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Las heces envasadas del tío Pit.

Cuando Pit descubrió que podía envasar sus heces para venderlas en una performance,  su ama de llaves levantó una ceja, arrugó su papada y se ofendió 2,5 en escala Richter. Estaba claro que era una señora como las de antes, y que no deseaba molestar al dueño de Napoleón, que era el nombre que convinieron para llamar al caniche de oro fino que deambulaba por su palacio.

Con la ocurrencia llegaron los insomnios, que pueden resumirse en tres. ¿Qué si no? El primero lo provocó la Hacienda Pública, el segundo el Ministerio de Sanidad francés y el tercero la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra de Bélgica.

Hacienda le envió una carta, pues tanto defecar como vender mierda debían pagar el correspondiente Impuesto de Valor Añadido.

Pit contestó que ya había pagado IVA al comer, y que era la misma materia subatómica que ahora defecaba y vendía, y que no se podía pagar dos veces por lo mismo.

Hacienda respondió que si esa mierda ahora valía oro, debía ser repercutida en los porcentajes que marcaba la Ley, es decir, el 21%. Y que debía pagar por cada ñordo valioso que arrojara y fuera vendido, donado o almacenado  a partir de la correspondiente notificación y sin efectos retroactivos.

Respondió Pit que la mierda la había cagado en el Louvre en Francia, que él era un artista y que no debía quedar sujeta a impuestos españoles sino franceses. Y que era una obra de arte. Y por supuesto, aseguró en carta jurada que no pensaba cagar más, no se lo fuera a gravar la Hacienda de los cojones.

La Agencia Tributaria se sonrió, y tras aceptar la declaración jurada de no volver a hacer arte con sus heces, informó a escondidas a a Francia para que investigara sobre el asunto.

Sin embargo, antes de que enviaran la mierda al depósito de los Juzgados de la plaza Castilla de Madrid, para que se tramitara su venta en subasta pública, llegó una llamada de la Ministra de Sanidad francesa a su homólogo español con una importante reclamación. Aquellas heces, que habían sido producidas en el Louvre pertenecían al Louvre, pues era arte robado y debían, según la normativa vigente de la Unión Europea para la protección del arte y contra el brexit, quedarse en suelo francés.

Aceptó al petición el ministro español, que era de natural conciliador, y tras enviar el único resto de heces del tío Pit, abrió un proceso penal contra el artista, por robar arte francés a sabiendas.

El tío Pit fue detenido el jueves por la tarde cuando estaba intentando negociar una exposición de arte con la Subsecretaría de Cultura del Departamento de Artes Plásticas para la Igualdad y el Reciclaje de la Materia Prima y Hermana del Planeta Tierra con sede en Bélgica, y sucursal en Tierra de Campos. A la vez se abrió un debate importante sobre el Guernica que no llevó a nada.

Sin embargo, aquella detención alertó a la prensa, que tras movilizar a la demogresca en un par de programas, logró que la exposición de las primeras heces del tío Pit, defecadas en 1969, culminaran con una marcha nupcial de varios colectivos liberales. Se multiplicaron las visitas, las bodas, los banquetes y las heces por los medios. Hubo incluso varios miles de chalecos amarillos que se manifestaron frente a la sede de la Embajada China sin motivo suficiente.

El caso es que, por desgracia, el pobre tío Pit tuvo que huir del continente, pues estaba decidido a no pagar más impuestos por la venta de sus cagurrios. Y además estaba harto de no poder usar las toilettes de la Europa civilizada.

Cuando falleció, veintiocho años después en Pernambuco, hablaron de la falta de incentivos que había en España para proteger la cultura y a los grandes artistas. Por supuesto, junto al cuadro de “la Libertad guiando al pueblo” en el Louvre hay una inscripción que indica que en ese lugar, el tío Pit tuvo su primer retortijón en tierra francesa. Un lugar que ha despertado una variada literatura sobre qué quiso decir el tío Pit, y si tiene relación con que todo comenzara delante de un cuadro tan emblemático.

Y Fin.

 

Naturaleza muerta con gato erótico de porcelana.

Nunca pensó Melquíades Finosa, licenciado en artes marciales, que cuando se comprara un gato de porcelana para el salón de muertos, tropezaría su vida con la más trigonométrica tranquilidad a la que estaba acostumbrado. La imagen era ordinaria, pues se trataba de un gato simple con bigotes y sonrisa de tresillo, pero los movimientos incómodos de la porcelana se le antojaron demasiado acordes a su gusto por el caldo de pollo destilado en el alambique.

En cuanto se mojaba Melquíades en los caldos del alcohol, el gato mutaba el rostro. Entonces miraba despacio a su interlocutor, para luego sorber el aguafuerte que otrora le diera tantas tardes de gloria. Sucedió, para su desgracia, que se agitaba el minino de porcelana profiriendo un ronroneo característico. Terminada la fiesta, se bebió a chorros de la garrafa, con la intención mortal de ahuyentar su mal, pero sólo obtuvo como exiguo resultado una camisa blanca desesperanzada y un maullido en fa menor sostenido, que todavía lo recuerdan los músicos de la aldea de Catalicapanga, por haber logrado la erección del retorcido olmo de la plaza de la Revolución.

Melquíades se atolondró por la fatiguita del día, pues quedó adicto a los contoneos de su gato, y tras destilar los muebles del salón, el hamster japonés de la cocina y licuar en fermento de alambique varios de sus pañuelos de tela, guardados de la época en que los hombres tenían mocos en las narices, apuró y se bebió todo esperando que el gato siguiera con sus movimientos de polichinela en celo. Y así fue. La porcelana se le insinuó con más descaro que una gallina contemporánea.

Luego destiló el televisor, convirtió en bebida sus cinco móviles de última generación, e incluso se atrevió a destilar las quince garrapatas de un perro vagabundo que en soledad se lamía el desempleo. Todo era destilable y convertible en bebida espirituosa, y aquello no había hecho más que empezar.

El gato de porcelana mostró que tras sus barnices había todo un infierno de placer oculto en él, abrió la pata trasera derecha desocultando sus encantos. Melquiades estaba enamorado de una porcelana preciosa y buscó más elementos que beber y que destilar en su alambique.

Destiló el vecindario entero, con sus mascotas y sus vecinos de orejas puntiagudas. Destiló coches, estaciones espaciales, autopistas y ciudades enteras. Incluso acudió a un plató de televisión para destilar a cientos de famosos más aporcelanados que su gato, acometió y convirtió en bebida espirituosa a cincuenta presentadores de telediario de su país, y acabó con la vida de miles de políticos de verso suelto y de frase idiota. Se los bebió a todos tras destilar en su alambique a un sistema solar que no le daba más que sinsabores.

Y entonces sí. Entonces el gato habló y dijo algo que Melquiades Finosa, licenciado en artes marciales, nunca pudo olvidar.

“Tienes que dejar la bebida antes de que hables con los cuadros”.

Y él obedeció, pues quería de veras a la que iba a ser su esposa.

 

(Lo sentimos, pero no continuará).

FELIZ NAVIDAD 2018

A todos los lectores de este blog, y a los que nos seguís desde distintas plataformas sociales.

Os deseo una Feliz Navidad 2018.

 

 

En Belén nace un Niño,

Unigénito de Dios.

Y en el corazón sincero,

su paz y su redención.

 

 

Una ciudad española dentro de 200 años. (Crónica del infierno demográfico).

Aquella mujer enterró al último habitante de su ciudad, es decir a su madre. Tenía 68 años y se seguía considerando una mujer joven y atractiva. No conocía a nadie que viviera cerca de su barrio, pues era la última habitante de su ciudad. Una ciudad fantasma, donde los últimos no eran los primeros.

El trabajo telemático estaba bien, pero ahora que había fallecido la única persona con la que hablaba en carne y hueso, echaba de menos a otros seres humanos. Su madre le había hablado de otro tiempo… de las ciudades de más de 20.000 habitantes. Decían que antes había gente joven por el mundo. Nacimientos y niños. Pero eso no lo había conocido ella.

El último niño que correteó por su barrio había crecido y dejado de ser un niño, y lo sabe bien porque era ella. Nunca conoció a otros niños de su edad, pues estudió a través de un profesor que se aparecía por su ordenador todas las mañanas. Jugó a través del ordenador con amigas a las que nunca pudo tocar, salvo contadas excepciones. Seguía hablando con ellas de cuando en cuando por internet. ¡Qué gran invento! Luego fue a la Universidad y conoció a otra gente joven. Se divirtió, e incluso estuvo a punto de quedarse a vivir en Madrid con amistades de su edad. Pero ella no necesitaba a nadie, no quería tener hijos, y debía atender a sus padres, que no tenían a nadie más en el mundo que a ella. Ninguna de sus amigas quiso tener hijos, y no me extraña. Los hijos eran una esclavitud.

Recordaba a menudo que cuando necesitaba el afecto y el tacto físico en años más ardientes. Cuando buscaba algo de sexo, pedía al servicio de relaciones que le enviara alguien, pero incluso eso era ahora muy caro. Hola y adiós. ¡Qué bien funcionaba el transporte de su ciudad cuando había alguien! Aunque apenas hubiera cincuenta personas en Valladolid, era fantástico. En cambio ahora, no sé si llegamos a diez. Y por diez personas, nadie trabaja.

Mientras caminaba hacia el cementerio se afianzó en sus convicciones y en su forma de vivir. Se estaba tan bien sola, sin la intimidación de tener que hablar con alguien de carne y hueso. Incluso su madre había sido un incordio cuando hablaba demasiado. No se puede cortar la conversación cuando se quiera. No se puede oler ni sentir el malestar ajeno. Mejor sola y con el móvil, o con internet, o con las redes sociales que le evitaban el tener que quedar y sentirse vigilada, agredida, molestada… ¿Acaso no hablaba con sus amigas cuando le daba la gana? Y todo sin necesidad de soportarlas.

Llevó el cadáver al cementerio en una caja que le había llegado por correo en el reparto mensual. Metió a su madre tras vestirla con la ropa que encargó hacía dos meses junto con los placebos y unas cuantas medicinas para el tumor terminal. ¡cuánto había avanzado la medicina! Se podía uno morir sin apenas sufrir. Sin que nadie lo viera a uno sufrir.

También por el cementerio crecían las plantas y las flores silvestres sin ningún orden, igual que por la ciudad, y era precioso. Los nombres de los miles de personas que habían vivido y muerto, evocaba los miles de casas y pisos que se derrumbaban y que permanecían vacíos. Aquel enjambre de cadáveres  del camposanto estaba incompleto sin el suyo y el de su madre. Era hermosa la vida tal y como la concebía, quizás porque no había tenido otra. Se preguntaba cómo hubiera sido la ciudad con gente, los colegios con infantes y párvulos de todas las edades. Ella sólo había conocido sus ruinas. Se preguntaba cómo habría sido una cabalgata de Reyes, donde los niños se juntaban por cientos para ver pasar a los Reyes Magos. Ella nunca vio juntos a más de 7 niños, y fue en una fiesta regional.

Recorrió un pasillo desierto de vivos, pero colmado de muertos. Metros y metros de tumbas y de nichos, nombres del pasado, del XX y el XXI. Cuando se empezó a decrecer toda esa gente vivía en el mundo y fabricaba cosas, viajaba, tenía niños y cuidaba de sus ancianos, había servicios públicos con gente molestísima que no sabía vivir sin tener hijos. Eran unos atrasados, porque el futuro estaba en realizarse sin soportar a los niños. Eran patriarcalistas y opresores de las mujeres y de los niños.

De aquella época procedían los coches abandonados de los chatarreros, los aparatos eléctricos de nadie, las propiedades que habían acumulado los que no podían heredar. Es verdad que toda la ciudad era de su propiedad, y era fantástico sentir que todo era de ella. La última habitante.

Dicen que había sido una regla lógica muy sencilla: Si son muchos los que no quieren tener hijos, entonces habrá pocos niños. Y si esos pocos niños tampoco quieren tener niños cuando son mayores, entonces habrá todavía menos niños. Así hasta hoy, donde todos somos ancianos. Y es que los niños dan mucho trabajo.

Dicen que el último español en morir será un señor de 43 años que vive en Madrid, pero no hay ninguna mujer fértil que pueda tener hijos con él, así que nos extinguimos. Es lo que planearon a principios del siglo XXI. Además, es lo mejor para conservar limpia la naturaleza que es muy sabia. En eso también había tenido suerte, pues a nadie le gusta ser el último de una especie en morir.

De pronto, le abordó una duda. ¿Quién va a enterrar a los muertos si no hay nadie para hacerlo? Ella enterraba a su madre, porque la amaba. Y porque era lo único que le quedaba en la vida. Pero, ¿quién la iba a enterrar a ella?

Por suerte, había un servicio interestatal que enterraba a la gente a cambio de sus propiedades. Era una suerte no ser el último. Decidió, mientras empujaba la caja de su madre a la pared del cementerio, que contrataría aquel servicio tan humanizador.

Balcones relajantes chill-out con perros de peluche.

No había empezado el aguacero de la semana pasada cuando me asomo por la ventana de mi casa, para ver si llovía, granizaba o jarreaba, cuando mis ojos tropezaron por casualidad con el vecino de enfrente, el que tengo a tan solo cinco metros de distancia, pero al otro lado de la acera donde vivo. Enfrente y hacia abajo, pues el disfruta de la terraza que es deslunado, que es a su vez un prodigio de la decoración minimalista estilo relajante en un metro cuadrado. Lo que mide su balcón. Sofácito, toldo antichaparrones, mesa campera, plantitas gigantes y musiquita tranquilita. Que así da más gusto contemplar la lluvia en una tarde otoñal como las que disfrutamos en Valladolid.

El tipo, cincuentón como un servidor, andaba a la gresca con los hielos que se le estaban deshaciendo en su vaso de whiski on the rocks. Verlo era un prodigio. Los removía como para que se golpearan en las paredes del ancho cristal. Metía el dedo índice para remover mejor su apreciado licor, y de cuando en cuando lo depositaba sobre la mesa mojada de jardín. El tío estaba feliz. Ni que decir tiene que el señor entró visiblemente preocupado, y tras un adecuado plástico amarillo, que se puso encima a modo de poncho, salió con una bolsa de patatas. Ya saben, las chips de toda la vida. Felicidad y una tarde completa para el tío.

El hombre se subió un poco la música, me temo que no era Elvis, pero tampoco Camela, y es que el buen gusto aflora por los rincones de mi ciudad. Me sonó a algo parecido a glam rock, quizás Bowie pero en castellano. Por ahí. Luego salió su pareja, una señora con una permanente recogida con un plástico, la cual se sentó en el sofacito de al lado. En su vaso derecho una cervecita, y en el izquierdo otra bolsa, de chuskis, imagino. Por supuesto se enfundaba en algo parecido a una manta, aunque seguramente era más un nórdico de esos que hacen sudar a los osos polares en los iglús del polo norte. Fiesta por todo lo alto.

No llovía más que débilmente, pero al poco arreciaron las aguas y los goterones comenzaron a salpicar la calle. Sin embargo, apenas unos metros más abajo, sumergidos bajo un toldo entre amarillo con topos blancos y unas plantas que los escondían, estaban mis aguerridos vecinos. Su vocación estaba clara: resistir, disfrutar del verano hasta que vuelva, lo que sea. Todo menos plegar las velas y dejar la fiesta para otra ocasión. En fin, unos activistas.

A las tres horas volví a asomarme. La lluvia había cedido un poco, y aunque el toldo estaba empapado y formaba bolsas de agua, habían modificado el escenario. Se asomaba por la ventana algo parecido a una pantalla, desde la cual se podía ver un partido de fútbol. El verde del estadio no falla. Estaban medio de espaldas, porque no les entran las piernas si se ponen de frente a la ventana, y de espaldas a la calle. Pero les daba igual. Habían cortado salchichón, jamón y me temo que chorizo del bueno. Algo amarillo sería queso, pues tal forma tenía. Los vasos que copaban la mesa empezaban a ser más de cinco o seis. Estaban disfrutando de su tarde de gloria y hablaban elevando el tono más que antes.

A las dos horas y media volví a verlos sentados. Hacía un frío gélido, de los de por aquí. Y ellos seguían en su balconcito. Creo que estaban con un cafelito, sentados más relajados y sin el toldo. Normal, si no llueve, lo lógico es salir a la terracita. La pena es que no tengan un balcón más grande, pues ese metro y medio por dos, apenas les deja estirar las piernas sin golpear sus zapatillas con la pared. Las plantas ya no estaban, y es que las han debido meter en la casa, para que no sufran. Tenían unas botas de piel, de esas que usan los esquimales para pasear por el hielo, y para evitar fríos indeseados, descansaban sus pies, casi a la par, sobre la mesa. La música no sonaba, y es que imagino que estarán esperando a la primavera para poner Las cuatro estaciones de Vivaldi. La tele tampoco estaba, pero supongo que es porque se les acabó el partido, y en su lugar había un par de peluches sobre uno de los sofases, lo que me indica que debía haber niños cerca.

Entonces reparé en un gropúsculo de adolescentes que por la calle, birras en mano, proferían sonidos guturales inarticulados. Medio corrían y cantaban, intentando aparentar más disfrute y fiesta del que en realidad traían consigo. Uno se medio caía y los demás se reían como si estuvieran poseídos por el espíritu de la falsedad. No pude evitar levantar la vista para ver que a tan solo unos metros, por encima de ellos, unos señores cincuentones disfrutaban apurando sus birras felices y complacidos de no estar en la misma fiesta. Hasta los peluches gozaban con su momento chill out.

 

PD: Es cierto que las vistas de las que gozamos no son las mejores, pues contemplar mi balcón, y el de mis vecinos, no debe ser como asomarse al apartamento de Torrevieja, donde el mar azul desborda la vista, y el olor a sal ensancha el alma. Tampoco son los picos de Urbión, ni las nieves adorables de Guadarrama, Gredos o Cervera de Pisuerga. No, claro. Pero con un poco de imaginación, el alma es capaz de ver luz donde todo es penumbra. Tumbona, sofases, y a disfrutar pensando que uno está en medio de los Alpes con los esquíes a punto de salir a darlo todo en el telesilla. Eso es un balcón y lo demás son chorradas. El balcón que todos necesitamos en nuestra vida.

Y es que no hay nada como saber disfrutar de lo mucho que nos ha regalado la providencia. Incluidos los peluches.

 

 

 

Nos mienten. Siempre nos han mentido.

Nos mienten.

Repito: nos mienten.

Nos mienten por la mañana, por la tarde y por la noche.

Nos mienten porque subrayan medias verdades sin contarnos la otra mitad.

Nos mienten despreciando y olvidando la verdad.

 

Nos mienten porque quieren nuestros votos y nuestra atención.

Nos mienten porque quieren nuestras conciencias, nuestro pensamiento y nuestro comportamiento.

Nos mienten para vendernos sus productos, y ya somos oblación de sus anunciantes. Picada de tres cuartos.

También nos mienten porque nos quieren sumisos, uniformes e iguales.

Mienten y lo seguirán haciendo para que seamos avanzados, inanes, felices y malos.

Y nos mienten con mentiras engañosas que nos confunden.

 

Nos mienten para que repitamos sus consignas formales y asertivas.

Y para que nos llevemos las manos a la cabeza indignados por la mentira que ellos mismos han urdido.

Mienten con saña para alejarnos de Dios.

Pero quizás no saben que somos un resto.

Y que conocemos la verdad que trasciende las cosas.

 

Ellos quieren que la humanidad sea  una masa amorfa y blanda, y mienten por el poder.

Nos mienten. Y nos mienten sin parar desde hace siglos. Guiados por el príncipe de las mentiras que les ha prometido el éxito, el dinero y el poder.

Mienten por el poder. Y sueñan la mentira de una lucha de clases eterna. Aspiran ser verdugos de un periodo de Terror eterno donde todos mueran por la justicia, que es la bota de su nuevo demonio. Morirán en Thermidor, un martes. Si no, al tiempo.

 

Pero nosotros conocemos la verdad.

La verdad que afirma a Dios.

La verdad que confía en los hombres mansos. La verdad de los perseguidos por inocentes.

La verdad que siembra la paz en el corazón. La que repara el odio en los silencios llenos de amor.

La verdad del monte Tabor es ya vencedora.

Pero ellos no lo saben, pues no quieren un dios traspasado en una cruz.

 

Poema del escritor en oración.

Quiero Señor, confiar en Tí, en Vos. En el padre.

Poner mis manos en sus manos,

Mi inteligencia en su inteligencia.

Mi mente en su mente.

Para así desgranar palabras y versos buenos

que ensanchen el alma de los atareados,

que abran el corazón de los que lo dejaron de mirar,

que suspiren el aliento que el mismo Espíritu Santo da a sus hijos.

Señor, que no escriba palabras para mi, sino para tus hijos.

que tu inspires mis relatos y mis textos,

que no busque la fortuna, sino tu voluntad.

Para que así, al final de los días

pueda llegar dichoso, con el corazón contrito por mi pecado

a las fuentes de la misericordia.

Cualquier palabra que escriba, que sea para ese fin,

para mejorar a una humanidad

que sangra por un desencuentro, soledad.

Y que se haga tu Voluntad.

Antonio José López Serrano

(Fotografía Roberto Tabarés)

Poema a la cruz desnuda. Pascua 2018.

Cruz desnuda de olivo,

cruz entregada.

Casa de los que sufren,

Hogar del alma.

 

Cruz vestida de sangre,

cruz de la gracia.

Semillero que alumbra,

vida entregada.

 

Cruz de los perseguidos,

cruz de la esperanza,

cruz que llevó en los hombros,

Cristo, en la mañana.

 

Cruz donde el amor murió,

donde el amor se levanta.

Cruz del que resucitó.

Al despertar el alba.

 

Cruz, de la cruz, de tu cruz,

de un Dios que nos acompaña,

Cruz donde lloró la Madre,

la misma que cuida el alma.

 

 

 

Feliz Pascua en el Señor Resucitado.

Antonio José López Serrano

 

Poema dedicado al niño Gabriel Cruz. Asesinado el 27 de febrero de 2018 en Níjar.

Gabriel tiene nombre de ángel.

Y sonrisa de cielo.

Tiene hambre de vida.

De vida y miedo.

 

Gabriel tiene manos frías,

el niño ha muerto,

Lo asesinó la envidia,

En un triste febrero.

 

Gabriel se parece a mis hijas,

y al universo entero,

de niños que nos preguntan:

¿dónde está el pequeño?

 

Y quieren jugar contigo,

volar con tus mismos sueños.

sonreírte en tu cumple,

bajo el sol del invierno.

 

Y para mi, no hay respuestas,

ni su madre consuelo.

Perdona, Gabriel. Pequeño.

Pescaíto eterno.

¡Anda, reza por nosotros!

Tú que ya estás en el cielo.

 

Poema de Antonio José López Serrano dedicado al pequeño Gabriel Cruz y a todos los niños desaparecidos.

12-marzo-2018

 

Tonica Villascusa Martínez. La pianista de Yecla. (1869-1938)

Me piden que cuente cosas de Yecla y que lo haga de aquella mujer que amenizó el pueblo con su piano y su alegría. Les hablo de Tonica, mi bisabuela. Antonia Maximina Villascusa Martínez (1869- 1938). La mujer que casó con Rogelio Serrano Ros hacia el año 1900.

Tenía por nombre completo Antonia Maximina, y así aparece en el acta de bautismo que conservamos, de la parroquia de la Concepción de Yecla. Sus apellidos los heredaba de sus padres, Alejandro Villascusa Izquierdo y Pascuala Martínez Sauco. Sin embargo, siempre fue conocida por su nombre en valenciano: Tonica, pues se sentía valenciana por los cuatro costados, aunque fuera más yeclana que otra cosa.

Tonica nació en Yecla el 21 de febrero de 1869, al año siguiente de la Revolución llamada Gloriosa. La Gloriosa se llevó por medio a Isabel II y terminó entronizando a su hijo Alfonso XII en el periodo llamado Restauración, con Cánovas del Castillo como protagonista. Sexenio liberal, pues vale.

Seguramente fueron días de dificultad para su padre Alejandro, que tenía por oficio el de sastre de militares en Valencia. Abría su tienda en la plaza de los Cajeros, por la bajada de San Francisco, lugar céntrico muy cercano al mercado central de Valencia. La Valencia antigua del modernismo y la burguesía, la que Blasco Ibáñez retrató con buena pluma, fueron los lugares donde se crió y creció Tonica.

El caso es que Alejandro murió pronto, con unos treinta o cuarenta años, no lo sabemos; y dejó a su viuda Pascuala Martínez Saúco con la carga, la cruz y la bendición de una hija única llamada Antonia, Tonica. Pascuala no volvió a casarse y no tuvo más hijos.

No sabemos cuanto tiempo estuvo Tonica en Valencia de niña, pero lo cierto es que esa circunstancia obligó a la viuda y a la niña a regresar a Yecla. Sin embargo, no volvieron con una mano delante y otra detrás, pues Tonica había terminado sus estudios de piano en Valencia, con una edad cercana a los doce o quince años, y ese recurso se convertiría a la postre en la principal fuente de ingresos familiares durante toda su vida.

Regresaban además a Yecla, donde vivían otros parientes que les podían ayudar. Era el retorno al hogar, al pueblo, al lugar de los orígenes de Alejandro y de Pascuala. La ciudad del Turia marcó profundamente a Tonica, pues ella siempre se sintió valenciana, y el Tonica no es sino el nombre de Antonia en lengua valenciana. Siempre que pudo viajó en Valencia, lugar de la infancia feliz de la muchacha, lugar donde despidió a su padre.

No sabemos cuántos parientes cercanos y lejanos le ayudaron en Yecla, pues no tenemos tantos datos. Desgraciadamente, los archivos de la Parroquia de la Concepción – Asunción de Yecla fueron quemados durante la guerra civil española, impidiendo reconstruir parte de la vida del pueblo. La otra mitad del pueblo está en la Parroquia del Niño, cuyos libros sí que se guardaron, en casa del cura, para más señas. Y gracias a Dios. La investigación genealógica que realicé tiene como principal fuente la de los “Villascusas” por la parroquia del Niño, cuyos archivos he rastreado por internet de arriba a abajo.

Sabemos que Alejandro Villascusa tuvo varios hermanos, Antonio y María entre otros – eran muchos los Villascusa, decía mi abuela -. Por lo que tengo investigado, muchos de estos parientes vivían en la parte alta de Yecla, cerca de las calles de Santa Bárbara y de San Felipe. El Villascusa más lejano que he encontrado era un tal Alejandro Villascusa Palao, que fue peluquero en el siglo XVIII. Supongo que de él descienden los pocos Villascusa, Bellasescusa, y Villaescusa que hay en el mundo, y que están casi todos en Yecla y Murcia.

De la familia de su madre, de Pascuala Martínez Saúco, tampoco vivían sus dos hermanas cuando regresaron a Yecla. Belén la mayor, era una muchacha muy guapa, y se casó joven y bien, pero por desgracia, falleció pronto. La hermana pequeña, llamada Josefa, se casó con Pascual Santosnuevos, de los Rico, pero no tuvieron descendencia, pues ella estuvo enferma de hernia toda su vida y no pudo tener hijos.

Lo cierto es que Pascuala primero, y Tonica despues, fueron herederas de lo que dejaron sus hermanas y sus tías en gananciales, lo que debió desatar rivalidades y problemas en su momento con otros parientes más o menos lejanos de los conyuges. No obstante, entre un dinerillo aquí y otro allá. Imagino que de eso vivieron… alguna propiedad, y de dar clases y de tocar el piano.

Algo muy curioso. Del apellido Saúco no he encontrado a nadie en toda España que se llame así. Es un apellido extinguido, y me temo que Pascuala Martínez Saúco es de las últimas personas en llevarlo.

Vuelvo al tema. Tonica se ganaba la vida dando clases, pero también amenizando las fiestas y las celebraciones más felices. Allí donde había un piano, Tonica aparecía como la profesora, la mujer alegre de la música, que entretenía y se ganaba la vida con el oficio de sembrar notas de música y de felicidad. Era alegre, festiva, simpática y en las fotos que conservamos de ella muestra siempre una jovial sonrisa. Era una mujer guapa, con el rostro muy redondo. Y una mirada muy vivaz.

Tonica se casó tarde para la época, con unos treinta años aproximadamente, y tuvo cuatro hijos. Lo hizo con Rogelio Serrano Ros, que era algo más joven que ella, tres años menos de edad. Rogelio era primogénito de Juan Serrano el de la imprenta y era conocido de sobra en el pueblo. Tuvieron dos chicas primero, María (1903) y Amparo(1905); y dos muchachos después, Rogelio (1907) y Ricardo(1909). Cada dos años una nueva alegría en casa.

Sin embargo, Rogelio, su esposo, era un hombre de una condición distinta a la de Tonica, y quizás por eso fueron una pareja de contrastes. Era un hombre cerrado, poco hablador e introvertido. Seguramente era un hombre con cierta tendencia a la melancolía (hoy depresión). Fueron a vivir a la calle Boticas, hoy llamada Epifanio Ibáñez de Yecla, continuación de Corredera. En esos años primeros del siglo XX, el hombre completaba el sueldo de su esposa trabajando en el Ayuntamiento cuando había posibilidad, pues eran los tiempos de la cesantía, donde se trabajaba de manera discontinua según el vaivén político que hubiera. Rogelio fue cesante, por lo que también trabajó temporadas en la fábrica de “García: alcoholes y vinos”; tenía estudios de bachillerato de dos años, y ganó la oposición. Pero eran otros tiempos, bastantes más difíciles para los funcionarios que los actuales. Con menos derechos, y con vidas más sencillas.

Su hija mayor, María Serrano Villascusa aprendió también el oficio del piano, y fue así el soporte de Tonica en la música. Terminó codeándose con la alta sociedad madrileña. Pero no es la única de la familia que aprendió a tocar el piano, pues muchas de las nietas de Tonica también aprendieron música. Mi madre entre ellas.

Contaba mi abuelo Rogelio, que Pascuala, su abuela, les acompañó en casa toda la vida, hasta que falleció el 20 de mayo de 1928 en Valencia. Durante esos años seguramente ayudó a su hija en la crianza de los cuatro hijos, los cuales se abrieron paso en la vida en Madrid y en Valencia. Cuatro años más tarde falleció su esposo Rogelio Serrano Ros en Yecla. Al parecer perdió el trabajo en García Alcoholes y Vinos, y el hombre con una depresión de caballo se metió en la cama hasta que se dejó morir de pena. Quedó consumido, según contaba mi abuela en sus recuerdos, y falleció en el año 32, recién estrenada la República.

Tonica, viuda y con los hijos mayores y colocados, decidió irse a vivir con algún hijo, y decidió vender la casa del pueblo. La mala suerte hizo que la venta la hiciera durante la República, sin que le pagaran hasta los días de la guerra civil, en un dinero que no valió nada. Se quedó sin nada, como cuando salió de Valencia… y a Valencia regresó.

Valencia, la ciudad de su vida, volvió a acogerla en su hijo Rogelio, el único que escogió para vivir la ciudad del Turia. Los demás hijos prefirieron Madrid. Allí le llegaría la muerte en los días de la guerra civil. Era el año 1938, exactamente 28 de Mayo de 1938, cuando la primavera estaba en lo más alto.

Atrás quedaron sus notas de piano y su gusto por la música. De hecho, conservamos en casa algunos discos de gramófono de mi abuelo Rogelio, el cual siempre fue un amante fervoroso de la música. De la buena música. Escuchar cualquier piano, es como volver a escuchar a Tonica tocar. Esa suerte tenemos.

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