace para salvarnos del pecado y de la muerte. Por eso, toda nuestra pequeñez es celebrada en el niño Jesús, que es Dios con nosotros, y un Dios pequeño, como nosotros. Nuestro Dios perdona los pecados a los que son pecadores, no a los soberbios que son guías ciegos.

Por eso nos acercamos a la Navidad, para ofrecer al niño nuestra pobreza, y que Él, ese Niño Divino, nos transforme en gracia y salvación. Ese es el único espíritu navideño que existe para la fe.

Los cristianos, en la persona de Jesús, vemos a Dios cara a cara. Por eso celebramos la Navidad, y queremos intercambiar lo que somos, familia incluida, con la Sagrada Familia, San José, María y el Niño. Eso celebramos, el nacimiento del Niño Jesús, de Dios. Celebramos la misericordia de Dios, la humildad de María, el Reinado de un Dios que muere en la cruz.

Lo que no se sabe muy bien es lo que celebra el resto de la sociedad. De hecho, no lo saben ni ellos.

La humanidad desorientada de nuestro tiempo está más perdida que Carracuca. Algunos hacen el ridículo y otros se enfrascan en la pena y la desesperanza.

Unos andan celebrando que son felices en distintas modalidades. Felices viajando, felices comiendo, felices deseando cosas y felices en familia. ¿Felices en la profunda infelicidad del sin sentido? Habrá de todo, digo yo.

Unos celebran que existen y que están juntos. Y claro, cuando lo de este mundo empieza a fallar, que tiende a fallar como una escopeta de feria, entonces dejan de agradarles la Navidad. La gente se muere, se queda sola, enferma o pierde el trabajo. Esas cosas pasan en este mundo.

Habría que recordar, como dice mi obispo Luis, que la Navidad es precisamente para los que están solos, para los que han visto fallecer a alguien a quién querían. Esos son los que necesitan la salvación. Dios vino para eso, no para comer turrón a espuertas y celebrar la nada.

Hay gente que cómo no entiende la Navidad, y no cree en Dios ni en nada, dice que celebra el solsticio de invierno. Lógico. El solsticio de invierno es un gran acontecimiento de gran repercusión planetaria. Es parecido a celebrar la luna llena, o la conjunción entre Saturno y Venus que se da cada pocos años. O sea, es no celebrar nada y decir a la humanidad que yo, en mi superyo del yo, soy distinto y guay. Nada nuevo en una sociedad narcisista y atontada como la nuestra.

Los ilustrados de un par de libros te cuentan engolados que las fiestas de Navidad las fijaron en el siglo IV los cristianos en los mismos días que se celebraban las Saturnalias, que eran las fiestas del triunfo de la luz; y que qué listos los cristianos.

Pues sí, somos muy listos. Pero eso no cambia nada del presente. Por cierto, algunos investigadores afirman que no, que no es verdad. Dicen ahora que las Saturnalias fueron potenciadas al tiempo que la Navidad de los cristianos, y que lo hicieron los paganos que se sentían acorralados, pero que esas fiestas ya no se celebraban bajo el Imperio Romano. Pues vale; igual no somos tan listos. Pero eso da igual.

En realidad, el que está cabreado con Jesucristo y con la Iglesia, el anticlerical de toda la vida, está cabreado con la Navidad y con los villancicos, y los perseguirá y hará todo lo posible para acabar con la Navidad y con el niño ese que dice que es Rey. Es lo que intentaron con Jesucristo, desde Herodes hasta Stalin. Y es lo que único bueno que saben hacer es dar mártires al cielo y fabricarse una úlcera.

Otra cosa son los villancicos, el turrón, los mazapanes, los regalos y toda la demás parafernalia navideña. A mi me cansan, y para otros están medio bien, pero no son la Navidad. Sin el nacimiento de Jesús, son nada. Sólo son comida, bebida y adornos.

Luego están los de las buenas intenciones, los pelmas del karma arriba, karma abajo, y los que están todo el día deseando buenos deseos. Ya te digo, si no se lo piden a Dios con la humildad del niño en el pesebre, yo creo que se van a quedar sin nada. Sino al tiempo.

Feliz Navidad 2024