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EL CORAZÓN DEL SAGRADO CORAZÓN.

Dice el Evangelio de San Juan que del costado de Cristo, salió sangre y agua. Lo que siempre se ha interpretado simbólicamente como signos del Bautismo y la Eucaristía. El bautismo es el agua, que limpia el alma y acoge a Dios Uno y Trino; y la Eucaristía es la sangre, la que entrega y derrama Cristo en la cruz como nuevo cordero Pascual. Sacerdote, víctima y altar.

La Imagen de la Divina Misericordia recrea esta imagen en Cristo resucitado con los dos rayos de luz que manan de su corazón: rojo y blanco, sangre y agua. Bautismo y Eucaristía de nuevo. Es el Sagrado Corazón de Santa Faustina. Es el corazón que se entrega y abre hasta el final.

La lanzada que recibió Jesús nos permite asomarnos a la misericordia entrañable de Cristo en un corazón abierto y visible. Gracias a la lanza vemos el corazón de Cristo, abierto y desgarrado. Lo ha dado todo en su paso por este mundo. Ha derramado su sangre, y no puede latir más. Lo ha entregado todo, absolutamente todo. Hasta la última gota de sangre, hasta el último latido de su corazón.

El corazón es el símbolo del amor. Lo es en la cultura popular nuestra. Lo era antaño también.

Al enamorado, le late el corazón con fuerza. Y Jesús, que está enamorado de nuestra pobreza humana, de nuestra condición pecadora, de nosotros… le late con inusitada fuerza. Enamorado de nuestra condición, se ha hecho uno con nosotros. Uno de nosotros. Su corazón ha latido por nosotros y con nosotros. Nos ha mostrado el amor del Padre, y nos busca cuando nos perdemos. El corazón del Sagrado Corazón se sacrifica y sufre por nosotros, nos busca como un buen pastor que está nervioso por las ovejas que se han perdido. Sale a buscarnos… y le late el corazón. Cuando nos encuentra, todo es regocijo y alegría; durante la búsqueda hay incertidumbre y angustia. Dios actúa, Jesús se mueve hoy, aquí y ahora, le mueve su corazón de Amor.

El corazón del Sagrado Corazón no late de cualquier forma, late en búsqueda de nuestra alma. Late para encontrarse con tú corazón y con el mío. Se acompasa a nuestra alma para acompañarnos y guiarnos hacia la casa del Padre. Son latidos de amor y de ternura. Son latidos de entrega, de enamorado, de madre y de padre, de hermano mayor. Latidos de sacerdote, de víctima y de altar.

Está celoso por nuestro amor no entregado. Y entrega su vida a cambio. Todo a cambio que, quizá, nada. Todo por nosotros. En nuestra sencillez sólo podemos dirigirnos a Dios Padre: Padre Eterno, yo te ofrezco el cuerpo, la sangro, el alma y la divinidad de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero. Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. Su entrega ha sido absoluta, y sólo vemos abierto un corazón exangüe.

María sufre en su condición de madre y en su condición de entrega. Su corazón ha latido con el de Jesús durante los meses que lo llevó en su interior. Ahora late en la desesperación de ver que el Amor no es amado. Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron. El corazón de María es el único, y el primero, que ha respondido al de su Hijo. Se ha abierto para acogernos.

Poco antes de enseñarnos su corazón, Jesús habló con María: Mujer, ahí tienes a tu hijo; Hijo, ahí tienes a tu madre.

María acoge a la Iglesia que ha abandonado a su Hijo. Acoge, porque su amor quiere ser como el de Dios, como el del Hijo. Entregado, sumiso, obediente, humilde, sincero y misericordioso. Buscador de almas. En el corazón del Sagrado Corazón está también el corazón de María. El Sagrado Corazón de María, que late como el de Cristo.

¿Y nuestro corazón? ¿Hacia dónde late? ¿Hacia dónde se entrega y en qué se entrega? yo creo que en el corazón del Sagrado Corazón está latiendo nuestro pequeño corazón, y aunque su pulso sea débil, el de Cristo no lo es. Por eso podemos orar diciendo: Sagrado Corazón de Jesús, en tí confío.