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Cuando se acaba la vida y se muere en soledad.

Aquella mujer fue trasladada de su casa al hospital por un equipo de extraños. Fue apenas un soplo de fiebre y un agotamiento en la voz. Dos toses de pecho y la certeza de convivir con el peligro que da tener un comercio de alimentación, y un hijo en el hospital con turno de noche.

Apenas pudo despedirse. Quizás te ingreses, puede que no sea nada. Llévate el móvil. Pero tenía escrito el miedo en el asomo de sus ojos marrones. Color café, tras el sendero de las gafas de ver. Habrá que cerrar, que remedio. No pasa nada. Lo importante es la salud. No añoraba el café de mitad mañana, el que le traían al comercio, para no perder un instante de mañana cuando se olvidaba. Ahora lo añoraba todo cuando escapó en una ambulancia que más parecía estación espacial que orbitara la luna que lugar para recuperar la salud.

Marido e hijos. Allí quedaba la familia todavía por construirse el futuro. El pequeño sollozaba, pero ella le dijo que no era nada. Que en cuatro días volvería, aunque nadie supiera con certeza el día que tal cosa sucedería. En unos días volveré, pensó. Y así lo dijo. Preocupación en su marido y ansiedad en los medianos. Cerró los ojos y dejó escapar una pequeña lágrima de la comisura de sus párpados. Apenas era nada. Seguro que regresaba en una o dos semanas.

Trámites de enfermedad contagiosa. Distancias, diagnósticos y un par de pruebas para asegurarse de que sí, de que era estadística de la pandemia. Hoy la citarían en Moncloa como un número más, y pasaría a ser de los contagiados que estaban hospitalizados. No es que la fiebre fuera alta, es que tenía hipertensión y tos. Había que prevenir, y quizás por algo azaroso ella sí gozaría de cama. Que no sea nada y que se pase pronto. He tenido suerte, se decía cuando intentó enviar un mensaje por un móvil que ya no tenía cobertura y que perdió la batería en un alarde de impaciencia. ¿Para qué recargar?

Entró preocupada, y las horas fueron pasando como pasan cuando uno está convaleciente. Durmiendo y pensando. No podía salir, y nadie podía entrar. Algún médico y las pocas enfermeras que parecían astronautas enfundadas en sus trajes espaciales le pusieron gotero, por si acaso. Eran gentiles, amables y encantadoras. Pero no podían estar demasiado tiempo dando conversación. Esto se desborda, y sonreían. Gracias, gracias. La comida  la dejaban en la bandeja y tras ingerir sola su alimento durmió hasta el segundo día.

Por la mañana algo debió suceder en sus pulmones que fue llevada a una Unidad de Cuidados Intensivos, donde embotan tu mente, la llenan de tubos y derramas unas último quejido. No puedo respirar, y era verdad que no podía. Mejor prevenir. En la UCI hay respiraderos. Son de un país que no puedo recordar, llegaron hace tres días, ha tenido suerte. La suerte de la enferma que se agarra a un pedazo de plástico motorizado por una fábrica de coches reconvertida para tiempos de guerra. Así dijo el telediario que no pudo ese día escuchar. Respiradero hecho para la ocasión.

Nada sabemos de mamá. Que será de ella. Que hay que resistir. Que dice un médico que le ha dicho que está medio bien a tu hermano. Que pronto pasará. Pobriña tan sola en aquel cuarto tan grande. Con lo que le gustaba a ella la tienda y hablar.

Por suerte el capellán del hospital conoce su trabajo. Les ha llevado nuevas a la familia. Era una simple llamada de ida y vuelta. Que está bien, pero en la UCI. Eso me han dicho. A ver que puedo hacer, hablaré con ella y ya les diré. En la UCI solo hay una hora para encontrarse, pero ahora está limitado a un segundo de tristeza. Lo saben ya todos. Aunque nadie sabía nada.

Y alrededor de ella la vida se pasa. Todos usan mascarillas, tapabocas dicen los vecinos de arriba. Y portan guantes y plásticos como los chubasqueros que usamos para el fútbol cuando llueve en Valladolid. Real Valladolid. Se lo diré a Paco cuando regrese a casa. Qué pena que no haya ni fútbol, ni la tienda está abierta, ni sé nada de mi familia. Espero que no se hayan contagiado y estén bien. En esta soledad, los de las camas de al lado están como yo. Con miedo los despiertos, y con fiebre los dormidos.

Mi hijo puede entrar a verme. Trabaja aquí, pero no se puede acercar. Mis pulmones se están encharcando dicen, pero quizás pueda superar la enfermedad. Me duele, es verdad, y la mañana parece dulce comparado con la tarde que me dicen que esto irá a más. No sé que me han puesto en el gotero. Por suerte, ha venido el capellán, gracias al médico de guardia. A la enfermera. Gracias a todos, pero ya no puedo más. Necesito salir y volver a mi casa. A dormir en mi casa, y a escuchar la voz de mis niños. Y sólo escucho la soledad de unas paredes verdosas y un cielo fluorescente de estrellas que brillan día y noche.

Desde la UCI escucho unos aplausos, no son muchos. Y veo como cubren con una sábana al compañero de cama que hace unas horas estaba algo mejor que yo. Me duele mucho el pecho, más que antes, y la fiebre no remite.

Y sé que es el final.

Paco, Javier, Ana, Lucía y Manuel. Sé que los cuatro estarán preocupados. A mis padres que tanto me quisieron y que me hicieron tan feliz. ¿Por qué me acuerdo ahora de ellos? A las amigas que se fueron del pueblo, igual que yo. ¿Dónde estarán ahora? Me duele y no puedo casi respirar, si no fuera por esta máquina bendita.

Soledad y angustia. Rezo una oración olvidada que aprendí de mi madre cuando era pequeña. Pues yo nunca he sido de rezar. Te pido perdón, Señor, por las veces que no lo hice bien. Aunque no sé si hay un Dios al otro lado. Nadie lo sabe. Pero si lo hay me gustaría estar a bien con Él. Pero algo tiene que haber. ¿Y si no hay nada? Aun me quedan unas horas, espero. O tal vez no. Que aburrida es esta soledad. Siento que estoy sola. Me hubiera gustado un final con Paco de otra forma. Jubilarnos y poder disfrutar un poco juntos. ¿Qué será de él si me muero? Me molesta el silencio que interrumpen las enfermeras. Las escucho perfectamente hablar. Silencio. No quiero seguir pensando, prefiero callar mi mente. Pero no puedo. ¿Y si me muero así, en soledad?

Su esposa perdió el conocimiento ayer por la tarde, al parecer una embolia pulmonar complicó la neumonía. No la pudimos recuperar.

Y lloran los cinco que quedaron en casa. Y tienen miedo por si ahora es su padre el siguiente. Y no habrá funeral. No puede haber funeral, lo ha dicho el de las estadísticas. Ni funeral, ni misa de difuntos. El capellán nos ha dicho que la encomendará, y que cuando pase todo…

Pero ya ha pasado todo para nosotros. Esa tarde, fue una estadística más.

La de los fallecidos. Pero no es una más.

Era Maite, la de la tienda.

 

 

PD: Dedicado a los caídos por la pandemia Covid-19. A sus familias.

 

 

 

Me ha explotado el lavavajillas pero no pasa nada, porque cómo en casa en ningún sitio.

Lo dicho. ¡Cómo en casa en ningún lado!

Si no fuera porque nos han encarcelado en nuestros hogares, y porque el virus está matando a la gente sin que se entere el gobierno, esto sería el paraíso. No es el paraíso para todo el mundo (faltaría más), pues siempre hay gente que no se puede pasar sin dar la paliza a la basca, pero en general, en casa se está de puta madre. Salvo por unos pequeños detalles sin importancia.

El sumario televisivo de nuestra vida ordinaria nos indica, en esta cuarentena, que la mayoría estamos entretenidos dilapidando nuestro patrimonio personal y nuestras virtudes conseguidas durante años, y estamos entregados a la noble tarea de la desidia y el malgasto de tiempo. Algo que Paul Lafargue ya disfrutó como un cabroncete. Aunque perder la vida sea muchas veces ganarla, todo sea dicho. Muchos están en casa como pollos sin cabeza, y otros como cabezas sin pollo.

Yo me imagino al personal degradándose a golpe de mando a distancia, arrostrados por la querencia a la bollería casera, la que suele hacerse en la cocina que habitualmente se entrega a los precalentados; o como solícitos vagabundos de las redes sociales, donde los memes y los chistes rabiosetes hacen su agosto bajo la hilaridad de los cientos de mensajes a la hora.

Luego, por la tarde, nos llega  el parte del sargento chusquero, el tal Sánchez que nos cuenta lo feliz que está de haberse conocido. Y por la noche al catre, ale, a seguir almacenados como basura en nuestras casas, que se han convertido en contenedores llenos de virus y de inmundicia humana contagiosa.

Yo, en mi modesto caso, estoy prescindiendo de las redes sociales que son aburridas y están llenas de inquina y de lameculos de lo suyo, y me he entregado a la noble tarea de leer y de disfrutar de la vida con lo que la vida nos trae, que no es poco. Además de los oficios de Semana Santa, el mundo se ha vuelto de otra manera entretenido y simpático.

Si me lo permiten.

Reparaciones de hogar: El Viernes Santo se nos fundió el lavavajillas, pero lo hizo de la mejor forma posible. Echando chispazos y atronando cual tormenta eléctrica que hubo en su interior. Ya tengo que decir que no pasó nada, ni pasó a mayores. El diferencial eléctrico saltó, se llenó todo de humaco de vapor de agua del interior del lavaplatos; y la resistencia -no la del Dúo Dinámico, sino la del lavaplatos- se descacharró partiéndose en tres trozos. Y eso que es de hierro fundido fabricado hace veinte años. Supongo que la obsolescencia programada ha pasado ya su factura y nos ha hecho la pascua, aunque no la de Resurrección, lógicamente, sino la del Viernes Santo. Ayes y por poco no la contamos. La pequeña nos avisó, que es un cielo. ¡Papi, papi, que salen chispas de la cocina! Y corrimos a desenchufar el aparatejo. Por suerte, yo tardo menos en lavar platos a mano, pero no porque sea rápido en esto, sino porque soy lento metiendo la vajilla en el lavava, que ya está difunto.

Luego está la vida de mi vecindario. Supongo que será parecida a la de todos, pero hay que saberle sacar partido. Es verdad que no observamos la cantidad de zumbados que hay por el mundo, salvo en agosto que se hacen notar porque somos menos en la ciudad. en cambio ahora, se están haciendo valer porque estamos todos callados, y eso, con la ventana abierta, salvo uno que sea sordo, es imposible no escuchar música celestial mientras lees tomando el sol en el balcón.

De todos los chalados se lleva la palma mi vecina del primero, que se le ha ido la pinza hace tiempo. No es de ahora y no invento nada. La mujer está como una puta carraca. Fuma porritos lo indecible con la ventana abierta, y de cuando en cuando insulta a todo el mundo que se pasee por delante. Echa basura al patio interior, y un día que tuve que llamar a la poli porque estaba intentando montar un fuego de campamento en el descansillo de la escalera, nos abrió la puerta en tetas caídas, mientras las meneaba como si fuera Brigitte Bardot con veinte años.

-¡Mirad, mirad que tetas tengo! ¡Jodeos cabrones!- dijo para meterse de nuevo en su metafísico hogar.

La contestación del policía municipal, un tipo alto, algo desgarbado y con experiencia en resolver conflictos in situ, se comportó como un verdadero profesional. Aquello fue determinante para que me escojonara de risa por la escena, realmente salida de una peli de Berlanga.

-¡Venga señora, qué para lo que hay que ver!

Y era verdad, sí. Había poco que ver. Ahora la señora anda más recatada en lo de las tetas. Supongo que es por aquello de que no se puede salir de casa, pero la sigue preparando día sí, día también, a voces y molestando al personal.

Yo lo entiendo en parte, porque como con el confinamiento hay gente que sale a la plaza a dar espectáculo, pues eso altera a la buena señora, la cual se cabrea de que le quiten protagonismo. Últimamente grita y tira los envases de cervecita vacíos por la ventana, e intenta canturrear algo contrario a los himnos fascistas que según ella suenan por los balcones. Para evitar escarnio con la profesión respetable que profesa, omitiré su trabajo que es casi como el mío pero en otro centro. Por supuesto está de baja.

Luego está el desenlace de las ocho de la tarde. Debe haber variedad  de espectáculo según la zona de la ciudad donde vivas. Hay barrios donde algunos dan conciertos personales con sus instrumentos favoritos por un rato que va entre los dos minutos y los quince. Hay gente educada que por no hacer el feo al artista, y por amor al aire callejero, escucha interesada tras los aplausos a los sanitarios. Se supone. En la mía, por ejemplo, no falta de nada. Primero se aplaude sonoramente, mientras saludamos al de enfrente al modo romano, hola, ave, qué tal, bien. Y luego, algún vecino concienciado de la causa nos pone el himno de España como si estuviera la orquesta entera metida en su casa. Varios vecinos sacan sus banderas patrióticas, y yo, que soy buena gente, me pongo la mano en el pecho (para que vean que soy norteamericano de Valencia) mirando al cielo como si fuera un jugador de la selección. Iniesta mejor que Ramos. Luego aplaudimos y varios niños gritan desahogándose unos vivas a España, que a mi me suenan a un “a la mierda este confinamiento”. El caso es que los nenes son respondidos por todos los vecinos, y me incluyo, con alegría y contumacia. Ahí es nada. Lo echaré de menos cuanto acabe todo esto. Himno y bandera. Parecemos un país de verdad y no una puta mierda acomplejada.

A las nueve termina la sesión con un griterío de cacerolas y sartenazos. Se vocifera contra el poder establecido, contra Sánchez y su puta madre, contra todo lo que se mueva, y contra el gobierno. Deben salir menos, pero sí son bastantes; y yo, salvo el primer día, no suelo asomarme porque estoy a otros menesteres personales. Es entonces cuando aprovecha la vecina grillada del primero para asomarse a la ventana e insultar a todos, pero va por días. es entonces cuando se activa el “salvame callejero”, porque los indignados se la devuelven con creces. Para mi que le dan estopa como si fuera el Iglesias o alguna pija de esas que nos gobierna. Loca, hija puta, cabrones, fachas de mierda… el caso es que hay un buen rollo que me encanta.

A la policía casi no la veo por aquí, aunque andan cerca supongo molestando a los que arriesgan sus vidas saliendo de casa. Por cierto, el otro día vimos un arco iris espectacular en el cielo, cuyas fotos han dado la vuelta al planeta. Precioso. Y es que como en casa en ningún sitio.

Maestros que mueren con M de Marzo. Ayer Delibes, hoy JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO.

Hoy ha muerto José Jiménez Lozano, 9 de marzo del 2020. Descanse en Paz.

Escuchadme todos:

Ha muerto un escritor magnífico, admirado y comprometido con su fe y con el hombre. Humanismo cristiano hecho letras en un mundo que odia lo humano, lo cristiano y las letras.

Ha muerto José Jiménez Lozano, y pertenecía a esa raza de escritores que son necesarios, casi imprescindibles en nuestra tierra.

Hace diez años fallecía Miguel Delibes, también marzo, fue el 12 de marzo de 2010. También escribía historias que nos han hecho escuchar lo más humano de lo humano. Lo más profundo del aire, que dijera Guillén junto a San Pablo, lo más auténtico que fueron en sus personajes, donde se retrata a la lumbre el fuego del alma de Castilla.

Y porque las letras están de luto, yo también ando como perro olfateando las esquinas. Como Rinconete y Cortadillo, que al lado de mi casa se entregaron a desentumecer sus vidas con un coloquio de penas y un ladrido de miseria. Cervantes los vio y nos los contó.

Y junto a la columna de esa esquina se enseñorea con su pluma y su paloma en la cabeza José Zorrilla, al que dieron en la plaza un hueco ladeado, cuando el nos dio a doña Inés en desvelo por causa del amor sufriente por el Don Juan.

Y me guardo triste cuatro versos sueltos:

 

¿Qué tendrá este mes de marzo que convoca a los Maestros?

¿Qué tendrá este tiempo amargo que olvida a los vivos para homenajear a los muertos,

pero que ni lee a los vivos ni a los muertos?

¿Qué tendrá esta tierra mía, que se nos van los poetas buenos?

¿Qué tendrá el aire hoy de Castilla, sin José y Miguel? Cielo.

¿Qué guardará San Pedro de los ángeles con tanta alma al término de su destierro?

¿Qué nos esperará a nosotros, los vivos, cuando busquemos una voz nueva,

y no encontremos más que silencio?

El mundo está más huérfano, y tú, Valladolid, de luto y de entierro.

 

 

 

 

 

 

Veintidós ministros de cuchipanda.

Este fin de semana, el presidente del Gobierno, gente progresista y feminista a tope, se ha ido de casa rural con los ministros de su gobierno. Es verdad, que les ha costado encontrar una casita, pues son veintidós pibes y no es fácil, pero al final la Calvo lo ha conseguido. De hecho, llevaba el tema en mente desde hace días, y debió ser un tema importante en el último Consejo de Ministros, que son secretos y los martes, pero que deduzco de manera natural de qué hablan en los ruegos y preguntas.

-¿Qué tenéis para el finde del 8 de febrero? Pues reservar que nos vamos de convivencias.

-Bieeeeen.

Y se lo han tenido que pasar bomba, porque esta gente de izquierda solidaria, progresista, feminista y antifascista donde va, triunfa. De hecho fueron en autobús para divertirse más y no sufrir los atascos de la capital. Es lo que tiene ser solidarios con el medio ambiente. Es verdad que podrían haber ido en bici, pero la Calvo dijo que no. Que ni hablar. Mejor en un ecoautobús, y se acabó.

Es verdad que los desayunos eran temprano, y que hay ministros que no les mola madrugar porque no están acostumbrados al curro duro; pero claro, tras la fiesta de pijamas del primer día, nadie quiso perderse al coletas despelujado con babuchas sarracenas. Bajó por la mañana con Irene, su señora, que está henchida de gozo por irse de convivencias con su marido.

Los demás se morían de envidia, pues no pudieron llevarse a sus respectivos ni por asomo. A los de Galapagar les dieron la suite nupcial, y los barones que se han enterado se han chinado de la leche. El amigo Pedro, que es el líder cuya luz nunca le llega al cogote, no estaba contento del todo la primera noche, pues parece ser que cuando se va de casa rural suele tener problemas porque se le salen los pies de la cama. Y es que el tío es alto y tiene problemas con sus pies.

El tema trajo miga incluso en el autobús. No es para menos. Pablo e Irene son la primera pareja matrimonio que son ministros los dos, y eso, aunque a muchos les suene a Ceaucescu y su señora, o a Marcos y la Imelda, no es verdad. Es porque somos unos fachas malpensados. Ellos viajaron juntos en el autobús, y los demás tuvieron que andar regateando pareja de viaje. Dicen las malas lenguas que es porque se parecen a los Clinton, Bill y Hillary, y por supuesto hay que alejar a las becarias de macho alfa de la tribu de los progresistas, feministas, solidarios y antifascistas. De hecho, aquella noche, fueron los únicos que se daban arrumacos  en la fiesta de pijamas para envidia del resto de los ministros, que se tuvieron que conformar con mirar y beberse su cubata de cincuenta euros.

El caso es que la fiesta de pijamas fue un éxito, sobre todo cuando se hizo tertulia en el salón de abajo después de cenar.

Pedro sacó su guitarra, la del campamento de las juventudes socialistas, cuando cantaban a Quilapayun y el kumbayá. Y se sintieron todos dichosos cantando lo de la muralla y el pueblo unido jamás será vencido, que para eso se han juntado. Pablo, que también es muy ducho en fiestas de facultad, sacó unos petas, y aunque la ministra de sanidad (no sé quien es pero seguro que es una mujer y acierto) le miró con recelo por aquello de facilitar el contagio del coronavirus chupando el mismo cigarro, nadie dijo nada, pues son gente moderna y moralmente superiores. Cantaron una cancioncitas y disfrutaron contando unos chistes de Franco que casi nadie se sabía, pues no lo vivieron. De hecho los llevaba Abalos escritos. Eran malos, los chistes digo, pero se tuvieron que reír para evitar suspicacias. Cuando llegaron chistes de mariquitas, de aquellos de Arévalo, ya dejaron de reirse y se fueron a la cama. El coletas con su churri, faltaría más, y los demás con pena pensando que no habían tenido ninguna oportunidad de ligar en aquel ambiente tan insano.

Al día siguiente, tras el desayuno de café au lait, digo que a media mañana, alguno se empezó a aburrir y propusieron una caminata al Valle de los Caídos, pero se vé que no tuvo éxito, y ahí empezaron los problemas, pues montar una convivencias sin nada que hacer es superaburrido. Por supuesto, alguien dijo que se podía jugar a hacer una lluvia de ideas bajo un mismo tema, en este caso: temas que cabrean a la derecha, y se entretuvieron hasta la hora de comer y se lo pasaron muy bien, aunque el tema era repetitivo.

Un, dos, tres, responda otra vez. Cosas que cabrean a la derecha: sacar a Franco de la tumba, llamar ultraderecha al que no diga que todo es violencia de género, quitarles la educación de sus hijos, afirmar que la Justicia es un poder al servicio del gobierno, indultar catalanes sin preguntar, invitar a Torra a la cuchipanda… Jajaja. interrupción. Perdieron algunos, porque todo el mundo sabe que Torra es de derechas y nacionalista, y no de ERC. ¿Quién lo iba a decir? La próxima vez hay que invitar al Rufián, que es un parto el tío.. Ahí se lo pasaron bien, y han sacado unas cuantas ideas para los próximos meses, que se van a divertir y nos van a entretener a todos con sus cosillas de gobernantes.

Con la comida llegaron otros problemas no menos graves que los anteriores. Con la cena del día anterior no pasó nada, pues la gente fue con su bocata, y aunque hablaron de compartir, no se animó más que el Ministro de Agricultura con unos yogures que guardaban de la época de Cañete. Nadie los probó, pues procedían del averno Aznar. Pero ahora, con la comida, los ánimos se empezaron a caldear cuando propusieron el menú.

Que si a mi me gusta lo vegano, que si yo soy huevófago y sólo trincho pimientos coloraos, que si yo no puedo comer pescado porque los progresistas no comemos seres vivos con memoria de pez (lo cogen, lo cogen). Ahí se entablaron varias discusiones terribles, que se resolvieron cuando el presidente afirmó que había que llamar a los veintidós cocineros personales de Moncloa, asesores incluidos de radio y televisión, para que les hicieran un menú verdaderamente progresista, sostenible y con perspectiva de género. Un ecomenú, vaya.

Comieron lo que les dio la gana, excepto rabo de toro, que lo denunciaron como comida fascista y machista en grado superlativo. Pásame otro peta, Pablo.

Por la tarde las actividades se atascaron, pues varios ministros se echaron una cabezadita que se prolongó hasta la merienda. Recuperaron las formas con el partido de fútbol  que propusieron. Siendo veintidós, pues once contra once. El problema es que para no parecer cerrados, se hicieron equipos nombrando como capitanes a Pedro y a Pablo. Se cabrearon varias ministras cuando vieron que nadie las escogía, y decidieron formar su propio equipo. Heteromachos contra mujeres, y para dar perspectiva de género, los hombres tenía que jugar de rodillas, sin poner las plantas de los pies sobre el suelo. Es discriminación positiva, y todos se callaron como muertos jodiendose los ligamentos cruzados anteriores y posteriores.

Aquí se lo pasaron bárbaro. No porque ganaran ellas, sino porque dieron un balonazo a Abalos en los huevos, y daba gusto ver trinchado por el suelo al ministro. Luego se fueron a cenar a un burguer cercano de unos sindicalistas, que quisieron homenajear a los legítimos representantes del pueblo. Por supuesto, hubo langostinos, pero aquí nadie protestó pues dieron la consigna de no contradecir en asuntos de Estado a los sindicatos mayoritarios. Y se comieron los langostinos como está mandado. Luego volvieron a casa felices, no sin antes abrazarse a sus nuevos amiguitos.

Que digo yo, que si lo retransmitiera la tele, que sería mejor que la Isla de las tentaciones. Es por dar ideas a las cadenas…

(continuará algún día…)

 

 

Las heces envasadas del tío Pit.

Cuando Pit descubrió que podía envasar sus heces para venderlas en una performance,  su ama de llaves levantó una ceja, arrugó su papada y se ofendió 2,5 en escala Richter. Estaba claro que era una señora como las de antes, y que no deseaba molestar al dueño de Napoleón, que era el nombre que convinieron para llamar al caniche de oro fino que deambulaba por su palacio.

Con la ocurrencia llegaron los insomnios, que pueden resumirse en tres. ¿Qué si no? El primero lo provocó la Hacienda Pública, el segundo el Ministerio de Sanidad francés y el tercero la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra de Bélgica.

Hacienda le envió una carta, pues tanto defecar como vender mierda debían pagar el correspondiente Impuesto de Valor Añadido.

Pit contestó que ya había pagado IVA al comer, y que era la misma materia subatómica que ahora defecaba y vendía, y que no se podía pagar dos veces por lo mismo.

Hacienda respondió que si esa mierda ahora valía oro, debía ser repercutida en los porcentajes que marcaba la Ley, es decir, el 21%. Y que debía pagar por cada ñordo valioso que arrojara y fuera vendido, donado o almacenado  a partir de la correspondiente notificación y sin efectos retroactivos.

Respondió Pit que la mierda la había cagado en el Louvre en Francia, que él era un artista y que no debía quedar sujeta a impuestos españoles sino franceses. Y que era una obra de arte. Y por supuesto, aseguró en carta jurada que no pensaba cagar más, no se lo fuera a gravar la Hacienda de los cojones.

La Agencia Tributaria se sonrió, y tras aceptar la declaración jurada de no volver a hacer arte con sus heces, informó a escondidas a a Francia para que investigara sobre el asunto.

Sin embargo, antes de que enviaran la mierda al depósito de los Juzgados de la plaza Castilla de Madrid, para que se tramitara su venta en subasta pública, llegó una llamada de la Ministra de Sanidad francesa a su homólogo español con una importante reclamación. Aquellas heces, que habían sido producidas en el Louvre pertenecían al Louvre, pues era arte robado y debían, según la normativa vigente de la Unión Europea para la protección del arte y contra el brexit, quedarse en suelo francés.

Aceptó al petición el ministro español, que era de natural conciliador, y tras enviar el único resto de heces del tío Pit, abrió un proceso penal contra el artista, por robar arte francés a sabiendas.

El tío Pit fue detenido el jueves por la tarde cuando estaba intentando negociar una exposición de arte con la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra con sede en Bélgica, y sucursal en Tierra de Campos. A la vez se abrió un debate importante sobre el Guernica que no llevó a nada.

Sin embargo, aquella detención alertó a la prensa, que tras movilizar a la demogresca en un par de programas, logró que la exposición de las primeras heces del tío Pit, defecadas en 1969, culminaran con una marcha nupcial de varios colectivos liberales. Se multiplicaron las visitas, las bodas, los banquetes y las heces por los medios. Hubo incluso varios miles de chalecos amarillos que se manifestaron frente a la sede de la Embajada China sin motivo suficiente.

El caso es que, por desgracia, el pobre tío Pit tuvo que huir del continente, pues estaba decidido a no pagar más impuestos por la venta de sus cagurrios. Y además estaba harto de no poder usar las toilettes de la Europa civilizada.

Cuando falleció, veintiocho años después en Pernambuco, hablaron de la falta de incentivos que había en España para proteger la cultura y a los grandes artistas. Por supuesto, junto al cuadro de “la Libertad guiando al pueblo” en el Louvre hay una inscripción que indica que en ese lugar, el tío Pit tuvo su primer retortijón en tierra francesa. Un lugar que ha despertado una variada literatura sobre qué quiso decir el tío Pit, y si tiene relación con que todo comenzara delante de un cuadro tan emblemático.

Y Fin.

 

Naturaleza muerta con gato erótico de porcelana.

Nunca pensó Melquíades Finosa, licenciado en artes marciales, que cuando se comprara un gato de porcelana para el salón de muertos, tropezaría su vida con la más trigonométrica tranquilidad a la que estaba acostumbrado. La imagen era ordinaria, pues se trataba de un gato simple con bigotes y sonrisa de tresillo, pero los movimientos incómodos de la porcelana se le antojaron demasiado acordes a su gusto por el caldo de pollo destilado en el alambique.

En cuanto se mojaba Melquíades en los caldos del alcohol, el gato mutaba el rostro. Entonces miraba despacio a su interlocutor, para luego sorber el aguafuerte que otrora le diera tantas tardes de gloria. Sucedió, para su desgracia, que se agitaba el minino de porcelana profiriendo un ronroneo característico. Terminada la fiesta, se bebió a chorros de la garrafa, con la intención mortal de ahuyentar su mal, pero sólo obtuvo como exiguo resultado una camisa blanca desesperanzada y un maullido en fa menor sostenido, que todavía lo recuerdan los músicos de la aldea de Catalicapanga, por haber logrado la erección del retorcido olmo de la plaza de la Revolución.

Melquíades se atolondró por la fatiguita del día, pues quedó adicto a los contoneos de su gato, y tras destilar los muebles del salón, el hamster japonés de la cocina y licuar en fermento de alambique varios de sus pañuelos de tela, guardados de la época en que los hombres tenían mocos en las narices, apuró y se bebió todo esperando que el gato siguiera con sus movimientos de polichinela en celo. Y así fue. La porcelana se le insinuó con más descaro que una gallina contemporánea.

Luego destiló el televisor, convirtió en bebida sus cinco móviles de última generación, e incluso se atrevió a destilar las quince garrapatas de un perro vagabundo que en soledad se lamía el desempleo. Todo era destilable y convertible en bebida espirituosa, y aquello no había hecho más que empezar.

El gato de porcelana mostró que tras sus barnices había todo un infierno de placer oculto en él, abrió la pata trasera derecha desocultando sus encantos. Melquiades estaba enamorado de una porcelana preciosa y buscó más elementos que beber y que destilar en su alambique.

Destiló el vecindario entero, con sus mascotas y sus vecinos de orejas puntiagudas. Destiló coches, estaciones espaciales, autopistas y ciudades enteras. Incluso acudió a un plató de televisión para destilar a cientos de famosos más aporcelanados que su gato, acometió y convirtió en bebida espirituosa a cincuenta presentadores de telediario de su país, y acabó con la vida de miles de políticos de verso suelto y de frase idiota. Se los bebió a todos tras destilar en su alambique a un sistema solar que no le daba más que sinsabores.

Y entonces sí. Entonces el gato habló y dijo algo que Melquiades Finosa, licenciado en artes marciales, nunca pudo olvidar.

“Tienes que dejar la bebida antes de que hables con los cuadros”.

Y él obedeció, pues quería de veras a la que iba a ser su esposa.

 

(Lo sentimos, pero no continuará).

FELIZ NAVIDAD 2018

A todos los lectores de este blog, y a los que nos seguís desde distintas plataformas sociales.

Os deseo una Feliz Navidad 2018.

 

 

En Belén nace un Niño,

Unigénito de Dios.

Y en el corazón sincero,

su paz y su redención.

 

 

Una ciudad española dentro de 200 años. (Crónica del infierno demográfico).

Aquella mujer enterró al último habitante de su ciudad, es decir a su madre. Tenía 68 años y se seguía considerando una mujer joven y atractiva. No conocía a nadie que viviera cerca de su barrio, pues era la última habitante de su ciudad. Una ciudad fantasma, donde los últimos no eran los primeros.

El trabajo telemático estaba bien, pero ahora que había fallecido la única persona con la que hablaba en carne y hueso, echaba de menos a otros seres humanos. Su madre le había hablado de otro tiempo… de las ciudades de más de 20.000 habitantes. Decían que antes había gente joven por el mundo. Nacimientos y niños. Pero eso no lo había conocido ella.

El último niño que correteó por su barrio había crecido y dejado de ser un niño, y lo sabe bien porque era ella. Nunca conoció a otros niños de su edad, pues estudió a través de un profesor que se aparecía por su ordenador todas las mañanas. Jugó a través del ordenador con amigas a las que nunca pudo tocar, salvo contadas excepciones. Seguía hablando con ellas de cuando en cuando por internet. ¡Qué gran invento! Luego fue a la Universidad y conoció a otra gente joven. Se divirtió, e incluso estuvo a punto de quedarse a vivir en Madrid con amistades de su edad. Pero ella no necesitaba a nadie, no quería tener hijos, y debía atender a sus padres, que no tenían a nadie más en el mundo que a ella. Ninguna de sus amigas quiso tener hijos, y no me extraña. Los hijos eran una esclavitud.

Recordaba a menudo que cuando necesitaba el afecto y el tacto físico en años más ardientes. Cuando buscaba algo de sexo, pedía al servicio de relaciones que le enviara alguien, pero incluso eso era ahora muy caro. Hola y adiós. ¡Qué bien funcionaba el transporte de su ciudad cuando había alguien! Aunque apenas hubiera cincuenta personas en Valladolid, era fantástico. En cambio ahora, no sé si llegamos a diez. Y por diez personas, nadie trabaja.

Mientras caminaba hacia el cementerio se afianzó en sus convicciones y en su forma de vivir. Se estaba tan bien sola, sin la intimidación de tener que hablar con alguien de carne y hueso. Incluso su madre había sido un incordio cuando hablaba demasiado. No se puede cortar la conversación cuando se quiera. No se puede oler ni sentir el malestar ajeno. Mejor sola y con el móvil, o con internet, o con las redes sociales que le evitaban el tener que quedar y sentirse vigilada, agredida, molestada… ¿Acaso no hablaba con sus amigas cuando le daba la gana? Y todo sin necesidad de soportarlas.

Llevó el cadáver al cementerio en una caja que le había llegado por correo en el reparto mensual. Metió a su madre tras vestirla con la ropa que encargó hacía dos meses junto con los placebos y unas cuantas medicinas para el tumor terminal. ¡cuánto había avanzado la medicina! Se podía uno morir sin apenas sufrir. Sin que nadie lo viera a uno sufrir.

También por el cementerio crecían las plantas y las flores silvestres sin ningún orden, igual que por la ciudad, y era precioso. Los nombres de los miles de personas que habían vivido y muerto, evocaba los miles de casas y pisos que se derrumbaban y que permanecían vacíos. Aquel enjambre de cadáveres  del camposanto estaba incompleto sin el suyo y el de su madre. Era hermosa la vida tal y como la concebía, quizás porque no había tenido otra. Se preguntaba cómo hubiera sido la ciudad con gente, los colegios con infantes y párvulos de todas las edades. Ella sólo había conocido sus ruinas. Se preguntaba cómo habría sido una cabalgata de Reyes, donde los niños se juntaban por cientos para ver pasar a los Reyes Magos. Ella nunca vio juntos a más de 7 niños, y fue en una fiesta regional.

Recorrió un pasillo desierto de vivos, pero colmado de muertos. Metros y metros de tumbas y de nichos, nombres del pasado, del XX y el XXI. Cuando se empezó a decrecer toda esa gente vivía en el mundo y fabricaba cosas, viajaba, tenía niños y cuidaba de sus ancianos, había servicios públicos con gente molestísima que no sabía vivir sin tener hijos. Eran unos atrasados, porque el futuro estaba en realizarse sin soportar a los niños. Eran patriarcalistas y opresores de las mujeres y de los niños.

De aquella época procedían los coches abandonados de los chatarreros, los aparatos eléctricos de nadie, las propiedades que habían acumulado los que no podían heredar. Es verdad que toda la ciudad era de su propiedad, y era fantástico sentir que todo era de ella. La última habitante.

Dicen que había sido una regla lógica muy sencilla: Si son muchos los que no quieren tener hijos, entonces habrá pocos niños. Y si esos pocos niños tampoco quieren tener niños cuando son mayores, entonces habrá todavía menos niños. Así hasta hoy, donde todos somos ancianos. Y es que los niños dan mucho trabajo.

Dicen que el último español en morir será un señor de 43 años que vive en Madrid, pero no hay ninguna mujer fértil que pueda tener hijos con él, así que nos extinguimos. Es lo que planearon a principios del siglo XXI. Además, es lo mejor para conservar limpia la naturaleza que es muy sabia. En eso también había tenido suerte, pues a nadie le gusta ser el último de una especie en morir.

De pronto, le abordó una duda. ¿Quién va a enterrar a los muertos si no hay nadie para hacerlo? Ella enterraba a su madre, porque la amaba. Y porque era lo único que le quedaba en la vida. Pero, ¿quién la iba a enterrar a ella?

Por suerte, había un servicio interestatal que enterraba a la gente a cambio de sus propiedades. Era una suerte no ser el último. Decidió, mientras empujaba la caja de su madre a la pared del cementerio, que contrataría aquel servicio tan humanizador.

Balcones relajantes chill-out con perros de peluche.

No había empezado el aguacero de la semana pasada cuando me asomo por la ventana de mi casa, para ver si llovía, granizaba o jarreaba, cuando mis ojos tropezaron por casualidad con el vecino de enfrente, el que tengo a tan solo cinco metros de distancia, pero al otro lado de la acera donde vivo. Enfrente y hacia abajo, pues el disfruta de la terraza que es deslunado, que es a su vez un prodigio de la decoración minimalista estilo relajante en un metro cuadrado. Lo que mide su balcón. Sofácito, toldo antichaparrones, mesa campera, plantitas gigantes y musiquita tranquilita. Que así da más gusto contemplar la lluvia en una tarde otoñal como las que disfrutamos en Valladolid.

El tipo, cincuentón como un servidor, andaba a la gresca con los hielos que se le estaban deshaciendo en su vaso de whiski on the rocks. Verlo era un prodigio. Los removía como para que se golpearan en las paredes del ancho cristal. Metía el dedo índice para remover mejor su apreciado licor, y de cuando en cuando lo depositaba sobre la mesa mojada de jardín. El tío estaba feliz. Ni que decir tiene que el señor entró visiblemente preocupado, y tras un adecuado plástico amarillo, que se puso encima a modo de poncho, salió con una bolsa de patatas. Ya saben, las chips de toda la vida. Felicidad y una tarde completa para el tío.

El hombre se subió un poco la música, me temo que no era Elvis, pero tampoco Camela, y es que el buen gusto aflora por los rincones de mi ciudad. Me sonó a algo parecido a glam rock, quizás Bowie pero en castellano. Por ahí. Luego salió su pareja, una señora con una permanente recogida con un plástico, la cual se sentó en el sofacito de al lado. En su vaso derecho una cervecita, y en el izquierdo otra bolsa, de chuskis, imagino. Por supuesto se enfundaba en algo parecido a una manta, aunque seguramente era más un nórdico de esos que hacen sudar a los osos polares en los iglús del polo norte. Fiesta por todo lo alto.

No llovía más que débilmente, pero al poco arreciaron las aguas y los goterones comenzaron a salpicar la calle. Sin embargo, apenas unos metros más abajo, sumergidos bajo un toldo entre amarillo con topos blancos y unas plantas que los escondían, estaban mis aguerridos vecinos. Su vocación estaba clara: resistir, disfrutar del verano hasta que vuelva, lo que sea. Todo menos plegar las velas y dejar la fiesta para otra ocasión. En fin, unos activistas.

A las tres horas volví a asomarme. La lluvia había cedido un poco, y aunque el toldo estaba empapado y formaba bolsas de agua, habían modificado el escenario. Se asomaba por la ventana algo parecido a una pantalla, desde la cual se podía ver un partido de fútbol. El verde del estadio no falla. Estaban medio de espaldas, porque no les entran las piernas si se ponen de frente a la ventana, y de espaldas a la calle. Pero les daba igual. Habían cortado salchichón, jamón y me temo que chorizo del bueno. Algo amarillo sería queso, pues tal forma tenía. Los vasos que copaban la mesa empezaban a ser más de cinco o seis. Estaban disfrutando de su tarde de gloria y hablaban elevando el tono más que antes.

A las dos horas y media volví a verlos sentados. Hacía un frío gélido, de los de por aquí. Y ellos seguían en su balconcito. Creo que estaban con un cafelito, sentados más relajados y sin el toldo. Normal, si no llueve, lo lógico es salir a la terracita. La pena es que no tengan un balcón más grande, pues ese metro y medio por dos, apenas les deja estirar las piernas sin golpear sus zapatillas con la pared. Las plantas ya no estaban, y es que las han debido meter en la casa, para que no sufran. Tenían unas botas de piel, de esas que usan los esquimales para pasear por el hielo, y para evitar fríos indeseados, descansaban sus pies, casi a la par, sobre la mesa. La música no sonaba, y es que imagino que estarán esperando a la primavera para poner Las cuatro estaciones de Vivaldi. La tele tampoco estaba, pero supongo que es porque se les acabó el partido, y en su lugar había un par de peluches sobre uno de los sofases, lo que me indica que debía haber niños cerca.

Entonces reparé en un gropúsculo de adolescentes que por la calle, birras en mano, proferían sonidos guturales inarticulados. Medio corrían y cantaban, intentando aparentar más disfrute y fiesta del que en realidad traían consigo. Uno se medio caía y los demás se reían como si estuvieran poseídos por el espíritu de la falsedad. No pude evitar levantar la vista para ver que a tan solo unos metros, por encima de ellos, unos señores cincuentones disfrutaban apurando sus birras felices y complacidos de no estar en la misma fiesta. Hasta los peluches gozaban con su momento chill out.

 

PD: Es cierto que las vistas de las que gozamos no son las mejores, pues contemplar mi balcón, y el de mis vecinos, no debe ser como asomarse al apartamento de Torrevieja, donde el mar azul desborda la vista, y el olor a sal ensancha el alma. Tampoco son los picos de Urbión, ni las nieves adorables de Guadarrama, Gredos o Cervera de Pisuerga. No, claro. Pero con un poco de imaginación, el alma es capaz de ver luz donde todo es penumbra. Tumbona, sofases, y a disfrutar pensando que uno está en medio de los Alpes con los esquíes a punto de salir a darlo todo en el telesilla. Eso es un balcón y lo demás son chorradas. El balcón que todos necesitamos en nuestra vida.

Y es que no hay nada como saber disfrutar de lo mucho que nos ha regalado la providencia. Incluidos los peluches.

 

 

 

Nos mienten. Siempre nos han mentido.

Nos mienten.

Repito: nos mienten.

Nos mienten por la mañana, por la tarde y por la noche.

Nos mienten porque subrayan medias verdades sin contarnos la otra mitad.

Nos mienten despreciando y olvidando la verdad.

 

Nos mienten porque quieren nuestros votos y nuestra atención.

Nos mienten porque quieren nuestras conciencias, nuestro pensamiento y nuestro comportamiento.

Nos mienten para vendernos sus productos, y ya somos oblación de sus anunciantes. Picada de tres cuartos.

También nos mienten porque nos quieren sumisos, uniformes e iguales.

Mienten y lo seguirán haciendo para que seamos avanzados, inanes, felices y malos.

Y nos mienten con mentiras engañosas que nos confunden.

 

Nos mienten para que repitamos sus consignas formales y asertivas.

Y para que nos llevemos las manos a la cabeza indignados por la mentira que ellos mismos han urdido.

Mienten con saña para alejarnos de Dios.

Pero quizás no saben que somos un resto.

Y que conocemos la verdad que trasciende las cosas.

 

Ellos quieren que la humanidad sea  una masa amorfa y blanda, y mienten por el poder.

Nos mienten. Y nos mienten sin parar desde hace siglos. Guiados por el príncipe de las mentiras que les ha prometido el éxito, el dinero y el poder.

Mienten por el poder. Y sueñan la mentira de una lucha de clases eterna. Aspiran ser verdugos de un periodo de Terror eterno donde todos mueran por la justicia, que es la bota de su nuevo demonio. Morirán en Thermidor, un martes. Si no, al tiempo.

 

Pero nosotros conocemos la verdad.

La verdad que afirma a Dios.

La verdad que confía en los hombres mansos. La verdad de los perseguidos por inocentes.

La verdad que siembra la paz en el corazón. La que repara el odio en los silencios llenos de amor.

La verdad del monte Tabor es ya vencedora.

Pero ellos no lo saben, pues no quieren un dios traspasado en una cruz.

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.