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Pensar es la actividad principal del ser humano. Pensar la vida es una obligación para un escritor.
Escribirla una necesidad.

Comentario, y crítica, de un católico a la película LOS DOMINGOS.

LOS DOMINGOS se ha convertido en la película de moda; la película de la que todo el mundo habla, tanto para criticarla y ponerla bien, como para ponerla mal.

El otro día fuimos al cine a verla; así que aprovecho y les doy mi opinión de creyente, católico, teólogo, filósofo y buen conocedor, creo, de los asuntos relativos a la Iglesia.

Leí también una entrevista a la directora, Alauda Ruiz de Azúa, que ha confeccionado una película inteligente, y llena de facetas. Alauda Ruiz es atea, así se declara, pero es evidente que se ha mostrado respetuosa con el tema religioso, y eso se lo agradecen muchos católicos que han visto la película. Y es que, dado que es habitual que sacerdotes, monjas y gente piadosa en general sean retratados con clichés fáciles y estereotipos cutres, es de agradecer que Alauda Ruiz de Azúa muestre a los creyentes y a la Iglesia con transparencia y cierta profundidad. No es habitual, repito, y es de agradecer.

La película trata de una joven que se siente llamada por el Señor a la vida contemplativa. Eso no es raro en la Iglesia, pero sí es raro en la sociedad en la que vivimos, donde lo religioso católico ya no cuenta. Dicho de otra forma: la película cuenta algo que nadie cuenta y que mucha gente desconoce, pero que sucede, y que no es tan extraño, al menos para el 10 o 15% de católicos practicantes y comprometidos con su fe. ¿Sorprende que una chica joven se meta monja? En algunos ambientes, no.

Esto me vale para hacer una apreciación social y cultural. Si la cultura dominante «progresista» no hubiera convertido todo lo católico en una parodia o en una nada, esta película no habría llamado tanto la atención. Dado que vivimos en una sociedad secularizada a la fuerza, donde se ha ninguneado lo católico desde hace décadas, o se ha ridiculizado, es lógico que haya curiosidad por saber qué sucede al otro lado.

También hago la apreciación para el otro lado. Si los católicos no hubieran convertido su fe en una subcultura, con rasgos culturales que le son propios y que no comparte con el resto de la sociedad, la decisión de vivir la fe en clausura no sería una cosa rara, sino algo conocido y apreciado.

Eso es precisamente lo que retrata la película: el otro lado, lo que sucede en la Iglesia. Y eso, que es noticia para una gran parte de la sociedad, es algo habitual para el 10 o el 15% de los españoles, católicos practicantes, que no se sorprenden de la película, más que para apreciar que se nos trata con respeto y consideración.

Pero, ¿de qué trata la película? ¿De la Iglesia? La Iglesia es el contexto donde se desenvuelve la acción, en realidad la película gira en torno a una chica de 17 años que se quiere meter monja, donde se incluyen las reacciones familiares y sociales a su alrededor. La película trata, voy al fondo, de las decisiones firmes y existenciales, y eso, en una sociedad débil y líquida como la nuestra, presenta rechazo y molestia. Creo que la misma reacción hubiera habido si la decisión hubiera sido la de quererse casar con 18 años, o tener un hijo con 17. Es el mismo problema vital que nuestra sociedad pospone hasta que haya más madurez en la persona. Lo cual tiene su lógica, también para los católicos. Decidir, en nuestra sociedad angustiada y líquida, puede llegar a ser un drama terrible.

La pregunta filosófica que nos podemos hacer es por qué es tan problemático decidir algo. ¿Por qué hay miedo a apostar la vida a una carta? Hablamos de un miedo que tienen los no creyentes, pero en cierta medida acongoja también a los creyentes.

Nuestra sociedad ha idealizado la vida, y ha convertido la existencia en un producto de consumo, en algo puntual y perecedero. Elegir en la vida es terrible, porque no se puede rectificar. Es un producto que no admite devolución, pues no hay otra vida para un no creyente.

Esto, sin embargo, cambia para el creyente. Por eso creo que es más doloroso para el no creyente decidir, que para el creyente. El creyente que se «equivoca» en la vida, haciendo el bien y entregándose a Dios, tiene la certeza de que suceda lo que suceda tras su muerte, ha acertado. Si Dios existe, ha acertado; si Dios no existe, en cualquier caso, nada tenía sentido. Se disfruta de la vida tanto rezando o haciendo el bien, como viviendo como un egoísta. Tienes un buen número de posibilidades de acertar.

Para el creyente, la sentencia evangélica es clave, y la pronuncia el mismo Jesucristo: el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi, ese la salvará.

Para un no creyente, la vida se puede convertir en algo único y trágico. Así lo manifestaron los existencialistas del siglo XX. El no creer en la otra vida hace que cualquier decisión en «esta vida» sea un drama horrible; pues el miedo a equivocarse aflora e impide decidir. Hagas lo que hagas te equivocarás. El miedo a los demás se apodera de la vida.

Toda decisión requiere su tiempo, de acuerdo, pero en una sociedad de la inmediatez, cualquier decisión, incluso decisiones secundarias o nimias, pueden ser angustiosas para las nuevas generaciones. De hecho, tienen miedo incluso a contestar a una llamada de teléfono. Hace cien años o menos, las decisiones vocacionales eran más rápidas y firmes. Santa Teresa del Niño Jesús ingresó de manera prematura en Lisieux, incluso hubo que pedir dispensa. Las decisiones se gestionaban de otra manera. Te podías equivocar, sí, pero no podías dejar de vivir y de tomar decisiones.

La Iglesia, que lleva 2000 años de experiencia, sabe que las conversiones repentinas requieren tranquilidad. De hecho, los noviciados o los seminarios no convierten en «fraile, monja o sacerdote» a sus recién llegados en dos horas. Tras un proceso de discernimiento, que en ocasiones dura años, se toman decisiones definitivas. Igual que los noviazgos tradicionales duran unos cuantos años. Así sigue siendo, o debería ser, para los católicos. Las decisiones definitivas requieren tiempo y preparación. Lo de casarse en las Vegas, es típico de las Vegas, pero no es muy católico que un católico se case en las Vegas. Por supuesto, la mayoría de la gente tiene miedo a casarse y a comprometerse. Y el tiempo decide por ellos. Dicho queda.

Hay, sin embargo, dos o tres cuestiones que creo que no están bien tratadas en la peli LOS DOMINGOS, y lo digo sin acritud ninguna, pues reconozco la dificultad para entender bien algunas cosas.

La primera es que la experiencia religiosa y la llamada a la vocación es algo alegre. La película muestra, por el contrario, a una chica que está siempre seria, incluso parece que está triste. Las monjas que la acogen tampoco son la alegría de la huerta, y eso no es lo habitual en la clausura.

Las monjas de clausura, si algo tienen, y para eso hay que acercarse y hablar con ellas y conocerlas, es que son terriblemente alegres y sonrientes. Se las ve rollizas, sonrosadas, sonrientes y con cierta risa fácil. Están todo el rato riéndose, y esto yo lo he visto en clarisas, carmelitas descalzas, dominicas, etc. No hay más que ir a una reja de visita con familiares y amigos para comprobarlo. Son realmente felices, y eso lo comunican y lo transmiten. Risa fácil y alegría contagiosa. Esa alegría no es indicativo de superficialidad, sino al contrario, precisamente porque la experiencia religiosa es profunda, lo habitual es que haya mucha alegría. Esa alegría no existe tanto en otras vocaciones, pero en las de la clausura, sí.

En segundo lugar, el discernimiento es presentado en la peli como algo repentino, como algo que Dios realiza mágicamente. La niña tiene dudas, se pone a rezar, y de repente ve la luz. La escena en la Iglesia, de la chica rezando, es la peor de todas, para mi gusto.

La fe, y una vocación, no llega así casi nunca o nunca. El proceso es largo y hay cierta preparación en el alma durante mucho tiempo. La oración se hace hasta calmar el alma y estar en paz. Hay reglas de discernimiento ignaciano, que los buenos acompañantes o directores espirituales conocen perfectamente. Decía San Ignacio que en tiempo de turbación, no hacer mudanza. Hay que estar en paz, para tomar decisiones de largo alcance. En muchos de estos procesos intervienen psicólogos especializados. No es algo raro en noviciados y seminarios. Eso no se muestra en la película, donde parece que basta con probar y decidirlo, para que surja. La vocación y la llamada la realiza el Señor, no es al revés. No es una elección humana.

En resumen, una buena película, interesante y reflexiva, que muestra las contradicciones y dramas de una sociedad donde los únicos que parecen poder equivocarse son los que tienen 40 años, y no los chicos en su adolescencia. De hecho, y ese es otro asunto, ¿qué pasaría si pasados 5 años decide volver a la vida seglar y ponerse a estudiar? Ya se lo contesto yo, nada.

PD: El otro día hablé con un chico que me dijo tajantemente que no quería estudiar, ni hacer nada. Que pondría un negocio cuando fuera mayor. ¿Se estaba equivocando? Como dice el refranero popular para evitar escrúpulos en las decisiones: hagas lo que hagas, te equivocarás. Pues eso. Cada uno planifica su vida como puede, y la mayoría de las veces, acaba sucediendo que los planes de Dios no son nuestros planes.