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Artículos y comentarios filosóficos. Desde una perspectiva antropológica, el autor opina.

Idiotas con pedigrí.

Tras doscientos años repitiendo mentiras inducidas y mentiras ilustradas, los muy idiotas han alcanzado el pedigrí para ser los más imbéciles de la Tierra. Nos rodean y están por todas partes. Invaden las redes y los medios, que es tanto como decir las calles y el ágora. Son gilipollas y sumisos a un tiempo. Y son los que más me asustan.

No saben que son imbéciles y esclavos del adoctrinamiento que han recibido a lo largo de toda su vida. Se creen libres y auténticos, pero son copias de ignorantes. No saben razonar, no escuchan, no se interrogan, y en lugar de hablar rebuznan. Son clones inanes con picores en las bragueta que justifican sus debilidades como si fuera un derecho y una liberación refocilarse como un puerco. Y una puerca. Son lectores de El Pais, pero también abundan en el ABC, en el NYT.

Son peligrosos porque no saben que no saben, y además son peligrosos porque exterminan a los que tienen algo que decir, a los sabios. Los anulan y persiguen con sus consignas de medio pelo. Gritan y se jactan de que dominan la verdad, y no saben que siempre es más fácil una consigna que un argumento, un rebuzno que una explicación, una burla que una apología. Y un artículo que un libro. Invaden tertulias y memes, y se aseguran su opinión colgando en la red lo mismo que acaba de pensar otro clon semejante a ellos. Nunca escuchan, pues nunca aprendieron a escuchar.

Da igual que tengan carrera, estudios y buenos trabajos, pues jamás les dieron un criterio sólido para pensar por si mismos. Nunca paladearon una experiencia espiritual, mental o humana. Les negaron cualquier atisbo de religión y trascendencia, y se han convertido en adoradores de sus felices heces. No saben de Dios, ni de la eternidad, ni de sufrir, ni de los hombres. Leen lo que deben leer, y piensan lo que otros dijeron que debían pensar. Pero ellos se creen exclusivos y auténticos. Les bastan sus consignas y sus series favoritas  para entretener el pajarito y la pajarita. Infelices inconscientes de la verdadera felicidad. Arrebatados a Dios y condenados a la pobreza intelectual. A la ignorancia de vivir rodeados de libros que nunca podrán abrir y que no podrán leer; pues sólo puede leer el que está dispuesto a escuchar y a aprender.

Sin argumentos, sin razones, sin oídos y sin genio. No saben, y no saben que no saben. Son idiotas con pedigrí.

Han vivido adoctrinados bajo el dominio de los califas rojos, en clandestinidad y fuera de ella, y no van a cambiar. Se creen puros y buenos, sin conciencia para que no moleste, pero con tanta culpa que andan a la caza y captura de una banda de psicólogos que limpien de hedor su ponzoñosa piel. Llevas golpes en el alma, pero nunca reconocerán que sus males proceden de un divorcio que es moderno, de un abortorio que les arrancó un hijo o de un egoísmo enfermizo que los ha dejado en larvas de oruga primero, y en capullos muertos sin posibilidad de mariposear las letras. Se debaten en si son carne o pescado; y desconocen que serán vomitados.

Son los mismos que persiguieron a los cristianos en Roma, a los judíos en Europa, y a los contrarrevolucionarios en Francia o Rusia. Son los que quemaron iglesias en España, asesinaron monjas y poetas; para luego correr a apuntarse al bando vencedor por creer que dice la verdad. Bandos que cambian tanto como ellos, siluetas de manos o puños, svásticas y hoces con martillos, banderas arcoiris, república o la olímpica. Tanto da. Son los que reivindican la muerte en cualquiera de sus momentos: al principio de la vida, al final y en medio. Y creen que leer es tener noticias de un último bestseller.

Son los que perseguían a los portadores de gafas por ser enemigos del pueblo. Son esos mismos, los que ahora olvidan las letras y la corrección en el lenguaje haciendo de la inclusividad una pose nefanda. No saben hablar, pero hablan; no saben pensar, pero repiten lo correcto; no conocen la vergüenza, y no saben que son los nuevos cínicos, los perros sin atar que se lamen sueltos las heridas que les han dejado sin cicatrizar.

Están en la Junta, en el Gobierno, en los aularios y en la televisión. Son políticos y aprendices de político, entrenadores de fútbol y aficionados a un tiempo. Conocedores del coronavirus y asesores de barrio y de Naciones Unidas. Son gentes que se asoman como expertos, sindicalistas y protectores de la humanidad, de la sociedad, y de su estatus de cabrón alcanzado a fuerza de años sin aprender, sin leer, sin saber. Les basta con repetir lo que otros dicen. Repetir y repetir. Aparecer como sabio, con consignas estúpidas de un poder omnímodo que nunca he tomado en serio.

Nunca escuchan y nunca aprenden nada nuevo.

Cuando era joven creía que nadie se tomaba en serio lo que decía Txiqui Benegas, que hablaba porque la actividad política consiste en decir idioteces para que el rival político parezca peor. Hasta que comprobé que las mismas frases y consignas del Txiqui eran repetidas por un catedrático en una sala de profesores. Entonces me dí cuenta de que estaba todo perdido. De que no había salvación en mi país.

Y han pasado más de veinte años.

Han dejado su impronta en los chavalitos y chavalitas que han sido educados en las consignas de la propaganda del no pensar, del lenguaje inclusivo, del buenismo barato y de la asertividad que no tiene miedo al ridículo. Son Podemitas sin lecturas, apolíticos sin cerebro, aberronchos de usar y tirar que no disponen de recursos para oponerse. Quizás todavía escuchan algo, pero cada vez menos. Con los años dejarán de aprender y de escuchar, si es que alguna vez lo hicieron.

Son el residuo de una nueva sociedad que se ha hecho fuerte en los medios y que amenaza con destruir la cultura occidental mientras nos exigen un minuto de silencio ante una muerta, y salen de fiesta cuando los cadáveres son demasiado numerosos para contarlos.

Muchos ya gobiernan este país, otros empuñan micrófonos en mano sin avergonzarse de sus liendres intelectuales y mentales. A menudo repiten consignas educativas sin reparar en los cientos de vidas que han destruido por culpa de esas mismas consignas. Les da igual y ya son inconscientes de su estupidez. Se creen superhombres y sólo son estereotipos de sí mismos.

Por eso añoro aquellos tiempos en que los ateos leían a Nietzsche y se preguntaban por su fe. Al menos se podía hablar con alguien inteligente que se hacía preguntas inteligentes.

El lenguaje que nos deja la epidemia mundial.

Nuevas palabras y nuevos usos. Pandemia, Covid-19, desescalada, coronavirus, nueva normalidad, confinamiento, que nadie se quede atrás… Decía Nietzsche algo así como que el poder sobre la población lo posee el que impone y controla el lenguaje de una sociedad. Y que por eso Sócrates primero, y el cristianimso después, no serían destruidos hasta que no fuera destruido el lenguaje creado por ellos. El socialismo, para Nietzsche era una repetición del lenguaje cristiano, un lenguaje de débiles que obligaba a los fuertes a arrastrarse por el fango de la mediocridad.

La acción política, quizás por esa razón, siempre ha tenido un especial interés el manejar y dominar los lenguajes empleados. Son los que imponen el lenguaje políticamente correcto y anulan el que consideran incorrecto. Así lo describió también un magnífico Orwell en su novela 1984. Una novela muy descargada estos días, pro cierto.

Para un escritor, el lenguaje es además una herramienta de construcción imprescindible. De ahí el interés que despierta en filólogos, pero también en escritores y en las Academias de la Lengua las nuevas palabras y el nuevo lenguaje que van insertando en la cultura y la sociedad. Aquello de “no es más que una gripe”, se que da bien lejos.

La primera gran constructora (manipuladora si quieren) del lenguaje es la OMS, que hace una graduación de la enfermedad según su extensión y nivel de alarma sanitaria. Infección endémica o endemia es una infección que está de manera permanente en una zona concreta del planeta. La malaria, por ejemplo. La  RAE lo define como “enfermedad que reina habitualmente, o en épocas fijas, en un país o comarca”.

La siguiente palabra que emplea la OMS es epidemia. Una epidemia se da cuando la infección aumenta en un número de casos hasta un tope o máximo y luego disminuye. Para la RAE, epidemia tiene dos acepciones. La primera sería “enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas”. No indica por lo tanto, un pico máximo de la enfermedad. Y una segunda acepción que dice “mal o daño que se expande de manera intensa e indiscriminada”. Recogiendo el sentir general de las personas cuando hablan de un mal genérico.

Finalmente la palabra pandemia. Para la OMS es una epidemia que se produce en todo el mundo más o menos a la vez. De ahí que se utilice también la expresión “epidemia universal”. Lo que no se han atrevido es a decirnos que quizás estemos ante una endemia universal. Es decir, una enfermedad permanente en todo el planeta, como el catarro común. Está claro que no quieren alarmar. Y yo tampoco.

Curiosamente “pandemia” significa etimológicamente, reunión del pueblo, asamblea de todos. Y es definida en la RAE como enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.

Tanto endemia, epidemia como pandemia son tecnicismos. Pertenecen al mundo de la ciencia, aunque hayan sido adoptados y se hayan hecho comunes en nuestro lenguaje. Lo mismo sucede con la palabra “covid-19” que indica el tipo de “coronavirus“, también tecnicismo empleado por un grupo reducido de personas, y que sólo por el empleo masivo de los periodistas y los políticos se han convertido en términos usuales para mucha gente. Igual que otros términos médicos, es probable que terminen despareciendo del estrato común del lenguaje, o quizás haya cierta diferenciación. Covid-19 quede como término más culto y técnico, frente a “coronavirus” que es más fácil de aprender y de recordar, y que se convertiría en una palabra más sencilla. En otros idiomas se impone llamarlo virus chino (igual que gripe española en su día), virus asiático o virus de Wuham.

Lejos de la terminología científica encontramos el lenguaje creado por los gobiernos y sus periodistas con otras intenciones. Lenguaje que se ha extendido por repetición. Igual que los terroristas islámicos son abatidos, y no asesinados; aquí la gente ha estado confinada y no arrestada. Vamos una a una.

Confinamiento es un tecnicismo jurídico que ha sido empleado de manera extensiva. Es el nombre que recibe la pena por la que se obliga a un condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto al de su domicilio. Nada que ver con lo nuestro. Ni condenados, ni libres, ni fuera de casa. Al contrario. Hemos estado en nuestras casas, y no hemos sido libres para entrar o salir.

Dentro de los sinónimos de confinar los que más se acercan a lo experimentado son encerrar, recluir, aislar, encarcelar o enclaustrar. Pero poco que ver con desterrar, ni con arrestar. De hecho, es probable, que la RAE valore detenidamente si emplear “confinar” añadiendo otra acepción a la técnico jurídica.

Desescalada es una palabra que no existe y que está mal dicha, hasta que la asuma la RAE. Yo intentaré no emplearla pues no me gusta. El término parece indicar lo contrario de escalar, que es subir una gran pendiente o una gran altura, y está haciendo referencia a que el abandono del aislamiento domiciliario se debe ejecutar mediante una graduación. Es relevante que no hubo una escalada para aislarse, pero que sí es necesario una desescalada para volver a la situación anterior a la epidemia. En este sentido, se habla de escalar y desescalar con la imagen en la mente de una curva de contagios y fallecimientos hecha por los estadísticos en sus cuadros gráficos. La imagen seduce a la palabra. Se podrían haber usado otras palabras: descender, bajar, desmontar, regresar, retroceder, salir, etc. Pero por alguna razón les molestaba hablar bien.

No son palabras lo que nos queda analizar, sino lenguajes y composiciones también teñidas de corrección. La más popular es la de “nueva normalidad” y el eslogan del gobierno “que nadie se quede atrás” (con permiso de los muertos, claro)

Nueva normalidad es una expresión una tanto paradójica. Indica que durante el encerramiento hemos vivido bajo una anomalía, una anormalidad, una subnormalidad o una irregularidad. Pero estos términos no se han empleado, imagino que por peyorativos y molestos. No ha hablado el gobierno de que estemos ante una situación anormal, o subnormal. Nunca han dicho eso.Tampoco hemos visto ataúdes, e imagino que es por la misma razón. No asociar la imagen de la muerte con un gobierno concreto. El suyo.

Sin embargo, tras la anormalidad, ahora sí que buscan un lenguaje bondadoso que indique que no ha sido para tanto, que no ha sido grave. Un lenguaje que procure un horizonte de seguridad en la población. Hay que lograr la “nueva normalidad”, pasando por alto la catástrofe, como si no fuera más que una anécdota, una estadística tonta de unos cuantos miles de muertos. Imagino que nada que ver con los importantísimos muertos por violencia de género, que son ínfimos comparados con esta catástrofe. Pero ahí nunca se les ocurriría hablar de alcanzar una nueva normalidad.

Realmente no será posible alcanzar la “nueva normalidad”, porque no volveremos nunca al punto de partida. La sociedad ha cambiado, no en exceso, pero sí hay otra percepción de la realidad gracias a una experiencia compartida por toda la sociedad al mismo tiempo. No habrá “nueva normalidad”. Lo único que nos queda es pensar en como era la vieja normalidad, lo que había antes de la pandemia, si es que podemos hablar en esos términos. Quizás con el tiempo se hable de antes de la pandemia como la Edad Contemporánea, y después de la pandemia, como el inicio una nueva edad histórica.

Nos queda el eslogan. Que nadie se quede atrás. No es más que una frase llena de buenas intenciones, quizás tantas como errores en la gestión. Atrás se quedan los muertos, los sanitarios contagiados por culpa de los gestores, los arruinados y un montón de gente para quienes la nueva normalidad será simplemente un renacer de las cenizas. Si pueden y les deja el gobierno.

 

 

Tres cosas que nos enseña la pandemia.

Siempre se aprende en la dificultad, y yo, filósofo y observador, he aprendido tres cosas en esta crisis que no sabía. La primera es que todos improvisan, políticos y expertos, y lo hacen todo el tiempo;  dos, el teletrabajo combinado con el trabajo es más eficaz, realista y cómodo tanto para el trabajador como para las empresas; y tres, la familia necesita espacios físicos, mentales y espirituales. No basta con convivir, es necesario crecer juntos compartiendo tiempos, lugares y comidas.

En esta crisis hemos visto a las autoridades de todos los países del mundo, gobernantes de todos los perfiles posibles y de todas las calañas improvisando tanto en palabras como en hechos. Y lo sorprendente es que no he encontrado diferencia alguna con lo que hacían y decían antes de la pandemia. Improvisan todo el tiempo y todo el rato desde hace años.

Los políticos viven de decir frases estúpidas, gilipolleces constantes y rebuznos contradictorios que son improvisados la tarde anterior, y que contentan de una manera escabrosa a sus lameculos acólitos. Da igual los contenidos que vomiten, pues pueden decir una cosa y la contraria durante el mismo discurso. Lo importante es vender su producto y su imagen de hombres listos y capaces, pero se ve a las claras que son los más idiotas y torpes de la clase.

Los gobernantes se han convertido en una especie de bacterias que viven calientes bajo el aroma del eslogan propagandístico. Disimulan su incapacidad y su improvisación intelectual tras un aparente ingenio que se cae en cuanto rascas. Gente tan idiota como Lastra, Sánchez, Iglesias Montero, Trump, Johnson, Maduro, Mañueco, Torra o Macron son un ejemplo de lo que digo. No pueden disimular su inoperancia ni su improvisación cotidiana. Son una tribu entera improvisando, aparentando saber y disimulando para que la gente crea que lo tienen todo controlado, pero realmente son bobos que juegan a parecer listos. A veces ganan una poltrona para toda la vida.

Son campanillas que resuenen en un circo mediático alimentado y engordado por la improvisación de los periodistas, que son los alientan este modelo de atmósfera política. De algo hay que hablar y algo hay que decir para rellenar periódicos y telediarios. Preguntamos la inanidad y ellos responden croando o ladrando según toque. Rellenan y rellenan informativos… y también redes sociales, porque sus palmeros virtuales y engordados han florecido por doquier recitando las mismas simplezas que sus líderes de barro. Les prometo mi ausencia.

Detrás de estos improvisadores hay otros improvisadores no menos peligrosos, que son los “expertos”. Que también van de improvisación en ocurrencia. Utilizan cuatro eslóganes y cinco frases hechas para vender al político lo importante que son ellos y que los necesitan a su lado cobrando un sueldecito de “expertos”. Son lo peor, la razón técnica que decía Habermas y que hay que extirpar cuanto antes de la esfera del poder.

Estos expertos son los que hacen las leyes de educación que permiten aprobar sin aprender, son los que deciden que no haya oposiciones a médicos aunque pasen veinte años o los que sugieren al político que es mejor decir esta frase u esta otra para ganar las elecciones. Son los que deciden por los incompetentes del cotarro.

En mi descargo diré que yo hasta ahora creía que sabían algo y que había gente más o menos formada detrás de los políticos, los técnicos, vaya. Para mi asombro pandémico, he descubierto que no. Que no son más sabios que los políticos, en todo caso más “listillos” y aprovechados. Entre estos “expertos” abundan los sindicalistas, cualquier sátrapa con carnet del partido, simpatizante con estudios universitarios, trepas de colores, activistas entregados, psicólogos de nómina, instalados, sociólogos, comunicadores, y por supuesto, cualquier recién llegado al mundo de los corifeos que rodean a los gobernantes. Porque lo que mas gusta a esta gente es una cara nueva con ideas aparentemente nuevas y modernas.

La crisis me ha mostrado a las claras que no saben nada y que improvisan todo el tiempo según les da el viento. Son unos “expertos” pero podrían ser “expertos” que dijeran lo contrario. Viven de las subvenciones lo mismo que los de la cultura, escritores y artistas,  periodistas del rollito, científicos amigos y un largo montón de personas que cuando se vinculan al pesebre gubernamental tienden a improvisar perdiendo su capacidad y su sabiduría anterior, si es que alguna vez la tuvieron.

Por eso los planes de estudios de un bachillerato, que parecen sesudos, realmente son improvisados; lo mismo que la gestión de cualquier hospital que está dirigida más por la improvisación y el consejito de los coros sindicales o los expertos del partido. Y así con todo. Seguimos comprando las mascarillas chinas que no funcionan sin saber que nos han engañado los expertos suyos a nuestros expertos.

Lo segundo que he aprendido es que el teletrabajo combinado con el trabajo puede ser mejor y más rentable que tener a la gente en una oficina, una empresa o un centro de trabajo,  perdiendo la mañana como un zascandil. Se ahorra tiempo en el trayecto, se ahorra dinero en calefacción y se tiene a la gente más contenta, pues está en calzoncillos tomando un café mientras hace su trabajo al ritmo que le apetece desde su casa.

Este modelo no es válido siempre ni para todos los casos. A veces hay que ir. También es verdad que lo más agradable de muchos trabajos ese tomarse el café a mediodía con los compañeros, y eso no lo ofrece el teletrabajo. Pero en otros es claramente una mejora. Se evitan pérdidas de tiempo, se trabaja de manera más práctica, incluso más rápida y eficaz, etc. El modelo mixto de una parte en teletrabajo y otra parte presencial puede ser una solución fantástica para muchos sectores. Para otros quizás no. Pero es algo que tras probarlo, lo he analizado y veo que funciona más de lo que parece.

Lo tercero que he descubierto es la importancia de los espacios familiares. Realmente no son tan necesarias, al menos a mi edad adulta, la sociabilidad del conocido. Están en la carnicería y la pescadería tanto como en la mesa de al lado de una oficina.

Seguramente los adolescentes necesiten verse y conocer gente a mogollón, pero hay otros momentos en la vida que es más importante profundizar y disfrutar de las personas que amas. Y esas personas suelen ser más bien pocas. Hablar a gusto con los amigos y tranquilamente, estar con los hijos pasando las horas haciendo y sin hacer, jugando, viendo una película o lo que sea. Comer reposadamente, haciendo la comida con detenimiento y cariño. Leer a gusto, escucharse… Esos beneficios los ha traído la pandemia, que si no fuera por los miles de muertos y enfermos que ha habido por culpa de los improvisadores de turno, hubieran sido días felices y casi perfectos.

El derecho a mentir y a soltar bulos.

Uno de los elementos fundamentales en los que se cimenta la cultura occidental es que se puede mentir. Y además se puede mentir a tumba abierta. Se supone que para contrarrestar las mentiras hay que formar a la gente; es decir, darle criterios para que se entere y piense por sí misma. Por eso, que estos días hayan limitado el derecho a soltar mentiruscos-gordos-ataos-con-piedra solo puede indicar que estamos más cerca del totalitarismo. Es decir, que unos pocos dicen a todos lo que es verdad y lo que es mentira. Los cerdos se hacen con el control de la granja, Orwell dixit.

Que nuestra sociedad se sostiene en las mentiras es una verdad como un templo. Por eso existen los fedatarios públicos, notarios y corredores de comercio, porque la gente miente que da gusto. Crean la figura de un señor que nunca miente, o sea, un notario que dé fe pública, y así parece como que el chiringuito es más estable y sólido. A nadie se le escapa que también los notarios pueden mentir, pero dado que no es tan habitual, pues lo convertimos en delito y vaya usted a demostrarlo al juzgado. Por cierto, los acusados de un delito y sus familiares tienen derecho a mentir en un juicio. Pues todo el mundo acepta que es normal que mientan a su favor. Yo no he sido, señor juez.

No son los únicos, pues aquí, gracias a Dios, todo el mundo miente de ordinario. Dicen los expertos de las revistillas que mentimos unas diez o doce veces por día; y que mentir, lo que se dice mentir, es un signo de inteligencia. Dicen que los niños que mienten antes, son más inteligentes. Pongo un ejemplo, el zagal que rompe el bote de mermelada, cuando llega la mamá pregunta airada por el autor del desaguisado. El niño inteligente, el que sabe apreciar el sabor de lo dulce tanto como de los cachetazos en el culo, miente descaradamente: yo no he sido ha sido periquito. Y jurará y perjurará que no ha sido él. En cambio, el niño pasmado, el tontón de turno, dice que ha sido él, lo dice como que hace la gracia, y le cae la del pulpo con la zapatilla de su madre. Lo dicho, mentir bien es signo de inteligencia. Por eso hay políticos que son realmente inteligentes, y otros que parecen unos paletos puritanos.

Aprender a diferenciar la verdad de la mentira también es un ejercicio de inteligencia. Cuando le cuentas al nene lo del ratoncito Pérez, lo de los Reyes Magos y Papá Noel, el párvulo (y el no tan párvulo) se lo cree porque confía en los mayores, pero cuando se hace mayor, su confianza no puede ser tan ciega. Su inteligencia debe hacerse crítica porque en caso contrario tendremos un problema con el chico. ¿Todavía cree en los reyes magos? Es la pregunta eterna frente a la mentira. ¿Eso es verdad? ¿Fue así? Y es una pregunta que debemos seguir haciendo de adultos, porque esto está lleno de mentirosos.

Sólo los abotargados mentales no se preguntan cuando leen un periódico, una revista, o ven un telediario si eso es verdad o se lo está inventando el periodista, el político o el contertulio a sabiendas. La persona inteligente se pregunta si eso será verdad, y trata de conformar y de contrastar las cosas. Te pueden engañar, mentir y confundirte alguna vez; y si repiten muchas veces una mentira, incluso puede que la mentira te parezca verdad. Por eso hay que estar bien despierto en una sociedad tan plagada de mentiras como la nuestra. A los que no son críticos se les puede engañar de cualquier forma. Esto los políticos y los filósofos como Ortega lo saben muy bien. La masa es dirigida porque se deja dirigir; y hay gente muy forofa que termina creyendo sus propias mentiras. Don Quijote se creyó la mentira de la caballería andante, pero el mismo Quijote era una mentira construida por Cervantes para criticar la memez cultural de su tiempo. Por eso en nuestra sociedad de hoy, lo que debemos hacer es NO convertirnos en Sancho Panza, que no tenía sal en la mollera, no sea que nos creamos lo que nos cuenta nuestro amo.

El abotargamiento mental conduce al totalitarismo y a la dictadura de lo correcto y de la masa. Todos los totalitarismos quieren imponer sus verdades sin argumentar, y lo primero que hacen es señalar a sus rivales como mentirosos y buleros. La Revolución Francesa, por ejemplo, se levantó gracias a unas mentiras muy bien dirigidas a la sociedad de entonces; lo mismo que las revoluciones del siglo XX o las guerras. Hay que mentir mucho para que la gente se mate, pero funciona. ¿Quién no recuerda la guerra de Irak con las armas químicas? ¿Y las mentiras soviéticas sobre la felicidad y el trabajo del pueblo? El marxismo y el comunismo estuvo tan lleno de mentiras que muchos todavía las creen; igual que el liberalismo, el nazismo o el independentismo contemporáneo. Mentiras para lograr sus objetivos políticos, mentiras que persiguen a los que dicen lo contrario. Mentiras que hay que criticar.

Además de los políticos y los activistas, los periodistas son otros de los grandes mentirosos, pues cuentan las cosas según su subjetividad, y en algunos casos con clara intención de alterar el pensamiento de sus seguidores. Para leer “El Pais”, periódico español, hay que hacer un complicado ejercicio de lógica argumental, pues los titulares no suelen coincidir con la letra pequeña, y en ocasiones la fantasía de sus redactores es asombrosa. Ocultan parte de la verdad a sabiendas (que es como mentir) o directamente modifican los datos para que den otra impresión. Pero tienen derecho a mentir. Lo mismo que muchas cadenas de radio o de televisión. El problema no está en que digan bulos, mientan, o alteren y deformen la realidad; el problema está en que el receptor tenga el cerebro de un niño de cinco años, y se crea todo lo que le cuentan.

Por eso Marlaska no se equivocó cuando mintió el otro día diciendo que había un nuevo caso de violencia de género, cuando en realidad lo que sucedió es que el marido había intentado que la chica suicida no se tirara por la ventana. Lo que sucede es que no hay que creer todo lo que te dicen los miles de Marlaskas que salen por la tele. En realidad casi ningún caso de violencia de género es por culpa del género. Pero para eso tenemos la cabeza, para diferenciar las mentiras, las fantasías y las exageraciones de los que viven de sus propias mentiras.

Defender el derecho a que se mienta en la red es fundamental. Lo mismo que el derecho a pensar libremente y a poder contrastar las noticias. Las sociedades totalitarias se caracterizan porque quieren controlar el discurso, y para eso no dudarán en considerar mentira cualquier opinión que no sea acorde a su visión particular de la realidad. La mejor manera de evitar que las mentiras florezcan es obligando a que la gente piense por sí misma, construyendo una sociedad del pensamiento y del sentido crítico, y no una sociedad cretinizada y mentecata. Justo lo contrario de lo que están haciendo.

Vecinos solidarios y vecinos delatores.

La solidaridad se disfraza de delación, insultos y persecución cuando unos cuatro puritanos idiotas deciden acusar  y tocar la breva al resto de la humanidad a través del balcón, la ventana y el visillo. Lo han traído los aires de la pandemia: puritanos idiotas que se afana en insultar, acusar, y señalar con su dedo índice inmisericorde todo lo sospechoso; y lo que es peor, aburren a la policía y denuncian como nunca antes lo habían hecho a cualquiera que vaya por la calle sin coartada aparente.

Son lo peor de la sociedad. Son los que creen que las leyes son inmaculadas y santas, y que hay que obedecerlas siempre, aunque sean injustas. Son los que juzgan y condenan sin pruebas y lo hacen sin conocer la ley en sus justos términos. Aunque la ley diga que se puede salir a tirar la basura, ellos interpretan que hay que sacarla sólo cuando vas a comprar el pan, y así con todo. Por eso miran mal al que no lleva mascarilla en el supermercado, y vigilan al vecino cuando sale a pasear con el perro, no sea que se pase dos minutos más meando en la farola de enfrente. Aunque la ley no regule el tiempo que puede pasar un señor con su perro. “El estrictamente necesario” dirá la ley. Pues eso, los delatores idiotas deciden que “el estrictamente necesario” son los diez minutos que él cree que dice.

Es lo que tiene la sociedad contemporánea, que la maldad y la inquina aflora con todos sus pétalos, sépalos y tallos cuando los demás nos quedamos quietos y en paz. Estos imbéciles son los que durante toda la vida han repetido las consignas borreguiles de sus medios de comunicación favoritos. Son carne de dictadura y los responsables de que las sociedades totalitarias se levanten y construyan cada cierto tiempo. Estos vecinos son los que delatan a sus vecinos para así construir los miedos que necesitan las dictaduras. Cuando la gente deja de tener miedo a los delatores, entonces se caen los regímenes totalitarios y viene la libertad y la democracia. Ahora, en estos días se dictadura, se han venido arriba.

Ya dije hace unas semanas que el confinamiento iba a dar para mucho, sobre todo desde el punto de vista antropológico, y desde luego no me he equivocado. Están apareciendo nuevos estereotipos sociales como éste del delator, que representa lo peor de una sociedad herida por un gobierno que ha instalado un estado de excepción cuando pretendía convencernos de que era un estado de alarma.

Está saliendo lo peor, pero también lo mejor de nosotros mismos. Por eso, frente al delator lleno de inquina, al personaje inmisericorde que no tiene entrañas para comprender al otro, ni para ponerse en su lugar, está su antagónico: el misericordioso, el que hoy llamamos el solidario, que es el que se compadece, el que se pone en el lugar del sufrimiento del otro para sufrir, sentir y hacer un pequeño gesto, un gran gesto o arriesgar su vida.

Son la solidaridad encarnada, la misericordia con mayúsculas. Es el que se pregunta quién lo estará pasando mal, y decide ayudar al que está en soledad, triste o limitado. Son los que de verdad asumen lo del Evangelio, lo del amor al prójimo y lo de dar un vaso de agua a uno de éstos más pequeños. Son anónimos, pero son una fuerza invencible en nuestra sociedad.

Se disfrazan de vecinos pero son ángeles del cielo. Se ofrecen para llevar la compra a los ancianos del barrio, trabajan en Cáritas para abrir camas aisladas a los indigentes, y se ocultan también detrás de cuatro viejas monjas de clausura que tejen mascarillas sacrificando sus  escasos recursos y sus vidas. Son el sacerdote ese que le ofreció el respirador a su compañero de cuarto, y que murió. Son ellos, sí. Los que se sacrifican por los demás.

Hay mucha sociedad solidaria intentando hacer el bien, llevando el bien a los demás. Taxis que no cobran a los médicos, o personas anónimas que han cambiado la producción de su fábrica para hacer mascarillas, respiradores, guantes… Lo que haga falta. Llevan comida a las urgencias, alimentos gratis a los transportistas. Son muchos y son los mejores de nuestra sociedad. Están en los hospitales jugándose la vida y arriesgando lo que otros no son capaces de proteger a pesar de gobernar y de tomar decisiones. Son los que se protegen del virus como pueden, pero que están ahí, dando la cara porque es su obligación. Aunque también lo sea quedarse en casa.

Por eso, mientras algunos critican que qué hace la iglesia, los ricos, Amancio Ortega o el Rey; otros se dedican a mejorar la vida de los demás.  La sociedad del futuro los necesitará, porque son los únicos que de momento están venciendo a una cultura basada en el egoísmo, el individualismo puritano, el placer, la ignorancia o la media verdad, que es tanto como la mentira. Son los que en lugar de quejarse, convierten su vida en un testimonio de solidaridad.

Para vosotros va este aplauso; y sé que es poco: Plas, plas, plas, plas, plas, plas…

 

 

Portugal rescata a España de la basura holandesa.

En la Unión Europea existe un principio no escrito que consiste en que cualquier baboso político de un país adinerado puede insultar a España, y a otros países acomplejados, sin que suceda nada.

El otro día, un imbécil llamado Wopke Hoekstra, Ministro de Finanzas de Holanda, dijo que habría que investigar a España por no tener dinero para frenar el coronavirus. Ante esa afirmación tan gratuita e insultante, intervino Antonio Costa, Primer Ministro de una gran nación como es Portugal, que contraatacó diciendo que tales declaraciones eran repugnantes; y Francia, que es el que chulea a los países del sur por falta de tono pugilístico en los mediterráneos, salió en defensa de Costa, que se ha convertido así en el adalid y defensor de los nuestros, de los países del sur Europeo. En frente están los capullos arrogantes de los países adinerados de la Unión Europea, que suelen ser los mierdillas acomplejados de Holanda, Bélgica, Dinamarca y alguno que otro cuyo nombre no recuerdo.

Vamos a hablar de esta gente.

Holanda siempre ha sido una nación de segunda, incluso de tercera. Y lo saben. Nunca lograron ser un gran imperio, y lo más que llegaron fue a construir una Compañía Comercial Naviera que surcó los mares del planeta comerciando, robando y presumiendo de ser un gran país. Pero nunca lo fueron. A diferencia de Portugal que sí que fue y que sigue siendo una gran nación, los holandeses son más bien unos tenderos acomplejados, y eso lo comprobamos en la final del Mundial de fútbol en Sudáfrica, cuando en lugar de ganar por las buenas, se dedicaron a darnos patadas, para al final sucumbir a la superioridad española. Al ladrón y al caballero se le conoce en el juego, dice el refrán.

La aportación de los Países Bajos a la cultura europea y occidental ha sido más bien pequeña, por no decir exigua. La excepción estuvo en el arte durante los siglos en los que Flandes pertenecía a España. Imagino que fue porque entonces andaban compartiendo con nosotros las fuentes de la genialidad barroca. Por eso, en el momento que se separaron de nosotros se agotaron culturalmente. Luego queda gente suelta, pero no hay en su país ni una gran pinacoteca, ni grandes museos, ni monumentos extraordinarios. La única excepción: Van Gogh, al que dejaron morir de hambre. Con eso está dicho todo.

Los holandeses poco han tenido y poco han hecho en su historia salvo mentir, hacer dinero, cultivar tulipanes y robar, aunque fuera metros al mar. Su presencia colonial también fue patética y ridícula. Apenas consiguieron invadir cuatro pequeños enclaves, entre los que yo destacaría Sudáfrica, el último país en quitarse de encima la mentalidad racista de sus dirigentes. ¿Qué podemos decir de esta gente? ¿Podemos montar una Unión Europea con ellos?

Holanda no se merece los dirigentes que ha tenido en su historia. Desde el mentiroso y belicoso Guillermo de Orange hasta el señor Wopke Hoekstra.

Belgica es parecido en muchas cosas a sus vecinos del norte. Me contaban de una familia con un hijo con síndrome de Down que vivieron en Bruselas, la capital de Europa, que eran despreciados y mal vistos por mucha gente de allí. No estaban acostumbrados a ver discapacitados. Como que debían esconder al muchacho, no podía entrar en tiendas, restaurantes, etc. Muchos no decían nada, pero mostraban su desagrado, lo que hace de la situación aún más incómoda. Se tuvieron que venir a España a vivir, donde somos más acogedores con los débiles. Una película como “campeones” es impensable en Bélgica u Holanda.

La pregunta surge. ¿Creemos en el mismo modelo para Europa cuando culturalmente somos tan diferentes? Sin duda son demasiado racistas para nosotros, demasiado fríos y deshumanizados. Compiten para ser la cola del león Alemán, cuando nosotros buscamos un proyecto distinto que olvide viejos odios, que no mire constantemente tu dinero y el mío, que sea más fraternal y solidario en sus valores. Europa debe ser una fraternidad de países y de culturas o no será nada. Europa sólo volverá a ser relevante en la historia si consolida su unidad cultural, artística, política, financiera y económica.

Sin embargo, estos países mediocres y secundones son los que consideran a Europa como un club económico de gente rica donde ellos viven bien al regazo de Alemania y Francia. Donde el egoísmo más desconsiderado con los países del sur bordea el insulto abierto. No quieren planes para las fronteras del sur, no quieren problemas con los refugiados, no quieren un plan común contra el coronavirus, no quieren eurobonos, no quieren rescatar a nadie, no quieren ni siquiera a su gente mayor cuando enferma y les cuesta dinero. Se quieren a sí mismos, y así no hay forma de superar la mentalidad tribal que los caracteriza.

La altura de miras de Francia no la tienen, ni la generosidad de Alemania. Tampoco tienen la fuerza de Portugal para levantarse en la historia, ni la mirada limpia de nuestros vecinos y de nosotros mismos cuando recorrimos los mares del planeta. No saben que nosotros creamos el derecho de gentes desde la teoría a la práctica, y que abanderamos la primera noción de globalización que hubo en Europa.

Por eso, mi propuesta es que estos corralitos sean absorbidos de inmediato por los países más grandes. Que se conviertan en provincias de Alemania y de Francia y que dejen de molestar.

En el caso de Portugal sería deseable una unidad peninsular con España, como ya hablaron muchos en el pasado. A mi me gustaría mucho.

Además, podría votar a mi tocayo Antonio Costa como presidente de todos los íberos y cantar fados a la luz de la luna en su honor. Muito obrigado, presidente.

Pandemia y comportamiento humano. Una reflexión de antropología aplicada.

El sábado pasado bajé al supermercado a comprar lo del fin de semana. Lo hice algo pronto y me encontré con lo que muchos se han topado en estos días: decenas de personas con los carritos  hasta arriba de papel higiénico y pechugas de pollo. Muchos justificaban su actitud, “nadie puede decirnos nada” comentaba una señora mayor al caballero que le precedía en la larga y nutrida cola. “La gente se ha vuelto loca”, decían otros. El tema me hizo pensar.

El comportamiento humano necesita ser explicado, no sólo en su individualidad, como hace e intenta la psicología, por ejemplo. En mi caso, me interesa entender al ser humano desde su cultura y su comportamiento social. Por eso he desempolvado los estudios de antropología para intentar arrojar un poco de luz.

La primera sensación que se tiene es la de estar viviendo un hecho histórico. Era como cuando vimos en directo caer las torres gemelas el 11 de septiembre. Esta sensación se produce, básicamente porque constatamos la importancia del hecho inmediato desde una visión histórica. Nunca habíamos vivido nada igual, al menos en la realidad, porque seguro que nos han venido a la cabeza cientos de películas de ciencia ficción y de catástrofes donde algo parecido pasaba en el mundo.

A algunas personas les puede costar diferenciar la ficción de la realidad, y han sido muchos los que no han sido conscientes del problema hasta que no se ha visto recluidos en su casa, incluidos bastantes políticos y dirigentes económicos y sociales. Me ha sorprendido que en Valladolid hayamos tenido clase hasta las 14 horas del viernes, sin que casi nadie viera venir la gravedad del problema. Hace tan solo una semana nuestro mundo se colmaba de manifestaciones feministas. ¿De repente nos hemos caído del guindo?

Es evidente que no se ha querido ver la realidad, y que las personas idealistas son las que menos perciben la gravedad de los problemas dentro de una cultura. Por eso me pregunto quién domina en la cultura española, los realistas o los idealistas. No tengo una respuesta, lo que sí es claro es que el idealismo de nuestros gobernantes ha despertado de golpe cuando han visto que se moría la gente, y que España iba camino de sufrir la misma pandemia que en Italia . “Cuando las barbas del vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”.

Dentro de ese idealismo y de la incapacidad para ver la realidad están destacando los presidentes de algunas autonomías, y supongo que muchos de sus partidarios que todavía andan a vueltas con asuntos secundarios. Hoy me topaba con un meme que decía que si uno convive estos días con su maltratador que llame a no sé qué teléfono. Idealismo y nubes para no comprender en qué consiste la convivencia humana y familiar. Cielo e infierno a un tiempo.

En segundo lugar, es destacable el sentido de obediencia, incluso sumisión de los españoles frente al poder cuando las cosas se perciben graves. Los mismos que hace dos meses pedían con carteles que fueran respetados. Me refiero a los sanitarios. Ahora son aplaudidos todas las tardes desde los balcones y las ventanas. Esta sumisión y disciplina han llegado repentinamente en tres días, pues hasta hace dos días todo parecía cachondeo y risa al respecto.

Las culturas asiáticas son en este sentido, o así nos lo parecen, más disciplinadas y sumisas. Aceptan la autoridad sin oponerse, sin enfrentarse. En España, el mediterráneo, piensa de sí mismo que no lo es; como que aquí cada uno hace lo que le sale de los huevos; sin embargo,  cuando han hecho un llamamiento para que sea de otra forma, los españoles han reaccionado tomando en serio el virus. Los que hace una semana se daban la mano y plantaban dos besos sin pudor, ahora las lavan cada media hora y te saludan a tres metros de distancia. Si les ves, claro. ¿Que ha pasado?

Nuestra cultura está asombrosamente sometida y controlada por los Medios de Comunicación Social. El derecho a la información se ha convertido en una permanente vacuidad informativa. Lo importante no existe y abunda tanta desinformación como información irrelevante o mentirosa. Son tan aparentes los bulos como las noticias veraces, sin que buena parte de la sociedad las diferencie. Muchos están a merced de esos bulos sin que nadie pueda hacer nada, y sin que tengan capacidad crítica alguna para hacerles frente.

Es una sociedad acrítica, bastante incapacitada, y por tanto fácilmente sometida a control gubernamental. Es una sociedad muy cercana a abrazar un totalitarismo que les convenza. Por eso lo emocional es tan importante y fuerte para controlar a la masa acrítica. Hay que quedarse en casa, y eso es un gran acto de heroísmo, dicen constantemente.

En esta crisis también apreciamos un miedo cuya respuesta consiste en repetir comportamientos aprendidos en televisión y en directo. Es la mímesis. Si otros compran papel higiénico, yo también. Es la neurona espejo de los ungulados y rumiantes que salen corriendo cuando ven que otros corren. Basta con que unos pocos vean que falta papel higiénico en el super para que varios se animen a comprar de más. Por si acaso. Es la irracionalidad que domina el comportamiento, pero esa irracionalidad es alimentada por los medios que multiplican estos comportamientos. Cuando uno ve que es real lo qeu acaba de ver en su móvil, que se acaba el papel, entonces compra papel y alimenta más lo mediático. El miedo de unos pocos se ha convertido en la norma de conducta de muchos, lo que habla a las claras de una sociedad débil, estúpida y frágil. Además, lo hemos visto en cientos de películas americanas.

Es el mismo comportamiento mimético cuando se sale a la calle para aplaudir a los sanitarios. Los medios lo reproducen, y basta con que uno lo haga para que el resto se una en un gesto masificado. ¿Dónde queda la iniciativa personal? imposible sin el altavoz de los medios. Muchos aparentan ser únicos y especiales en instagram y en FB, pero en el fondo la masificación es hoy más agresiva que hace cuarenta años. Mucho más. España es un país muy manipulable, lo vimos el 11 de marzo y lo estamos volviendo a ver.

¿Qué argumento utiliza el colectivo para sufrir la reclusión en las casas? El discurso es el del heroísmo. Somos héroes y se nos pide que seamos héroes y que nos quedemos en casa. Por los medios han corrido memes hablando de que estamos en una guerra en la que se nos pide no ir al frente, sino quedarnos en casa. Es obvio que la influencia de los Medios de Masas está siendo crucial para lograr este sentimiento heroico y casi patriótico. Es la hora de morir como en Numancia, morir es no salir para que otros puedan vivir y no les contagiemos.. Ese alimento es necesario para que la gente no se salte el precepto, pues unas simples multas no van a hacer desistir a la población más joven, que suele ser más irresponsable y más idealista.

La cultura, ante este discurso irresponsable de “yo hago lo que me da la gana”, se está mostrando agresiva. Aunque sea lo que ellos mismos han hecho hace una semana. El cambio cultural y la influencia mediática está siendo determinante para modificar un comportamiento querido. ¿Nos salvará la obediencia? La gente piensa que sí, por eso acepta las nuevas reglas del juego.

Culturalmente aflorarán varios problemas no menos importantes que habrá que tratar más adelante. Es fácil ser un héroe el fin de semana, la pregunta es si podremos serlo cuatro semanas. Sin duda va a aflorar lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. En este sentido, muchos lo toman como una oportunidad para rezar más, compartir más tiempo con la familia, etc. Pero intuimos que para otros, este estado de alarma va a ser un infierno…

 

El feminismo a examen. Las gafas violetas de Narcisa.

El feminismo de género es la última de las ideologías totalitarias emergentes de nuestra sociedad fragmentada y deconstruida. Su discurso está plagado de dogmas y de verdades indiscutibles que han terminado impregnando la cultura y el discurso social. A pesar de la saturación y el hartazgo que muchas personas manifiestan en privado; en público, pocos se atreven a manifestarse abiertamente en su contra, siempre bajo el miedo de ser acusados de fascistas, machistas u homófobos.

Cuando es una mujer la que discrepa, corre el riesgo de ser atacada por tratarse de una falsa feministas, una mujer rancia y traidora a la causa. Sin embargo, este segundo feminismo no es menos feminismo que el anterior. Todos son discutidos y discutibles, y ninguno debe arrogarse el valor de lo absoluto. De hecho, hoy día, podemos encontrar tantas variantes de feminismo como tendencias se dieron, por ejemplo, bajo el marxismo, el platonismo o el empirismo ilustrado. La pluralidad obliga a no tratar por igual lo que es filosóficamente distinto.

Hay un feminismo que está asumido y asimilado ideológica y plenamente en nuestra sociedad y que nadie discute. Nadie, muy pocos, ponen en duda que los hombres y las mujeres deben ser iguales ante la Ley. Esta idea no era tan evidente antes del siglo XX, como tampoco lo era la igualdad, la libertad o el pluralismo político en siglos precedentes y contemporáneos. Este feminismo, igualitarismo lo llamaría yo, está perfectamente asimilado y aceptado. Es una conquista social hecha por hombres y mujeres a la que nadie se opone. Iguales derechos e iguales obligaciones. Igual capacidad jurídica e iguales privilegios por razón de sexo.

El problema es que el feminismo de la tercera ola, el que despierta Simone de Beauvoir sin pretenderlo, considera insuficiente la igualdad de hombres y mujeres ante la Ley. Su premisa es que las mujeres no nacen, sino que se hacen mujeres a lo largo de la vida, y tal absurdo dogma concita entre sus partidarias una serie de consecuencias que han sido imprevisibles incluso para las mujeres.

En el fondo, lo que manifiesta esta sentencia de Beauvoir es que las mujeres deben aspirar a conquistar la felicidad para ser mujeres de verdad, porque en el presente no pueden ser consideradas mujeres auténticas. Las ideólogas seguidoras de este feminismo aspiraban a una felicidad utópica, imposible de alcanzar. La consecuencia más dramática de esta falacia ha sido el residuo tóxico de una frustración conducente al odio y a la agresividad. ¿Contra quién?  Contra la sociedad, a la que tachan de patriarcal; contra los varones, y contra ellas mismas por no estar lo suficientemente emancipadas y empoderadas.

Es obvio que trabajar fuera de casa no es una panacea. Igual que tampoco lo es cuidar de los hijos, hacer la comida o limpiar una casa. Por eso el neofeminismo ha necesitado generar un nuevo discurso, en mi opinión profundamente utópico e intolerante, que pone como punto de partida de su vida el placer y el aislamiento. Placer sexual como lugar feliz; soledad como lugar feliz; y empoderamiento como lugar feliz.

Sus mentiras son simplistas: todo es patriarcado y nosotras somos víctimas. Las explicamos con cierto detalle.

PRIMERO. Todo es patriarcado. Si te pones las gafas violetas, que es un claro prejuicio, verás todo del color violeta, que hace la misma función que hizo el capitalismo para las ideologías socialistas y comunistas. El patriarcado es el gran enemigo y está presente en todo. Por eso hay que adoptar la famosa “perspectiva de género”, que es el nombre de esas gafas. Afirman, por ejemplo, que hay que combatir el cambio climático con perspectiva de género. Para evitar que el patriarcado siga esquilmando el planeta. Escuela con perspectiva de género, donde no se defiende la igualdad ante la Ley, sino que todo es patriarcado y que hay que combatirlo.

Los ejemplos que ponen es que la mujer es invisible en la sociedad. Lo cual es bastante falso. Nunca han sido más visibles o invisibles que los varones, ni en la historia, ni en el presente. Pero esa coletilla la repiten sin cesar, pues es la base de su ideología.

Ante este patriarcado, (más inexistente que real, pues se construye como una entelequia) hay que tomar medidas, dicen. Y en eso consiste su lucha, en dar palos de ciego contra una entelequia inexistente que además de cegarles ante la realidad matriarcal y patriarcal de la sociedad, les hace sufrir mucho. Han necesitado un enemigo y lo han creado.

Segunda falsedad. Por culpa del patriarcado, la mujer es siempre víctima, nunca verdugo. Y si es verdugo es por culpa del patriarcado. Esta es una de las mentiras más repetidas por los medios y más constantes. Ellas mueren, ellos no. Ellas sufren, ellos no. Ellas son discriminadas, ellos no. Ellas son el centro, y deben empoderarse. Necesitan el victimismo para mantener su discurso vivo. Plantean que es necesario intervenir en las empresas para que dejen de ser víctimas. Es decir, hay que apostar por la desigualdad ante la Ley porque están sufriendo más que los hombres. Así lo afirman constantemente. Sin el victimismo, el neofeminismo no tendría lugar.

Tercera falsedad. Por culpa del patriarcado, el verdugo último es el varón heterosexual. No lo es ni el varón homosexual, que es también víctima, ni la mujer, que es por antonomasia víctima haga lo que haga. De ahí la importancia de los géneros, que no de los sexos. Esta visión arrastra a la sociedad a un enfrentamiento civil constante. Los hombres son malos siempre y las mujeres buenas. Y hagas lo que hagas está en tu naturaleza. Ellos son siempre violadores, y ellas violadas. Así lo afirman, abiertamente, muchos de estos feminismos. Es por culpa del patriarcado, por eso, para que los hombres sean buenos deben dejar de ser patriarcalistas, o algo parecido, que no se sabe tampoco lo que es. Deben dejar de ser lo que son, y ellas nos van a decir lo que somos en cursillos financiados por los gobiernos feministas. El problema que tenemos los varones es que tenemos un género masculino asignado por el patriarcado, pero nos podemos liberar de eso.

Cuarta falsedad. El patriarcado ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Por eso la historia del pensamiento, de la ciencia, y de todo lo demás, está manchada y debe ser rechazada. Todas las tradiciones son negativas, desde el lenguaje, el vestido, la familia, la  iglesia o la política. Todo es patriarcado y debe desaparecer. De ahí la obsesión con el lenguaje, al que consideran machista. Lo combaten mediante el lenguaje inclusivo, que consiste básicamente en hablar y escribir mal, confundiendo género con sexo, con la única intención de visibilizar su sexo con el género, que hay que introducir con cada palabra que pronuncian.

Quinta falsedad. La maternidad es consecuencia del patriarcado. Tener hijos es algo querido por los varones opresores. De ahí que la maternidad no sea un rasgo característico de las mujeres. Tampoco lo debe ser la paternidad en los varones, pero de eso no se ocupan. El dogma del feminismo implica que una mujer debe abortar si lo desea para liberarse del patriarcado opresor. Aunque maten a su propio hijo, su ideología totalitaria impedirá y luchará para que no se sientan culpables. Identifican matriarcado con poder, y no con madre. Del mismo modo que ven en el patriarcado como poder, y no como padre.

En este sentido, niegan las premisas con las que ha trabajado siempre la antropología. Pero les da igual, la antropología es una ciencia patriarcal, hecha por varones contra las mujeres. Y así con todo.

Concluyo. El feminismo contemporáneo es un tipo de NARCISISMO ideológico, de corte totalitario, que se alimenta de las emotividad de una sociedad y unos medios que manipulan la realidad para que la “perspectiva de género” siga presente en la opinión pública. Es algo impostado y artificioso que necesitan porque es ya la manera de vivir de muchas personas, agentes de género, cátedras de género, observatorios de género, etc.

Este feminismo es llamado con razón feminazismo, pues mantiene unas premisas totalitarias que son insoportables en una sociedad libre y avanzada como la nuestra. Su gran sueño es un hedonismo absoluto, una sociedad utópica donde las mujeres puedan ser felices de la misma manera que ellas piensan que han sido felices los hombres. Con poder y gloria. No lo conseguirán, porque al igual que el comunismo, para conseguir la utopía hay que cambiar el corazón imperfecto del hombre y de la mujer. Y eso sólo lo logra Dios. Lo más que harán será generar odio y nuevas víctimas entre los varones y las mujeres.

Hasta entonces escucharemos sus lemas: “ni santa, ni puta… yo soy estupenda”. Narciso no lo hubiera dicho mejor.

Buscando a los opresores castellanos.

Me contó un amigo el otro día, que cuando vivió en Cádiz, acudió en una ocasión al instituto un político del partido Andalucista para ilustrar a los alumnos sobre las maldades de los castellanos, que habían sido terribles opresores contra los andaluces. Ya saben, la vieja retahíla de que los castellanos son sedientos asesinos y ellos almas puras y de cántaro. Los pobres andaluces eran oprimidos por las fuerzas castellanas desde hacía muchos siglos, y que por eso andaban como andaban.

Coincidía con lo que le decían sus alumnos, vecinos y compañeros en un instituto rural del País Vasco, que los castellanos habían sido los opresores de los vascos desde los tiempos prehistóricos, y que qué malos los castellanos que robaban y habían esquilmado a los vascos, y como diría el lehendakari, a los vascos y a las vascas, pues.

Recuerdo que cuando era pequeño y vivía en Tarragona, había gente adulta que opinaba que Castilla había oprimido a Cataluña, y que ellos eran trabajadores y los castellanos indolentes. Recuerdo que alguien dijo que si Castilla fuera un gran lago, la periferia sería mucho más próspera y rica.

Yo por supuesto, no entendía mucho de opresores y oprimidos, por eso cuando vine a vivir a Valladolid, pulmón de Castilla e hígado de León, no encontré opresores por ningún lado. Más bien al contrario, había simplemente gente y más gente, como en todos los lados, al menos en Valladolid la ciudad.

También recuerdo que había un discurso que con los años se ha moderado sobre catalanes y vascos, que rumiaba algo así como que todo el dinero se les daba a ellos, y nada para Castilla; pero he de reconocer que no hablaban nada de haber sido ni opresores, ni oprimidos.

Hace unos años participé en una cena Pascual con un grupo de personas del camino Neocatecumenal, y entre ellas había una muchacha que era hispanoamericana. No recuerdo el país. Se empeñó en darnos la cena exhortándonos reiteradamente para que participáramos de su idea de que los españoles, y por supuesto los castellanos, habíamos sido opresores de América, y que les habíamos robado el dinero y el oro, y no se cuantas cosas más.

Como ya tenía más edad y más lecturas hechas contesté a la buena señora que los que habían robado eran realmente las élites de su país, y que cuando España dejó América, tenías tantas posibilidades de prosperar como sus vecinos del Norte. Así que no echara la culpa a los demás de sus miserias.

Y el caso es que es un tema recurrente del que se me ocurren varias reflexiones.

La primera. Que la gente necesita un enemigo al que echar las culpas. Catalanes, vascos, andaluces, gallegos y ahora leoneses buscan un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todos los males. Era una táctica del totalitarismo que se ha ido apropiando el nacionalismo con más fuerza, hay un malo al que perseguir, porque con un malo al que perseguir alimentamos sentimientos de odio y neutralizamos nuestras propias responsabilidades.

La segunda. Que el discurso de opresores y oprimidos impregna de raíz nuestra manera de estar en el mundo. Eso lo aprovechó el marxismo en su momento, pero parece difícil encontrar un político por el mundo que no aliente la existencia de unos opresores para justificar sus crímenes, irresponsabilidades o desvaríos.

La tercera. Que hay gente lo suficientemente idiota que se lo cree. Incluso gente con estudios. El discurso de opresores y oprimidos lo mantiene desde el catedrático biempagado hasta el pueblerino más cetrino del villorrio.

En definitiva, que no hay rebaño de hombres y mujeres que no vean a un opresor en algún lado; y soy consciente de que casi todos los movimientos totalitarios, desde la ideología de género hasta el nazismo más primario han necesitado y necesita un demonio para justificarse. Llámese heteropatriarcado, llámese judíos. La misma Revolución Francesa veía antirevolucionarios por doquier, lo que les venía muy bien para exterminar y asesinarse alegremente.

El caso es que sale uno a la Castilla rural, a la que toda la vida ha sido opresora y sigue oprimiendo y se encuentra con tres abueletes sentados en el poyo de la casa, en el carasol disfrutando del frío invierno, con la boina embutida hasta las cejas y cerrando la garganta con la bufanda de lana de hace unas cuantas navidades. Ahí andan, ocasionalmente juntos y como todas las tardes.

Y les escucho hablar mientras compro el pan en su panaderia que me pilla de paso. Primero   apuran sus cigarrillos, prohibidos por sus opresoras esposas, y luego tiran las colillas al suelo mientras murmuran lo jodida que está la vida y que van a quitar al médico que venía los miércoles. Y otro le contesta que lo que falta es gente joven y que con dos críos la escuela no se va a mantener.

Y ahí es cuando comprendo que por mucho que busque a los opresores castellanos, no los voy a encontrar jamás. Se fueron a oprimir a los demás, y hoy no se los distingue de los oriundos. Digo yo que será eso.

 

 

Veintidós ministros de cuchipanda.

Este fin de semana, el presidente del Gobierno, gente progresista y feminista a tope, se ha ido de casa rural con los ministros de su gobierno. Es verdad, que les ha costado encontrar una casita, pues son veintidós pibes y no es fácil, pero al final la Calvo lo ha conseguido. De hecho, llevaba el tema en mente desde hace días, y debió ser un tema importante en el último Consejo de Ministros, que son secretos y los martes, pero que deduzco de manera natural de qué hablan en los ruegos y preguntas.

-¿Qué tenéis para el finde del 8 de febrero? Pues reservar que nos vamos de convivencias.

-Bieeeeen.

Y se lo han tenido que pasar bomba, porque esta gente de izquierda solidaria, progresista, feminista y antifascista donde va, triunfa. De hecho fueron en autobús para divertirse más y no sufrir los atascos de la capital. Es lo que tiene ser solidarios con el medio ambiente. Es verdad que podrían haber ido en bici, pero la Calvo dijo que no. Que ni hablar. Mejor en un ecoautobús, y se acabó.

Es verdad que los desayunos eran temprano, y que hay ministros que no les mola madrugar porque no están acostumbrados al curro duro; pero claro, tras la fiesta de pijamas del primer día, nadie quiso perderse al coletas despelujado con babuchas sarracenas. Bajó por la mañana con Irene, su señora, que está henchida de gozo por irse de convivencias con su marido.

Los demás se morían de envidia, pues no pudieron llevarse a sus respectivos ni por asomo. A los de Galapagar les dieron la suite nupcial, y los barones que se han enterado se han chinado de la leche. El amigo Pedro, que es el líder cuya luz nunca le llega al cogote, no estaba contento del todo la primera noche, pues parece ser que cuando se va de casa rural suele tener problemas porque se le salen los pies de la cama. Y es que el tío es alto y tiene problemas con sus pies.

El tema trajo miga incluso en el autobús. No es para menos. Pablo e Irene son la primera pareja matrimonio que son ministros los dos, y eso, aunque a muchos les suene a Ceaucescu y su señora, o a Marcos y la Imelda, no es verdad. Es porque somos unos fachas malpensados. Ellos viajaron juntos en el autobús, y los demás tuvieron que andar regateando pareja de viaje. Dicen las malas lenguas que es porque se parecen a los Clinton, Bill y Hillary, y por supuesto hay que alejar a las becarias de macho alfa de la tribu de los progresistas, feministas, solidarios y antifascistas. De hecho, aquella noche, fueron los únicos que se daban arrumacos  en la fiesta de pijamas para envidia del resto de los ministros, que se tuvieron que conformar con mirar y beberse su cubata de cincuenta euros.

El caso es que la fiesta de pijamas fue un éxito, sobre todo cuando se hizo tertulia en el salón de abajo después de cenar.

Pedro sacó su guitarra, la del campamento de las juventudes socialistas, cuando cantaban a Quilapayun y el kumbayá. Y se sintieron todos dichosos cantando lo de la muralla y el pueblo unido jamás será vencido, que para eso se han juntado. Pablo, que también es muy ducho en fiestas de facultad, sacó unos petas, y aunque la ministra de sanidad (no sé quien es pero seguro que es una mujer y acierto) le miró con recelo por aquello de facilitar el contagio del coronavirus chupando el mismo cigarro, nadie dijo nada, pues son gente moderna y moralmente superiores. Cantaron una cancioncitas y disfrutaron contando unos chistes de Franco que casi nadie se sabía, pues no lo vivieron. De hecho los llevaba Abalos escritos. Eran malos, los chistes digo, pero se tuvieron que reír para evitar suspicacias. Cuando llegaron chistes de mariquitas, de aquellos de Arévalo, ya dejaron de reirse y se fueron a la cama. El coletas con su churri, faltaría más, y los demás con pena pensando que no habían tenido ninguna oportunidad de ligar en aquel ambiente tan insano.

Al día siguiente, tras el desayuno de café au lait, digo que a media mañana, alguno se empezó a aburrir y propusieron una caminata al Valle de los Caídos, pero se vé que no tuvo éxito, y ahí empezaron los problemas, pues montar una convivencias sin nada que hacer es superaburrido. Por supuesto, alguien dijo que se podía jugar a hacer una lluvia de ideas bajo un mismo tema, en este caso: temas que cabrean a la derecha, y se entretuvieron hasta la hora de comer y se lo pasaron muy bien, aunque el tema era repetitivo.

Un, dos, tres, responda otra vez. Cosas que cabrean a la derecha: sacar a Franco de la tumba, llamar ultraderecha al que no diga que todo es violencia de género, quitarles la educación de sus hijos, afirmar que la Justicia es un poder al servicio del gobierno, indultar catalanes sin preguntar, invitar a Torra a la cuchipanda… Jajaja. interrupción. Perdieron algunos, porque todo el mundo sabe que Torra es de derechas y nacionalista, y no de ERC. ¿Quién lo iba a decir? La próxima vez hay que invitar al Rufián, que es un parto el tío.. Ahí se lo pasaron bien, y han sacado unas cuantas ideas para los próximos meses, que se van a divertir y nos van a entretener a todos con sus cosillas de gobernantes.

Con la comida llegaron otros problemas no menos graves que los anteriores. Con la cena del día anterior no pasó nada, pues la gente fue con su bocata, y aunque hablaron de compartir, no se animó más que el Ministro de Agricultura con unos yogures que guardaban de la época de Cañete. Nadie los probó, pues procedían del averno Aznar. Pero ahora, con la comida, los ánimos se empezaron a caldear cuando propusieron el menú.

Que si a mi me gusta lo vegano, que si yo soy huevófago y sólo trincho pimientos coloraos, que si yo no puedo comer pescado porque los progresistas no comemos seres vivos con memoria de pez (lo cogen, lo cogen). Ahí se entablaron varias discusiones terribles, que se resolvieron cuando el presidente afirmó que había que llamar a los veintidós cocineros personales de Moncloa, asesores incluidos de radio y televisión, para que les hicieran un menú verdaderamente progresista, sostenible y con perspectiva de género. Un ecomenú, vaya.

Comieron lo que les dio la gana, excepto rabo de toro, que lo denunciaron como comida fascista y machista en grado superlativo. Pásame otro peta, Pablo.

Por la tarde las actividades se atascaron, pues varios ministros se echaron una cabezadita que se prolongó hasta la merienda. Recuperaron las formas con el partido de fútbol  que propusieron. Siendo veintidós, pues once contra once. El problema es que para no parecer cerrados, se hicieron equipos nombrando como capitanes a Pedro y a Pablo. Se cabrearon varias ministras cuando vieron que nadie las escogía, y decidieron formar su propio equipo. Heteromachos contra mujeres, y para dar perspectiva de género, los hombres tenía que jugar de rodillas, sin poner las plantas de los pies sobre el suelo. Es discriminación positiva, y todos se callaron como muertos jodiendose los ligamentos cruzados anteriores y posteriores.

Aquí se lo pasaron bárbaro. No porque ganaran ellas, sino porque dieron un balonazo a Abalos en los huevos, y daba gusto ver trinchado por el suelo al ministro. Luego se fueron a cenar a un burguer cercano de unos sindicalistas, que quisieron homenajear a los legítimos representantes del pueblo. Por supuesto, hubo langostinos, pero aquí nadie protestó pues dieron la consigna de no contradecir en asuntos de Estado a los sindicatos mayoritarios. Y se comieron los langostinos como está mandado. Luego volvieron a casa felices, no sin antes abrazarse a sus nuevos amiguitos.

Que digo yo, que si lo retransmitiera la tele, que sería mejor que la Isla de las tentaciones. Es por dar ideas a las cadenas…

(continuará algún día…)

 

 

El agua de la fuente

Blog de espiritualidad cristiana. Oraciones, poesía mística del autor, reflexiones teológicas, pensamiento católico y cristiano.