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ORAR POR LA PAZ.

Durante estos días, en especial desde el reciente ataque del terrorismo islámico a Israel, la Iglesia Católica ha propuesto a sus fieles orar intensamente por la paz.

Muchas voces en la Iglesia piden nuestra oración. El Patriarca Latino de Jerusalén, el Cardenal Pizzaballa, pidió una oración especial desde Tierra Santa el pasado día 17 de octubre por la paz. El Santo Padre, Francisco, nos ha convocado para el próximo día 27 de octubre en una Jornada de Oración y Ayuno por la paz en Tierra Santa. Nuestro arzobispo de Valladolid, D. Luis Argüello, desde Roma y desde el Sínodo, nos invita a unirnos en una oración constante por la paz.

Parece que toda la Iglesia, y me atrevo a decir que todos los hombres de buena voluntad, solicitan y piden, quieren la paz.

Y, ¿qué tipo de paz?

No todo el mundo tiene la misma idea de paz, por eso conviene matizar qué es la paz, y cuál es la paz que Dios, y su madre, María, Reina de la Paz, quiere para nosotros y para el mundo.

La paz de Dios no es una paz superficial. No es lo que dicen los telediarios, altavoces de muchos políticos de todo el mundo. La paz, como ausencia de armas, no es la paz que deseamos, aunque también.

Pongo un ejemplo. No basta con que los niños solitarios dejen de llorar por el estruendo de las bombas, la paz también tiene que ver, sin ir más lejos, con buscar una madre para ese niño desconsolado y triste.

La paz, en este sentido, implica el encuentro de dos corazones diferentes. Dos corazones que buscan el amor, que son capaces de perdonarse y de empezar de nuevo. La paz necesita de Dios, pues sin Dios, no es posible el amor en el mundo. En la Biblia hay un palabra que expresa bien esa paz, “mishpat”, que se puede traducir como como “justicia de Dios”. Justicia y Paz son las dos caras de una misma moneda. La justicia social, retributiva y restauradora, necesita del amor, del encuentro, del mirarse a los ojos de nuevo. Esa paz sólo puede venir de Dios.

¿Podrán perdonarse los israelíes y los musulmanes? Muchos de ellos, de ambos bandos, llevan años trabajando por la paz. Son los bienaventurados del Evangelio. En lugar de sacarse los ojos, han apostado por mirarse unos a otros. ¡Alabado sea Dios por ello!

Por desgracia, también hay algunos que parece que están trabajando por la guerra y el odio, por la afrenta y la muerte. Han decidido ser heraldos del soberbio Satanás y de sus secuaces. El demonio anda suelto, y muchos viven bajo el engaño de creerse mejores que sus enemigos. Y la soberbia conduce a la ira. Ese es el origen de tanta muerte, tanto terrorista y tanto palmero que les da alas: el mal no duerme ni descansa.

Sabemos que la paz de los cementerios, erigida sobre una montaña de cadáveres, no es la paz de Dios. Una paz basada en el odio, no es la paz de Dios. No es la paz que nace de un corazón humano que se ha encontrado con Dios y que mira al otro buscando a un hermano. Muchos piadosos musulmanes saben que Alah otorga la paz, y que esa paz no se basa en el asesinato, la violencia o la engañosa guerra santa. La paz de Alah tiene que ver con hacer el bien al otro: limosna al necesitado, ayuno, oración, etc.

La paz del Gobierno de Israel, por las declaraciones que escucho de su primer ministro, parece también estar basada en la venganza y en el ojo por ojo. ¿Acaso no dijo ya el judío Jesús, para ellos profeta, que hay que amar a los enemigos y perdonar hasta setenta veces siete? La paz que busca Israel para la franja de Gaza, o los altos del Golán, no está guiada por la reconciliación y la misericordia. Israel derecho a existir, por supuesto, y es un país democrático, claro que sí, pero coexistir no es lo mismo que convivir, y mucho menos que compartir. Muchos lo han intentado, ya lo he dicho, pero no ha sido suficiente para lograr la paz en la región.

Se necesita más amor, más mirarse a los ojos, más misericordia… y menos sacrificios, dice el Señor.

Por eso debemos seguir rezando por la paz.

Soy consciente de que el asunto para los israelíes no es fácil, y es comprensible que un pueblo, cuando es atacado y violentado, busque por todos los medios devolver la afrenta, poner orden y terminar definitivamente con sus violentos vecinos y enemigos. La legítima defensa de toda la vida, lo entiendo. También incluso puedo entender los sentimientos de muchos Palestinos.

Pero lo que no entiendo es el odio y el mal. No entiendo qué puede uno ganar haciendo sufrir a otra persona, sea quien sea, un hijo de Dios, un hermano de tu especie, de manera gratuita. El único fruto que produce el odio es más odio, y al final la muerte y la nada.

La Iglesia no reza simplemente por la paz como el final de una guerra. Nosotros le pedimos al mismo Príncipe de la Paz, a Jesucristo, para que venga el Reino de Dios. Un Reino que fue descrito como un lugar donde de las lanzas se hacían arados, y de las armas podaderas. Donde el león y la oveja pacían juntos. Un reino de misericordia y de amor. Un Reino que no es de este mundo, y que si no lo construye el Señor, en vano se cansarán los albañiles. Un Reino que otorga la paz al corazón humano, pues su Rey es un rey manso y humilde de corazón.

Que María, Reina de la Paz, interceda por nosotros.