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Artículos y comentarios filosóficos. Desde una perspectiva antropológica, el autor opina.

Nuestros hijos son de Dios, por eso los educamos conforme a sus preceptos.

Me suele suceder a menudo. Me paso varios días pensando sobre la temática próxima de esta bitácora, que como ustedes saben, actualizo cada semana, pero luego no me acuerdo de lo que había pensado. Confieso que en estos trajines dedico algunos ratos, que tampoco demasiados, pues ando trabajando en un próximo libro, y como mi tiempo es limitado por culpa de esta pestilente sociedad de la prisa, pues ando vacilando entre unas cosas y otras.

En fin, no voy a quejarme, pero sí a confesar que esta semana me ha sido bastante más fácil y sencillo. No me gusta hablar de actualidad, pero como la señora Ministra del nuevo nosequé ha soltado un rebuzno que ha distraído mi necesario estoicismo de las letras, pues me animo a entrar a trapo, que para eso tenemos un gobierno de toreros, chulapas y fullangueros.

La Ministra ha dicho que “los hijos no son de los padres”, y ha explicado que había que protegerlos de los caprichos de sus progenitores obligándoles a acudir -en eso anda la polémica y la propaganda totalitaria de turno- a las clases lectivas que se dan fuera del currículo, pero que según la Ministra es donde nos jugamos vertebrar la democracia. O sea, donde el gobierno se juega su ideología feminista, progresista y de género. Todos pensábamos que ya se hacía mucho hincapié en Historia, en Matemáticas, en Lengua o en Filosofía de sus monserguillas, pero no debe ser suficiente con hacer el currículo por Decreto (así lleva desde hace décadas), ahora quiere controlar también los contenidos de la educación afectivo-sexual que dan los paracaidistas de la educación, jovencitos formados en los preceptivos laboratorios sociales de género. A eso le llama la Ministra democracia, insultando una palabra tan bella.

Para los cristianos, y lo digo sin acritud, los hijos son de Dios. Las personas son de Dios. No son nuestras propiedades. La vida es un regalo de Dios, y hoy que andan tantas parejas descubriendo lo complicado que es tener un hijo, quedarse embarazada y demás, la afirmación de que la vida es un misterio, y de que Dios es la respuesta a tal misterio, es para los creyentes, ya digo, una verdad casi revelada.

Dios nos ama y nos ha hecho para el amor, de ahí que el matrimonio sea la manifestación natural del amor de Dios a los hombres; y en el caso del matrimonio canónico y por la iglesia, ese amor es bendecido por la Iglesia como signo de la presencia de Dios. Y nos vamos de boda y formamos un matrimonio. Incluso una pareja donde de verdad haya amor, la iglesia lo considera que hay una presencia divina, es un sacramental, un reflejo del amor de Dios.

Cuando nacen los hijos, los creyentes no dudamos de que esos hijos nuestros son también hijos de Dios, son un regalo de Dios. Por eso los educamos, los queremos, los amamos, les procuramos el mejor de los entornos y los bautizamos, les enseñamos la fe, la esperanza y el amor que hemos conocido en Dios. Los cristianos sabemos que esos hijos nuestros son de Dios, por eso deseamos que amen y se encuentren con Dios, pues tal experiencia es la más sublime y delicada que puede conocer y vivir. Es la puerta de acceso a una felicidad que los no creyentes no pueden siquiera intuir. A nuestros hijos no podemos robarles la posibilidad de  contemplar la presencia de Dios y dejarse querer por Él. Presencia que les llevará, si son consecuentes con su fe, a expandir y a construir el Reino de Dios en este mundo, que siempre necesitará de la misericordia de Dios. Por eso los cristianos pretendemos ser ciudadanos ejemplares -siempre lo hemos querido ser y me remito a Diogneto- y eso lo intentamos (todos somos pecadores) educando a nuestros hijos en el amor que Dios nos ha dado.

Los cristianos, y no descubro nada nuevo, buscamos por todos los medios que esos hijos nuestros, dentro de su libertad, puedan conocer a Dios y amarlo igual que nosotros lo amamos.

Pero no todo el mundo piensa igual que nosotros.

Sabemos que nuestra sociedad es, en ocasiones, contraria a los valores cristianos que la han alumbrado, por eso es una sociedad -desde mi punto de vista- en descomposición. Los cristianos seguiremos siendo un resto dentro de cientos de años, porque siempre lo hemos sido. Pero hoy por hoy somos respetuosos con las demás familias y con los hijos de otros. Si les quieren educar para que no tengan hijos, pues lo sentiremos mucho; pero no nosotros sí queremos educarles para un mundo diferente, bastante mejor que el que otros pretenden diseñar en un laboratorio social.

Sabemos que las personas no creyentes también aman a sus hijos, y respetamos que quieran educarlos conforme a las convicciones que ellos tienen. Y lo hacemos así porque la conciencia que Dios ha puesto en cada una de las personas es precisamente un regalo que no podemos ni queremos privar a nadie. Dios no nos pertenece, es más grande que su iglesia y que los creyentes, por eso asumimos que Dios actúa también fuera de ella,  a través de no creyente, pues todo es gracia. ¡Cómo no aceptar y aplaudir que cuando un padre decide la educación y educa a sus hijos en unos valores, aunque sean contrarios a lo que pensamos los cristianos, no están guiados por la conciencia y las ganas y el amor por hacerlo bien! Es verdad que pueden equivocarse, pero “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Son sus hijos, y tienen todo el derecho del mundo a hacerlo. Esa ley natural no la quebrantamos los cristianos, al contrario, nadie se educa mejor que en su familia, en la que Dios ha querido.

La Ministra no ha mentido al decir que los hijos no son de los padres; pero no ha dicho toda la verdad, pues los hijos son de Dios. ¿Y los no creyentes? ¿Y los que no creen en Dios? Los no creyentes pueden pensar lo que quieran de sus hijos, siempre que no los conviertan en una mercancía ni en una propiedad, pues como diría Kant, “el hombre es un fin en si mismo”, y como tal debemos tratarlo y considerarlo. Esa premisa es válida también para los cristianos, pues tal fin no es otro para nosotros que Dios y su trascendencia. Kant, no hay que olvidarlo, era, además del mejor filósofo, un pietista luterano que oraba bastante

¿Nos ponemos de acuerdo en qué educar y cómo educar a nuestros hijos? Debería ser el ideal en una sociedad madura, libre y razonable, llegar a un acuerdo, a un consenso educativo. Pero eso no es posible con una ministra, un gobierno y una izquierda que no cree en el pluralismo político, que no confía en los padres a los que trata como imbéciles (salvo que sean de izquierdas) y que actúa con un sectarismo propio de regímenes totalitarios y dictatoriales. Querer educar a nuestros hijos conforme a sus convicciones “progresistas”, que para nosotros son retroceso social, es una atentado contra los Derechos Humanos más elementales. Estoy seguro de que quieren una sociedad totalitaria, donde nadie sea cristiano y donde nadie hable con Dios. Ese es su programa, el que se olvidaron de contar a la gente en campaña. Les saldrá mal, porque meterse con Dios siempre le sale mal al malvado. Con Dios y con sus hijos, claro.

 

Monotemática y temas tabú.

No soy el único que lo ha notado. Los telediarios, los reportajes, el equis ele, los periódicos y las radios parecen cortados por el mismo patrón. Cuando toca hablar de un tema, nos dan la matraca hasta el final, hasta aburrirnos y hasta agotar el tema. Lo hacen de manera divulgativa, que es ensartando unas cuantas mentiras, unos datos confusos y unas obviedades que den por verdadero lo particular y dudoso. Así funciona el sistema propagandístico de las democracias occidentales, porque en el resto nadie discute que no haya libertad de expresión. Ya sabe, da igual que sea mi tema o tu tema, lo importante es hablar y hablar sin parar del único tema que podemos y debemos hablar. Es propaganda, por supuesto, y en un país donde se supone que debería existir el pluralismo político, es una lacra que nos inunda y nos impide ver los árboles del resto del bosque.

Y es que además de pinos piñoneros, también hay abedules en el bosque. Incluso son a veces más abundantes. Frente a las 55 víctimas de presunta violencia de género, hay que contraponer, porque nunca se habla de ellos, de los 3000 suicidios anuales. Sí, lo han visto bien: 55 frente a 3000. De unos se hace monotema, y del otro tema tabú. Se justifican diciendo que hablar de suicidios incrementa los suicidios, pero no dicen que hablar de violencia de género también debe incrementar el número de este tipo de crímenes pasionales. ¿O acaso hay alguien que quiere que se incremente el número de casos porque vive de eso? No me lo respondan, por favor, me imagino la respuesta y me da náuseas.

Por supuesto nunca se habla en profundidad de ninguno de los monotemas. ¿Para qué si el tema está claro y nadie discrepa? Los periodistas repiten las consignas prejuiciosas de turno y sacan sus monotemas aunque no sean importantes. Da igual que haya habido un bombardeo en Siria, que los iraníes derriben un avión comercial, que tengamos terremoto en Filipinas con miles de muertos… si casualmente ese día hay un sobreseimiento en una causa de corrupción, o muere una señora presuntamente a manos de su marido, lo importante es eso. Dicho de otra forma,  predomina lo particular frente a lo general. Predomina el monotema, lo que demuestra que el caso particular da igual, lo que interesa es continuar con la propaganda un día más, un telediario más, una hora más, un minuto más.

Los monotemas son tres o cuatro, no más, porque si superan esos números se diluye la propaganda del sistema. Cuando pones un telediario, cualquier día y casi en cualquier cadena, se muestran lo mismo. Algunos dedican más tiempo a su propaganda ideológica y otros menos, pero en general, casi todos dicen lo mismo y dan las mismas noticias. ¿Todos los periodistas piensan que las noticias importantes son las mismas? Parece que sí, y supongo que es porque tienen los mismos miedos y los mismos jefes.

El primero de los monotemas del telediario es lo que hacen y dicen los políticos del día, casi siempre tema nacional, si es internacional es Trump, y por supuesto, nunca hablan de la democracia en el Congo ni del presidente de Liberia. ¿Para qué? Si no es interesante, dicen.

Los políticos suelen colgar sus rebuznos en twitter y así no molestan a los periodistas con ruedas de prensa. Lo que dicen y lo que braman son imbecilidades soltadas para el ganado. Y el ganado se lo traga como pan bendito. Ocupan un porcentaje alto. Lo que ha hecho y dicho el ministro y así. A estas declaraciones se añaden las especulaciones jurídicas de los periodistas, que no saben muy bien si el juez hace o deshace, porque básicamente no saben qué es un juez porque no lo han estudiado. El magistrado dice, deja de decir, imputa, procesa, declara. Probablemente no saben qué es cada cosa, pero les da igual, porque de inmediato son contestados por los políticos que sí saben, pero que en su maldad disfrutan destrozando la separación de poderes. De eso no hablan, de la independencia judicial. Tampoco hablan del Congo. Eso no importa, en cambio, la chorrada de cualquier imbécil metido a portavoz de algo sí importa, y mucho.

El segundo monotema es la consabida y tediosa violencia de género. Casi nunca hablarán de otros crímenes: ni drogas, ni contrabando, ni extorsiones, ni robos con violencia, ni robos sin violencia, ni desapariciones, ni ocupas, ni atracos, ni vandalismo callejero, ni suicidios ni casi nada de nada. Y si son menores o extranjeros tampoco lo mencionan, es tema tabú. A veces dedican algo cuando el tema es muy gordo, pero más bien poquito. Hay que vender, y se conoce que la violencia de género vende mucho, o cobra mucho. Que será eso también. Lo dicho, 3000 suicidios al año, y 1000 muertos en carretera en España anuales, no tiene nada que hacer frente a 55 presuntos asesinatos de género y con perspetiva de género. El 1,3% de las muertes de la cosa nostra ocupan la única actualidad en sucesos del país. Y he sido generoso en la proporción.

El tercer tema es el relativo a la meteorología y al cambio climático. Suceda lo que suceda, llueva o haga frío, todo es por el la consabida verdad verdadera del cambio climático, que ni es cambio, ni es climático, pero que da igual, porque todos le llaman así y Sánchez ha dicho que no se puede discutir. Nunca te explican las opiniones disonantes, las voces de los científicos que no son subvencionados, ni siquiera salen científicos de más de 60 años hablando en la televisión. Casi siempre son jovencitos que parecen recién salidos de las facultades de Ciencias Medio Ambientales, donde también debe ser todo monotemático. El caso es que te cuentan el tiempo por activa y por pasiva, y te dicen hasta el porcentaje de luna que tenemos. Información basura y poco relevante, pero que ellos lo dan, porque piensan que tenemos que estar informados. Jaja, que gracia tienen los tíos. El culmen del monotematismo es hablar del cambio climático con perspectiva de género. Palabra que lo dijeron el otro día en no se qué cumbre de las miles que hacen al año sobre el monotema.

El cuarto tema es el relativo al deporte. Perdón, quiero decir al fútbol que practican dos equipos: el Real Madrid, el Barça, y a veces el Atlético de Madrid. Cuando gana Rafa Nadal también lo sacan y sonríen los periodistas, y cuando gana algún otro u otra nos lo cuentan rápido. ¡Ah sí! ¡Qué también somos campeones de badminton gracias a Carolina Marín! ¿O era Martín? Vale, Ahora hablamos de los nuevos fichajes del Real Madrid. Pase lo que pase son noticia. O están en crisis y están ganando; pero nunca están fuera de los telediarios.

Frente a estos temas, se cuela alguno más relativo a la cultura, por poner algo, supongo. A las noticias científicas tampoco le dedican ni dos segundos. Que si han lanzado un satélite los de la NASA a Plutón. Y por supuesto deben ser noticias de relumbrón, porque si no, no son noticias. Lo cotidiano no es noticia, y por eso, mejor les contamos cinco minutos más lo del Madrid y ya. Que eso sí que es noticia, los entrenamientos del Madrid…

El caso es que hay grandes sacrificados en los informativos y los telediarios, que son, a saber, el arte en general y la ciencia en particular. Nada de música, ni de literatura, ni de poesía, ni de cine, ni de toros, ni de teatro, ni de danza, ni de ópera, ni de… Se ve que tampoco existen documentales sobre Carlos II, ni sobre Felipe III, ni sobre Galdós (ahora que está hasta de minimoda),  nadie habla de las consecuencias del Brexit, ni de la guerra en Ucrania, ni de nada. La inanidad debe ser esto. Monotemas y temas tabú. De unos repiten y repiten, Segunda Guerra Mundial y lo malísimos que fueron los nazis, y de el resto no se habla.

Hay otro tema de los documentales que sí se habla y mucho, y es el asunto de los extraterrestres y la teoría de los antiguos astronautas, que debe ser el monotema en Estados Unidos. Hasta las cadenas dedicadas a historia hablan de esto y no de historia. Luego están los reportajes sobre la naturaleza, y no parece haber más que bichos y animales asesinos que se comen a sus presas a lo salvaje. ¡Cómo que son bichos, coño!

En fin, que si te apetece ver algo diferente tienes que andar ronroneando al canal cocina; a canal sur, que siempre están triki triki; o Telecinco donde el monotema se llama “Sálvame” que es un programa con un final tan incierto como repetitivo. Por supuesto, siempre nos queda la lectura.

 

La República Independiente de las Delicias y el alcalde de León.

Cuando era estudiante de Derecho fundé con un grupo de amigos nuestro fantástico sueño regado con cerveza y oreja rebozada: la República Independiente de las Delicias.

Las Delicias es un barrio de Valladolid, un barrio histórico de ferroviarios y obreros. Lo hicieron famoso los Celtas Cortos en una canción que dedicaron a su túnel, uno que pasa por debajo de las vías, pero el barrio es fantástico por popular y salvaje a un tiempo. Para entendernos, Delicias es un microcosmos, y por eso lo escogimos para nuestras pretensiones políticas. Por supuesto, compañeros de las Delicias sólo eran cuatro de los colegas, pero nos daba igual. Nos bastaba con justificarnos con que vivíamos en el exilio, o sea, al otro lado de la vía del tren, que es tanto como decir en el resto de la ciudad.

La asamblea institucional dónde proclamamos la independencia era la trastienda de un bar, el Gallego, que estaba en la calle Cervantes, frente al cine. Allí solían servir buenas tapas, algunas de orella de cerdo rebozada y con pimentón, amén de otras enjundiosas pitanzas, las cuales regadas con abundante cerveza servida en jarras contribuían a exaltar el espíritu independentista que nos enardecía y colmaba de ímpetu. El barrio es nuestro y el mundo también. Y gritábamos y cantábamos felices de nuestras ocurrencias. En la primera sesión repartimos el pastel; en la segunda cambiamos de gobierno porque entramos en crisis, y en la tercera disfrutamos sintiéndonos viejos militantes de un gobierno en el exilio. Eso sí, siempre delante de una estudiantil cena de patatas bravas, orella y demás platos finos. No dejamos nada por escrito, no fueran a pillarnos; y tampoco pretendimos otra cosa que divertirnos a costa de nuestra imaginación.

Ni que decir tiene que nos autonombramos ministros en el exilio y en funciones, entre otros hubo un impecable Ministro de Asuntos Exteriores (al que no pisaba la Facultad), otro de Justicia (al que quería ser juez y se lo jugó a los chinos) y bastantes otros que no recuerdo, pero que conformaron una de las etapas más entretenidas de mi vida. No recuerdo si fui Presidente del Gobierno, creo que sí, pero que dimití en la siguiente reunión para dejar el puesto a otro. De esa forma pasé a convertirme en un jarrón de la República y en un miembro indiscutible del Consejo de Estado de la República Independiente de las Delicias. Incluso discutimos sobre cuáles debía de ser sus fronteras y no llegamos a ningún acuerdo más que sirvieran más bravas y más cerveza. Daba gusto dirimir el presente y el futuro con tanta alegría y felicidad. Luego proseguíamos hasta la madrugada, donde el frío y la niebla se pega por Valladolid al cuerpo. Viva la República de las Delicias, gritábamos como posesos de cuando en cuando. Y éramos unos fenómenos.

El caso es que han pasado muchos años, y las Delicias sigue en su sitio. Pero el resto del planeta no. La última la ha montado el alcalde de León, que seguro que también se lo debe de estar pasando en grande. Quiere una autonomía para él solito y para disfrutarla con sus amigotes. Se habrán tomado una caña en el barrio húmedo, alrededor de unas tapas de es morcilla leonesa tan cremosa y cojonuda, y se habrá venido arriba.

Muchos dicen que lo que quiere es pillar más cacho y disponer de más pasta para gastar. Y no le falta labia, pues estos del PSOE nunca han carecido de ella. Pero yo creo que no. Yo creo que la morcilla repite, y ahí está el verdadero problema de este asunto tan emocional. Imagino que tendrá problemas con los bercianos, pues como todo el mundo sabe (así lo leí en un simpático grafiti por las calles de Ponferrada) “el enemigo natural del Bierzo es León”. Y me parece que tampoco encontrará mucha gente por Zamora o Salamanca con ganas de hacer experimentos autonómicos. Para un Zamorano, Valladolid está más cerca que León, y para un salmantino, ahora que tienen autovía a Madrid, el tema les traerá al pairo. Así que no tiene mucho que hacer, porque no va a encontrar pueblacos que lo respalden. O igual sí, porque una morcilla bien preparada con su cervecita puede llegar a hacer estragos en casi todas las ciudades de la España despoblada.

Lo que me ha sorprendido del alcalde de Leoń es su falta de cultura y su impertinente ignorancia, de la que alardea por hablar más de la cuenta. Dice que León no tiene nada que ver con Castilla, y eso demuestra que, o no ha leído un libro en su vida sobre la historia de León y de Castilla, o es un imbécil estafador vendepatrias. Como suelo considerar que la gente actúa de buena fe, y cómo tampoco quiero perderle el respeto a este “elegido” por la demogresca, me veo en la obligación de deducir que es un memo con vara de mando y medio dedo de frente. Quizás un chorras arrastrado por la Unión del Pueblo Leonés, que es un partido que tiene un representante en las Cortes de Valladolid según el año que toca; o un simpático bobolicón engañado por los de Podemos, que siempre están dispuestos a ridiculizar a la izquierda pija.

No creo que valga la pena contar de qué manera se llegó a la unidad entre los dos reinos históricos con Fernando III el Santo, pero es que han pasado unos cuantos siglos como para andar tan despistado. Es un ignorante y eso me preocupa, porque nosotros, que éramos unos chiquillos estudiantes de Derecho, unos voceras cervecistas y unos juerguistas de primera división, ya teníamos por entonces más cabeza, más conocimientos y más sesera que la que demuestra este pijiprogre leonés y sus amigotes de francachela.

El probable que si hubiéramos llegado a independizar el barrio de las Delicias, en este momento tendríamos un monolito cada uno, un sueldo millonario y un barrio mucho más próspero que el que hoy disfrutan sus vecinos (yo sigo viviendo en el exilio). Seguro que corría el dinero por las calles del barrio, y que los perros comerían longaniza y caviar todos los días. Y por supuesto, estoy seguro de que hablaríamos todos el deliciano, que es el dialecto superior que se habla en el barrio y que hay que normalizar en las escuelas y los comercios. Ni qué decir tiene que el diccionario de Deliciano-Español lo habría hecho un servidor de ustedes. Eso sí, cerveza en mano y comiendo orella con mis viejos amigos.

 

Star christmas wars. La ascensión de los cuñados.

Feliz Navidad, le dijo su peor enemigo de la empresa, y él, que es un hombre bueno, esencialmente bueno, le contestó con la misma cantinela: Feliz Navidad y próspero año nuevo. Luego vino todo lo demás. El cuñado pelma chupando percebes a su lado en la cena, el estofado quemado de la suegra, el retrovisor descuajado en el coche tras una noche aparcado en el barrio enemigo, y finalmente, todos discutiendo al llegar a casa sobre si había sido una cena sostenible y con perspectiva de género.

Es lo que le hizo regresar al cine para ver la última de los Star Wars, en este caso con subtítulo y final de una enealogía que va camino de ser parrésica: la ascensión de Skywalker, pero que él leyó como algo de cuñados: el retorno de los cuñados, el regreso del cuñado, y tras frotarse los ojos lo ratificó “La ascensión de los cuñados”. Nunca mejor dicho. La peli ya la había visto y no lo sabía.

No seamos negativos: la película está bien. Es mejor que ir a cenar, pero tampoco es como salir al campo. El problema es que está lleno de peña pululando que ya no te enteras. En las primeras de los star wars los personajes buenos eran pocos: la princesa Leia, el guapete Luke, el chuleta de Harrison Ford, un bicho peludo y un par de robots. El malo siempre era Dark Vader y luego su jefe, el emperador. Punto pelota.

Luego la cosa se fue liando. Aparecieron buenos y malos a porrillo. El Dark Vader de joven resulta que era otra persona, o sea un bueno que resulta que va de adolescente chulo en unas cuantas pelis para luego hacerse malote y terminar arrepentido de ser malo. Todos dudando sobre si es bueno o malo, y el tío sin definirse en la vida. Cosas de los tiempos complejos en que vivimos, supongo. Y

Luego se duplicaron los buenos a porrillo, casi tanto como los malos. Más robots, más jedis y más tipos de negro oscuro de Bruselas. Pero para mi, y ahí tengo que pedir excusas por mi osadía, el verdadero problema de Star Wars ha sido encajar tanta familia y tanto cuñado suelto.

La primera saga ya lió el asunto familiar. El famoso “yo soy tu padre” marcó una época. ¡Qué shock traumático tan profundo (entonces, hoy no) que un hijo bueno tenga un padre malísimo! Pero el tema se siguió enredando. La princesa y el Luke son hermanitos. Y Harrison Ford es el cuñado de toda la vida y para toda la vida. La prueba de su cuñadismo es que lo acompañaba un perro gigante que no habla ni Pamplona y que es como de otro planeta; y la segunda prueba es que es un fantarrón y se las sabe todas. Pues vale.

En la tercera trilogía la confusión alcanzó la altura mental de nuestro tiempo. Más hijos indeseados, más cuñados y amigos que no saben si deben ser buenos o malos y más parentela desorientada que parecen pollos sin cabeza. Han intentado darle una perspectiva de género poniendo de heroína una chica pero tampoco saben salir del lío. La última frase con la que me quedo es muy buena: “yo soy tu abuelo”. Ahí es nada. Más lío, más confusión, y casi se queda uno pensando si el emperador se lo hacía con el Vader cuando no miraba nadie en el teatro aquel de la capital, y de aquellos polvos estos lodos.

Star Wars no lo van a arreglar sacando a muertos del armario, que es lo que aparece en estas sagas, gente que viene y que va, que no sabes si son de la primera, la cuarta o la quinta película. Entre fantasmas y aparecidos y gente como que es de verdad deambula la saga. Los viejos y los jóvenes se regodean multiplicando colegas por el mundo. Y lo que es peor, todos cascando frases de cuñado cansino, de los que José Mota hace un programa de tres horas.

Por suerte todo acaba bien, espero que definitivamente. Se mueren los malos y triunfan los buenos. La dictadura y los totalitarismos parece que no convencen demasiado a las gentes de la galaxia, y de repente se rebelan y se monta la de Dios es Cristo. La lucha final de turno. Una más de las cientos de luchas finales del cine. La gente idealista está feliz yendo a luchar por el bien, que es lo que hace este tipo de pelis, alentar en la “lucha” al pueblo que lo que quiere es vivir en paz de una p. vez. Es verdad que luchan sin demasiado objetivo, en plan Greta en el presente, pero el caso es que luchan y se parten el pecho por lo que haga falta.

Lo que me sorprende es que ninguno piense qué orden constitucional y republicano van a montar, porque la galaxia va camino de una anarquía llena de bárbaros sin educar. Y la lideresa no parece saber mucho de organizar el tema. Lo dicho, como nos descuidemos se forma una nueva república tan caótica e ineficaz como la de la primera película, y nos meten otros nueve filmes por donde amargan los pepinos.

Reconozco que como fanfán histórico, no me convence ya el tema. Star wars se ha llenado de cuñados de distintos linajes y en este momento no me tomaría ni un mal café con ninguno de ellos. ¿Qué poesía se escribe en las lunas de Endor? ¿Y que tal el teatro de Aldebarán? ¿Vais al cine en el planeta Nabú? Nada. No hay nada interesante que hablar con esa gente tan aburrida y chorras. Son adolescentes que no crecen. Incluso Harrison Ford ha vivido sin madurar y con sentimientos de culpa porque le salió un hijo torcido. ¿Y la princesa Leia? Parece que tiene síndrome de nido vacío. Dejad descansad a Carrie, please.

Ni un café, digo.  Si quedo con ellos sería para darles un par de consejos sobre lo que es la vida, y recomendarles un buen psicólogo para que asimilen sus confusos parentescos, propios de familias desestructurada y con problemas. Casi el emperador de la tercera película parecía saber algo importante, y los jedis de entonces, me refiero a Yoda, hablaban con la suficiencia del que conoce los arcanos secretos de fuerzas desconocidas. ¿Se acabó todo? ¿Leía algún libro el viejo Yoda? ¿De Zenón de Citio? Lo digo porque esta Rey tiene pinta de analfabeta, todo el día en el gimnasio, y lo mismo sus amigos. Una banda de descerebrados. Al menos los Jedi parecían saber algo más, aunque igual era fachada. Desde luego es una buena alegoría para los tiempos presentes.

Yo habría finiquitado la saga con una cena espléndida de Nochebuena, que es donde todo cobra su sentido. Los cuñados se retratan, y la gente inteligentes se calla por no ofender. Hablaría el bueno de Yoda, y educadamente el emperador Palpatine le refutaría con argumentos inteligentes. Y luego todos a la misa del Gallo. La Nochebuena tiene sentido, al menos para los cristianos, y esta gente necesita convertirse cuanto antes. El tema es fácil: hoy nace un Salvador, que es Dios mismo, y ya está. Morirá por tí, porque te ama. Porque sin muerte no hay Resurrección.

Nada de héroes a medias y acomplejados con problemas de identidad. Si es que son como alumnos especiales llenos de carencias… y si miras sus padres. No te extraña nada, que hayan salido así los pobres chiquitos.

Refranes y lenguaje: Agosto tiene el secreto de doce meses completos.

 

Pronosticar el tiempo de manera popular se ha hecho toda la vida, y una de las maneras más curiosas que utilizaron nuestros antepasados fueron las CABAÑUELAS, las HEBREAS o las HERRERAS, que consistían en observar variaciones atmósféricas en los primeros días de enero o de agosto. Con tales observaciones deducían el tiempo que iba a hacer el resto del año. De ahí el refrán: “Agosto tiene el secreto de doce meses completos”; aunque también hay otros refranes al respecto, como aquel que dice “cabañuelas en febrero, en lluvias junio entero”. Explico como lo hacían por si quiere aprender la marisabidilla del telediario.

Esta costumbre de las cabañuelas se mantuvo hasta tiempos recientes en muchos lugares de España, entre otros en Tierra de Campos, en las actuales provincias de Valladolid, Palencia y Zamora, y duraba exactamente 24 días, que se extendían desde el 13 de diciembre (Santa Lucía) hasta que concluía el cómputo a principios de Enero.

Cada día de los primeros doce días observados correspondía a la primera quincena de cada mes, y las segundas quincenas coincidían con los restantes 12 días. Es decir, se contaba el día 13 de diciembre para la primera quincena de enero, el 14 diciembre predecía la primera quincena de febrero, y así sucesivamente. Cuando se terminaba la primera quincena se iba con la segunda desde el día correspondiente, es decir, el 25 de diciembre era la segunda quincena de enero, el 26 de diciembre la segunda quincena de febrero, etc.

Me gusta la terminología y el léxico relativo a los fenómenos atmósféricos que se usaban antaño, pues eran bastante más expresivos y reales, cercanos a la condición humana. Muchas de estas palabras se están perdiendo, aunque por suerte, nos quedan los diccionarios y la gente mayor que todavía sabe hablar sin mover las manos al modo espantajo gringo. Me detengo en algunos que me gustan especialmente y lo hago por orden alfabético rastreando un diccionario de castellano tradicional, cuyas palabras muchas no están en la DRAE ni en el María Moliner.

Abonanzar es el tiempo que se serena y calma. Bonanza es una palabra preciosa que habla de tranquilidad y buen tiempo. Ahora parece que solo tiene que ver con la época de vacas gordas, pero no. Es el tiempo meteorológico, no “las bonanzas empresariales”.

Abrego es el viento fuerte y cálido que procede del sur. Era el mejor para aventar la parva en los meses de verano, cuando había que separar el grano de las pajas. Con los abregos de estío, los campos debían estar segados, pues la labor era otra, y los vientos soplan por donde quieren.

Abrocar es llover, está en desuso y es pariente de palabras como embrocar o brocar. Tiene otras acepciones que tienen que ver con el bricolaje. Llover es abrir brocas… que lo sepas.

Agostar es sufrir el calor fuerte de agosto. Abrilada, en cambio es el tiempo lluvioso de abril. Marciada el de marzo y no hay muchas más.

Aguachona es el nombre que recibe la nieve blanda, casi líquida. Es lo mismo que aguanieve.

Albanciar es lo mismo que escampar. Es cuando deja de llover.

Andaluviar es llover torrencialmente. Probablemente es variación de diluviar, que tiene su referente en la Biblia.

Arbayada es otro nombre que recibe el rocío de la noche.

Barbazar, barbuzar o barciar es la lluvia ligera que se produce cuando el tiempo está muy húmedo y nublado. Cuando se puede sentir la profunda humedad en todo el cuerpo y está lloviendo ligeramente empapando todo se habla de barciar.

Bernizo es la lluvia fina que termina empapando. Se le llama también calabobos, chirimiri o mojabobos. Bernizo suena mejor que calabobos, sobre todo para el que se moja, que no quiere ser un pelele ni por asomo.

Beruje es el viento muy frío, y tiene unas cuantas variaciones: baruje, baruji, biruji… Para estos vientos fríos se usan muchos nombres diferentes, según los matices que incorporan. Otras palabras que se usan es cierzo y corisco.

Calambrones es el nombre que reciben también los carámbanos de hielo, pero también reciben el nombre de candelitas, chupiteles, cirriones o cerriones. todo parece que tiene que ver con las velas y los cirios que se ponían a los santos. Calambrón suena simpático.

Cambrina es el nombre de la escarcha tenue, también se llama carama o caramada.

Cencellada y cencellear es la helada de la niebla que congela la escarcha y los cenceños. Esta palabra es muy usada en Valladolid, sobre todo porque la niebla, cuando es muy fría deja todo blanquito, blanquito. Ha cencelleado, dice la gente por la calle.

Cencío es el viento húmedo que procede de un arroyo o de un río cercano. Es la brisita fresca de los humedales cuando corren por sus cauces y la sentimos cerca cuando nos aproximamos.

Chaparrón es la lluvia intensa de corta duración, pero también tiene variantes semejantes como charpazo o champlazo. El término es popular, pero champlazo ya es otra cosa.

Cierzo es el viento fresco y seco del norte, el viento de las heladas tan de Burgos. Lso de la capital castellana diferencian su frío del frío que hace en el resto del planeta. En burgos el frío del norte es el Cierzo y pega que no veas. A veces esta palabras se usa con otras acepciones vinculadas a escarcha o a chubascos de corta duración que llegan con frío.

Corisco es casi lo mismo. Es el viento frío del norte, pero este es el nombre que suele recibir  cuando es verano. Es el airecito fresco de las tardes de agosto que nos obliga a ponernos una chaquetilla en las terrazas castellanas. Algo impensable en Valencia, donde no corre el aire fresco en verano ni por la mañana.

Engazarse se usa para la helada que sufren los ríos y los arroyos en invierno. Las aguas congeladas del campo se dice que están engarzadas; sin embargo, cuando la persona es la que se ha helado, o lo ha sufrido un ser vivo se habla de enganirse. Algo que suene a quedarse sin ganas.

Los copos de nieve también se llaman falepas, y según sea su tamaño y grosor se habla de falispas, que son las nieves finas como en ráfagas, también llamadas farraspas; la falliscosa es el nombre de la nieve que no termina de cuajar en tierra, la nieve que se deshace pronto. en cambio la farrapera es la nieve casi convertida en agua. Farrapos es otro nombre más vulgar para los copos de nieve.

Las burbujas que se forman en los charcos cuando llueve también gozan de nombres específicos. Los gargulitos, foroles o forolas son los sustantivos ya extintos para este fenómenos. Son como si hubiera ranas que hacen pompas en los charcos. Foroles es la palabra.

Garduñas son las heladas fuertes y se les llama también las jabardas. Pero la palabra garduña tiene también otros significados vinculados a la ornitología. Son términos muy populares, recogidos en pequeños lugares donde probablemente las palabras han prestado su forma para dar otros significados. Menuda garduña está cayendo.

Invernia es el frío del invierno. Los de Juego de Tronos no se inventaron la palabra.

Jarupia es el viento fuerte que te pega en la cara y no te deja mirar.

Jarrear es llover a cántaros, pero llover tiene muchas formas con la que se completa el término. Llover a cántaros es una lluvia abundante y permanente; llover a chaparrón o a jarros es algo parecido. En cambio, llover del regañón es cuando llueve con aire del noroeste. En cambio, llover en bernizo es llover pausadamente durante mucho tiempo. Es la lluvia lenta que parece no terminar nunca.

La muelda es el bloque de hielo que baja deslizándose entero. La palabra tiene un significado semejante a muela, como si fuera muela de molino, o algo así, pero en hielo.

Nidio es la nieve lisa y resbaladiza, y nevar poco es nevuscar, nevusquina o nevada de la cigüeña. La nevada de la cigüeña es la nevada menuda que no cuaja, y digo yo que será porque tiene poco blanco el animal, aunque tampoco hay que olvidar a la cigüeña negra, sin una pluma blanca y en peligro de extinción por estas lides.

Orbayo es el rocío, la pruina. Se usa el nombre como si fuera gallego, pero lo que sí sé seguro es que para hablar del rocío se usan muchos términos distintos. Le pasa algo parecido al planeta Venus, desde lucero del alba hasta el lucero trabayeguas. No me digan por qué, que no lo he investigado.

Pintear es el nombre de las primeras gotas de lluvia. Pintea porque pinta el suelo con los primeros dibujos de agua.

Hemos hablado de los vientos del norte y del sur. Nos queda uno más, el solanillo y solano es el viento de levante, el que procede del Este y que en Castilla es viento de Aragón. Lo habitual en estas tierra es el viento del oeste al este, por eso toman nombre los vientos contrarios por llamativos.

Trabancos son los montones de nieve que se acumulan en lugares resguardados y protegidos. Son palabras todas estas que tienen que ver con la nieva, con días fríos y de hielo. Por eso los saco a colación. Así que ya saben, si quieren hacer cabañuelas, igual hasta acertamos más que los del tiempo de la tele. Eso sí, cualquier día de estos zurrusquea. ¿Que qué es? Zurrusquear es nevar suavemente. Y es que estos días fríos son los propicios para ver la nieva blanca y fría de todos los años.

 

 

 

La salvación que viene.

Salvarse, lo que se dice salvarse, es casi un grito unánime y colectivo de nuestro tiempo. Desde la cumbre del clima hasta el terror que infunde el heteropatriarcado en las niñas de bien. Todo es apocalíptico y teleológico, por lo que me temo que la humanidad está hoy más sedienta que nunca de salvación, y por ende de salvadores. Y ahí está el problema, que cualquier memo puede salvarte sin preguntar ni siquiera si quieres ser salvado, ni de qué.

Muchos de los nuevos mesías son verdes. Y el color vale para casi todo. Los pluriecologistas y su humanidad mediática no paran de repetir que el planeta necesita ser salvado. Que vamos al colapso y que el planeta está a punto de reventar. Que es demasiado tarde, aunque a veces también dicen que no lo es, que aún estamos a tiempo, pero que hay que tomar medidas urgentísimas y draconianas para salvarnos. Ellos saben lo que hay que hacer para salvar al mundo, pero en lugar de ser coherentes con lo que dicen que piensan, parchean la economía y la sociedad mientras los auténticos profetas verdes gimen desconsolados con que no es suficiente. Recicla, nene, que así salvarás al mundo. Lo dicho. Greta y el arrimado eventual tío Sánchez nos van a salvar de nuestra historia de progreso. O sea, que nos vamos a la mierda con estos mesías, y verde que te quiero verde.

Yo creo que tienen razón los greens auténticos, porque dudo que nos vayan a salvar los políticos guays gastándose una pasta en concienciarnos y contarnos repetidamente verdades indemostrables y acientíficas. Por mucho que inunden los libros de texto con la foto de Greta y los garbos, y por mucho que nos suelten una monserguilla utópica por inalcanzable, no vamos a salvar este desastre. Además, esta salvación ecológica es una caca, porque nos abandona empecatados al exterminio que nos espera en la historia. Salvaremos al planeta, si y sólo si nos extinguimos; o volvemos a las cavernas del tío Arborio.

Y es que el ecologismo como religión deja mucho que desear. ¿Qué quieren que les diga? Una salvación que no me salva a mi personalmente, y que me condena a morir y extinguirme por el bien del planeta no me mola. En realidad es una estafa. Ahí está Greta y el apóstol Sánchez bien arrimadito, os vamos a salvar, chicos. Ya, claro.

La otra caterva mesiánica es de color violeta. Me refiero a las señoras agentes de la dictadura de género, que es el nombre fino que reciben las feminazis. Nos quieren salvar de muchas cosas, algunas de ellas de dudosa existencia. Nos van a salvar del patriarcado, de la invisibilidad de la mujer y de nuestro género preconfigurado. Casi nada. En realidad esta salvación es bastante menos creíble, pero no por ello goza de menos adeptos, en este caso adeptas. Se ha construido sobre una serie de falacias indemostrables, y a cambio reciben un dinero que da gusto. Es la deconstrucción filosófica absoluta, el pensamiento débil convertido en pensamiento oficialista para la salvación de la mujer y del mundo. Salvar a las mujeres de las garras de la vida patriarcal y fascista que llevan.

El problema de esta segunda salvación es que necesita mantener a toda costa los prejuicios construidos artificialmente por la tercera oleada feminista, la de la ideología de género, para poder sobrevivir y ser creíble. Eso la convierte en una salvación excluyente para la mitad de la humanidad, o sea los varones heterosexuales y casi todas las mujeres oprimidas por la maternidad, amén de sus hijos y maridos. Estas salvadoras son menos proféticas y más molestas pues se empeñan en salvarnos de cosas insalvables, que además son imposibles de erradicar. Y que incluso son buenas hasta que se demuestre lo contrario. Ya advierto que tienen poco o nada que ver con el feminismo de equidad, al que combaten con tesón. El problema es el género, no la igualdad ante la ley. Nostradamus.

Las feministas de género, por ejemplo, pretenden salvarnos de hablar correctamente y nos introducen el lenguaje inclusivo, que en realidad consiste en hablar mal y confusamente. Nos salvan haciendo que nadie sepa escribir correctamente. ¿Por qué quieren salvar lo que no es pecado? También quieren salvar a las mujeres de tener hijos, de tener pareja para toda la vida y de querer a alguien incondicionalmente, para la salud y la enfermedad o las alegrías y las penas. Enamorarse y tener hijos tampoco es pecado, pero ellas quieren salvar a la humanidad de hacer lo que toda la vida se ha hecho. Amar, perdonar y crecer en la adversidad. Todo es patriarcado y todo es pecado, dicen.

También nos quieren salvar de Aristóteles, de Platón y de todos los varones que en la historia han pensado, han soñado, han escrito y han investigado. Todo el pasado cultural es patriarcado, y por eso gritan “os tenemos que salvar, chicas”. Mueran los filósofos y los artistas machotes; y vivan las mujeres. Porque yo lo valgo y viva mi vagina.

Yo creo que su salvación es una especie de narcisismo que en lugar de salvar a las mujeres, las condena a una muerte en vida, donde lo único valioso es su ego humano más absoluto. Lo malo es que además condenan al resto de hombres y de mujeres que no piensan como esta gente.

Lo más curioso de este mesianismo es que estas profetisas pretenden salvarnos de practicar sexo, porque también afirman que incluso el sexo consentido es violación (y no me lo invento, voto a bríos que lo dicen). Nos van a salvar de cosas que ni nos hacen daño, ni nos dan miedo. Para salvarnos manipulan a la opinión pública haciendo pensar que todos los hombres son machistas, agresivos y malos. Y que ellas son buenísimas, santísimas y que están hiper-oprimidas por el patriarcado. Ellas víctimas, y ellos verdugos.

Esta salvación en realidad no es tal, pues necesita condenar a media humanidad (a los varones) y tres cuartos más de mujeres (que todavía no se han liberado de sus maridos y que quieren a sus hijos y a sus fetos). Es una salvación que apuesta por el odio como solución final. Lo disfrazan de muchas cosas, pero esa es su conclusión final.

Personalmente sigo prefiriendo la salvación cristiana. Un Dios que se hace humanidad y que muere de amor por nosotros, que nos redime de nuestros pecados desde lo profundo del pecado y de la vida y que nos proporciona una vida eterna, es mucha mejor salvación. ¡Dónde vas a parar! Además, ahora que es Adviento, se puede celebrar y vivir desde la intimidad del corazón, en la paz del silencio y en la venida del Niño en la esperanza de una mujer encinta. Lo dicho, una salvación así sí es una auténtica salvación. Tiene esperanza, que es lo que le falta a los demás. Por eso me apunto a Jesucristo y a su Reino. Marana tha. ¡Ven Señor Jesús! ¡Ven a salvarnos del pecado y de la muerte!

El infierno de Greta.

Siempre me han dado grima los niños superstar. Desde Marisol hasta Joselito pasando por Ana Belén. Todos ellos me han caído en su momento como el culo. Son niños que hacen ricuras y gracietas en lugar de ser niños corrientes y molientes. Son niños que están adulterados, manipulados e idiotizados por algún adulto que saca tajada de su estrellato, siempre efímero.

Estos niños luego crecen bajo los focos de ser celebridades, y terminan contándonos en las revistas más sórdidas y elocuentes que su infancia fue terrible, que fueron abusados, que se aprovecharon de ellos y unas cuantas lindezas más. Se quejarán de que les metieron en un circo que no querían…

Por eso, la última cría superstar llamada Greta, la adolescente activista (tiene 16 años) del ecologismo progre y sueco, me da cierta pena. O terminará como el juguete roto que ya es, o acabará como diputada de algún partido verde piscina por el Parlamento Europeo, y no sé que es peor. Morir de incoherencia siempre es una salida muy digna para la progresía europea, y seguro que tendrá un carguito en algún partido antifascista guay en el futuro. Pero no es lo mejor para nadie, claro.

Greta es un producto típico de nuestro tiempo. Es una niña de un país con pasta cuya gracia está en que se queja de la mierda de mundo que le vamos a dejar en herencia. Curiosamente no se queja del hambre, el aborto, las guerras, o el crimen organizado, que son temas de mucho excremento. ¡Qué va! Tampoco se queja de la trata de niños esclavos, ni de nada de eso. En realidad se queja de que no hacemos caso a los científicos que dicen que el planeta se calienta por culpa del hombre. Ya está. La invitan a la ONU a dar un discursito, y le acabarán dando el Nobel. Total, si ya lo tiene Obama, ¿por qué no dárselo a ella? No tiene ninguna propuesta más que quejarse y decir que hagamos lo que dicen los políticos que hay que hacer para arreglarlo. O sea, el acabose.

No se puede decir que Greta no haya atendido en clase. Por supuesto que no. Desde hace años, el discurso y la monserga del ecologismo políticamente correcto ha inundado las aulas de Suecia y de toda Europa; y ella, que es una alumna aplicada, se lo ha creído a pies juntillas. La educación tiene que ser crítica, caramba, y Greta, que es una alumna que aprende deprisa, ha aprendido a quejarse. Se lo han enseñado, claro. Si el mundo es una mierda, ¿por qué no vamos a hacer una huelga para que mejore? Y tiene razón la criatura. Es verdad que podrían haberle enseñado otras cosas como economía, latín, historia, filosofía, derecho o antropología. Pero no. Le han enseñado que el mundo es una mierda, y ella nos lo cuenta. Es un producto típico de nuestro sistema educativo. Por eso cae tan bien a los demás estudiantes y a los profesores contemporáneos europeos. Es una ejemplo y ya están tardando en dedicarle un párrafo con foto y todo en los libros de sociales. La pescadilla que se muerde la cola. Los mitos contemporáneos se alimentan con los nuevos mitos.

Greta se ha equivocado. No por quejarse, sino por entrar en política  de esa forma. Greta ha querido representar la pureza ideológica y existencial del ecologismo quejica. Quiere ser perfecta para que su discurso sea más creíble.Y ese es un error grave, porque te expones a que te critiquen y a que te lluevan hondonadas de bofetás por todos los lados.

Greta no es más que una adolescente, y la pobre no tiene más argumentos que su inocencia. Repite lo de su libro de texto y lo que le dijo su profe sindicalista. Y poco más. Y así no se puede entrar en política, como una niña inocente que juega a las tabas el domingo por la tarde. Porque no lo es. La han calificado como “la niña del exorcista” y reconozco que me hizo gracia, porque es verdad que algo de eso parece, pero también me dio pena por ella.

Si Greta hubiera sido una niña Amish habría sido más creíble. No usan la electricidad y huyen de los avances técnicos que perjudican el regalo que Dios nos hizo con la creación. Su queja sería verdadera y coherente, o al menos más coherente. Reconocería su pecado y su contingencia, y en su humildad sería una persona con algo que decir. Al menos para mi, que busco discursos profundos y con algo de sentido. Pero como lo religioso no vende, pues no puede haber una Greta Amish. Además, tampoco habría podido convocar a nadie porque los amish no usan móvil. Y Greta sí tiene móvil para convocar manifas y huelgas.

Eché un vistazo a su discurso en la ONU, y entendí la tragedia y la catástrofe de la que hablan los ecologistas de libro y de canas. Y es que la criatura pecó de simplonería y de soberbia. De lo primero podemos exculparla. Es una niña y le faltan estudios e ideas. Ya lo ha dicho Putin, que hay que explicarle que el mundo es más complejo (que vuelva a la escuela). Pero de lo segundo no, pues la soberbia es un pecado muy serio en una niña que quiere dar lecciones a la humanidad de como arreglar el mundo.

Greta fue a la ONU a contarnos unas cuantas falacias mediáticas ya asumidas por la demogresca, pero es que además lo hizo en tono enfadado y quejándose. Para muchos será una gran activista porque le ha dicho a la humanidad que le han jodido el futuro. Pero esta cría ha jodido su futuro ella misma. Greta no va a poder sonreír el día que se vaya a comer una hamburguesa hecha de carne de vaca pedorra contaminante, con su huevo frito de gallina violada en una granja. Esta niña no podrá sonreír nunca ante un mundo tan malvado. Y si lo hace la tacharán de colaboracionista con el imperio del mal, que es el capitalismo contaminante, supongo. Su único futuro está en ser vegana y frutívora. Jamás podrá venir a España de vacaciones (salvo que lo haga en bicicleta), y nunca será libre de la imagen infernal que la humanidad ha hecho de ella.

A Greta le espera un infierno, pero no medioambiental. Por eso me compadezco de ella y de todos los juguetes rotos que algunos adultos inventan para sus intereses. ¿Que quién ha sido el que ha montado este circo? No lo sé, pero me lo imagino.

 

Artistas libres; artistas controlados.

Cuando a un artista se le encarga una obra, la ejecuta y cobra. No hace lo que quiere, pero gana dinero. En este mundo del arte, el que paga, manda. O mandaba. Así ha sido durante mucho tiempo en el mundo del arte, de los artistas y de los escritores. Por eso, amigo lector, si quieres vivir de esto, tienes que buscarte un mecenas. O ser independiente y funcionario.

Te recuerdo que un mecenas es cualquiera que te da dinero por lo tuyo. Puede ser un lector o amazon. El problema es que a veces la obra no gusta mucho cuando es terminada, o que gusta pasado un tiempo, o que no es ubicada donde te esperabas.

Me cuentan que a veces el cuadro no hace juego con el tresillo de casa porque es de colores apagados, aunque también hay casos donde el pagador se “pasa” de cuando en cuando por el taller del artista y le da instrucciones, aporta su visión de lo que debe ser, y lo que considera que está bien o mal según su criterio y su bolsa. Poderío, que se llama. Sí moana, dice el artista. Mejor colores claros que hagan juego con el tresillo. Lo que usted mande, señor editor.

Lo dicho, tú eliges, o independiente o lo que diga el jefe.

Esta visión no está tan superada como podría parecer. El que paga sigue mandando, y salvo que un artista tenga una familia con pasta, le tocará plegarse a las exigencias de su jefe.

Hoy los que pagan son muchos (lectores y compradores) y piden que tu obra sea agradable, rentable y que valga algo, aunque sea en el futuro. Que no es poco. Ya saben, si no gusta tu cuadro al propietario de la galería de arte, siempre puedes venderlo a tus amigos, conocidos, despistados y turistas manirrotos. A veces te lo compran pensando que vas a ser famoso en el futuro. Ya está. Se lo vendes.

A los poetas siempre les queda un último recurso. ¡Amigo escritor, si tu poesía no le gusta a tu editor, siempre puede declamarla en el Campo Grande de Valladolid a los pavos reales! No pasa nada. Así empezó Clarín y terminó suicidándose.

Cada uno tiene su caché y para no amargarnos, nos recordamos una y otra vez que van Gogh no vendió una morcilla en su vida, y que mira ahora. Lo descubrimos tarde. ¿Seguro? Digamos que generó dinero tarde, cuando el pobre ya había palmado y no podía hacernos cientos de cuadros de girasoles similares. Si le hubiéramos pillado a tiempo…

Pocos artistas ha habido en la historia del arte que hayan sido verdaderamente libres. Pero los ha habido. Casi siempre responden al creador que ha logrado alcanzar un estatus y reconocimiento a partir del cual, hagan lo que hagan, tienen éxito y son apreciados. Dejan de ser deudores de sus intermediarios, e incluso de su público. Hacen lo que quieren, desde el punto de vista creativo, y todo se les perdona y se les compra. Porque son de fulanito.

Esto permite a los autores liberados crear sin cortapisas, construir su obra, pintar lo que les da la gana y como les da la gana. O escribir lo que les parezca sin que nadie les diga lo que tienen o no que hacer. Así le sucedió a Victor Hugo, pero no a Cervantes ni a Shakespeare.

Siempre me hace gracia que los mismos que coartan en el presente la libertad de sus artistas en nómina, son los que afirman guardar un amor desmedido por lo que hicieron los genios con toda la libertad del mundo. Y así encontramos al mismo editor que rechazó “Cien años de soledad” o abomina de “Marcel Proust” dando lecciones de lectoescritura a una camarilla de adláteres escritores que trabajan sometidos a él en la editorial equis. Ese mismo editor es además el que otorga los títulos de buenos escritores a los de su pesebre con la concesión de suculentos premios. Si les dices algo te contarán que si el mercado patatín, el mercado patatán. Y que ellos defienden el arte. Pero no es verdad. Lo esquilman sin sostenibilidad para el artista.

Picasso pudo pintar lo que le daba la gana cuando tuvo un estatus de pintor genial. Antes no, pero luego sí. Lo mismo le sucedió a Dali, que firmaba lienzos en blanco para incrementar su cuenta corriente. En la música popular, los Beatles decidieron dejar de actuar en directo y pasaron a experimentar en el estudio de grabación de Abbey Road en Londres, entre otras cosas, porque estaban hasta los mismísimos tarantinos de dar conciertos donde no se escuchaban ni a sí mismos desafinar del griterío que había. Hasta aquí hemos llegado, Paul, dijeron. Y se acabó. Y tres años después “Let it be”.

Los Beatles hicieron lo que quisieron, experimentaron e inventaron como quisieron. Revolucionaron gran parte de la música, y siguieron vendiendo discos. Son seguramente sus mejores discos, los menos comerciales y los más interesantes. Si no hubieran sido tan famosos, no habrían editado ni la mitad de sus discos, y hoy serían un grupo más de los muchos que hubo en los años 60 por la pérfida albión. No habrían salido de su pueblo, vaya. Por muy molonas que sean sus canciones no tendríamos la psicodelia del Sgt Peppers, ni el album blanco, ni habrían llegado a cruzar Abbey Road, frente a los estudios Apple, que ellos mismos fundaron.

El otro día me contaban las penas de varios escritores consagrados, teóricamente consagrados y conocidos. Escriben lo que todos esperan que escriban. Si han parido una novela histórica buena tienen que escribir una trilogía. Y cuando tienen una trilogía, otra segunda parte de la trilogía. Y así se pasan su vida de artistas escribiendo lo mismo que una vez escribieron. Son envidiados por el resto de escritores; pero es curioso que muchos escritores consagrados envidian a los que no tenemos tanto éxito, entre otras cosas porque disfrutamos de libertad para escribir lo que nos sale del prepucio, el pucio y el pospucio.

Ellos viven de escribir, o mejor dicho, viven de reescribir aquello que les dio éxito, y lo reescriben una y otra vez. Nueva novela del año, la última de fulanito. Y es igual que las anteriores, incluso peor. No tienen el suficiente éxito para escribir lo que quieren y en ocasiones se van autodestruyendo. En cambio los pequeños escritores que no vivimos del tema, podemos escribir más libremente, aunque tenemos que alimentarnos de otro empleo para sobrevivir.

Es curioso que haya sido así en la historia de la literatura de manera tan generalizada. Abundan los escritores militares, periodistas, profesores, funcionarios, hijos de papá, etc.

Los artistas de nuestro tiempo están controlados por el pensamiento políticamente correcto. Pero también por los grandes inversores de arte, gente que ha construido una maquinaria para vender y comprar arte, libros o cuadros al por mayor. Esa maquinaria tiene mucho que ver con la política y las ideologías del mercado democrático. Artistas de izquierdas y artistas contraculturales. ¿Les suena? Hay público para todo, es verdad, pero los grandes del negocio quieren productos de bajo coste y mucha venta. Por eso hay arte basura, arte para usar y tirar, arte mercado y arte clandestino. Libros basura y libros de usar y tirar.

Por eso muchos artistas hoy se rebelan. Autoeditan sus discos, sus libros, sus novelas y su pintura. Son los nuevos genios que no quieren someterse al viejo mecenas, ni a las viejas formas.

Yo quiero ser uno de ellos. Como los poetas, que son los más libres de todos. A ellos les basta con compartirlo en las redes sembrando luces de belleza donde antes solo había caos.

 

 

Polifonía de pinreles en verano.

El verano es un momento propicio para sacar los quesos a relucir. Me refiero a los pinreles, a los pies, a los quesos, a los frijolitos o a los sapos que Dios haya dado a cada uno. Y cada una, que en esto de la discriminación positiva en pies feos nos ganan por goleada.

Mi fijación por el tema es antigua, pues desde que era niño he relacionado los pies con el culo, y me producía la misma vergüenza tanto verlos como mostrarlos. Con el tiempo, mi socialización ha ido en aumento, y actualmente lo mismo hago un calvo que me rasco la entrepierna. Pero lo de los pies es superior a mis fuerzas. Es la parte más pudenda del cuerpo, y no es porque tenga antepasados orientales, que igual sí, sino porque enseñarlos me molesta;  en cambio verlos me resulta entre excitante, curioso, grimoso, morboso, agradable, asqueroso y admirable. Por eso me fijo.

Y es que los pies presentan dos caras. La de la planta es redondita, con garbancitos simpáticos colocados a modo de familia telerín; en cambio la superior son como la bruja de blancanieves, con uñascos terroríficos, juanetes deformantes, clavos, callos y demás floraciones. Son como la cara y el culo, que cuanto más guapa es la modelo y la moza, peores son sus cascos.

Los españoles tenemos una relación pudorosa con nuestros pies que no la tienen el resto de europeos. Es raro que uno de los nuestros, sobre todo si tiene más de cincuenta años, saque un queso en público y se lo rasque por entre los dedillos. En cambio, esa misma educación no la practican muchos europeos, que les encanta descalzase mostrando sus calcetines blanquecinos de deporte, y si se tercia, metiendo sus pies en cualquier charco cuando hace calor. Los españoles “prelogse” somos como de otra manera. Los extranjeros cuando vienen a nuestro país, traen sandalias con calcetines; en cambio los españoles cuando vamos fuera usamos zapatillas deportivas, bien tapados y con discreción. Spain is different, of course. Pero el mundo cambia, y ahora los jóvenes autóctonos llevan chancleta masiva y lo mismo te plantan un pie en asiento de enfrente del tren que se masajean los dedos mientras miran su móvil. ¡Qué se le va a hacer si los españoles caminamos hacia nuestra extinción!

Recuerdo haber desayunado rodeado de guiris en los albergues juveniles de esos países de por ahí, donde los únicos tipos calzados éramos nosotros. Ellos preferían los pies al viento y los pelos enmarañados al estilo Boris Johnson, que debe tener unos quesos de espanto. Por eso esta gente gusta descalzarse en el trasporte público y colocar sus pies en el asiento de enfrente. Ni que decir tiene que ir a rezar a Taizé, en Francia, con moqueta bajo una carpa, es un muestrario ecuménico de calcetines donde tienen que echar sándalo para que la humanidad no sucumba fácilmente al delirio espiritual. Yo me entiendo.

Dada mi condición curiosa, una de las cosas que más me entretiene cuando hojeo una revista del corazón (o de los pies) es ver los pezuños que se gastan las guapas de turno. Primero cuento el número de pies que veo, y luego me entretengo en examinar con detalle lo feos que son. No falla, cuanto más hermosa y diáfana es la sonrisa de la hembra, peores son sus garrapuchos. Están tensos, endurecidos, desparramados y delirantes. Imagino su olor tras una jornada de paddel en la élite. Da igual que la señora sea princesa, reina, infanta, duquesa, modelo o actriz de reparto, les encanta enseñar sus juanetes y exhibirse – en todos los sentidos – ante un público sediento de emociones fuertes. Incluso aunque sea invierno y haga un frío de asustar, llevan zapato abierto (así se llama al exhibidor). Y además te lo dicen los gurús de la moda: donde esté la elegancia de unos estiletess con unos dedorros decorados que se quite lo demás. Perdón, pero lo de los dedorros es mío.

Porque esa es otra. Los uñascos se pintan y se repintan. Y a mi eso también me llama la atención. Porque cuando veo una dama estirada e inalcanzable, me la imagino en el baño de su casa tomando posturas fetales para adecentarse la cutícula del queso y la coloración del mejillón. Luego posa con ese rigor que da la condición de diva, pero al mirarle los pies descubro una sirvienta agachada disimulando los batracios en que se han convertido sus pies.

Las revistas de féminas dedican muchos meses, siempre previos al verano, para que tengan todas sus lectoras los pies más delicados del mundo. Pero claro. Quod natura non dat… Ahí aparecen los cientos de consejos para suavizar talones, separar soldaditos, amaestrar callos y perfilar contornos. Si dedicaran tanto tiempo a cuidar su alma, otro gallo nos cantaría, y no lo digo por los espolones que desarrollan, sino porque el culto al cuerpo tiene un límite. Y me temo que ese límite son los pies, los quesos, los garrapuchos, los pinreles o los pezuñones.

Supongo que Dios ha hecho así los pies para que desarrollemos la humildad, que es una virtud muy necesaria en estos tiempos de exhibición y soberbia.

Pues eso, feliz verano polifónico de pinreles y quesos.

 

 

El pichiglás (la materia que sostiene el universo sapiens)

Si los presocráticos hubieran vivido en el presente – o sea, siglo XXI – se hubieran quedado admirados al descubrir la sustancia primigénea que compone el universo infinito, y que no es otra cosa que el pichiglás. Palabra que se compone de dos lexemas imposibles: pichi y glas.

Yo descubrí primero la sustancia, y lo hice en mis años mozos. Creo que todos mis juguetes acabaron a trozos, lo cual ya demostraba que el pichiglás estaba presente en la realidad de la sustancia atómica. Rompí un reloj de péndulo a mi abuela Carmen con tan solo rozar el badajillo, y sepulté mi bicicleta BH, una que yo creía más resistente que el acero cromado, tras usarla como bici de montaña-cros, que es como se llamaba a hacer el vándalo con la bici. Balones pinchados, relojes casio muertos y bolígrafos explotados fueron el legado que recuerdo de esos años donde coqueteaba con una materia que llegó de las estrellas para quedarse: el pichiglás.

Se supone que como era un niño, pues era normal que todo se rompiera con el tiempo. Pero no. Ahora he descubierto la verdad. Todo está compuesto de pichiglás, y ese es el arché de los griegos, el principio unificador de todas las cosas, es el Ser de Parménides y es la madre que la parió a un tiempo. Ni el agua, ni el fuego, ni el aire, ni los números… el pichiglás. Sólo el pichiglás.

La palabra se me apareció en años de adolescencia y juventud, pues hasta entonces no gozaba del término adecuado para designar aquella transustanciación de la materia, donde lo que parece “algo” se convierte en una mierda. Alguien supongo que la dijo, y yo, que siempre he sido mimético con lo que me hace gracia, lo adopté. Pichiglás, pichiglás.

Por suerte adopté la palabra mágica. PICHIGLÁS, y creo que lo logré gracias a otro invento de mi época: el blandiblú. Tenía que sonar así, en aguda y con tilde. Como madelmán y caricú. Luego apliqué el denotativo (¿o era lo otro?) a aquellos objetos que se cascaban con la mirada, y la expresión no pudo ser más feliz.

– ¡Esto está hecho de pichiglás! – y era verdad.

Los listillos esos de la lengua, que son unos listillos, afirman que la palabra PICHIGLÁS procede de PLEXIGLÁS, que es su origen, y que procede de la marca registrada construida por algún capullote del plástico en su versión más casera. Dicen en la RAE que se forma de dos palabras, una del latín: “plexum”, que viene a significar “plegado”; y la otra del inglés “glass” que significa vidrio o cristal. El plexiglás es una resina sintética que tiene aspecto de vidrio (primera acepción), o material transparente y flexible con el que se hacen las prendas de vestir, manteles, etc (segunda acepción). El término se nos queda corto, aparte de que es más difícil de pronunciar.

En realidad PICHIGLÁS procede de PICHI, que significa hecho con el pucio de los huevos; y GLASS, que se rompe con la mirada como si fuera cristal. En resumen, son dos lexemas que se unen en una combinatoria inigualable. Lo fabricaron con la polla (el pito para entendernos) para que se rompiera lo antes posible. El término científico es “obsolescencia programada”, pero a mi, que quieren que les diga, ahora que he reflexionado sobre el término PICHIGLÁS, lo prefiero una y mil veces. PICHIGLÁS es la palabra.

Casi todo lo de mi alrededor está hecho de está trascendental materia. La batidora antigua que se fue a tomar por saco, mi viejo coche, el otro viejo coche, los cientos de radiocasetes que he tenido, las pelis de video VHS, los cedés de hace unos años (medio borrados) y por supuesto los intangibles: las ideologías de hoy son de pichiglás, igual que los adolescentes, los alienígenas de la tele, los jovencitos, los niños y las mochilas de los niños. Los móviles son de la misma materia que los milenial, por eso lo llevan adherido a sus manos, los grandes clubes de fútbol, los programas de televisión y sus series, en especial con sus finales de pichiglás. Todo. Absolutamente todo está hecho de pichiglás. Lo material y lo inmaterial. Salvo el NOUS, todo es de pichiglás.

El único problema que tiene la palabreja es que suena sexista. Pero yo, que tengo asumida mi condición de ciudadano varón hetero, me importa una mierda como suene. Pichiglás tampoco es peneglás, ni cipoteglas, que son palabras mucho más machistas. En realidad pichi es un pito deconstruido, que es lo que tiene la sustancia primigenea, una deconstrucción de la leche. Por eso pichiglás no es machista, es una realidad decadencial y decadente, un paralelo a la uretra amorcillada y poco más.

No obstante, para que vean que no soy un retrógrado y que estoy al día, he construido un nuevo término: CUCAGLÁSS, que es más fino que chochoglás y – dónde vamos a ir a parar – mucho más discreto. La cucaglás. Así tendríamos que según el fabricante, los objetos son de pichiglás, o de cucaglás, según es aspecto externo del genital del ingeniero o ingeniera fabricante.

Dado que el pichiglás y el cucaglás son los nombres que damos a la materia primigénea, y que esta compone todo el universo desde el origen, tendríamos que valorar con seriedad, que todo en el origen se organiza desde un doble principio, regresando así a Platón, a Pitágoras. Pero como este  dualismo (bien y mal, noche y día) se enfrenta en los clásicos griegos pues prefiero alejarme de ellos y apoyarme en una dialéctica bíblica, menos dualista y más unitiva.

Es evidente (y ya termino) que lo creado y el creador no son la misma cosa. De ahí que haya que separar pichiglás y cucaglás para lo creado, lo que tradicionalmente hemos llamado contingente; y reservar el término Dios, para lo necesario.

Esto me emparenta de nuevo con la filosofía más clásica: Todo es pichiglás, excepto Dios, que es necesario. Por supuesto, el hombre en su contingencia solo puede fabricar en pichiglás; y la mujer igual solo que en cucaglás.

Ahí lo dejo, antes de que se me estropee mi ordenador de pichiglás.

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