LOS OBISPOS Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS, AHORA CUELGAMUROS.

Es soberbia la posición de los extremistas con la Iglesia. Mientras que unos desean demoler la cruz, y reescribir la historia a su antojo; otros desean que los obispos encabecen las manifas antigobierno y monten una trinchera procatólica y antisánchez. Unos les llaman traidores (lo acabo de ver en la red), y otros les recuerdan que apoyaron la cruzada franquista. Me temo que todos ellos se equivocan, y no entienden quién fue Jesús, ni quién es la Iglesia.

Los obispos no son unos santos, pero la Iglesia sí lo es, pues Jesús es Dios y es Santo. Muchos obispos terminaron apoyando a Franco durante la guerra; y es lógico y necesario que así fuera, pues muchos izquierdistas radicales se entretuvieron demasiado en quemar iglesias, castrar obispos, violar monjas, descuartizar curas y asesinar seminaristas. Eso lo hicieron los del bando que ahora se empeña en recordar lo buenos que fueron luchando contra el fascismo. Pero claro, violar a una monja, o castrar al obispo de Barbastro, hoy el Beato Florentino Asensio, por cierto de Valladolid, y meterle los testículos en la boca, no parece como de muy valiente, ni como de muy luchadores por la democracia y la libertad. La Iglesia reconoce a sus mártires.

Durante la guerra civil murieron mártires 13 obispos, y miles de sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos. Murieron perdonando a sus ejecutores, y hoy presiden en el cielo con la palma del martirio y la sangre que entregaron por Cristo y por su Iglesia. Son la gloria de la Iglesia española, la tierra de María. La Iglesia los sigue y quiere ser fiel al Evangelio, como lo fueron ellos.

¿Quiénes fueron los responsables de toda aquella masacre? Por supuesto los asesinos que ejecutan directamente, los que dan las órdenes; pero también los dirigentes que no lo impiden. Entre ellos creo que se puede contar con Azaña, Largo Caballero, Negrín o Durruti. No se puede ser santo y mártir al mismo tiempo, no se puede ser un asesino y un símbolo de paz a la vez. En los dos bandos hubo asesinatos y brutalidades, pero no recuerdo a ningún obispo alentando a la venganza. Creo que más bien se hablaba de perdón. Y por supuesto, si alguno no hizo lo que debía, no está junto al Beato Florentino Asensio.

La Iglesia se ocupa de sus mártires, y no le interesa señalar a sus perseguidores, entre otras cosas, porque estos pueden convertirse, bautizarse, y verse perdonados. La seña de identidad de la Iglesia es el perdón, no el rencor. Y esto no lo saben todavía los que odian la cruz, y los que odian a los que odian la cruz. La Iglesia ama y perdona a sus enemigos, entre otras cosas, porque Cristo así lo hizo. O sea, Dios mismo y en persona.

Los obispos nunca animaron al estallido de la guerra, pero obviamente, cuando llegó la República y más tarde el levantamiento militar, se pusieron del lado de los que no los mataban. La excepción a esto fueron unos cuantos curas vascos, fusilados por el bando nacional; y el cardenal Francisco Vidal y Barraquer, obispo de Tarragona, que se negó a firmar la Carta Colectiva de los obispos españoles de Franco.

Por cierto, a Monseñor Vidal i Barraquer no lo mataron los de la FAI de milagro, y salvó la vida gracias a Companys, el catalanista que otros muchos odian por nacionalista catalán. El resto de su vida transcurrió en el exilio en Italia, donde a pesar de intentar Pio XII que Franco considerase su regreso al acabar la guerra, no se lo permitió. Y es que Franco era muy de la Iglesia, en tanto en cuanto se servía de ella, y procesionaba bajo palio. Monseñor Vidal i Barraquer murió en Friburgo, en Suiza, en 1943, durante la2ªGM. Exiliado, claro.

La Iglesia oficialmente apoyó al franquismo desde la guerra, y se vino a llamar cruzada cristiana a aquel movimiento de recuperación de la fe para nuestro país. Se firmó un Concordato en el año 1953, y la Santa Sede fue fundamental para que Franco fuera reconocido internacionalmente y legitimado. Luego llegó la Argentina de Perón y los Estados Unidos. Y todos tan amigos. Favor por favor, supongo.

Pero gran parte de la comunidad cristiana española no estaba demasiado cómoda, ni con el Régimen franquista, ni con la Falange, ni con el Movimiento, que estaba formado por gente muy dispar, incluido el Opus Dei. Tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia española, incluso oficialmente, se empezó a distanciar del régimen franquista. Tampoco Franco entendió qué era la Iglesia, y no se sometió a ella en ningún momento. Más bien al contrario, parecía que Franco era Dios, y que la Iglesia debía estar a su servicio. Y se equivocó como se suelen equivocar muchos dirigentes políticos con ella.

Contaba el Cardenal Tarancón, muy amigo del rosario y la oración, que en el año 1974, llevaba en el bolsillo el Decreto de excomunión de Franco y de su gobierno, por si se le ocurría expulsar al obispo de Bilbao, monseñor Añoveros. En esos años, gran parte de la Iglesia ya deseaba la democracia y muchos formaron parte activa de los movimientos políticos que en clandestinidad trabajaban por la transición y la democracia, que era el sistema más aceptado para los postulados del Concilio Vaticano II. Eso fue también en Valladolid, y podemos dar muchos nombres de gente que hizo todo lo posible para que este país fuera mejor en libertades y en derechos humanos.

¿Traicionó la Iglesia a Franco o fue Franco el que traicionó a la Iglesia? ¿Quién utilizó a quién? El debate histórico puede seguir abierto, pero ahora, lo que ocupa es ver qué hacen los del gobierno con el Valle de los Caídos y su abadía.

El marco político son las buenas relaciones que mantiene el Estado Español (no necesariamente el gobierno de turno), con la Santa Sede y el respeto a los Acuerdos del año 1979. España es aconfesional, pero los españoles no lo somos. Una cosa es el Valle de los Caídos, Cuelgamuros o lo que sea, y otra es la Iglesia, el Templo, la Cruz y la Abadía Benedictina de la Santa Cruz que allí celebra la Eucaristía.

La Constitución en su artículo 16.3 habla de colaboración y cooperación de los poderes públicos con la Iglesia Católica; eso es lo que debe suceder: cooperación y diálogo, como siempre desean los cristianos y la gente de bien. Pues hablando nos podemos entender, y ese es el espíritu de la transición: diálogo, perdón y entendimiento.

El significado político que se le quiera dar al Valle es una cosa que no compete a la Iglesia. La Iglesia desea que el sentido religioso del lugar se mantenga. Desea que allí se siga rezando por la paz, por los difuntos de uno y otro bando, y se siga celebrando la Eucaristía bajo la cruz redentora de Cristo, que además es un monumento espectacular de estilo artístico específico, y que se debería proteger y conservar mejor.

La Iglesia desea que allí se siga celebrando la Eucaristía, pero está claro que no va a defender ahora al franquismo. No lo hizo tampoco cuando vivía Franco. Tampoco va a aplaudir a los que asesinaron al Beato Florentino, ni a decir que aquello no sucedió, o que no es necesaria la presencia redentora de Cristo en aquel lugar. Su postura es otra, es la de siempre: paz, justicia, reconciliación, perdón, misericordia de Dios, oración y Eucaristía. Por los difuntos y por los vivos. En silencio y con humildad seguirá buscando la reconciliación entre españoles.

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