
La Iglesia celebra mañana (hoy), 8 de septiembre, la festividad de la natividad de la Virgen María. Es decir, el día del nacimiento de María, Madre de Dios y Madre nuestra. Es un día importante para la Iglesia, pues María es también Madre de la Iglesia —así lo proclamó el papa Pablo VI al finalizar el Concilio Vaticano II— y es también un día importante en muchos lugares de la tierra donde celebran esta advocación mariana; como es el caso de Valladolid, donde vivo. Mañana es la fiesta de la Virgen de San Lorenzo.
Esta fiesta de la natividad de María, es el tercer nacimiento que celebra la Iglesia Católica, que además del cumple de María, también celebra el nacimiento de Jesús, día y tiempo de Navidad; y la natividad de San Juan, en el día más largo del año. No celebramos ningún nacimiento más, así que hay que disfrutar de los que nos regala la tradición eclesial.
La natividad de María se celebra desde hace más de mil quinientos años. Siempre en esta fecha, 8 de septiembre. El día está vinculado al día de la consagración del templo que se levantó donde se supone que estuvo la casa en la que vivió y nació la Virgen María en Jerusalén. Hoy, el templo que se erige sobre aquella casa es la Basílica de Santa Ana, del siglo V, que luego recibió unos cuantos apaños constructivos a lo largo de los siglos. Hoy se puede visitar.
La tradición cristiana ha ubicado, nueve meses antes de nacer María (8 septiembre), otra fiesta mariana, la del día de la Concepción de la Virgen, es decir el día 8 de Diciembre, día de la Inmaculada Concepción. Es decir, María fue concebida sin pecado original el día 8 de diciembre, y nueve meses más tarde, nació. O sea, el día 8 de septiembre, día de la Natividad de la Virgen María.
Independientemente de los datos y las fechas, conmemorar el nacimiento de la Virgen María es importante para el catolicismo contemporáneo por varias razones que voy a tratar de explicar con un par de pinceladas, y que Dios me perdone si no acierto con lo que expongo.
Es importante celebrar el nacimiento, porque María es la primera persona (humana y no divina) que nació y creció sin pecado. María fue concebida sin pecado original. Así lo reconoció en el siglo XIX de manera dogmática la Iglesia Católica, y lo ratificó la Virgen de Lourdes a Santa Bernardette. Eso significa que María fue Inmaculada desde el momento de su concepción; pero también lo fue durante toda su existencia hasta el día de hoy que es Reina del Cielo. Fue inmaculada y no tuvo pecado, también en el día de su nacimiento.
Sus padres tuvieron entre sus brazos a la única persona sin pecado que ha habido en el mundo, exceptuando a Jesucristo. Santa Ana amamantó a la única criatura, y subrayo lo de criatura, que no ha pecado nunca. Es por esto que María es alabada y glorificada por el Altísimo en los cielos, y ha sido elevada como Reina del cielo. Sin embargo, esta grandeza de María como Reina del cielo, coronada y reconocida por los ángeles —y los demonios a regañadientes— contrasta con su nacimiento, humilde y silencioso, callado y olvidado incluso por los evangelistas y cristianos de la primera hora. La Iglesia reconoce en el día de hoy, su humildad y gracia, también al nacer.
Nacer significa empezar algo nuevo. Es sinónimo de surgir, de cambio, de alumbrar, de dar a luz, etc. María nació sin pecado, y llevó su vida a cumplimiento sin pecado y obedeciendo a Dios en todo.
Desde el origen, desde que vio la luz del sol, María nunca pecó, ni en pensamiento, ni en palabra, ni en obra. Por eso María, siendo criatura, ha sido y es tan amada por Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Celebrar el nacimiento, implica reconocer que queremos vivir una vida nueva, una vida sin pecado, una vida de gracia como la que tuvo María.
El relato del nacimiento lo cuentan los evangelios apócrifos mezclando leyenda y fantasía. Para nosotros lo decisivo es el hecho: nació una nueva Eva. María es la mujer por la que entró la gracia en el mundo. El día que nació María, es el día en el que la redención empezó a abrirse paso. El sí de Maria en la adolescencia y juventud a Dios, supuso la culminación de una vida, iniciada pocos años antes, de silencio, de pureza y de entrega a Dios.
¿Alguien piensa que fue fácil?
María fue tentada por el diablo y por el maligno. Es lógico. Si Satanás tentó a Jesús en el desierto, siendo el hijo de Dios, es obvio pensar que también tentó a María, que era simplemente una mujer judía. Fue tentada desde el mismo momento en el que nació, y hasta el día de su dormición o muerte, donde ascendió al cielo. La tentación de huir del cáliz, la tentación del reconocimiento público, de la riqueza, etc. María superó las mismas tentaciones que su Hijo, y no pecó. Se mantuvo en obediencia, humildad y pureza. No conoció el pecado. Por eso, entre otras cosas, en la Anunciación, Dios ya la encontró plena de gracia. El ángel Gabriel la saludó como “alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. “Jaire, Maria, kejaritomene, o kurios meta sou”.
La palabra “kejaritomene” significa llena eres de gracia, pero desde un principio. Es la gracia en movimiento. Estás llena de gracia, te mueves desde la gracia de Dios. El Señor está contigo. Dios habita en María de manera plena, por eso será la esposa fiel del Espíritu Santo; y la Madre de Dios, Theotokos. Celebrar el nacimiento de María, es celebrar el inicio de nuestra conversión a Dios, y el reconocimiento a María, nuestra madre, Reina del Cielo.