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Crítica literaria a otros libros. Lo que gusta o disgusta al autor

La soledad en la novela de LOS ASQUEROSOS. La novela de Santiago Lorenzo.

“Los asquerosos” es la última novela que ha publicado Santiago Lorenzo, al menos la última hasta que escriba una nueva. Tuve ocasión de saludarle en la Feria del Libro del año pasado, cuando no estábamos recluidos, y me firmó el libro. Hablamos un poco de “Mamá es boba” y mi colaboración en ella. Nos reímos, o mejor tendría que decir que nos sonreímos. Me preguntó si había leído algo de él, y le contesté que todavía no. Le hablé también de lo mío. Me firmó la obra cumplidamente con cuatro letras garabateadas y nos deseamos lo mejor hasta la próxima.

Pero a estas alturas de la película (la de la vida) tengo que decir que sí, que ya me he leído un par de novelas suyas, LOS MILLONES y ésta que incluyo de LOS ASQUEROSOS, que acabo de leer por culpa de la ineficacia del gobierno y del poder técnico sanitario (esto es de Habermas) aislando pandemias. Las dos me han gustado, las novelas digo, así que agradezco la reclusión.

Son dos novelas diferentes, pero tienen cosas en común. No obstante, me entretengo comentando la primera, la de LOS ASQUEROSOS, pues me ha gustado y la recomiendo.

Santiago Lorenzo no escribe convencionalmente, y eso es de agradecer. Se le distingue del marasmo de miles de millones de escritores que pululan por las editoriales, de los que hacen cursillos donde lo primero que te dicen es que escriba así y asá. Cuando yo no distingo a un escritor por su forma de escribir, pienso que estoy ante algo malo, y no me suelo confundir. Por lo que he visto, tampoco Santiago les hace puñetero caso, y por eso escribe con personalidad propia.

Santiago es lo que llaman los editores una voz nueva. Es un autor que no lo han descubierto ellos, pues desde hace bastante tiempo trabaja con una editorial pequeña, casi de autoedición y alternativa, donde le han publicado varios de sus libros. Olé por él. Santiago es, sin duda, una voz nueva, pues nadie escribe como él, al menos formalmente.

De hecho, incluso inventa y reformula palabras nuevas. No le importa construir y crear términos que se entienden perfectamente, pero que son inexistentes para el diccionario. No abundan, pues agobiarían, pero sí son suficientes como para que Santiago se exprese libremente y se le entienda perfectamente. Esta osadía es legítima, pues a los escritores se nos permite cualquier licencia, que para eso somos escritores. ¡Coño, pues claro!

En algunas ocasiones, aunque formalmente el texto es impecable, tengo la impresión de que me da algunos saltos. Quizás es que soy un poco tikismikis y exigente. El caso es que mi afán ultracrítico me lleva a apreciar cierto titubeo. Este mal , como creo que es propio de cualquier escritor, incluido los mejores de la lengua castellana. Pues no me ha importado, al contrario, es un defecto que suelen segarlo los editores en cuanto pueden, ratificando la vulgaridad de una obra. Hasta en esto se aprecia la libertad de Santiago para escribir. Y la genialidad y luminosidad de su obra. Gracias de nuevo por no doblegarte a los grandes, pues esa ha sido la clave de tu éxito. El que ha llegado tras unas cuantas novelas.

El contenido de LOS ASQUEROSOS viene que ni pintado en estos días de prisión condicional. Es la historia de un tipo que marcha a la soledad de la tierra soriana huyendo de la policía y de la gente. Los asquerosos son la “gente”, la peña, la sociedad que se dedican a perturbar la vida tranquila del resto de la población, no haciendo más que lo que saben hacer, que es ser ellos mismos, y así joder la vida de los demás. Siempre con buenas caras y con un “vaya, como se pone este tío por nada que le he dicho”. El silencio es el centro neurálgico de la novela, el premio pretendido y buscado. Y el antagonista es la gente, los pesados de turno.

Esto me recuerda a un calvo que regalé a un grupo de asquerosos, que llegaron al mismo paraje solitario de la montaña berciana de los Ancares en el que nos encontrábamos nosotros (unos amigos) bien a gusto. Nos encasquetaron su radio a tope, sus niños maleducados y nos jodieron el silencio de contemplar las nubes y el horizonte. Lo del calvo no se lo cobré, aunque nos tomaran por unos macarras de barrio bajo. Lo que valió que se cortaran un poco.

Me gusta que Santiago haga filigrana con el lenguaje, que sea directo y un tanto surrealista, pues reconozco que ando indagando, desde hace varios años, intentando construir un tipo de novela de tal calado, donde lo real y lo fantástico se den la mano sin que se aprecie la diferencia. Una especie de surrealismo mágico diferente, más nuestro y menos confuso. Santiago consigue un lenguaje único, surrealista, sí; pero creo que no logra que la historia tenga el surrealismo que sí posee el lenguaje. Para más información, visita Antona Onarres.

En la novela de LOS MILLONES, le pasa algo parecido. Es una historia original, pero no surrealista. Una historia plausible, y disculpen la palabra. Creo que Santiago podría contar ambas historias con un lenguaje más aburrido sin que cambien las historias. Gracias a Dios no lo hace, pues su lenguaje formal es lo más importante de su genial obra literaria. Lo más difícil de conseguir, además.

¿Qué como escribe? A mi me suena a F. Ibáñez de Mortadelo, pero otras veces me suena más como si estuviera leyendo a un niño que fabrica un collage de palabras, en plan manualidades y pretecnología de la semántica. Algo así. Como un adolescente ilustrado que se cabrea con el mundo, y que lo hace bien. Muy bien. Escribe como Santiago Lorenzo, y nadie lo hace como él, por eso es una voz única. Gracias Santiago.

 

Maestros que mueren con M de Marzo. Ayer Delibes, hoy JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO.

Hoy ha muerto José Jiménez Lozano, 9 de marzo del 2020. Descanse en Paz.

Escuchadme todos:

Ha muerto un escritor magnífico, admirado y comprometido con su fe y con el hombre. Humanismo cristiano hecho letras en un mundo que odia lo humano, lo cristiano y las letras.

Ha muerto José Jiménez Lozano, y pertenecía a esa raza de escritores que son necesarios, casi imprescindibles en nuestra tierra.

Hace diez años fallecía Miguel Delibes, también marzo, fue el 12 de marzo de 2010. También escribía historias que nos han hecho escuchar lo más humano de lo humano. Lo más profundo del aire, que dijera Guillén junto a San Pablo, lo más auténtico que fueron en sus personajes, donde se retrata a la lumbre el fuego del alma de Castilla.

Y porque las letras están de luto, yo también ando como perro olfateando las esquinas. Como Rinconete y Cortadillo, que al lado de mi casa se entregaron a desentumecer sus vidas con un coloquio de penas y un ladrido de miseria. Cervantes los vio y nos los contó.

Y junto a la columna de esa esquina se enseñorea con su pluma y su paloma en la cabeza José Zorrilla, al que dieron en la plaza un hueco ladeado, cuando el nos dio a doña Inés en desvelo por causa del amor sufriente por el Don Juan.

Y me guardo triste cuatro versos sueltos:

 

¿Qué tendrá este mes de marzo que convoca a los Maestros?

¿Qué tendrá este tiempo amargo que olvida a los vivos para homenajear a los muertos,

pero que ni lee a los vivos ni a los muertos?

¿Qué tendrá esta tierra mía, que se nos van los poetas buenos?

¿Qué tendrá el aire hoy de Castilla, sin José y Miguel? Cielo.

¿Qué guardará San Pedro de los ángeles con tanta alma al término de su destierro?

¿Qué nos esperará a nosotros, los vivos, cuando busquemos una voz nueva,

y no encontremos más que silencio?

El mundo está más huérfano, y tú, Valladolid, de luto y de entierro.

 

 

 

 

 

 

La obra maestra de Cixin Liu y su trilogía de los tres cuerpos.

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Pocas novelas suscitan tanta pasión  y reconocimiento como la “Trilogía de los Tres cuerpos” del escritor chino Cixin Liu. Estamos ante la última obra maestra de la literatura universal, que es además una obra maestra de la ciencia ficción.

A Cixin Liu le llaman los voceras mediáticos el Tolstoi chino. MENTIRA Y GORDA.

En realidad, y para más alumbramiento de los que ni se han leído a Tolstoi ni a Cixin, diré que para vuestra información Tolstoi era el Cixin ruso, y no nos habíamos enterado. Ya te digo. Y yo el Cixin español. Me lo pido.

No nos habíamos enterado tampoco de que China tiene escritores, historia y arte. Es normal que nos pase eso, porque nuestra cultura española tiende a olvidar lo propio. Amnesia cultural y selectiva de un pueblo que está neurótico con su pasado. Si no cuidamos lo propio, cómo para atender a lo de los demás. Pero no somos los únicos que pecamos. La cultura occidental que nos rodea tiene también sus deslices aunque de signo contrario. Franceses, anglosajones y demás tienden a olvidar lo ajeno y a seleccionar desde su atalaya de soberbia lo que hace o no hace el resto del mundo. Ellos y los demás. ¿Los chinos? La tinta y la gran muralla. Y a partir de ahora Cixin Liu.

Cixin Liu es un escritor consagrado y reconocido en su país. Es considerado como uno de los mejores y más prolíficos en lengua china. Publica mucho en su país, donde los lectores son millones y millones. Pero me temo que traducen poco al castellano, salvo esta trilogía fantástica y única, que ha pasado antes por la lengua inglesa. China se descubre como la gran potencia y el gran imperio que será en el futuro y que ya ofrece al mundo sus escritores y su literatura contemporánea de gran cultura. Occidente se está enterando poco a poco de que China existe, y es que con tanto Brexit y tanto Trump estamos como ensimismados mirándonos los pies.

El caso es que pocas veces una novela de ciencia ficción, en este caso una trilogía, suscita tanto reconocimiento y unanimidad entre los lectores. De la crítica no sé nada, porque ni la sigo ni me interesa, pero cuando algo me lo recomiendan los lectores que a mi alrededor sí leen y no se deben a ningún emolumento de revistas especializadas sustentadas por editoriales, pues como que sí me interesa y me atrae. Y voy yo y me leo lo que me recomiendan los que tengo cerca. Gracias a esos lectores encontré estas tres novelas, cuyos títulos no evocan demasiado, pero cuyos contenidos son extraordinarios. Son muy buenas, me dijeron. Y no se equivocaban.

El primero de los libros se titula “El problema de los tres cuerpos”. Matemática, astrofísica y una humanidad que desea ponerse en contacto con los habitantes del espacio exterior. Craso error, porque la civilización trisolariana que orbita alrededor de un sistema trisolar escucha la llamada y nos contesta.

El segundo  volumen es apasionante. No quiero desvelar nada, pero “El bosque oscuro” es para muchas personas la mejor de las tres novelas. Los trisolarianos se acercan para destruirnos y conquistarnos. Van a tardar cuatrocientos años en llegar, y se supone que en ese tiempo tenemos que mejorar tecnológicamente para defendernos y protegernos de ellos. Pero sólo hay una manera paradójica de protegernos en un universo que se parece a un bosque oscuro donde todos cazan y pueden ser cazados. No cuento más.

La tercera es la que más me ha gustado. “El fin de la muerte” se abre realmente a la ciencia ficción con mayúsculas. Es física, astrofísica, historia y narración. Es el relato de las dimensiones, de los mundos que hablara el sacerdote ecléctico y a ratos filósofo, el hereje  por antonomasia Giordano Bruno. Es, para mi gusto, la obra más peculiar y original, aunque las tres lo sean. Es la novela más filosófica, puesto que la primera es más matemática, y la segunda más politológica.

¿Qué más puedo decir? Reconocer a otro escritor de ciencia ficción cuando estoy a punto de sacar mi primera novela del género, es una temeridad de escritor y de editor. Pero me da igual. “TRAS EL CIELO DE URANO”, que es el nombre de mi próxima novela, la que va a ver la luz, Dios mediante, antes las Navidades, no puede competir con Cixin Liu porque yo he hecho aventura espacial, y Cixin Liu no. Son novelas muy distintas, incluso diría que parecen géneros literarios diferentes. Cada uno lo suyo

No estoy seguro de sí un servidor hubiera podido escribir la Trilogía que ha escrito Cixin Liu. Me hubiera costado muchos años, de eso estoy seguro, pues como ya he contado otras veces, escribir es realmente fatigoso, y no siempre salen las cosas.  Por eso le agradezco a Cixin Liu su esfuerzo, y a sus lectores chinos y anglosajones les agradezco que lo hayan catapultado hasta el rincón de la vieja España donde vivo, pues estas tres novelas son las que me gustan leer.

 

Pensar la vida. Marcel Proust

Proust es uno de mis escritores preferidos. Quizás porque no tengo tantas lecturas tras mis ojos como anhelos en mi vida, pero es así. Es un autor arduo, que no está al nivel de muchos lectores devoradores de historias. Ya lo digo, Proust no escribe historietas, sino que escribe sobre la gran historia que es la vida. Su vida y la nuestra. Por eso es otra cosa. Es un escritor diferente, un devorador de la vida, un constructor de espejos del pasado donde mirarse. Es un escritor con dulce pluma, donde lo importante no es ejercitar la memoria lectora sino el recuerdo propio. Proust te deja contemplar personajes y pensamientos, reflexiones y vidas. Es un espejo donde mirar la propia vida, y de esta manera pensarla. Pensarnos a nosotros en lo que observamos.

Confieso que no soy el primero en calificarlo como uno de los mejores escritores de todos los tiempos; y proclamo este año – por la autoridad que me confiere el planeta Neptuno – como el verano de Marcel Proust y sus muchachas en flor. El año de los cortesanos fatuos y ridículos, y el año de los nobles innobles de Guermantes. Este es el año del desamor y el amor de nuestro queridísimo Swan. Año de la vida que pasa y que merece ser pensad.

Añado además que Proust es el autor que rompe todas las reglas de los narradores cinematográficos, donde el mundo se ordena en presentación, nudo y desenlace. Si no pasan cosas nos aburrimos, profe. Pues bien, amigo lector, pequeño padawan, Proust no presenta, no enreda y no desmaraña. Y es lógico que sea así, pues la vida – la tuya y la mía – es de otra forma. No es una película que tengas que contar cada poco ni exhibir. No es un griterío. Sino un silencio.

Y eso es de agradecer en el mundo actual. Cientos de millones de novelas se escriben para engancharnos como si fuéramos jumentos tras un mercadillo de zanahorias ambulantes. Pero Proust no. Marcel Proust nos quiere mostrar la vida a través de su alma. Y eso es único.

Ortega y Gasset, el filósofo español, habló de pensar la vida. Una vida no pensada es quizás una vida mortecina, un mero dejar pasar los días en espera del ataúd. Los cerdos son seres vivos, y también las mariposas, las moscas y las arañas. Los gansos folloneros son seres vivos, y también los calamares, los perros y los gatos. De eso hay mucho en los medios de comunicación: cacatúas, loros, cotorras… aves de paso. Pero nosotros somos distintos. El hombre que piensa la vida es un ser diferente. Es un ser que busca la trascendencia, y que no tiene miedo a encontrar respuestas. Es un hombre abierto a las tradiciones y al progreso… pero no a cualquier tradición ni a cualquier progreso.

Una vida pensada es una vida asombrosa, una vida donde el misterio de lo trascendente deja visualizar las alegrías y las penas, los anhelos y las esperanzas. Una vida plenificada es una vida en Dios; pero una vida asimilada y pensada, es una vida buena y honesta. ¿Se puede querer algo mejor que la honestidad para con uno mismo?

En el devenir de los días, donde contemplamos la deshonestidad, pensar la vida es casi una obligación. Aunque no sea con Proust, pensar la vida es un deber ineludible.

 

 

Realismo islámico en las novelas de Naguib Mahfuz

En diciembre del año 2013 publiqué esta entrada en el blog. Me gusta recordar y releer lo que escribí entonces sobre libros y autores.

En estos días en que en Egipto sufren de y tratan de salir adelante, recordar a un escritor como Mahfuz es algo parecido a un bálsamo que nos recuerda que África y el mundo no están tan lejos de nosotros.  Va por ellos.

 

Naguib Mahfuz, (El Cairo11 de diciembre de 1911 – íd., 30 de agosto de 2006), fue un escritor egipcio. Conocido especialmente por su obra narrativa, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura del año 1988, siendo así el primer escritor en lengua árabe en recibir dicho galardón, y el más reconocido.

¿Qué a qué viene esto ahora?

Acabo de leer la primera de sus novelas de la Trilogía de El Cairo, “Entre dos palacios” donde retrata la vida Egipcia de principios de siglo, con las primeras revoluciones, la de Saad, que fue independentismo contra los Ingleses.

Estamos en el final de la Primera Guerra Mundial, y el Islam que nos describe está lleno de tradición, familia, religión, autoritarismo, hipocresía y por supuesto muchos aromas de un mundo que ya no existe.

Pienso en cambios sociales, mundos cerrados que se abren, sociedades que buscan ser ellas mismas, independencia y libertad frente al usurpador, que casualmente sigue siendo inglés.

¿Qué puedo soñar? En un Egipto democrático y libre, dueño de sus mejores tradiciones. Un sitio donde la paz y la justicia sean posibles.

Como Ahmad, el señor personaje de la novela, hipócrita y firme en casa, amable y risueño con sus amigos, pido una oración para que “la Paz que trae Dios sea más grande que la injusticia que desechamos”. Por Egipto y por su gente, se lo merecen.

El viernes nos vemos en la FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019.

FIRMAMOS LIBROS EN LA FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID 2019

Caseta de la librería EL SUEÑO DE PEPA.

7 DE JUNIO 2019

18h30 a 20h30

Ya queda poco para el viernes 7 de junio.

Estaré firmando libros en la FERIA DEL LIBRO de Valladolid, desde las seis y media de la tarde hasta las ocho y media.

Lo único que siento es que coincido en día y hora con Santiago Lorenzo, que también estará firmando sus libros. A Santiago lo conocí hace unos años, en el rodaje de su primera película “Mamá es boba”en Valladolid. Año 1997 si no recuerdo mal.

De hecho, salgo en una de sus escenas con frase y todo. Le tengo un especial cariño, claro que sí. “¿Quién es ese tío que se ríe todo el mundo de él?“. La mejor frase del cine español de los últimos años; dicha por un actor (un servidor) que prometía tanto que no tuvo necesidad de hacer ninguna película más para consagrarse en la categoría.

¿Sorpresa para los que no lo sabíais? Son esas cosa curiosas que tiene la vida. Ahora Santiago Lorenzo está triunfando con su último libro “Los asquerosos”, libro que varias personas me lo ponen bastante bien. Dejó el cine porque debía de oler bastante mal el reino de los compadreos, y desde que se ha pasado a la literatura le va bastante mejor. Y yo me alegro por él, porque lo ha pasado mal, y porque se lo merece.

¿Por qué será que muchos cineastas terminan escribiendo novelas y narrativa? Pues porque es más barato. Que me lo digan a mi. También tengo que decir que la profundidad y la belleza que se alcanza con la literatura como arte es muy diferente a la que proporciona el cine. Ahí lo dejo.

 

 

 

Cuando se comprende la vida: yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios. Leyendo a Javier Garrido.

Tuve la suerte de conocer a este pensador cristiano, Javier Garrido, hace algo más de dos décadas. Fue en unos ejercicios espirituales que se celebraron en Valladolid. Yo andaba por entonces terminando mi etapa de estudios teológicos, y me ofrecieron la posibilidad de acudir para escuchar de viva voz, para tratar y aprender de Javier Garrido Goitia, uno de los teólogos y humanistas más interesantes de nuestro tiempo. Un franciscano que había hecho una síntesis asombrosa entre la teología espiritual y la ciencia psicológica contemporánea, con el referente de Jung entre sus principales.

Había escuchado bastante de él, y leído algo, pues varias creyentes, entre ellas una profesora de filosofía con la que conversaba a menudo, M.R., (que luego marchó de misiones) sentía verdadera devoción por este escritor y pensador. Me lo recomendó, me lo ofreció y me lo leí. Luego comprobé que muchos otros cristianos leían y aplaudían sus propuestas. Realmente ayudaba y mejoraba la vida de las personas en el sentido más amplio e integrador posible. No podría mencionar a todos aquí, pero fueron muchos, desde luego. Era convincente y aportaba algo nuevo.

El caso es que no me defraudó cuando lo traté. Javier Garrido había reinventado y reelaborado en una de los esfuerzos más interesantes de la cultura teológica contemporánea española y europea la psicología moderna con la teología espiritual. Hablaba del personalismo y de la construcción de la persona como elemento fundamental para que la gracia sobreabundase en la limitación humana. Explicaba, analizaba y contaba con mucha claridad y profundidad lo que todos sabemos, y nadie termina de poner nombre ni de definir. ¿Reconocen ese momento de luz intelectual?

Javier Garrido me gustó y me encantó. Tomé muchos apuntes, memoricé y anoté en mi mente muchas de sus nociones, ideas, sugerencias y continué con la vida. Hablamos, le escuchamos y discutimos, dialogamos e intercambiamos ideas y pensamiento. Y por supuesto aprendí mucho, porque estaba ante un maestro, un sabio , un pensador y una buena persona. Un franciscano único. Un creyente arrojado en los brazos del Padre.

El caso es que la vida nos lleva por cualquier sitio, siempre diferente a lo que uno espera, y casualmente, hace unos quince días he vuelto a retomar algunos viejos libros que tengo por casa de este autor. En realidad tengo bastantes de él, así que escogí este de “Adulto y cristiano”, que me regalaron mis buenos amigos TyByT hace diez años, y me he entregado a releer y revivir pensamientos dormidos, siempre sugerentes y de excelente factura. Garrido no ha envejecido. En cambio soy yo el que tiene unos años más…

Hay muchas cuestiones que se podrían destacar de Javier Garrido, pero siempre tengo en mi mente la síntesis de contrarios que hacemos en la vida entre el IDEALISMO Y LA REALIDAD. La vida es eso, una lucha entre los ideales que uno tiene con respecto al amor, el trabajo, la familia, los demás, la sociedad y el mundo; y la realidad con la que uno se encuentra. Siempre en tensión, siempre en crisis y crecimiento. En expansión y en aceptación.

Ser creyente implica además hacer una apuesta por el IDEALISMO que construimos conforme a la fe. La utopía cristiana es una elaboración que hacemos también en nuestras cabezas, en nuestros sentimientos y en nuestras personas; lo cual explica los abandonos y las apostasías de los jóvenes; pero también augura el retorno a la iglesia de aquellos que una vez sintieron el toque delicado en el alma, gente que cuando la vida ha sacudido a fondo vuelven a entrar en un templo y se reencuentran con Dios y con ellos mismos.

“Yo hago lo que puedo y el resto de lo dejo a Dios” dice el libro que pronuncia mucha gente orante. Es una buena síntesis de lo que un cristiano vive cuando descubre que la vida no la controla uno, que todo ha sido y es gracia, y que Dios te ha ceñido el vestido y te ha llevado por donde tú no querías. ¿Acaso no sucede siempre así? A pesar de las dudas y de las vacilaciones, incluso de las negaciones, Dios te ha llevado hasta el final. Eso sólo es posible descubrirlo cuando se ha madurado y sintetizado el idealismo y la realidad. Cuando uno percibe la limitación propia y la grandeza inconmensurable de Dios. La vida es un derroche y un regalo, y nos queda agradecer antes de morir.

La única posibilidad de un cristiano maduro para vivir con autenticidad la fe es abrirse definitivamente a su gracia, a su amor, entregarse en sus brazos como un niño. Ahora qué sé quién eres, deseo estar contigo para siempre. Es la entrega definitiva del hombre maduro y del anciano que recapitula la contingencia de la vida y que descubre que Dios siempre ha estado ahí, purificándolo, amándolo, esperándolo. Todo es gracia, y ha sido voluntad de Dios.

Javier Garrido explica todo esto maravillosamente. Cosas que probablemente no necesiten explicación porque uno las vive sin más.

Y me trae el libro a colación el mundo en el que habito. También con la tensión entre idealismo y realismo que se da en todos nosotros. Me voy a lo prosaico. El idealismo de la izquierda de construir un mundo mejor se resiente cuando la vida avanza y uno necesita adaptarse para comer, entonces parece mira a las derechas; el idealismo de los jóvenes cuando tienen hijos y comprueban que la realidad no era lo que pensaban que era, lo que pensaban que no ibas a hacer lo termina haciendo; el idealismo de los profesores que empiezan pensando que van a cambiar el mundo con sus clases y terminan pidiendo que lleguen las vacaciones cuanto antes y por favor.

Para un creyente siempre hay un viento de idealismo por vivir Siempre se puede contribuir, aunque solo sea con un pescado y un poco de pan, para que Dios lo multiplique. Siempre descubre uno que no ha cambiado el mundo por dar clase, pero que sí que ha podido ayudar a alguien que estaba casi excluido. Con uno basta, porque sólo Dios sabe de verdad. Uno descubre que con que un sueño se haga realidad ya vale la pena. Y a veces ese sueño ya se ha producido.

“Yo hago lo que puedo, y el resto se lo dejo a Dios”; y entonces te das cuenta de que lo has comprendido.

 

Incendio cultural en las letras: Víctor Hugo, Blasco Ibáñez y los cuentos infantiles.

Me produce cierta grima la reacción de la gente, sobreemocionada y antinatural ante el incendio de la catedral de París. Se multiplican las imágenes de Quasimodo abrazado, lloriqueando, y se evocan y se despiertan los símbolos de Europa, que nadie sabe quiénes son. En realidad el único gran símbolo europeo es el cristianismo, la base común desde la que hemos edificado desde hace milenios nuestra cultura romano-cristiana, hoy democrática y libre.

A mi me da pena el incendio, claro que sí. Estuve el verano pasado en París, y es una catedral magnífica y asombrosa. Pero también me llena de pena y de tristeza la destrucción de los Budas de Oriente Medio, la que el Estado Islámico se cargó; y también me horroriza el robo sistemático del patrimonio de las pequeñas parroquias de pueblos pequeños en Castilla; por no hablar del saqueo que sufrió el Museo Arqueológico de Bagdad hace unos años. La miseria no es nueva, están en la historia. Me refiero, por ejemplo a la destrucción de cientos de iglesias y de patrimonio por los revolucionarios franceses, que arrasaron con lo que les dio la gana cuando estuvieron por España en 1808. Animales e ignorantes siempre los ha habido en la historia, y no es nada nuevo. Lo malo son los que usan la sensibilidad y la teledirigen para que se llore por unas cosas y no por otras. Eso es.

En fin. El caso es que los que amamos la cultura y el arte, lloramos en silencio desde hace tiempo y casi todos los días por lo que viene sucediendo. Convivir con un sistema educativo que ridiculiza su propio patrimonio, que niega las humanidades en sus planes de estudios, o que convierte el saber en un eslogan, son parte de esa pena acumulada, de esa tristeza y de esas manos a la cabeza. Si no leen el Quijote, ¿cómo van a entenderlo? Les mandamos adaptaciones, de la misma manera que vemos los monumentos en foto. Para que te hagas una idea, niño.

Reconozco que lo primero que me vino a la cabeza, cuando ví las imágenes del incendio en la catedral de Notre Dame de Paris fue la famosa sentencia acuñada por las izquierdas: la mejor iglesia es la que arde. Hoy creo que están más calladitos, y me los imagino agazapados esperando que pasen unas semanas para seguir haciendo frases ingeniosas. Los memes en las redes lo petan, y como siempre, el mundo se entretiene con lo que vemos en la tele. Es el tema de moda, y dentro de unos años, la gente estará a otros asuntos. Ahora toca ositos de peluche con la cara de Quasimodo. Pues vale. Todo estupendo. Mañana será otra cosa.

Sin embargo, no es mi intención hablar del patrimonio perdido, sino del patrimonio olvidado, es decir, del patrimonio literario, el que conservamos y se mantiene en nuestra sociedad gracias a que existen lectores que leen y despiertan mundos escondidos y desconocidos.

Notre Dame de Paris, la catedral, está vinculado a la novela de Víctor Hugo, el libro. Una historia que como ha sido recreada en el cine por películas Disney, que le han dado la fama, pues todo el mundo como que lo conoce sin habérselo leído. Ayer creo que fue la novela más descargada en amazon en Francia, que imagino que era gratis hasta que la hora en la que incendió el monumento, pero tampoco voy a confirmarlo.

Lo paradójico: sin el incendio, mucha gente no habría leído la novela. Es triste, pero es así. Necesitamos que roben un cuadro famoso y salga mucho en la tele, para que nos interese el cuadro en cuestión. Y es que parece que la sociedad contemporánea no puede disfrutar de lo que descubre, sino de lo que le dicen que tiene que descubrir. Esto es arte, y esto no. Y es una pena, porque hay gran parte del patrimonio literario que se perderá por falta de lectores.

También hay un patrimonio cultural que se ha perdido en la albufera de Valencia, la de la cultura del arroz y del agua. La que plasmó bellamente la novela de Blasco Ibáñez, “Cañas y barro”. Me he dado una vuelta estos días por la albufera, hemos navegado en sus barcazas y he hablado con las gentes del lago de agua dulce más grande de España. Todo ha cambiado, y el mundo que reflejó el escritor Vicente, así me lo ha contado Vicent, un pescador, tampoco es el mismo.

La albufera se ha ido perdiendo poco a poco, ha ido cambiando para poderla conservar, pero los lugares de la novela, el entorno y la vida dura y sacrificada de los que vivían en ella. El mundo que Blasco retrató, permanece indeleble en sus novelas. Ese patrimonio está dormido, y conviene despertarlo algún día, porque ya no existe en la realidad. No hay huerta, ni albufera, ni campos, ni mercados, ni sociedades como las de entonces. Basta con leer las páginas de sus libros. Basta leer a Juan Valera, a Miguel Delibes, a muchos otros para comprobar como fueron otros mundos. Para saber quiénes somos y de dónde venimos.

La cultura se destruye, pero el libro, también aquí, permanece. Se quemará Notre Dame, y desaparecerá la forma de vivir de los del Palmar en la albufera, pero quedarán los libros, el patrimonio literario que nos cuenta cómo era, y nos lo cuenta haciendo de las letras y las palabras un arte. Tenemos un patrimonio de romanos, de griegos, de medievales, de renacentistas, de barrocos, de exploradores, de románticos y de realistas. Tenemos letras que son arte, puro arte.

Pero los libros también pueden ser quemados. Me refiero a la censura. Últimamente parece que hay bibliotecas infantiles y colegios que censuran libros infantiles, cuentos tradicionales y clásicos que son excluidos y relegados. La culpa la tiene el nazifeminismo que se va extendiendo por amplias capas de la sociedad con un único objetivo: imponer su visión fragmentada del mundo, y para eso no dudan en recurrir al terror de la censura y de la mordaza.

No me sorprenderían que con el tiempo se quejaran del sexismo de Quasimodo, y lo censuraran; o que dijeran que “cañas y barro” es machista; o “Arroz y tartana”… No hay que olvidar que son los mismos que afirman que “la mejor iglesia es la que arde”. Pues eso. incendio cultural.

La santidad de los sencillos. Sainte Bernadette y Lourdes.

A nuestro mundo le sobran soberbios y le faltan Bernarditas como la santa de Lourdes, Bernadette Soubirous. La sencillez hecha aprendizaje, la niña que vio a la Virgen es mucho más que una vidente del siglo XIX. Es el triunfo de los sencillos y los pobres sobre los soberbios y los poderosos, es una bienaventuranza hecha vida. Felices vosotros…

Digo yo que la iglesia no la hizo santa por ser la niña vidente, sino porque el resto de su vida buscó la santificación de su alma. Una vida cristiana que he tenido la suerte de leer en el libro que les presento hoy: Bernadette vous parle (Bernardita os habla) de René Laurentin, que es uno de los estudiosos lourdistas más importantes que ha habido en la historia.

Sé de sobra que no suelen caer bien estos videntes, ni dentro ni fuera de la iglesia. Desde el interior suenan como a fraude y cachondeo con las cosas de Dios. ¿A cuento de qué la Virgen se va a aparecer a una niña ignorante y medio boba? La revelación está en manos de los sabios y entendidos, y una niña como Bernardita suele romper determinados estatus intelectuales. Soberbia, una vez más. Soberbia que nos sobra.

Pero fuera de la iglesia tampoco gusta esta gente. Suele ser tachada de medio tonta, alelada y enferma de alucinaciones. Si aceptaran que lo que han visto y oído fuera verdad, pondrían en jaque su también elevado estatus de racionalistas a ultranza. Soberbia también y creerse los poseedores de la verdad absoluta.

Por eso Lourdes y Bernardita me siguen interrogando, y siguen interrogando a unos y otros. A los de dentro y a los de fuera. Interrogan a los soberbios, por eso doy gracias a Dios por habernos dado una santita tan pequeñita como Santa Bernardita Soubirous. Saint Bernadette. Priez pour nous, merci.

La vida de esta niña raquítica y enfermiza quedó marcada por las apariciones de la Virgen en la cueva de Massabielle de Lourdes, que se iniciaron un 11 de febrero de 1858 y que terminaron el 16 de julio de ese mismo año, día del Carmen. Lo más curioso del relato de Bernardette es que estuvo plagado de una asombrosa y trasparente inocencia. No entendía lo que sucedía, pero lo contaba tal y como le pasó. Por eso su relato es fácilmente creíble. ¿Cómo explicar que no se confundiera al narrar lo que pasó y lo contó cientos de veces? ¿Cómo explicar que memorizara el nombre de Inmaculada Concepción para “aqueró”, sin comprender del todo que era la Virgen María? Le llamaba la Señora, y “aqueró” (aquello). ¿Cómo no sorprenderse ante la aversión que sentía cada vez que alguien trataba de darle dinero, o de comprarle el Rosario? (se lo robaron varias veces). Bernardita fue una niña y mujer que soportó la enfermedad y el dolor en un grado muy elevado, y eso es algo que la vincula en sencillez con la otra santa francesa de finales del siglo XIX, Santa Teresita del Niño Jesús, Santa Teresita de Lisieux.

Sin grandes pretensiones, la biografía detallada y exhaustiva de Laurentin, es excelente. Nos muestra la Bernardita del relato de Lourdes, pero también nos enseña a la pequeña santita que fue en el convento de Nevers. Siembre huyendo de la publicidad, de la gente, de los curiosos, de los interesados. Y la historia me ha impactado.

Bernardita tuvo que repetir su relato cientos y cientos de veces; y la mayoría de las veces forzada ante la visita inesperada de un obispo, de un clérigo, de un jesuíta o de quien fuera. Mucha gente se creía con derecho a interrumpir la vida de esta religiosa para hablar con ella. Desde el principio hubo clérigos que quisieron engañarla para que les cambiara el rosario, por ejemplo, gente sin demasiada sensibilidad que poco menos que la idolatraba en vida. BErnardita huía de todos ellos, y en muchas ocasiones manifestó el hartazgo y el cansancio de haberse convertido en un mono de feria para mucha gente que no comprende, que no siente en los demás, que no empatiza con un alma sensible a Dios. En definitiva, por alguien que no busca a Dios.

Bernardita representa un mensaje de pobreza inigualable. Dios escoge a los más sencillos, a los más pobres. La Virgen escogió a Bernardita porque era la más pobre. Así lo aseguraba ella con los primeros relatos. Vivían en la cárcel cuando se produjeron las apariciones, y nunca deseó una vida que fuera distinta a aquella. Sólo cuando se le hizo insoportable la vida en Lourdes, donde no le dejaban en paz los peregrinos, optó por alejarse de allí en una vida conventual. En Nevers. Lejos del pueblecito que tanto amaba. Siempre enferma y débil físicamente, lejos de su familia, y bajo la incapacidad de hacer muchas de las cosas que los demás podían hacer fácilmente. Sufría desde su incapacidad, y se complacía en la promesa de la Virgen de obtener la felicidad en el otro mundo.

Es paradójico que el dogma de la Inmaculada Concepción, uno de los más sesudos intelectualmente para la teología y los siglos, el que fuera especialmente estudiado y proclamado por el papa Pio IX en 1848 fuera revelado a una niña que ni siquiera había hecho la Primera Comunión. No sabía leer ni escribir, y ni siquiera hablaba francés. La Virgen le habló en patois, el dialecto de la zona, una reliquia del antiguo provenzal del Languedoc que se extinguió pocas décadas después. El dogma se lo regaló la Virgen a una niña analfabeta tras la insistencia de ella para que le diera su nombre. La Virgen sonreía, y Bernardita, que estaba presionada por los de su alrededor, le preguntaba que cuál era su nombre, que quién era. Lo dijo en patois: QUE SOY ERA INMACULADA CONCEPCIOU, traducido Yo soy la Inmaculada Concepción.

La niña memorizó esas palabras hasta soltárselas al cura. Que dice que se llama Inmaculada Concepción; que era tanto como decirle al cura que no era la Virgen. Pues eso. Inocencia hasta las entrañas.

 

Escribir en España es llorar.

No me quiero poner dramático ni histérico. Pero escribir en España es una tragedia. Les cuento por qué y luego nos tomamos unas cañitas. Venga, a su salud.

La primera tragedia es intentar vivir de lo que escribe. Son cuatro los que lo logran, a costa de estar hasta las narices de sus editores, agentes y demás público exigente que presiona y presiona hasta que vuelven a escribir la misma novela que tuvo éxito hace dos años. Si escribiste un día novela histórica y le fue bien a la editorial, estás condenado a no poder escribir nada más en tu vida. O si lo haces, será como empezar de cero, sin padrino y sin abuela. Por eso somos cientos de escritores los que vivimos de otra cosa. Muchísimos somos profesores y docentes, y otros muchos periodistas u otros oficios. Gracias a eso podemos escribir y comer. Lo que pasa es que no estaremos fácilmente en los circuitos de muchas editoriales, que buscan gente dedicada en cuerpo y alma a promocionar mi libro. O mejor dicho, el libro de la editorial, que son los que invierten y los que gana dinero con nuestro “oficio”.

Conocí a un escritor que me contó que se salió del circuito de su editorial. Le “obligaban” a ir a presentaciones de amigos escritores, a perder el tiempo con gente que ni le interesaba ni le decía nada, y encima tenía que escribir lo que no le apetecía escribir para seguir vendiendo lo que ya se vendió una vez. Me dijo que era un hartazgo, que ganaba dinero para otros, y que no era el único. Me habló de varios compañeros de profesión (que vivían del tema), algunos hasta conocidos por el público. Estaba hasta las narices de acumular consejos de gente que odia la buena literatura y que te obligaban a escribir la segunda parte, continuación, lo que fuera de “esa” novela que tanto les gustó a unos pocos. El tío me envidiaba: “bueno, al menos tu escribes lo que quieres”.

Y pienso en muchos escritores de hoy que parecen escribir el mismo libro una y otra vez. ¿Por qué hacen eso? Ahora me lo explico.

Segunda tragedia. Las editoriales apuestan por un tipo de escritores con marca de fábrica. Es sospechoso que todos los autores que triunfaron en los años setenta y ochenta (casi todos) sean amigos de la izquierda, simpatizantes del Partido Comunista y demás. Antes se llevaba ser izquierdoso, rojetilla de jersey de cuello alto, gafas culo vaso y pantalón manchado de restos seminales. Ahí están los Goytisolo, los Marsés, Vázquez Montalbanes y Caballeros Bonales. Serán buenos escritores, no lo discuto, pero que hicieron su carrera gracias a sus amigos del partido, también. Algunos de entonces se salvaron del politiqueo, pero otros hoy no los conoce ni el tato, a pesar de haber sido geniales, incluso mejores que los escritores oficiales del régimen cultureta. Castillo-Puche sin ir más lejos. ¿A qué no les suena? Pues eso.

Ahora la marca del escritor que busca las editoriales ha cambiado. Aquellos daban grima, y fumaban como colachas. Por eso ahora prefieren a las féminas, les encantan las escritoras luchadoras que venden universo de mujer que lucha por conseguir un puesto en un mundo tan duro. Escritoras de treinta y cuarenta. Ni jóvenes (salvo que sean pijirebeldes, que entonces sí, si venden), ni mayores, que van a parecer beatas de misa. Se vende la literatura femenina, y eso lo tienen que escribir las chicas. Ah, claro, era eso. Me temo que el resto de escritoras y escritores nos movemos en las pasarelas de lo inadvertido si no hablamos del tema que toca. Del único tema que toca ahora, claro. Si no escribes una novela con alguna lesbiana o gay por medio, o algo de un par de mujeres sufridoras  en una novela negra, no eres nadie en el mundo de las letras.

La tercera tragedia está en los Premios. Los premios son un invento de las editoriales para vender y promocionar sus propios libros. Los negros que leen los tochos que les envían suelen ser agentes editoriales vinculados a esos premios y editoriales, los cuales hablan con sus escritores para que presenten tal o cual cosa. Esos tipos, generalmente tipas, son muchas veces gente joven que no tiene ni un poso cultural para hacer la criba. Pero eso no importa, porque hacen el filtro, para que no se cuele nada que no sea comercial y vendible. Los cánones son los de la actualidad. No es casualidad que casi todos los finalistas de equis premios sean escritores de la misma editorial que convoca el premio. Luego salen en los medios asombrados. Ya claro. Es como un concurso oposición, donde gana el amigo del sindicato. No hablo solo de Planeta, Nadal o los Ateneos, es que no hay un premio medianamente remunerado en España que no funcione así. Hoy por tí, mañana por mi. Así llegaron algunos escritores que hoy todo el mundo lee y celebra, y olvida en cuanto fallecen. Y no me extraña. Algunos no llegan a escribir ni tres libros en toda su vida. La licuadora saca el zumo y abandona las colfas de la naranja cuando los ha exprimido. Ah, que rico el zumo; y corre, bebe rápido que se le van las vitaminas.

¿Sigo? Venga, un poco más.

Cuarta tragedia. Abundan las editoriales timadoras. Como lo oyen. El mundo está lleno de tipos sin escrúpulos que te ofrecen grandes negocios donde tu pones todo, pagas todo, y ellos te aplauden por vender libros a tus amigos. Viven de la ingenuidad y de la vanidad de muchos escritores cuyo principal delito es tener ganas de triunfar. Les sacan el dinero cuando envían el manuscrito, les sacan el dinero para que lo editen, y les sacan el dinero para venderlo, porque se quedan con sus porcentajes.

Ante este panorama, que haya pocos lectores es casi una suerte, decimos algunos con ironía.

La quinta tragedia es que a la clase política, les importa este tema una mierda. De hecho, obligan a los escritores de cierta edad a elegir entre cobrar su pensión o cobrar por derechos de autor. Pues eso, que se jodan los escritores y que no escriban cuando se jubilen. Ahí es que lo clavaron. No es extraña esta actitud, porque muchos políticos no leyeron ni los apuntes de clase cuando tuvieron oportunidad. Y se les nota. Hay que leer, dicen. Sí claro, la mierda tuya y con letras de molde.

Sexta tragedia. Escribir un libro es fácil, relativamente fácil. Pero escribir muchos es costoso, y requiere mucho tiempo, a veces muchísimo tiempo y sinsabores. El arte no tiene prisa, y es esfuerzo de escribir es inimaginable para el que no se dedica a ello. Muchos escritores hacen un libro para sentir que son capaces de escribir un libro, y lo consiguen, pero no vuelven a escribir en su vida el segundo o el tercero.

Los verdaderos escritores sentimos la necesidad de escribir y seguir escribiendo aunque no publiquemos fácilmente, o aunque guardemos el manuscrito bajo llave, o aunque autopubliquemos y saquemos quinientos ejemplares cada dos años. El número no importa, y el éxito no depende de nosotros.

Dicen que el problema no está en el escritor frente al folio en blanco, sino en el mercado; y en parte es verdad. Hay muchos escritores vendiendo lo suyo, y los hay de todo tipo. Hay miles de escritores malísimos y mediocres; y hay menos que son normales e interesantes, incluso excelentes. Lo que vende cada escritor, no está en relación con la calidad de sus escritos. La historia de la literatura ratifica esta verdad. Es triste que se reconozcan a algunos artistas más cuando mueren que mientras viven. La pléyade de gilipollas dice entonces que eran avanzados a su tiempo, lo que es siempre mentira. Eran de su tiempo, pero no hubo nadie con luces a su alrededor.

¿Qué puedo decir de esto? Muchos “best seller” son malísimos y mediocres, y por desgracia, los escritores que considero excelentes y buenísimos están compitiendo con una abundancia enorme de títulos que se publican al día de escritores malos o muy malos. Es difícil visibilizar la calidad, incluso para un librero, que no tiene tiempo de leer todo lo que le llega a  la librería. Cada tres meses cambia el escaparate y el interior de la tienda. Por eso no se escapan ni los escritores muertos a la tragedia de su olvido. Incluso los excelentes son olvidados, salvo que alguien los siga publicando, promocionando y aconsejando.

¿La séptima tragedia? La vida mercantil de un libro es de menos de dos años, y normalmente es un producto de temporada. A los seis meses está quemado; a los dos años es libro de viejo; y a los cien son del dominio público y no hay derechos de autor.

¿La octava tragedia?

No sigo. Habría que hablar del pirateo, de lo poco que lee la gente, de la competencia que tenemos con las series de la tele, o con la baja calidad de lo que lee la poca gente que lee. Pero no voy a seguir. Tengo pendiente continuar disfrutando de Marcel Proust y las chicas en flor. Así qué… me piro, vampiro.

Acabo, venga. Les cuento, mis queridos lectores, que yo escribo, me autopublico y tengo gente a la que le encantan mis novelas. No pierdo dinero, y ya es bastante. Por eso estoy satisfecho y seguiré escribiendo. Mi tragedia es que no saldré de los parámetros ostracistas a los que me ha sometido el mercado; lo cual que convierte en un escritor libre, con proyección internacional, y lectores en todo el planeta. Quién quiera (se entere y me conozca) me puede leer.

Y eso, en los tiempos que corren, es mucho.

 

El agua de la fuente

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