ESTÉTICA, MÍSTICA Y VIDA ESPIRITUAL

Me ha sorprendido el otro día, hablando de manera informal con un grupo de amigos, el escaso conocimiento que se tiene de estas bellas cuestiones espirituales, donde la ascesis y la mística son casi confundidas e intercambiadas alegremente. La ascesis y la mística forman parte de la vida espiritual, pero sus matices y particularidades nos obligan a ubicarlas en posiciones diametralmente opuestas para el espíritu.

De manera clásica, se puede decir que la ascética es una etapa de la vida espiritual donde la persona trata de alcanzar la gracia de Dios mediante el esfuerzo y el sacrificio. La vida ascética implica ayunos, mortificación, oración en sequedad y un desierto espiritual. Es el hombre que se dirige a Dios con necesidad y súplica, rogando misericordia y haciendo penitencia por sus pecados. El hombre ascético es el penitente que llora su pecado y mira a Dios buscando de manera inefable su rostro.

La ascética es imprescindible para crecer espiritualmente, si bien y el grado de intensidad son marcados por el mismo Espíritu Santo, que es quien verdaderamente dirige nuestras almas hasta Dios mismo. El hombre que confiesa su pecado en el sacramento, que llora su culpa y reconoce la redención de Cristo, es el hombre que vive la ascética desde el único lugar desde el que se puede vivir: la misericordia entrañable de Dios. La imágenes de la ascética es la del Cristo de la Pasión, y los cofrades penitentes que se descalzan, que se ofrecen, y que miran a Jesús en la cruz, lacerado por nuestros pecados y para nuestra salvación, son su expresión artística. Es el hombre que quiere alcanzar a Dios.

La ascética implica el dolor de los pecados, implica el sacrificio y cierta renuncia. De ahí que la ascesis sea una etapa espiritual dura que se prolonga durante toda la vida, pues el mismo Jesús nos invita a cargar con la cruz de cada día y a caminar en pos de Él. La ascética es para todos los creyentes, es un deseo que nace en lo más profundo del corazón y que se dirige a Dios pidiéndole perdón.

Para muchas personas, la vida es sufrimiento y dolor, es una ascesis continua hasta la luz de la otra vida. La ascesis, de alguna manera, purga el pecado y la maldad que habita en el corazón que practica y se ejercita en la ascética. Es el esfuerzo del santo que quiere vivir para Dios, y que se mortifica en la carne, para vencer las tentaciones que nos ofrece el mundo por mano del demonio.

En este sentido, hay santos que han destacado en su vida espiritual por vivir la ascética de una manera heroica, y extraordinaria. Sería el caso de S. Antonio Abad, S. Simón el Estilita, San Jerónimo o San Juan Clímaco.

La mística también forma parte de la vida espiritual, pero no es simplemente la Alegría Pascual de la Resurrección que se contrapone al dolor y a la renuncia ascética. La mística es un estado de alma que se ha encontrado con Cristo y que ha sido traspasado y poseído por Él. La mística no es un esfuerzo humano, sino una acción de Dios en el alma de aquellas personas que Él quiere.

De ahí que no sea contraria totalmente a la ascética. Al contrario, es fácil encontrar a santos, como San Juan de la Cruz donde la etapa de mortificación ascética es continuada por una elevación mística.

La mística es una iluminación para el alma que proporciona Dios de manera extraordinaria. Así como la ascética la pueden practicar, y deberían practicar todos los cristianos en mayor o menor medida: la mística es otorgado por Dios para unos pocos que el escoge.

En la mística, el alma es entregada a Dios de tal manera, que no le pertenece, o mejor dicho. el místico comparte su alma con Dios, de tal forma que recibe grandes gracias y regalos por parte de lo alto. Los recibe sin merecerlo y según los deseos y la voluntad de Dios.

La mística abre el entendimiento, la voluntad y la vida en plenitud a Dios. La perspectiva cambia. La contemplación de la cruz, que en la ascesis es signo de sufrimiento y dolor por nosotros; en la mística se amplía captando un amor inefable por las criaturas que ha creado, un amor glorioso que ha sido derramado en nuestros corazones y que se entrega en cada Eucaristía, en cada oración, incluso en cada instante.

El signo de la mística es que el alma no controla las gracias que recibe el alma, los arrobamientos y sequedades. Todo es voluntad de Dios.

¿Qué se necesita para pasar de la ascesis a la mística? Nadie lo sabe. Es voluntad de Dios otorgar esta gracia y estos regalos a los que él quiere. Lo que todos los místicos saben es que es una gracia inmerecida, que traspasa el alma y lo abre de manera inefable ante el misterio. Dios guía cada alma, evitando dañarla en esta poderosa luz que quema el pecado, purifica y abrasa. Cada uno recibe lo que necesita en la mística. No depende de uno, sino de dejarse confiar en la misericordia de Dios.

Santa Teresa del Niño Jesús planteó un camino de mística basado en la confianza y la pequeñez. Dios da a sus amigos, mientras duermen, lo que el quiere dar. en Historia de un Alma abre su corazón para entregarle todo el amor. Quiere ser el Amor. Santa Faustina Kowalska recibe la misericordia como regalo que debe entregar para el mundo. Santa Teresa de Jesús explica bien este proceso místico, donde el alma es tan de Dios, que la intimidad lo es todo. Solo Dios basta, en perfecta esta definición.

La mística, aunque no sea ahora para todos los cristianos, será el lugar común que compartiremos todos cuando lleguemos al Cielo y veamos cara a cara a nuestro Redentor. Para eso, debemos purificarnos, no sólo con el sacrificio, sino con el amor al prójimo, a nuestros enemigos, a los que más nos necesitan. Y es que tanto la ascesis como la mística son movimientos espirituales que no se entienden sin la encarnación de Cristo y su entrega a las personas reales. Asi sea.

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