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¿SOSTENIBILIDAD O PROVIDENCIA DIVINA?

Detrás de gran parte del ecologismo activo contemporáneo se encuentran nuevas formas de idolatría, de adoración a falsos dioses, que desde el catolicismo no deberían engañar ni confundir a tantas personas. Por desgracia, no siempre se escuchan en el debate ideas contrarias al mensaje repetido ecologista, a veces por falta de pulso intelectual, y en otras, por falta de apoyo político a dichas ideas. De ahí mi interés por añadir algo al debate, si es que hay algún debate posible.

La primera idolatría es la de la madre tierra. Una parte del ecologismo considera que la Tierra, nuestro planeta, es una especie de diosa. Algunos dicen que es Gaia, que tiene intelecto propio y que se manifiesta en una especie de ley invisible, modo karma. Gaia está harta, y busca poner freno a la humanidad que ha abusado de ella. Es decir, es una divinidad cabreada, que hay que aplacar como sea. De ahí que haya que frenar su enfado mediante acciones ecológicas y una conversión, que implica un estilo de vida distinto. El ecologismo quiere imponer su estilo de vida particular a la sociedad, crea o no en la madre Tierra.

Esta misma idea se repite con otras características asociadas a la madre Tierra. Para los ecologistas, la Tierra es una madre débil, es una madre enferma por culpa del hombre, que es un virus nefasto y malísimo. Es decir, estamos ante una cúmulo de ideas que enfrentan al hombre con la naturaleza. El hombre el pecador, la naturaleza, que es divina, no peca, por eso hay que poner al hombre en su sitio.

No perciben que el hombre es también naturaleza, y que su inteligencia es fruto de la naturaleza. Es como si fuéramos pecadores apestados, y tuviéramos que evitar, en esta especie de «animismo sin fronteras», los enfados del mundo y de la tierra. La tierra es perfecta (es una diosa), pero el hombre, que procede de ella, no.

De ahí que salgan salvadores de la Tierra. Nuevos Mesías cuyo mesianismo consiste en decirle a los demás como deben vivir, y cómo hay que respetar la Tierra para salvarla y protegerla.

Entre sus consignas está la sosteniblidad. La sostenibilidad es una especie de equilibrio, y armonía neoplatónica, que hay que conseguir para que la madre Tierra no siga quejándose. Es el rito que aplaca a la diosa.

El ecomesianismo habla de buscar un equilibrio, porque entienden que hay un desequilibrio insoportable. (Su gran lucha es además contra los negacionistas que no ven ningún desequilibrio grave).

La sostenibilidad sustituye a la «providencia» de los cristianos. Para el ecologismo idolátrico, cómo Dios no hace su labor, y no maneja el mundo como debería, y dado que la libertad que nos ha dado es negativa y mala, y somos pecadores irredentos, hay que intervenir para salvar a la Tierra del hombre. Hay que sustituir a Dios para salvar al planeta, porque Dios no sabe lo que hace. O para muchos de ellos, Dios no existe y no lo puede saber.

En esta sutil misión no hay esperanza posible. La esperanza se basa en que trabajemos por el futuro, algo muy marxista y materialista. Como diría Byun-Chul Han: con la muerte de Dios, muere la esperanza. El ecologismo se mueve por la ansiedad y la desesperanza. Todo es urgente, desde el clima hasta los lobos. Y en ese clima de impaciencia, donde no está Dios, la desesperanza se extiende bajo un discurso impostado, frágil y, hasta cierto punto, dictatorial. Las predicciones ecologistas de ayer, mueven a escepticismo hoy.

En la misión ecomesiánica se encuentran los más curiosos planteamientos que se sustancian en una especie de «entre todos lo conseguiremos». Desde que salvamos al planeta reciclando, hasta que gracias a montar en bici, o tener coches de pilas comiendo zanahorias salvamos el planeta. Son «salvaplanetas», que es algo parecido a salvapatrias, pero en plan moderno. Su gran enemigo, no obstante, sigue siendo el hombre malvado, que no tiene redención posible, y que se siente culpable por su daño a la pobre Gaia.

Este no es el planteamiento cristiano católico, por supuesto. Los católicos hablamos de providencia. La providencia, para los católicos, se basa en la acción de Dios. Pero la providencia no se puede entender sin el concepto «creación».

Para los creyentes Dios ha creado el mundo, la tierra es criatura, igual que el hombre. Dios da al hombre la tierra para que la cuide y se sirva de ella. El Papa Francisco (encíclica «Laudato sí» de 2015), y León XIV también, nos recuerdan que hay que cuidar lo que Dios nos ha regalado, no destruirlo ingratamente. Eso es muy acertado. Por eso, las políticas ambiciosas que exterminan lo que Dios nos ha dado, son pecado. Hay un tipo de neoliberalismo que es pecado, que busca destruir y no construir. Pero también es pecado ponerse en el lugar de Dios y, bajo la pretensión arrogante de salvar el mundo, hacer políticas contrarias al hombre y a su naturaleza.

Tras crear el mundo, los creyentes reflexionan y perciben que Dios, además, sostiene y mantiene el mundo, lo alimenta y vigila con un amor indescriptible. Eso es la providencia.

Dios, en su providencia, crea, pero no se desentiende de su creación, como pensaron los Ilustrados del «atrévete a pensar», padres del liberalismo y del marxismo. Dios no ha abdicado de su amor al hombre y a la naturaleza que Él mismo ha creado. Dios sigue amando y sosteniendo el mundo. Podría crear en un instante cientos de mundos iguales al nuestro, pues es Dios Omnipotente.

La sostenibilidad, y hablar de hacer un mundo sostenible, es el resultado de pensar que no hay ningún Dios encargado de sostener el mundo. La sostenibilidad es una especie de armonía materialista, donde Dios ni tiene cabida; y donde la providencia ni está ni se la espera. Los ecologistas hacen las veces de Dios, poniendo orden y diciendo lo que hay que hacer para salvarse.

¿Hacia dónde nos conduce esa armonía materialista propiciada por el ecologismo? A lugares contrarios a Dios, sin duda. Gran parte del ecologismo piensa ya que la Tierra estaría mejor sin la humanidad; por eso hay que decrecer en demografía, abortar y no tener hijos. O volvemos a la edad de piedra y somos un puñadito pequeño. Piensan, en su satánica arrogancia, que Dios se equivocó cuando dijo «creced y multiplicaos». Dios no era sostenible, y como es dudosa su existencia, mejor no contar con Él.

¿En qué punto nos podemos encontrar los cristianos católicos con el ecologismo, en este deseo de la Iglesia de dialogar? El cristianismo buscará convertir las relaciones del hombre con la naturaleza en un reflejo de la relación de amor con Dios. ¿Desean esto los ecologistas o están sometidos a otros materialismos e intereses? En esa relación de Dios, con el hombre y en el don de la naturaleza, será importante reducir el volumen de basura, reducir la explotación de los recursos naturales cuyo beneficio no sea claro, buscar aires más puros y agradables, o permitir que la biodiversidad siga su curso. Hay muchas maneras de amar la naturaleza que Dios nos ha regalado, sin necesidad de expulsarle.

Por eso, el hombre católico debe buscar el equilibrio y la armonía con la naturaleza que Dios le ha dado, reconociendo la providencia de Dios y sin perder la esperanza. Providencia, sí; sostenibilidad, no. No somos el Dios que sostiene al mundo.

PD: Por supuesto, se podría hablar de la relación entre gracia y libertad, para entender cómo actúa Dios en su providencia y cómo se mueve sin que perdamos la libertad para escoger. El ecologismo no suele creer mucho en la libertad, y pretender imponer, cual nueva divinidad, un nuevo comportamiento a los hombres malvados. Pero todo esto lo dejo para otra ocasión. Un saludo.